¿Es ética la violencia revolucionaria?

Hace tres años (2005) Héctor Jouvé relató a la revista La Intemperie las actividades desarrolladas en el norte argentino por el “Ejército Guerrillero del Pueblo”. Allí el autor narra los fusilamientos de los militantes Bernardo Groswald y Adolfo Rotblat. A raíz de esto, el filósofo Oscar del Barco se manifestó en contra de todo acto que atente con la integridad del ser humano, bajo el lema: “No matarás”, el asume su responsabilidad moral, que prefiero llamar cristiana y condena tod

11 DE JULIO DE 2008 · 22:00

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Algunos justifican la violencia como una forma de mantener en vilo al opresor: El Estado que cumpla su razón de ser a favor de los excluidos: Los grupo guerrilleros. Ellos actúan y velan como si fueran el ejército del pueblo. Los oprimidos, avalan estas acciones porque están acorde a las ideas de vencer al Goliat, que hay que vencer a toda cuesta. Pero, hay quienes exigen del Estado una presencia, con el objetivo de acabar con estos grupos que siembran el miedo y la zozobra. Cada uno tiene derecho de exigir, pero en esa exigencia no hemos pensado ¿Quiénes son los que pierden? ¿Quiénes mueren en esta lucha ilógica? Se han puesto a pensar sobre la herida que sangra en los inocentes que nada tienen que ver en esta guerra, que es el pueblo. Sobre los campesinos que dejan de sembrar y hacer producir la tierra, para que no haya en el futuro escasez. Frente a la condena que hace Oscar del Barco a toda forma de violencia política o revolucionaria., el texto de Martin Baigorria nos lleva a pensar en las heridas que deja todo acto violento, esas heridas son los hijos de la guerra, de los que han sufrido por años, nos lleva a reflexionar sobre los traumas que deja la violencia. A partir de ella se podría entender que los privados de la libertad como los fusilamientos del grupo guerrillero FARC que se adjudica en nombre del “Ejército del Pueblo” como otro asesinato bajo las coordenada de su lucha por el pueblo. Vale preguntarle a estos grupos y aquellos que consideran que la FARC tiene un proyecto bolivariano, si secuestran y asesinan a los hijos del pueblo colombiano no importando su estatus social ¿a caso ellos no son seres humanos? ¿Los policías, el ejército no son seres humanos? ¿Acaso se justifica el asesinato en nombre de una ideología, de una clase o de una fe en Dios? ¿Se justifica asesinar a un guerrillero en nombre del Estado de derecho de una nación? ¿No son ellos hijos del pueblo colombiano? Volviendo al lema “No matarás” no es solo una cuestión religiosa, lo es también jurídico humanista y reflexiva sobre cada acto irracional del ser humano. Aunque estos actos han sido legitimados por la psicología jurídica que ha provocado otra herida en nuestra sociedad. Hay muchos locos sueltos que amparándose a estas leyes siguen haciendo daño a nuestra sociedad, ya es hora de hacer un replanteamiento de las normas jurídica si queremos sanar las heridas de una nación tan golpeada por estos burdos y estoicos. El no matarás significa un imperativo categórico necesario para vivir en armonía y en comunidad. Pero, para hacer posible esa comunidad tenemos que erradicar todo acto violento, por la sencilla razón que el actual sistema democrático (Estado) e ideológico (Guerrilla) se hallan cimentado en la herida de los que han sufrido y pagado el costo de esta guerra: los inocentes, el pueblo colombiano que se ejemplifica en el niño Emmanuel (hijo del pueblo) y Álvaro Uribe (hijo de la oligarquía) no son ellos hijos de la guerra. Al primero al nacer fue arrancado de los brazos de su madre, ¿no es un acto violento? Al segundo, le asesinaron a su padre. ¿No son hijos de la guerra? Heridas que sangran el dolor de una pérdida… Es comprensible la acción del presidente Uribe en cerrar esa herida desterrando a estos grupos terroristas. Pero, nuestro Presidente se ha dado cuenta que condicionar la violencia es agregar otro acto violento: sangrar más la herida y esto sustrae toda posibilidad de un entendimiento entre gobierno y FARC. Este que se sustrae debe ser pensado en su posibilidad, como violencia. ¿Y no en este plano imposible donde pensamiento y violencia se encuentran, allí donde el fundamento contingente de la política gubernamental emerge en su imperfecta facticidad? Entonces vale la pena que pensemos ¿Quién pierde en esta lucha? ¿Quiénes son los que mueren en esta guerra? Ahora bien, si nuestra democracia se encuentra construida bajo las heridas del dolor, no conviene entonces que organicemos nuestros ideales. Lo mismo sucede en los grupos guerrilleros, seguir haciendo filosofía revolucionaria y enseñando en medio de un País herido por las atrocidades cometidas en la historia de los grupos revolucionarios. No sería mejor deponer las armas o reorganizar los ideales y emprender una nuevo proyecto no bolivariano sino un proyecto donde todos seamos uno en la diversidad de ideas. Pero, esta insistencia en pensar en las secuelas que ambos bandos: gobierno y guerrilla dejan en esta lucha campal, no cierra toda reflexión sobre las distintas formas de violencia que serian propia o no de la política gubernamental o ideológica del grupo al margen de la ley. Por eso, cuando se trata de pensar en las secuelas de la guerra, las consecuencias del terrorismo de Estado, ya no parecieran ser más la esencia del problema, sino que ellas mismas deben ser pensadas a partir de nuestra posición ante la violencia de izquierda. El no matarás, no sólo debe surgir de un principio de negar o reprimir la violencia de la fundación social. A una democracia de estado, sino a una democracia del pueblo, de respeto por la vida del otro: no más terrorismo de Estado, ni de grupos al margen de la ley. Si intentamos limar asperezas y dejar la violencia a un lado se trata de hacer campañas y enseñar a las generaciones futuras lo que pasó en la historia de las guerras de nuestro País. Es bueno hablar de los ideales del pasado, pero es bueno condenar sus fantasmas. Pero, surge un problema metodológico y pedagógico al diferenciar en la enseñanza los ideales y su fantasma se pregunta el docente filosófico, teológico y en general ¿Cómo podríamos diferenciarlos? ¿Cómo distinguir entre los ideales que motivaron la lucha armada guerrillera y sus consecuencias, sobre todo cuando ellas mismas, cada vez más, son vistas como inevitables? Martin Boigorria nos aconseja que los ideales de la lucha armada del siglo pasado vuelvan una y otra vez bajo la forma de su propia denegación, eliminando sistemáticamente los modos en que ellos mismos pensaban realizarse. Por lo que, al igual que el “no matarás”, la democracia sólo para olvidar aquello sobre lo cual vino a fundarse, tuvo que reprimir a un grupo para llegar a ser un estado de derecho… En conclusión, esta reacción de los grupos armados a la problemática de la violencia política. Que utiliza toda su maquinaria bajo el lema: “no a los grupos terroristas” para hacer valer sus derechos constitucionales de mantener el “orden social”. No estarían el Estado y los grupos guerrilleros generando más violencia: “País imperialista” “Servidores de Bush”. Si el objetivo es construir una democracia donde quepan todos y todas. Pero, mantener ciertos calificativos, ya mencionados, que en nada ayuda a cerrar o sanar una herida que sigue desangrándose. Si queremos cerrar esa herida, entonces debemos erradicar de nuestros discursos todo aquellos calificativos despectivos y deponer no solo las armas abstractas sino también físicas, esto los mantendrán alerta y abierto a un dialogo fructífero.

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