La coagulación de la sangre

La coagulación sanguínea es un complejo mecanismo bioquímico que está minuciosamente controlado para funcionar únicamente cuando es necesario y en el lugar concreto.

28 DE ENERO DE 2024 · 12:00

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Imagen de ANIRUDH, Unsplash.

En la época de Darwin, los médicos no sabían todavía qué mecanismos bioquímicos actúan en el cuerpo para permitir la coagulación sanguínea y el consiguiente taponamiento de las heridas que nos salva la vida. Hoy sabemos que se trata de un proceso muy intrincado que depende de numerosas moléculas proteicas -alrededor de una veintena- que interactúan eficazmente entre sí. Cada una de tales proteínas es tan importante para obtener el resultado final -la detención de las hemorragias- que si sólo una de ellas falta o se torna defectuosa, todo el sistema colapsa y la sangre no coagula en el momento adecuado. Con lo cual se pone en riesgo la vida de la persona o del animal ya que éstos podrían morir desangrados. 

Pero además, la sangre tiene que coagular en el momento y lugar adecuados. Si esto no fuera así, si ésta coagulara en un lugar distinto o algo más tarde de lo necesario, el coágulo formado podría taponar la circulación en algún vaso sanguíneo y provocar un infarto o la parálisis de alguna parte del cuerpo. Por tanto, la coagulación tiene que ocurrir sólo en la herida pues, de otro modo, todo el aparato circulatorio podría coagular, solidificándose y provocando la muerte inmediata del organismo. De manera que la coagulación sanguínea es un complejo mecanismo bioquímico que está minuciosamente controlado para funcionar únicamente cuando es necesario y en el lugar concreto.

Este mecanismo capaz de detener las hemorragias se denomina “hemostasia” -del griego: haima (sangre) y estasis(alto)- y consta de tres partes que actúan simultáneamente: la vasoconstricción de los músculos que rodean al vaso sanguíneo lesionado; la agregación plaquetaria que forma un tapón de plaquetas para evitar el sangrado y la activación de los factores de coagulación o formación de miles de hebras pegajosas de fibrina que envuelven al tapón de plaquetas, creando así una red que retiene el plasma y los glóbulos rojos. El coágulo de fibrina así formado tapa la rotura del vaso y detiene la hemorragia. Ahora bien, tal como se ha señalado, es fundamental que todo este mecanismo se active únicamente cuando sea necesario. ¿Cómo logra el cuerpo hacer todo esto? ¿Es capaz la biología evolutiva de explicar cómo pudo originarse un sistema tan complejo?

Al sistema de coagulación sanguínea se le llama también en “cascada” porque cada uno de sus componentes sirve para activar al siguiente. El primero activa al segundo, éste al tercero, el tercero al cuarto y así sucesivamente hasta llegar a la veintena aproximada de factores que intervienen. El siguiente esquema representa dicha cascada de coagulación de la sangre, en el que las proteínas que aparecen en letra normal intervienen en la formación del coágulo, mientras que aquellas otras que figuran en cursiva se encargan de eliminar coágulos o impedir su formación.

La coagulación de la sangre

Esquema de la cascada de coagulación de la sangre (según Behe, 1999).

El profesor de bioquímica de la Universidad de Lehigh (Pensilvania), el Dr. Michael J. Behe, explica detalladamente la complejidad de la cascada de coagulación y escribe: “el sistema de coagulación encaja en la definición de complejidad irreductible. Es decir, es un sistema único compuesto de varias piezas interactuantes que contribuyen a la función básica, y donde la eliminación de cualquiera de las partes hace que el sistema deje de funcionar”.[1] ¿Cómo pudo aparecer por evolución un sistema así?

El hígado produce una proteína llamada fibrinógeno que permanece soluble en el plasma sanguíneo. Las plaquetas poseen unos receptores para el fibrinógeno que cuando se activan permiten que miles de moléculas de fibrinógeno se les adhieran provocando la conversión de éste en fibrina, una proteína fibrilar que forma redes tridimensionales entre las plaquetas para tapar las heridas. La fibrina es la responsable de que la costra de las heridas permanezca pegada a la piel, hasta que se forma una nueva capa de piel. A su vez, esta transformación del fibrinógeno en fibrina viene provocada por una enzima llamada trombina. Se llama “tiempo de trombina” a lo que tarda el plasma sanguíneo en formar un coágulo. Pero, si la trombina estuviera siempre presente en el torrente sanguíneo provocaría una coagulación generalizada que conduciría a la muerte. De ahí que la cascada de coagulación deba desactivarse antes que la sangre del organismo se solidifique por completo.

En efecto, la coagulación se limita al lugar de la herida de diferentes maneras. Existe una proteína en el plasma llamada antitrombina que se une a la mayoría de las proteínas de coagulación y las inactiva. Hay también la denominada proteína C que destruye la acelerina y el factor antihemofílico, así como la proteína trombomodulina que se encarga de restarle capacidad a la trombina, así como otras proteínas que contribuyen a disolver los coágulos. Existen varias moléculas pensadas para restringir la coagulación al espacio y tiempo adecuados. Si algo de todo esto fallara, todo el sistema colapsaría con consecuencias nefastas. ¿Es posible que algo bioquímicamente tan complejo y sofisticado apareciera por evolución gradual, tal como propone el darwinismo?

Los biólogos evolutivos creen que mostrando cómo cada una de estas proteínas de coagulación, por separado, hubieran podido evolucionar de otras algo diferentes, por medio de un proceso natural, ya quedaría demostrado que toda la cascada se habría producido por casualidad según las leyes naturales. Se comparan los animales invertebrados con los vertebrados y se suponen cómo deberían haber sido los organismos intermedios y qué factores de coagulación deberían haber tenido. No obstante, hay que tener en cuenta que la circulación en los invertebrados posee una baja presión y requiere proteínas muy diferentes a las de los vertebrados, cuya presión es mayor. Muchos invertebrados sellan sus heridas con un simple gel, mientras que en los animales superiores se requieren sofisticadas proteínas como la fibrina. En realidad, nadie sabe cómo pudo evolucionar gradualmente un sistema circulatorio de alta presión a partir de otro de baja presión, al mismo tiempo que también evolucionaba la propia cascada de la coagulación.

Cuando se analizan todos los factores implicados que deben estar presentes para que el sistema funcione correctamente, dicha creencia parece realmente absurda. La cascada de la coagulación tuvo que estar operativa desde el principio para ser perfectamente funcional y esto sugiere más bien que detrás de ella hubo la guía de un agente inteligente.

 

Notas

[1] Behe, M. J. 1999, La caja negra de Darwin, Andrés Bello, Barcelona, p. 114.

 

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