Un matrimonio no se salva con una gran decisión

No te casaste una sola vez. Te sigues casando cada día que decides quedarte.

24 DE SEPTIEMBRE DE 2026 · 14:00

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Hay anillos de sello —esos que llevan grabada una inicial o un escudo— que después de años de roce diario contra la piel, contra la ropa, contra la vida entera, van perdiendo el grabado. La marca que un día salió nítida del molde se pule sola, sin que nadie la toque, hasta quedar casi lisa. Y entonces hay que hacer algo que nadie te explica el día que te lo entregan: hay que llevarlo de vuelta y volver a marcarlo.

El Cantar de los Cantares usa exactamente esa imagen para hablar del amor: "Ponme como un sello sobre tu corazón, como una marca sobre tu brazo" (8:6, LBLA). No un sello que se puso una vez, en el altar, y ya. Un sello que hay que seguir llevando puesto —presionado, marcado— mientras el roce de los años intenta borrarlo.

Llevo tres jueves hablándote de lo que borra ese sello sin que nos demos cuenta: la soledad de quien no se deja ver, las puertas que dejamos cerradas una y otra vez, el desprecio que se asoma en una mueca. Hoy, para cerrar el mes, quiero hablarte de lo otro: de lo que hace que un sello, por gastado que esté, se pueda volver a marcar.

 

La diferencia entre un contrato y un pacto

Timothy Keller, en El significado del matrimonio, señala una distinción que a mí me cambió la forma de mirar el mío: un contrato dura mientras me convenga —mientras lo que recibo compensa lo que doy. Un pacto es otra cosa: es una promesa proyectada hacia el futuro, hecha sin saber todavía qué va a traer ese futuro. El escritor G. K. Chesterton lo notó hace más de un siglo: cuando dos personas se enamoran de verdad, no se conforman con decir "te quiero ahora". Sienten el impulso de prometer algo mucho más grande: "te voy a querer siempre". Ese impulso no es ingenuidad. Es que el amor de verdad, por su propia naturaleza, aspira a quedar sellado —no a la deriva de si hoy tengo ganas o no.

Por eso Pablo no le pide a los esposos que sientan amor por su esposa. Les ordena amarla (Efesios 5:25, 28). Y una orden solo tiene sentido si se dirige a la voluntad, no a la emoción, porque las emociones no se pueden mandar, pero las acciones sí. El psiquiatra M. Scott Peck definió el amor como "la voluntad de extenderse uno mismo con el propósito de nutrir el crecimiento espiritual propio o ajeno". No una sensación que te visita de vez en cuando. Una decisión que se vuelve a tomar.

Pero un pacto no te vacuna contra las grietas ni contra las muecas. Todo matrimonio real las tiene. Lo que de verdad separa a los que se sostienen de los que se hunden no es si hay ruptura —la hay, siempre— sino qué hacen con ella después. John Gottman, después de años grabando a matrimonios reales en su laboratorio, le puso nombre a los gestos que reparan una ruptura a tiempo: los llamó intentos de reparación —una broma, una disculpa, una mano que se extiende, una pregunta que baja la tensión. Y encontró algo que a mí me parece casi una promesa: las parejas que seguían juntas y felices aceptaban esos intentos de reparación el 86% de las veces. Las que terminaban separándose, apenas el 33%. No es que las parejas felices discutan menos. Es que cuando alguno de los dos extiende la mano para reparar, el otro la toma.

Cada intento de reparación aceptado es, en el fondo, una nueva presión sobre el mismo sello. No borra lo que pasó. Vuelve a marcar la promesa.

Ya te conté que mi propio matrimonio estuvo cerca de hundirse —no por una gran tormenta, sino por mil puertas que dejé cerradas. Lo que no te había contado es cómo empezamos a salir de ahí. No fue con una conversación mágica, ni con una decisión tomada una sola vez, un martes cualquiera. Fue presionando el sello de nuevo, un intento de reparación a la vez, muchas veces sin ganas, hasta que volver a elegirnos dejó de sentirse como un esfuerzo y volvió a sentirse como un hogar.

Así que hoy no te pregunto si tu matrimonio tiene grietas, ni si alguna vez se te ha escapado una mueca de desprecio. A estas alturas del mes ya sabemos que sí, en algún grado, a todos nos pasa. Te pregunto otra cosa: cuando se te presenta la oportunidad de reparar —una disculpa que puedes aceptar, una mano que puedes tomar— ¿la estás tomando, o la estás dejando pasar?

Para pensarlo esta semana:

  • ¿Qué intento de reparación de mi cónyuge dejé pasar esta semana, sin darme cuenta de lo que era?

  • Si el amor no es un sentimiento sino una decisión, ¿qué decisión concreta puedo tomar hoy, sin esperar a sentir ganas?

  • ¿Cuándo fue la última vez que elegí a mi cónyuge de nuevo, en voz alta, no solo por costumbre?

 

A este sello que hay que volver a marcar —y a todo lo que, sin que lo notemos, se va interponiendo entre esa marca y la piel— le dediqué un libro entero: Las Ocho Grietas del Amor. Porque un pacto no se rompe de golpe: se va desgastando por las grietas que nadie se atrevió a nombrar a tiempo. Si estas cuatro semanas te hicieron ver algo en tu matrimonio que llevabas tiempo sin nombrar, no lo dejes otra vez sin nombre. Descarga el libro totalmente gratis en nuestra plataforma (>PDF<), o consíguelo en físico por Amazon (>AQUÍ<). Y si sientes que este es el momento de dejar de intentarlo solo, entra hoy mismo a faroacademia.es: ahí tienes formación para tu carácter, acompañamiento real y una comunidad que camina este proceso contigo. No esperes al próximo aniversario para volver a presionar el sello. Hazlo esta semana.

Publicado en: PROTESTANTE DIGITAL - Entre la Tormenta y la Roca - Un matrimonio no se salva con una gran decisión