Jesús, la vid verdadera
Un devocional basado en Juan 15.
16 DE ABRIL DE 2022 · 16:00

Estas palabras forman parte de lo que se ha dado en llamar “El Testamento de Jesús” (Juan 13-17). Para comprender lo que el Señor quiere enseñar aquí es necesario recordar que el apóstol Juan en su relato nos propone lo que podríamos llamar una “Teología de las sustituciones” que va colocando la figura de Jesús de manera preferente por encima de todas las mediaciones del Antiguo Testamento:
Jesús es “El Nuevo Moisés”. Cap. 1:17 – “La ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo”.
Jesús es el “Nuevo Templo” de Dios que viene a hacer su morada entre nosotros. Jn. 1:14 – “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”. Jn. 2:19 – “Destruid este templo y en tres días lo levantaré”.
Jesús es el “Nuevo maná, “el pan de vida”. Juan 6:35, 58 – “Yo soy el pan de vida; el que a mí viene nunca tendrá hambre, el que en mi cree no tendrá sed jamás… Este es el pan que descendió del cielo; no como vuestros padres comieron el maná y murieron; el que come de este pan vivirá eternamente”.
Ahora bien, en las palabras de Jesús “Yo soy la vid verdadera” también existe esa “Teología de las sustituciones”, porque en el Antiguo Testamento la viña de Dios es su pueblo: “… Ciertamente la viña de Jehová de los ejércitos es la casa de Israel, y los hombres de Judá planta deliciosa suya. Esperaba juicio, y he aquí vileza; justicia, y he aquí clamor” (Is. 5:1-7). El amor de Dios por su viña no fue correspondido. Hizo por ella todo lo que estaba en su mano de manera absolutamente desprendida, pero no dio fruto. En lugar de uvas frescas, dio uvas silvestres. En lugar de juicio y justicia, este pueblo respondió con injusticia y corrupción.
El amor de Dios llega hasta tal punto que, en vez de desentenderse de su pueblo y olvidarse de él para siempre, hace posible que del mismo seno de esta nación insensible y rebelde nazca alguien que va a decir de sí mismo: “Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos” (Jn. 15:1, 5). La centralidad de esta imagen se encuentra en la necesidad de “Permanecer en él” para dar “fruto”.
¿Cuál es el fruto de permanecer en Jesús? La respuesta a la oración en el nombre de Jesús: “Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis y os será hecho”. (Jn. 15:7). En una primera lectura de estos textos, se podría desprender la idea de que podemos pedir todo lo que se nos antoje, sea lo que sea, porque según la promesa repetida por Jesús una y otra vez, vamos a recibirlo inequívocamente. Sin embargo, una segunda lectura más atenta de los textos nos invita a reflexionar un poco más. Porque las palabras de Jesús no son una licencia para recibir cualquier cosa que pidamos, ni mucho menos.
Cuando Santiago a las iglesias de la dispersión sobre la crisis de la oración dice: “Pedís y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites” (Stgo. 4:3). Y la explicación de este modo estéril de practicar la oración se encuentra en la condición interior de la vida comunitaria: “codiciáis y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis…”
Cuando Jesús habló de la oración enseñando a sus discípulos dijo: “Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, Hágase tu voluntad, como en el cielo así también en la tierra…” (Mt. 6:9-10). Por tanto, el que ora permaneciendo en Jesús y en sus palabras, es aquel que se sitúa en la vida abandonando su voluntad y situándola en la dependencia absoluta de la voluntad de Dios. Esto hace posible que el protagonismo de la oración no sean tanto nuestras peticiones como el deseo de hacer lo que el Señor quiere, aceptando que sus caminos no son nuestros caminos, ni nuestros pensamientos sus pensamientos.
Hace algún tiempo, una hermana que estaba pasando por un momento familiar muy angustioso me decía: “Yo no oro para que el Señor haga lo que yo quiero, sino para que se cumpla su voluntad”. ¿No es esa la manera de proceder que hemos visto y aprendido de nuestro Señor, Salvador y Maestro? El que ora como Jesús lo hizo renuncia a su propio camino para entregar su destino enteramente a Dios. Solo así podemos permanecer en él y solo así pueden sus palabras permanecer en nosotros. Soli Deo Gloria.
Publicado en: PROTESTANTE DIGITAL - En el camino - Jesús, la vid verdadera