Talita kumi: María, a ti te digo, levántate
Testimonio de Cristina García, una madre cuya hija, María, estaba en uno de los trenes accidentados en Urda.
03 DE NOVIEMBRE DE 2026 · 10:30
El día 28 por la mañana, María salió en tren hacia Sevilla. Yo vivo en Málaga y, como hacemos habitualmente, habíamos estado hablando por mensajes. Nuestra comunicación es constante. Nos contamos nuestras cosas y siempre estamos pendientes la una de la otra junto con mi otra hija. Sabía que estaba en el tren y esperaba recibir ese mensaje suyo que me dijera que ya había llegado a su destino.
Yo estaba trabajando cuando, durante uno de mis descansos, me di cuenta de que todavía no había recibido su mensaje. Sentí un pálpito, una inquietud difícil de explicar. Le escribí, pero no sabía que, mientras tanto, mi hija estaba viviendo una de las experiencias más terribles que puede vivir un ser humano. Poco después recibí la noticia que cambiaría nuestras vidas.
Había ocurrido un terrible accidente ferroviario.
El tren en el que viajaba María, en el vagón número 8, había impactado contra otro tren y se había precipitado por un terraplén. Y mi hija estaba allí. María nunca perdió la conciencia.
Lo que estoy conociendo ahora, a través de sus propios relatos, me estremece. El tren dio varias vueltas de campana y María quedó atrapada en unas condiciones que hacen todavía más difícil comprender cómo pudo salir con vida. Había otros vagones encima del suyo. La posibilidad de localizarla era remota. No podían verla y tampoco podían escucharla. Mientras tanto, ella estaba allí, consciente, viviendo momentos de auténtica angustia. Me cuenta que tuvo ataques de pánico, que sentía que se moría, que pensaba que nunca volvería a vernos. Había una persona debajo de ella y llegó a sentir que lo estaba pisando. Aquello le producía una sensación horrible.
Mi hija estaba atrapada, sin saber si alguien la encontraría. Pero a pesar del pánico, encontró una serenidad y fortaleza difícil de explicar
Estaba atrapada, rodeada de dolor, sin saber si alguien conseguiría encontrarla. Y entonces ocurrió algo que, cuando María me lo cuenta, me resulta imposible no contemplar desde mi fe. A pesar del pánico, hubo momentos en los que consiguió quedarse quieta. Encontró una serenidad y una fortaleza que ni ella misma sabe explicar. De repente, sacó fuerzas para gritar. Y alguien la escuchó.Fue un bombero quien consiguió oírla de lejos. Le dijo unas palabras que María recuerda.
“María, lo tienes muy crudo, pero vamos a intentar sacarte de ahí. Ten paciencia”. Seguía pasando el tiempo y entraba en pánico, sentía que se moría. Y de forma sobrenatural pudo volver a gritar: ¡ayuda, me muero! Finalmente, cuatro bomberos consiguieron rescatarla.
Uno de ellos se llama Alberto. Ayer nos escribió un mensaje y me emocionó muchísimo saber que quiere conocer a María. Está impresionado por la fortaleza que tuvo durante aquellos momentos. Si pudierais escuchar el audio que nos ha enviado, entenderíais lo que significa para él haber vivido aquel rescate y haber conocido la historia de mi hija.
Desde mi fe, yo veo la mano de Dios. Siento que el Espíritu Santo estuvo sosteniéndola y guiándola incluso cuando ella no era consciente de ello. Que Dios estaba allí, en aquel lugar donde nadie podía verla, donde parecía imposible encontrarla, donde la oscuridad y el miedo podían haberla vencido. Quizá María todavía no pueda comprenderlo todo, pero yo sí puedo decir lo que siento. Y cuando pienso que estuvo atrapada, que había vagones encima de ella, que no podían localizarla y que bastó aquel grito para que alguien la escuchara, vuelvo a ver un milagro. El accidente había ocurrido aproximadamente a las nueve de la mañana y, alrededor de las once y cuarto, recibí la noticia de que habían localizado a María.
