“Reforma”: un concepto ambiguo y polivalente a 509 años (I)
Existen diversas maneras de referirse a ese fenómeno que trastornó al cristianismo hace 509 años, pero que sigue causando controversia, especialmente por su ambigüedad y polivalencia.
29 DE OCTUBRE DE 2026 · 19:00
No podemos celebrar un pecado […] Los acontecimientos que dividen a la Iglesia no pueden ser llamados un día de fiesta. Debemos distinguir entre “festejar” (feiern) y “conmemorar” (gedenken). Festejar en alemán y en italiano no son la misma cosa. En italiano se puede festejar todo, lo usa mucho la prensa, en alemán no es así. […] Conmemorar es recordar solemnemente algo o a alguien, con alegría o con dolor.1
Kurt Koch, presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos (hoy Dicasterio)
Conmemorar y autocriticar
Las diversas formas en las que se aborda el análisis de las reformas religiosas del siglo XVI van desde el celebracionismo acrítico, idealizante y triunfalista hasta las visiones negativas y descalificadoras con muchos matices de por medio. Las conmemoraciones formales de las iglesias protestantes o evangélicas (términos ya casi en desuso) se orientan hacia lo primero. La perspectiva católica “dura”, por su parte, se ha negado a celebrar lo que se considera un auténtico cisma de la iglesia occidental, lo que encamina su percepción hacia un rechazo contundente generalizado.
Los historiadores y analistas, desde dentro o fuera del ámbito eclesial o teológico, hablan de un natural desgaste de las múltiples herencias que dejaron las diferentes expresiones de los movimientos plurales que acontecieron.2 La gran diversificación eclesial y el surgimiento de tantas confesiones como procesos se dieron en la Europa de entonces ha llegado hasta hoy con un rostro apenas manejable y perceptible que complica la revaloración de los varios legados que entran en juego. Pues no es lo mismo hablar de las llamadas “reformas magisteriales”, las más famosas, de las reformas nacionales o incluso de las “reformas radicales” que produjeron tantos dilemas teológicos, políticos y culturales en el momento mismo de los sucesos. Y qué decir de la recuperación de sectores sociales que otrora fueron invisibilizados por el dominio patriarcal de las dirigencias eclesiásticas en todos los bandos. Los nuevos rostros de las reformas, para decirlo en una frase hecha, aportan una comprensión bastante diferenciada y novedosa de lo acontecido.
Enfoques como los aportados por José Luis Villacañas,3 los varios acercamientos al papel de los grupos pequeños dispersos por toda Europa o el impacto real de la actuación de las mujeres en los espacios cotidianos y domésticos (véase el número 131 de la revista Christian History como ejemplo)4 aportan un panorama renovador. Ello debería influir en el perfil que las comunidades de fe pretenden reconstruir fragmentariamente año tras año, pero lamentablemente una cosa es lo que la academia desarrolla y otra muy diferente es lo que se piensa en las iglesias. Especialmente en América Latina, la percepción que se tiene es la de una enorme lejanía y de un lenguaje religioso que ya no necesariamente conecta con las preocupaciones actuales. Antes, las nuevas generaciones se topaban con “la” Reforma Protestante en los estudios históricos mínimos de la educación básica, algo que ahora tristemente brilla por su ausencia.
Los adjetivos para calificar las reformas
De entre los varios adjetivos con los que se han calificado los movimientos de esa época y que se han utilizado en diferentes momentos, varios de ellos reflejan la satisfacción o insatisfacción que ha producido su realidad o irrealidad.
