Antes de que cayera Jerusalén (III): El final repentino de Hechos

La explicación más sencilla merece ser tomada en serio: Lucas se detiene al culminar su propósito literario y, al mismo tiempo, finaliza allí porque se halla escribiendo en ese instante preciso.

07 DE OCTUBRE DE 2026 · 10:30

Lucas, escritor del libro de Hechos. Foto: Recreación con IA Gemini,
Lucas, escritor del libro de Hechos. Foto: Recreación con IA Gemini

Hechos termina así: Pablo pasa dos años en Roma, en una casa alquilada, recibe a cuantos vienen a verle y predica el reino de Dios con toda libertad y sin estorbo (Hechos 28,30-31). Y se acabó. No hay sentencia, ni liberación, ni martirio, ni una línea sobre lo que ocurrió después. El telón cae con el acusado todavía vivo y el proceso sin resolverse. En un autor que ha seguido a su protagonista desde el camino de Damasco hasta la capital del Imperio, eso no es un detalle menor.

Y no vale decir que Lucas evita narrar muertes. Las narra cuando pertenecen a su historia. Esteban muere lapidado, Herodes Agripa I hace pasar a espada a Santiago, el hermano de Juan, y el propio Agripa muere poco después de manera espectacular. Pero cuando Lucas llega al final de su segundo tomo, deja a Pablo predicando.

En la cronología que venimos siguiendo, esos dos años corresponden a los años 60 al 62. La explicación más sencilla merece, por tanto, ser tomada en serio: Lucas dejó de escribir hacia ese momento porque el desenlace que nosotros conocemos todavía no se había producido.

 

Lo que un autor de los años ochenta tendría que dejar fuera

Supongamos, como hacen muchos manuales, que Hechos se compuso hacia los años ochenta. Lucas estaría escribiendo entonces después de algunos de los acontecimientos más traumáticos de la primera Iglesia.

Hacia el año 62, en el hueco entre la muerte del procurador Festo y la llegada de Albino, el sumo sacerdote Anano II aprovechó el vacío de autoridad romana para hacer ejecutar a Santiago, el hermano de Jesús llamado Cristo. Lo cuenta Flavio Josefo (Antigüedades XX, 200). No es un personaje secundario: es la figura principal de la iglesia de Jerusalén, la columna de Gálatas 2 y el hombre que preside la reunión decisiva de Hechos 15. Hechos no menciona su muerte.

Dos años después, en julio del 64, ardió Roma. Tácito relata (Tácito, Anales XV, 44) que Nerón responsabilizó a los cristianos y que algunos fueron ejecutados mediante suplicios públicos, vestidos con pieles de animales, crucificados o quemados para iluminar la noche. Conviene decirlo así, como lo dice la fuente, sin atribuir a Nerón motivaciones que Tácito no documenta.

La tradición antigua sitúa también las muertes de Pedro y de Pablo bajo Nerón. Se pueden discutir los detalles, pero para un cristiano que escribiera dos décadas más tarde el martirio de las principales figuras apostólicas formaría parte del horizonte de la Iglesia. Hechos tampoco dice nada.

Y todavía quedaba lo mayor. En el año 66 estalló la guerra judía y en el año 70 cayó Jerusalén. Jesús había anunciado precisamente una catástrofe de ese género, y el propio Lucas recoge palabras muy concretas: cuando veáis a Jerusalén rodeada de ejércitos, sabed que su destrucción ha llegado (Lucas 21,20).

Si Lucas escribe su segundo tomo una década después de que esas palabras se cumplieran, su silencio resulta llamativo. El cumplimiento de la profecía estaba ahí, servido en bandeja. Y Lucas no dice «y así sucedió». Escribe como si todavía estuviera antes de la catástrofe.

 

¿Puede explicarse el silencio?

El argumento del silencio tiene límites, y hay que decirlo antes de que lo diga otro.

Se puede alegar que Lucas no pretendía escribir una biografía de Pablo, sino mostrar la expansión del evangelio desde Jerusalén hasta Roma, y que una vez alcanzada la capital, el proyecto narrativo está completo. Es una objeción seria. También puede sostenerse que ese «sin estorbo» final es un remate teológico deliberado: el mensajero lleva cadenas, pero el mensaje no. Lo que también es muy cierto.

Pero ninguna de las dos cosas resuelve la cuestión cronológica, porque Lucas ha dedicado una parte enorme de sus últimos capítulos al proceso judicial. Félix escucha la causa, Festo la hereda, Pablo apela al César y Agripa comenta que podría haber quedado libre de no haber apelado. Después de semejante desarrollo, esperar el resultado no es una manía de lector moderno. Es lo que pide la propia narración. Un autor que ha llevado a su lector por el naufragio entero de Hechos 27 no suele dejar el veredicto a su imaginación.

