El cristiano y la manipulación estatal (III): el mayor escándalo judicial de la historia

El juicio de Cristo expone las artimañas del poder estatal como ningún otro: la distorsión de la verdad, el uso del miedo y el espectáculo y la explotación de la población.

02 DE ABRIL DE 2025 · 09:30

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Foto de Alex Noriega en Unsplash

Nuestro tema concluye hoy con dos ejemplos especialmente notables. El primero es el de la muerte del apóstol Santiago, ordenada por el rey Herodes Agripa I que era rey cliente de Roma y nieto de Herodes el Grande, el carnicero de los niños de Belén.

 

Herodes y la multitud

En el capítulo 12 del libro de Hechos, se relata cómo Herodes se presentó en Cesarea, la sede de su gobierno. Su intención era fortalecer su poder y prestigio a través de un espectáculo cuidadosamente planeado y la adulación de las masas. Vestido con ropas reales, recibió a una delegación de Fenicia que buscaba un tratado de paz, ya que dependían de su región para el suministro de alimentos. Lucas narra que Herodes recibió a la delegación públicamente y aprovechó la ocasión para exhibirse ante la multitud, que lo aclamó y aplaudió. El relato culmina con la muerte de Herodes, provocada por un ángel del Señor a causa de su arrogancia (Hechos 12:22-23). Este suceso es respaldado por el historiador judío Flavio Josefo[1], quien describe a Herodes apareciendo con un manto de plata que resplandecía intensamente bajo el sol, impresionando tanto a la multitud.

 

Elementos de espectáculo

Herodes empleó estrategias distintas a las de los plateros de Éfeso, pero igualmente efectivas para manipular a las masas y consolidar su autoridad. El rey no se presentó como un simple administrador, sino que utilizó su apariencia (ropas reales deslumbrantes) y el escenario (una plataforma elevada) para proyectar una imagen de grandeza sobrenatural. Esto evoca el circo romano: un espectáculo visual que cautiva y eleva al gobernante por encima de lo humano. Herodes convierte una negociación política en un evento en tiempo real con el único propósito de glorificarse a sí mismo. De este modo, desvía la atención de los problemas políticos cotidianos, exaltándose a sí mismo.

No sé cuántos políticos en el mundo leen la Biblia, pero juzgando por sus comportamientos, más que uno parece haberse dejado inspirar por el ejemplo de Herodes.

Cuando el pueblo grita “¡Voz de un dios, y no de hombre!”, Herodes no lo rechaza. Esto demuestra cómo ciertos líderes políticos pueden alentar o, por lo menos, tolerar el culto a su personalidad para consolidar su poder. La adulación de las masas refuerza su control manipulador: si la gente lo ve como divino, es menos probable que lo cuestione.

 

Dependencia como herramienta de poder

Tiro y Sidón se encontraban en una posición vulnerable. Este desequilibrio económico le dio a Herodes una ventaja que explotó hábilmente para exigir lealtad y sumisión. Al presentarse como un benefactor magnánimo, manipuló la percepción de los delegados, quienes probablemente lo aclamaron tanto por miedo como por gratitud. Es un eco del “pan” romano: controlar los recursos básicos para someter a otros.

Herodes no necesitaba incitar a la multitud como Demetrio; su propaganda era más sutil, pero igualmente efectiva. Su vestimenta, su discurso y el contexto del evento estaban diseñados para que la gente misma construyera su mito. Es una forma sofisticada de manipulación política, dejar que otros rellenen los espacios en blanco con su propia reverencia. Infelizmente, en nuestros días, ciertos medios de comunicación cumplen con este papel religiosamente y se convierten así en lacayos útiles del poder establecido en vez de guardar una distancia crítica.

Sin embargo, el discurso público de Herodes queda pequeño ante el acontecimiento que se ha convertido en el escándalo jurídico más famoso de la historia.

 

El mayor escándalo de la historia: el juicio de Jesucristo

El juicio de Jesucristo, narrado en los Evangelios, queda en las crónicas de la humanidad como uno de los ejemplos más desgarradores de manipulación estatal de la historia, orquestada para preservar el poder y sofocar la verdad divina. En este drama, Poncio Pilato, el gobernador romano, y Herodes Antipas, tetrarca de Galilea, se convierten en protagonistas de un proceso saturado de manipulación, propaganda, presión política y prevaricación. Los acontecimientos no solo revelan la malicia del corazón humano, sino también la soberanía de Dios que transforma la mayor injusticia jamás cometida en la base de nuestra redención.

El juicio comienza con los líderes religiosos de los judíos, quienes, temiendo la influencia de Jesús, lo acusan falsamente de blasfemia y subversión. Incapaces de ejecutarlo bajo la ley romana, lo llevan ante Pilato, manipulando la narrativa para presentarlo como una amenaza al imperio: 'Hemos hallado a este hombre subvirtiendo a nuestra nación, prohibiendo pagar tributo al César y diciendo que él es Cristo, un rey' (Lucas 23:2).

Esta acusación es un golpe maestro de propaganda: apela al miedo político de Roma y convierte a Jesús en un enemigo del orden establecido. Cuando Pilato, tras interrogarlo, declara: 'No hallo ningún delito en este hombre' (Lucas 23:4), los líderes religiosos avivan las emociones y fabrican un enemigo común para presionar al poder secular. Pocas cosas son tan efectivas para manipular a la gente que una amenaza que supuestamente hace peligrar la vida de todos. Es una de las razones por las que muchos presidentes optan por desencadenar una guerra para tapar sus propias vergüenzas. Para eso siempre se encuentra un enemigo conveniente.

