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Los autos de fe

El Auto de Fe era aquél acto público mediante el cual la Inquisición procedía de una forma solemne a la declaración de culpabilidad de los herejes.

ESPAñA PROTESTANTE AUTOR Juan Ramon Méndez Martos 29 DE DICIEMBRE DE 2018 22:00 h
Auto de fe en Valladolid. / Wikimedia Commons

Como colofón a esta pequeña serie de artículos acerca de la historia más conocida de la Inquisición Española, trataremos acerca de la guinda que adorna y culmina el proceso inquisitorial: el Auto de Fe.



El Auto de Fe era aquél acto público mediante el cual la Inquisición procedía de una forma solemne a la declaración de culpabilidad de los herejes, a la lectura de sus sentencias, y a la imposición formal de la condena que correspondiera en cada caso.



Frente a los grandes y conocidos autos de fe, existían otras ceremoniales más íntimas que pocas veces se dieron en nuestra historia. Los “autillos” eran actos realizados en la intimidad de algún templo donde se penitenciaba a personas sin recursos de las que era imposible extraer pecunio suficiente para los grandes fastos de los Autos de Fe, o en aquellos casos en que el número de condenados era bajo, o directamente no había nadie a quien relajar, esto es, condenar a muerte.



Sin embargo, y acorde con el interés publicitario de los tribunales inquisitoriales, el acto más habitual era un pomposo Auto de Fe. A esta celebración estaba obligado a acudir todo el pueblo, so pena de multa, y con prohibición de portar armas. Anunciada con antelación, la ciudad se engalanaba para el evento, y se preparaba la infraestructura que sería necesaria para el desarrollo del acontecimiento. Se construía un cadalso elevado para los penados, y gradas para autoridades. También se preparaban graderíos para el pueblo, alquilados por los más pudientes. Mientras, el resto se conformaba con apelotonarse enrededor, o disfrutar de las vistas desde algún balcón cercano.



La noche de antes, una pareja de sacerdotes confesores había pasado la vigilia completa junto a cada penado a muerte al objeto de obtener de él confesión y arrepentimiento, tratando de ablandarle la voluntad para ser ejecutado mediante el rápido Garrote Vil, en lugar de las crueles llamas. 



El espectáculo comenzaba a las puntuales seis de la mañana, con una procesión que partiría desde la sede del tribunal hasta el punto de celebración. Para aquellos de Sevilla, pueden imaginarla desde el hoy visitable castillo de la Inquisición en Triana, hasta la Plaza de San Francisco, pasando por el emblemático puente de Triana. 



Tampoco le costará mucho al lector imaginar esta puesta en escena, pues cada Semana Santa pueden encontrar recordatorios de ella con gran nivel de fidelidad al original: las procesiones de cofradías y hermandades de penitentes.



La comitiva estaba formada por el tribunal regio abriendo camino, y demás autoridades civiles. Detrás, los penitentes marchaban uno detrás de otro acompañados de dos familiares (recuerden, no de ellos sino colaboradores del tribunal), y en orden de menor a mayor pena. Los últimos penitentes, los relajados o condenados a muerte, además iban acompañados de sus confesores. Tras ellos, marchaba el tribunal inquisitorial, y cerrando la comitiva el estandarte de la Inquisición.



Alcanzado el lugar de celebración, el acto comenzaba con un juramento público y solemne, en grupo, de fidelidad a la Fe y al Santo Oficio. Si acudía el Rey o algún miembro de su casa, era él quien anteriormente y de forma individual prestaba este juramento, a modo de ejemplo para el populacho.



Algún famoso predicador procedía al conocido como sermón de la fe, y acto seguido se pasaba a la lectura de las sentencias, hecho éste de larga duración.



Finalizada esta fase, comenzaba el espectáculo de la imposición de penas. Los primeros en pisar tablas eran los clérigos sometidos a degradación. Tras ellos, los arrepentidos eran acogidos de nuevo en el seno de la Iglesia, los reconciliados. Fin del primer acto.



Con la pausa del medio día, pues esta parte solía prolongarse hasta las 15 horas, quedaba la ejecución de las penas de castigo físico, que al contrario de lo que popularmente se cree, no se realizaban en el lugar del Auto, sino en un lugar apartado de la ciudad, extramuros, denominado “quemadero”. De nuevo, para los que conozcan Sevilla, podrán situarlo sin mucho problema en lo que hoy es la actual Tablada.



Al ser ya competencia del poder secular, los presos eran conducidos escoltados por soldados hasta el quemadero, y vigilados en todo momento por el secretario de la Inquisición. Allí se procedía a la ejecución de penas menores como flagelaciones. Pero sin duda el elemento central de este momento era la entrega a la hoguera o al Garrote de los que habían de morir. 



Schäfer nos ilustra un momento extraordinario (traducción de F.Ruiz de Pablos): “Juan Sanchez que, estando ya en el fuego, se desligó las ataduras y trató de escaparse, pero, ante las alambradas del cuerpo de la Guardia Real que le apuntaban y arrepentido de su cobardía a la vista de su compañero don Carlos de Seso, él mismo se arrojó de nuevo a las llamas”.



Recorrer la historia inquisitorial, especialmente desde el punto de vista actual y moderno de sociedades donde imperan los derechos humanos, no puede sino producir una especie de desazón interior ante la barbarie sufrida por aquellos que simplemente se atrevieron a cuestionarse los dogmas humanos de la fe católica romana, apostólica y española (que no exclusivamente romana), pues como se ha podido tratar en esta serie, un influyente poder civil español ideó, creó, sostuvo y aprovechó el efecto de los tribunales Inquisitoriales. Por muchas operaciones de blanqueo que se realicen, la realidad está ahí, recogida en acta para conocimiento futuro. Nunca pensó la Inquisición que su celo y su secreto sería la llave que siglos más tarde nos permitiría conocer de manera fehaciente su modus operandi. Que las mordazas que callaron a nuestros hermanos, serían las voces que hoy reproducimos. 



Tampoco se puede extraer esta serie de su contexto histórico, de su realidad legal, procesal y penal en unos siglos que hoy vemos casi como bárbaros. 



Sin embargo, está perfectamente claro que un verdadero cristianismo bíblico jamás podrá sustentar estructuras como la inquisitorial, “martillo de herejes” y terror del cuerpo porque, para algunos de los llamados a muerte por el Santo Oficio, la muerte no fue el final.



Tras una pequeña pausa, si Dios y esta casa editorial lo permiten, retomaremos este espacio tratando acerca del páramo protestante en el que se convirtió España en los siglos siguientes, y cómo algunos hechos históricos y políticos acabaron con la Inquisición, al menos formalmente. Veremos cómo se perpetúa este tribunal en el ideario popular y en otros tribunales exclusivamente españoles, y cómo existen en la actualidad estructuras católicas que perpetúan la idea de un censor de la fe, capaz de imponer sanciones a los díscolos. Será después el momento de recordar a las comunidades protestantes que nacieron en España de forma paralela a la Reforma europea, de conocer sus nombres, sus gestas y sus martirios. 



A su memoria, estas letras.  


 

 


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