Y el resultado no llega. Una posibilidad es que Lucas lo conociera y decidiera omitirlo por razones literarias. La otra, bastante más sencilla, es que todavía no hubiera ocurrido.

El final de Hechos no demuestra por sí solo una fecha en el año 62. Pero combinado con los demás silencios (Santiago, la persecución neroniana, la guerra y el Templo) la explicación temprana gana una fuerza acumulativa considerable. Y ese es el punto que conviene retener: quien prefiera los años ochenta no tiene que responder a un argumento del silencio, sino que debe explicar cuatro silencios simultáneos.

 

Un mundo que todavía parece anterior al año 64

Hay, además, algo menos visible que los grandes silencios. Es el ambiente del libro.

Las autoridades romanas aparecen, en conjunto, como capaces de distinguir entre una acusación criminal y una controversia religiosa judía. Galión se niega a entrar en una disputa sobre palabras y nombres; el tribuno Claudio Lisias salva a Pablo de la multitud; Félix y Festo escuchan su causa y el libro termina con Pablo predicando en Roma sin que nadie se lo impida. Eso encaja con una época en la que el movimiento cristiano todavía podía presentarse ante Roma como una discusión surgida dentro del judaísmo.

Después del año 64, el panorama había cambiado. No conviene exagerarlo, porque la persecución que describe Tácito fue local y no implica una política imperial uniforme. Pero el precedente ya estaba establecido, y en la capital el nombre cristiano había quedado asociado a ejecuciones ordenadas por el emperador. Nada de ese escenario aparece en Hechos.

Con Jerusalén ocurre lo mismo. El Templo funciona, los saduceos siguen siendo una fuerza institucional, el sanedrín interviene en los conflictos y los fariseos llegan a ser aliados tácticos de Pablo. Ese es el paisaje anterior al año 70, y después de la guerra aquel mundo quedó irreconocible. Una obra posterior podría reconstruir correctamente el pasado, claro está. Pero entonces volvemos a la misma pregunta: ¿por qué no se percibe en ningún pasaje del escrito el más mínimo atisbo de que aquella era tocaba a su fin?

A eso se suma lo que reunió Colin Hemer (The Book of Acts in the Setting of Hellenistic History): una cantidad impresionante de datos geográficos, administrativos, náuticos y políticos que encajan con el mundo del siglo I, desde los títulos de magistrados hasta las condiciones de navegación, y que resulta difícil atribuir a una reconstrucción meramente literaria. No todos pueden verificarse, pero los que sí se comprueban demuestran un conocimiento muy cercano del escenario narrado. Eso no demuestra el año 62, porque un buen historiador puede investigar el pasado. Pero encaja con lo que el propio libro insinúa cuando el narrador deja de decir «ellos» y empieza a decir «nosotros»: en algunos tramos del viaje, el autor estaba allí. Y la datación temprana no es una rareza aislada: la defendió J. A. T. Robinson en Redating the New Testament (1976) y la sostiene Jonathan Bernier en Rethinking the Dates of the New Testament (2022). Aunque la postura de una datación tardía continúa contando con el consenso mayoritario, el mero consenso de la mayoría no constituye por sí solo una prueba formal.

 

Dos tomos, una sola obra

Aquí es donde empieza a moverse el resto del calendario.

Lucas no oculta la relación entre sus dos libros. El evangelio se dirige a Teófilo. Explica que su autor ha investigado lo transmitido por testigos oculares y ministros de la palabra (Lucas 1,1-4). Por su parte, Hechos empieza recordando aquel primer tratado sobre todo lo que Jesús comenzó a hacer y a enseñar (Hechos 1,1).

Por tanto, si Hechos se terminó hacia el 62, el evangelio de Lucas es anterior. No necesariamente veinte años: podrían bastar unos pocos, y una fecha en torno al 59 o 61 encaja sin forzar nada. Lo difícil es colocar el primer volumen dos décadas después de que ya esté terminado el segundo.

Y entonces aparecen Marcos y Mateo. Lucas comparte mucho material con ellos, y la explicación exacta de esa relación pertenece al problema sinóptico, que no hace falta resolver todavía. Pero algo sí puede decirse. Si se acepta la prioridad de Marcos, que es la hipótesis dominante, y Lucas se escribió hacia el 60, entonces Marcos es anterior al 60. Y si se acepta alguna forma de prioridad de Mateo, la consecuencia es igualmente incómoda: al menos uno de los otros sinópticos es bastante anterior a Lucas.