Quizá la mirada o interpretación triunfalista que habla de una Reforma permanente desde los espacios oficiales sea la más cuestionable pues da por sentado que el famoso lema del siglo XVII se ha cumplido o se cumple a cabalidad en las formas institucionales de las iglesias establecidas. La crítica más señalada a esta manera de ver las cosas es la inexistencia total para aplicar el lema de manera formal y práctica a la vida de las comunidades religiosas. Es decir, que no existen canales claros para que la Reforma de la iglesia sea “permanente”, aunque el ideal heredado permanezca ahí. El inmovilismo institucional es la constante y la profundidad sugerida por el lema no llega a impactar la realidad comunitaria. Tal como lo ha observado Alfonso Ropero Berzosa en un texto enjundioso y de título más que provocador.5
Acaso desde ahí, pero con validez para el resto de perspectivas, sea necesario puntualizar el concepto de “Reforma” que se maneja. En ese sentido es importante lo que planteó Mireia Vidal i Quintero en 2017, pues dependiendo de la idea de Reforma que se maneje es posible derivar de ella sus implicaciones y efectos. Ella remite el concepto hasta la Reforma gregoriana del siglo XI,
cuando se identifica claramente un sentido de “desviación” respecto a la enseñanza de los Padres y, en particular, respecto a la ley canónica que se desarrolla entre los siglos IV y VII. Es entonces cuando la Iglesia medieval se lanza a un proceso de reforma, pero auspiciado por la idea de la “vuelta a las fuentes”, del ressourcement. A partir de la Reforma gregoriana, el concepto de “reforma” encontrará un lugar constante en el devenir histórico de la Iglesia, lo cual cristalizará alrededor de distintos conceptos: “renovación” (renovatio), “restauración” (restauratio), “reforma” (reformatio), “reavivamiento”, “renacimiento”, “mejora”, “enmienda”, “corrección”.6
Con las reformas “protestantes” del siglo XVI aconteció una especie de apropiamiento del concepto desde las iglesias herederas de aquellas, lo que propició que haría de la reforma “su piedra de toque hasta patentarlo en el famoso lema sobre la reforma permanente, aunque como Vidal subraya, es una expresión “que de hecho no toma la forma actual hasta bien entrado el siglo XX”. Este hecho “debería poner en guardia ante la a veces facilona correlación que se establece entre la idea de reforma y el adverbio siempre, en la que el protestantismo abunda […]. …cabe decir que la conciencia de reforma será una constante en el ámbito protestante precisamente a partir del movimiento de relativización de la tradición medieval que está en el origen de su nacimiento”.7
Estamos, pues, delante del adjetivo más optimista, oficial y persistente en las comunidades protestantes, lo que no deja de llamar la atención por causa del escaso poder formal de realización o de la canalización efectiva de formas concretas de autotransformación al interior de ellas. Los demás aluden a aspectos no necesariamente negativos, pero que señalan hacia realidades más complejas y discutibles. Así, por ejemplo, se habla de una reforma “inacabada” o “incompleta”, como lo han hecho Jürgen Moltmann8 o Francisco Rodés, quien se refiere más específicamente a la dificultad para lleva hasta sus últimas consecuencias el sacerdocio universal de los creyentes.9 O la “reforma imposible” de la que habló el historiador y sociólogo Jean-Pierre Bastian al ocuparse de lo sucedido en América Latina,10 la reforma “inaceptada” que evidencia lo dicho por Ropero Berzosa, y hasta la “involuntaria”, sobre lo cual estudió el historiador estadounidense Brad Gregory en un libro traducido en México.
De modo que existen diversas maneras de referirse a ese fenómeno que trastornó al cristianismo hace 509 años, pero que sigue causando controversia, especialmente por su ambigüedad y polivalencia, algo acerca de lo cual no existe suficiente conciencia en el seno de las comunidades e iglesias que reivindican su herencia. Aún hace falta mucha discusión y análisis para pronunciarse con mayor certeza sobre el sentido de lo ocurrido en la Europa convulsa del siglo XVI y cuyo impacto aún preocupa a muchos sectores del cristianismo, con todo y que se le ve como algo bastante lejano.
Notas
1 “El cardenal Koch distingue entre ‘conmemorar’ y ‘festejar’ los 500 años de la Reforma de Lutero”, en Religión en Libertad, 26 de octubre de 2016. Cf. Juanjo Romero, “Cardenal Koch sobre el V Centenario de la Reforma: ‘no podemos celebrar un pecado’”, en Infocatólica, 21 de junio de 2012.
2 Véase el número 370 de la revista Concilium, abril de 2016, que bajo el tema: “La Reforma desde una perspectiva global”, analizó sus orígenes, desarrollo e implicaciones para el mundo presente.
3 Cf. J.L. Villacañas, Imperio, reforma y Modernidad. Vol I. La reforma intelectual de Lutero. Madrid, Guillermo Escolar, 2017.
4 Véase el número completo aquí.
5 A. Ropero Berzosa, “La irreformabilidad del protestantismo”, en Pensamiento Protestante, 31 de octubre de 2020.
6 M. Vidal i Quintero, “Semper reformanda. El discurso de la reforma en la iglesia”, en Ídem, Reforma y reformas en la iglesia. Miradas críticas de las mujeres cristianas. Estella, Verbo Divino, 2018 (Aletheia, 14), p. 27.
7 Ídem, p. 28.
8 J. Moltmann, “La reforma inacabada. Problemas no resueltos, respuestas ecuménicas”, en Concilium, núm. 370, abril de 2016, pp. 135-144.
9 F. Rodés, “El ideal frustrado de la Reforma Protestante: el sacerdocio universal de los creyentes”, en Cuba Teológica, año 35, número 3, septiembre-diciembre de 2017, pp. 40-41.
10 J.-P. Bastian, “L’impossible Réforme. Les élites libérales à la recherche d'une modernité religieuse latino-américaine au XIX siècle”, en Caravelle, núm. 67, 1996, pp. 89-101.
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