Pilato, atrapado entre su conciencia y la conveniencia política, envía a Jesús a Herodes, quien gobernaba Galilea, en un intento de evadir responsabilidades. Herodes, intrigado por los rumores sobre Jesús, lo recibe con burla y expectación, esperando un milagro como entretenimiento (Lucas 23:8). Al no obtenerlo, lo devuelve a Pilato vestido con un manto de escarnio, un acto teatral que refuerza la humillación pública.

Este intercambio entre Pilato y Herodes es simplemente un 'circo' político, tan popular hasta el día de hoy: ambos líderes usan a Jesús como peón para proteger sus posiciones, manipulando la percepción de la población. Su alianza, sellada ese día (Lucas 23:12), muestra cómo el poder estatal se une en complicidad con quien haga falta cuando le conviene.

De vuelta con Pilato, la manipulación alcanza su clímax. Aunque el prefecto romano reconoce la inocencia de Jesús, cede ante la multitud incitada por los sacerdotes, que pide a gritos la crucifixión (Mateo 27:22-23). En un gesto tan simbólico como desesperado, Pilato se lava las manos (Mateo 27:24) para reclamar su inocencia, pero su capitulación revela cómo los gobernantes pueden sacrificar la justicia para salvar sus carreras políticas. La multitud, agitada por consignas y emociones, marca el camino por seguir. La gente manipulada está confundida y furiosa para servir a los intereses de sus manipuladores.

El juicio de Cristo expone las artimañas del poder estatal como ningún otro: la distorsión de la verdad, el uso del miedo y el espectáculo y la explotación de la población. Pilato y Herodes, igual que el Faraón o Jezabel, manipulan para preservar su dominio. Pero al mismo tiempo, este acontecimiento contiene una verdad que ningún cristiano debería olvidar: Dios, desde los cielos, se ríe de aquellos que se creen poderosos y los convierte en estiércol en el vertedero de la historia (Salmo 2).

 

¿Cómo protegernos de la manipulación?

Tras examinar algunas de las artimañas de la manipulación estatal —desde el faraón tejiendo cadenas de esclavitud en Éxodo hasta Pilato y Herodes escenificando el juicio de Cristo—, nos enfrentamos a una pregunta ineludible: ¿cómo no caer en estas trampas que acechan nuestra mente y corazón?

No es suficiente con señalar el problema; necesitamos una estrategia para no convertirnos en títeres de gobiernos que, ayer y hoy, retuercen la realidad, juegan con nuestras emociones y convierten cualquier crisis en un escalón hacia más poder. A lo largo de esta serie, hemos visto sus tácticas: el miedo como combustible, el caos como cortina de humo y la verdad como rehén. Pero, como pueblo de fe, no somos indefensos.

Nuestra primera línea de defensa es la brújula eterna: la Palabra de Dios. No se trata de hojearla como un pasatiempo; hay que zambullirse en ella, dejar que sus historias —como la liberación de Israel y el coraje de Pablo en Éfeso— nos afilen el instinto para oler la mentira. Es un entrenamiento diario que separa el oro de la verdad divina del polvo de las ilusiones humanas.

No estamos solos: la oración nos conecta con el Creador. No es solo pedir favores; es escuchar, afinar el oído para captar la sabiduría que corta la niebla de las apariencias y nos da entendimiento para no tragarnos el anzuelo. A veces, cuando oramos: “líbranos del mal”, es bien posible que estemos pensando en nuestro gobierno de turno. Y Dios escucha oraciones.

Otra cosa es muy importante: esto no es un viaje en solitario. La comunidad cristiana es nuestro escudo colectivo. Juntos pulimos nuestras ideas, desafiamos las dudas y avivamos el fuego por lo auténtico, un antídoto contra el veneno de la manipulación. Y no basta con lo espiritual; también hay que ser inteligente: listos como las serpientes y sin mal como las palomas.

Nos conviene tomar conciencia de cómo los medios tejen narrativas y cómo las estadísticas manipuladas crean espejismos de progreso, mientras la realidad es distinta. Debemos ser curiosos y críticos: exponer la verdad que nos protege contra titulares deslumbrantes que ocultan agendas sombrías.

Cuando las leyes o las emergencias —económicas, sanitarias o políticas— nos empujen contra la pared, nos hace falta discernimiento. A veces hay que plantarse y decir ‘no’. Otras veces toca resistir de forma pacífica, pero con firmeza, levantar la voz o simplemente dar un paso atrás de lo que huele a podrido. Los gobiernos son magos con los números, convirtiendo desastres en excusas para apretar el control. Como alguien dijo con agudeza: ‘Dale más poder al Estado en una crisis, y el Estado inventará otra crisis para no soltarlo’. Es un juego viejo, pero sigue funcionando.

En un mundo donde la verdad se moldea como arcilla, nuestra fuerza está en un Dios que no se tambalea. Vivamos anclados en esa certeza, con los ojos bien abiertos, listos para actuar con justicia y caminar con humildad. Al final, la promesa es clara: todo será renovado por la predicación del evangelio. Que nuestras vidas griten esa esperanza, desarmando la manipulación con un evangelio que ningún poder terrenal puede callar.

 

Notas

[1] Antigüedades Judías, Libro XIX, Capítulo 8, Sección 2 (19.8.2).

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