El punto metodológico es el importante. Con frecuencia se razona así: Marcos es del 70; Lucas usó a Marcos, luego Lucas es posterior al 70; Hechos es posterior a Lucas, luego Hechos es de los años ochenta. La cadena es impecable. Solo que todo el peso recae sobre el primer eslabón. Si empezamos por los puntos anclados en la vida de Pablo y preguntamos qué fecha explica mejor el final de Hechos, la cadena corre en dirección contraria y arrastra consigo a los sinópticos. Eso no demuestra que Marcos sea de los años cincuenta; solo abre esa posibilidad.

 

La objeción de Lucas 21

Llegamos a la objeción más conocida. Lucas 21 habla de Jerusalén rodeada de ejércitos, y muchos intérpretes consideran que esa formulación refleja retrospectivamente el sitio del año 70. Se puede argumentar, pero no suponerlo sin más. Para hacerlo decisivo, habría que demostrar primero que Jesús no pudo anunciar un cerco militar a Jerusalén décadas antes de que ocurriera, y eso no es una conclusión histórica neutral, sino una presuposición sobre la posibilidad de la profecía, más aún la de un personaje que pretende ser nada menos que el Hijo de Dios.

Dejando de lado esa cuestión, el texto merece leerse con atención. Lucas no ofrece una crónica de la guerra. No habla de Vespasiano ni de Tito, no describe las máquinas de asedio ni el incendio del santuario, y no reproduce las escenas de hambre que conocemos por Josefo. Lo que conserva tiene la forma de una advertencia: cuando veáis esto, los que estén en Judea que huyan a los montes. Quien redacta después del desastre suele describirlo; quien escribe antes, avisa.

Esto tampoco demuestra por sí solo una fecha anterior al 70, porque un autor posterior podría conservar la tradición profética sin actualizarla. Pero la cuestión, una vez más, es acumulativa. El final de Hechos apunta al 62, la ausencia de la muerte de Santiago apunta en la misma dirección, la de la persecución neroniana resulta congruente, la de la guerra vuelve a encajar y Lucas 21 se lee sin violencia dentro de ese mismo horizonte. No tenemos una prueba única. Tenemos una convergencia.

Añádase un detalle que suele pasarse por alto. Si aceptamos como paulinas las cartas pastorales, estas presuponen una actividad posterior a la prisión de Hechos 28: la liberación de Pablo y nuevos viajes misioneros. Para una datación en el año 85 hace falta explicar esa omisión. Para el 62 no hace falta explicar nada, porque todavía no había sucedido.

 

Sin estorbo

Entendemos entonces mejor el final. Pablo está preso, pero predica. El Imperio lo vigila, pero no puede detener la palabra. Lucas cierra con un adverbio extraordinario, akolýtos: sin impedimento, sin estorbo. El hombre lleva cadenas. El evangelio, no.

Como remate teológico, es perfecto y, precisamente por eso, no hay que convertirlo en un argumento contra la cronología que el relato sugiere. Las dos cosas pueden ser verdad a la vez. La conclusión de su obra responde a una doble razón: Lucas se detiene al culminar su propósito literario y, al mismo tiempo, finaliza allí porque se halla escribiendo en ese instante preciso.

Hechos 28 no lleva fecha en el pie de página, pero conserva una escena congelada. Pablo está vivo. Roma todavía le deja predicar. Jerusalén sigue en pie. La guerra no ha empezado. El Templo domina la ciudad. Y Lucas deja la pluma.

Si Hechos se escribió en el año 62 y el Evangelio de Lucas es anterior, la pregunta clave cambia por completo: ya no es si existió un evangelio antes del año 70, sino cuál se redactó primero y qué relación tuvo con los testigos presenciales. La tradición antigua vincula a Marcos con Pedro, y Papías lo presenta como intérprete suyo (según Eusebio, Historia eclesiástica III, 39). Eso no resuelve la fecha, porque la tradición patrística hay que examinarla y no solo repetirla. Pero si Pedro pertenece a la generación que desaparece en los años neronianos y Lucas escribe antes del 62, una fecha de Marcos en los cincuenta deja de ser una anomalía. Eso lo examinaremos en la próxima entrega.

Y la pregunta será la de siempre: si Lucas conocía todo lo que vino después, ¿por qué terminó exactamente ahí? La respuesta más sencilla sigue siendo la más difícil de esquivar. Terminó ahí porque ahí estaba.

 

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