El libro que me abrió un mundo
Fue en la librería de CUPSA donde me topé con una maravilla, la cual detonaría nuevos horizontes de conocimiento y reorientaría mi comprensión de la fe cristiana.
04 DE OCTUBRE DE 2026 · 11:33
Creo en la magia de los libros. Creo que durante ciertos periodos de nuestra vida nos sentimos atraídos por libros específicos, ya sea paseando por los pasillos de una librería sin tener ni idea de qué queremos leer y, de repente, encontrar el libro perfecto, el más adecuado, justo delante de nosotros. Sin pestañear. O un encuentro casual con un desconocido o un amigo que nos recomienda un libro que jamás elegiríamos. Los libros tienen la capacidad de encontrar su propio camino en nuestras vidas.
Cecelia Ahern
Mi formación como lector inició a trompicones. En algunos lugares he contado la forma inesperada en que inicié mi itinerario de lector consuetudinario (https://www.jornada.com.mx/2018/04/25/opinion/022a1pol). Para hacerme de obras que pudiesen alimentar mi recientemente abierto apetito por la lectura, comencé a visitar librerías.
Incontables ocasiones visitar librerías era literalmente nada más deambular por los pasillos, mirar detenidamente los estantes, ojear y hojear algunos libros, constatar su precio y, dado que carecía de recursos para la compra, regresar los volúmenes a los espacios de donde los había tomado. Para libros de historia, literatura, ciencias duras y sociales, las opciones de compra eran las librerías ubicadas en las cercanías al campus principal de la Universidad Nacional Autónoma de México. Dado que mi iniciación lectora sucedió unos meses antes de mi conversión al camino de Jesús, junto con otros adolescentes que conocí en la comunidad cristiana evangélica en la que aconteció el descubrimiento del Evangelio, busqué lugares en los cuales fuese posible hacerme de libros para comprender mi nueva fe.
Visite distintas librerías protestantes/evangélicas en la Ciudad de México. Una de ellas se singularizaba por tener títulos y autores que no ofrecían los otros establecimientos a los que acudí: era la librería de la Casa Unida de Publicaciones, Sociedad Anónima (CUPSA). Tiempo después aminoré mi ignorancia sobre los orígenes e historia de CUPSA, me enteraría de su gran importancia en la edición de libros con alcance por toda América Latina. En la que mucho(a)s consideran la edad de oro de CUPSA, su director fue Gonzalo Báez Camargo, quien fue mi maestro en los años finales de su vida. Para lo(a)s interesado(a)s en este proyecto cultural protestante es imprescindible la investigación de Juan Carlos Gaona Poveda, El libro evangélico. Religión, mercado y política en el campo editorial hispanoamericano, 1920-1989 (UAM-Cuajimalpa-Universidad Javeriana-Universidad del Rosario, México-Bogotá, 2025).
En una de mis incursiones a la librería de CUPSA conocí a su director, José Luis Velazco Medina. Él ha tenido una extensa vida y fructífero ministerio. Hace unos días cumplió cien años, su caminar ha sido bien descrito en estas páginas por Leopoldo Cervantes-Ortiz (aquí). Yo nada más quiero hacer referencia, y elogio, a una faceta de don José Luis que tuvo efectos muy benéficos en mi persona: la de librero.
Había conocido referencias a la Reforma radical por parte de Samuel Escobar y C. René Padilla. A los dos les inquirí sobre dónde conseguir libros acerca de la temática, me dieron algunas orientaciones. Muy fragmentariamente pude hacerme de información sobre el movimiento que en el sigo XVI tomó caminos diferentes a los transitados por las distintas vertientes de la Reforma magisterial. En castellano era muy escaso el material acerca de la reforma radical y sus múltiples personajes, mujeres y hombres. Fue en la librería de CUPSA donde me topé con una maravilla, la cual detonaría nuevos horizontes de conocimiento y reorientaría mi comprensión de la fe cristiana.
El libro fue editado por La Aurora, en Buenos Aires, en 1976. Debieron transcurrir seis años para que yo pudiese adquirirlo en la Ciudad de México, en la librería de CUPSA. ¿Cómo fue el viaje de la obra? ¿Por qué alguien considero valioso que algunos ejemplares hiciesen el periplo desde el sur latinoamericano hasta el norte? ¿Cuánto(a)s posibles compradores tuvieron en sus manos el volumen y decidieron no comprarlo, de tal manera que se fue quedando hasta que yo, casi hipnotizado por descubrirlo, hice cuentas para saber si podía comprarlo? El libro, no tengo duda alguna, me estaba esperando y yo no lo sabía. Llegué a la liberaría de CUPSA el 4 de noviembre de 1982 con la ilusión de salir recompensado por la compra de un nuevo libro. Me retiré del lugar con, como decimos en México, “hartas ganas” de iniciar la lectura de un tesoro.
Abrí el volumen y comencé a leerlo, lo hice con calma, paulatinamente se convirtió en material de cuidadoso estudio. Textos escogidos de la Reforma radical, cuyo compilador y autor de notas introductorias a cada sección fue John Howard Yoder, me abrió un mundo de conocimiento en el cual avanzaría en los años por venir. Cada autor seleccionado por Yoder provocó en mí el deseo de buscar escritos para profundizar en su pensamiento y acciones. La tarea se tornó dificultosa porque la disponibilidad de obras en castellano de los reformadores radicales que estaba conociendo era exigua. Solamente pude acceder lentamente a la bibliografía deseada al viajar al extranjero y comprar, no con facilidad por el costo, volúmenes que fueron conformando un fondo que me permitiría, décadas después, escribir un libro de mi autoría recientemente publicado: El movimiento anabautista del siglo XVI, una mirada latinoamericana.
Lo paradójico en la obtención de Textos escogidos de la Reforma radical es que la hizo posible, en su faceta de librero, don José Luis Velazco Medina. En aquel lejano año en que pude comprar el volumen, el entonces director de CUPSA ya era un convencido calvinista y calvinólogo. Sin saberlo, con su sencillo servicio (importar libros que dejaban magras ganancias), allanó el camino de un ávido lector que se identificó intelectual y vitalmente con la Reforma radical, especialmente con la vertiente anabautista, en su expresión constructora de paz. Juan Calvino llamó a los anabautistas, entre otros epítetos, pestíferos, fanáticos, pobres tontos, carentes de juicio, analfabetos y enemigos del gobierno. Un heredero confesional de Calvino, don José Luis Velazco, al tener en su librería Textos escogidos de la Reforma radical, provocó que quien esto escribe, al adquirir el libro, diera comienzo a su itinerario anabautista. Vine a ser uno de los que Guillermo Farel, compañero de causas de Calvino, llamó “leprosos mentales”.
Publicado en: PROTESTANTE DIGITAL - Kairós y Cronos - El libro que me abrió un mundo