No puedo explicar lo que sentí en aquel momento. Había perdido muchísima sangre, sus heridas eran muy graves y necesitaba una intervención quirúrgica urgente. Pero estaba viva. Y desde ese primer instante empecé a ver la mano de DIOS. La vi en que la localizaran, en que pudieran escucharla, en que aquellos bomberos no dejaran de intentarlo, en que consiguieran sacarla de allí y en que llegara a manos de los profesionales que iban a luchar por su vida. No quiero decir que todo haya sido fácil. Ha sido devastador. He sentido miedo, angustia, impotencia y un dolor que solamente una madre puede intentar explicar. Me aferré a esa palabra como nunca antes. No era simplemente un versículo que recordaba. Se convirtió en mi oración, en mi clamor, en mi manera de agarrarme a DIOS cuando no tenía absolutamente ningún control sobre lo que estaba sucediendo. Le decía:
“Señor, levanta a María. Te pido que tomes su mano. Que la sostengas, que la guardes, que la saques adelante. Yo creo que todavía hay propósito para su vida”. No sabía cómo iba a suceder, ni cuánto tiempo necesitaría, ni qué nos esperaba. Pero decidí creer. Y mientras los médicos luchaban por salvar su vida, yo me aferraba a la promesa de que DIOS seguía teniendo el control.
El milagro también tiene heridas que no se ven. María ha pasado días en la UCI, sedada, operada y luchando por su vida. Ha tenido que superar momentos muy delicados y todavía tiene por delante una recuperación física importante.
Pero hay otra parte de esta historia que ahora me preocupa y me conmueve especialmente sus heridas emocionales. María estuvo consciente durante el accidente. Ha vivido aquello en primera persona y ahora tiene que enfrentarse también a los recuerdos y a las consecuencias de lo sucedido. Ha insistido en conocer la verdad sobre lo ocurrido. Quería saber, preguntaba y necesitaba respuestas. Y finalmente tuvo que enfrentarse a una noticia terrible: saber que su compañera de viaje había fallecido.
Como madre, hubiera querido protegerla de ese dolor. Hubiera querido evitarle ese segundo impacto emocional. Pero comprendí que también necesitaba conocer la verdad y empezar a procesar lo que había vivido. Ahora hay noches especialmente difíciles. María recuerda, siente miedo y me pide que ore por ella. Y yo oro. Oro por sus huesos, por sus heridas, por su recuperación, pero también por su mente, por sus recuerdos, por su corazón y por sus noches. Porque he comprendido que hay heridas que no aparecen en ninguna radiografía y que también necesitan sanidad.
Quiero que María vuelva a sentirse segura, que pueda dormir tranquila, que los recuerdos no la devuelvan una y otra vez a aquellos momentos de angustia. Y en todo esto sigo pidiendo al SEÑOR que tome su mano.
Algo que me conmueve profundamente de María
Hay algo que me está regalando estos días y que guardo en lo más profundo de mi corazón.
María reconoce que ha vivido un milagro. Ella misma da gracias a DIOS y habla con Él. Me enternece escucharla porque, desde su propia humildad, le dice que no sabe qué ha visto DIOS en ella, que no sabe por qué la ha guardado de esta manera, que siente que no lo merece.
Y cuando la escucho, pienso en la grandeza de la gracia de DIOS. Hija, no tienes que merecer su amor. No tienes que entenderlo todo. No tienes que encontrar ahora una explicación. Y hay algo precioso en verla buscar a DIOS precisamente ahora, en medio de todo lo que está viviendo.
Porque yo no solamente quiero que María se recupere físicamente. Quiero que su corazón encuentre paz, que su fe crezca y que pueda descubrir que, incluso en los momentos más oscuros, no está sola.
Dios también me ha sostenido a mí
Si hay algo que he experimentado durante estos días es que DIOS no solamente ha estado sosteniendo a María. También me ha sostenido a mí.
Pero una y otra vez he experimentado una fuerza que no procedía de mí. Y he entendido algo… La fe no significa no llorar, no tener miedo o no derrumbarse. La fe significa que, incluso cuando lloras, sabes a quién acudir. He sentido el abrazo de DIOS a través de muchísimas personas. Personas que han orado desde España, Suiza, Argentina, México, Alemania, Holanda, California, Londres y tantos otros lugares. Iglesias enteras se han unido en oración. Personas que conocen a María y otras que ni siquiera la conocen personalmente.
Cuando una madre no puede hacer nada más que esperar junto a una cama de hospital, saber que hay tantas personas clamando a DIOS por tu hija es algo que te sostiene profundamente.
He aprendido que no estamos solos. Que la oración une, que la fe sostiene y que DIOS puede darnos fuerzas incluso cuando pensamos que ya no nos quedan.
María subió ayer lunes por la tarde a planta. Hoy puedo hablar con ella, puedo escucharla, puedo interactuar con mi hija, verla preguntar, verla sonreír en algunos momentos y, sobre todo, verla querer salir adelante.
Ahora puedo estar junto a ella hablando, y mi corazón solamente puede decir: gracias, Señor
No significa que todo haya terminado. Queda mucho camino por recorrer. Una recuperación física, emocional y psicológica que necesitará tiempo, paciencia y mucho amor. Pero ¿cómo no voy a dar gracias? Cuando recuerdo aquella mañana, cuando pienso en el vagón número 8, en el impacto, en cómo quedó atrapada, en aquellos gritos que consiguieron que la escucharan, en los cuatro bomberos que la rescataron, en la sangre que perdió, en la operación urgente y en aquellos primeros días en la UCI, y ahora puedo estar junto a ella hablando y escuchándola, mi corazón solamente puede decir... GRACIAS, SEÑOR.No sé por qué María sobrevivió y otras personas no. No tengo una explicación para el dolor de las familias que han perdido a sus seres queridos y jamás pretendería encontrar una respuesta sencilla ante una tragedia así. Pero sí puedo dar testimonio de lo que he vivido… de cómo DIOS nos ha sostenido, de cómo hemos encontrado fuerzas y de cómo hemos recibido cada pequeño avance como un regalo.
No sé cuánto durará este proceso. No sé cuántas lágrimas quedan por derramar ni cuántas dificultades tendremos que afrontar. Pero sé que no quiero soltar la mano del SEÑOR. Me he aferrado a Él más que nunca. Y sigo creyendo que María tiene propósito. No sé cuál es, no pretendo conocer los planes de DIOS, pero creo que su historia no termina en aquel tren.
Creo que todavía hay vida, sueños, experiencias, personas a las que amar y mucho camino por recorrer. Y cuando oro por ella, ya no pido solamente que se levante de una cama de hospital. Pido que se levante también de todo lo que ha vivido. Que se levante del miedo, de los recuerdos dolorosos, de las noches difíciles y de todo aquello que ahora tiene que sanar. Que vuelva a caminar, que vuelva a disfrutar, que vuelva a reír sin miedo. Que su corazón encuentre descanso. Y que algún día pueda mirar atrás sin que el dolor sea lo único que recuerde de aquella experiencia.
Por eso sigo aferrada a aquella palabra que me acompañó desde el primer momento... “Y tomando la mano de la niña, le dijo: Talita cumi; que traducido es: Niña, a ti te digo, levántate”. Marcos 5:41. Porque yo también necesito levantarme cada día, y porque quiero seguir viendo cómo María se levanta, paso a paso, de la mano de Dios. Talita Kumi, María.
A ti te digo: levántate. Levántate de tus heridas, de tus miedos y de tus noches difíciles. Tu historia no termina aquí. Y yo, como tu mamá, seguiré orando, creyendo y caminando a tu lado.
Y si algo quiero que quede de este testimonio es esto… No quiero que solamente se recuerde el accidente que casi se lleva la vida de mi hija. Quiero que se conozca la esperanza que nos ha sostenido, la fe que nos ha levantado y el DIOS al que seguimos aferrándonos. A ÉL SEA TODA LA GLORIA.
Cristina García es madre de María, pasajera del AVE accidentado el miércoles 28 de octubre.
Publicado en: PROTESTANTE DIGITAL - Actualidad - Talita kumi: María, a ti te digo, levántate