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    Buscando la `huella protestante´ en la ciencia

    Catolicismo, protestantismo y ciencia moderna (II)

    Como decía el pasado domingo, este verano, César Vidal publicó un artículo en Protestante Digital titulado “Protestantismo y revolución científica”(1) que me ha producido una sensación agridulce. En el artículo anterior expuse lo difícil que resulta hablar del “origen” de la “ciencia” y pretender localizarlo con precisión en el tiempo, el espacio y el mundo de las ideas.
    TUBO DE ENSAYO AUTOR Grupo F&C 05 DE DICIEMBRE DE 2010

    Llegados a este punto, quisiera hacer una reflexión general, que tiene que ver más con el enfoque del artículo que con datos específicos. El uso de la historia en la apologética es una práctica muy conocida y antigua. Igualmente lo es el uso de la ciencia, generalmente asociada a diversas formas de “teología natural”. Personalmente no estoy opuesto, de entrada, a estas prácticas; pero se prestan a tantos, tantos abusos, que creo que debemos tener cuidado. Mucho cuidado. Es muy tentador ir de “pesca” a los libros de historia o de ciencia en busca de datos que apoyen nuestras tesis. Cada vez me disgusta más ver como se usa y abusa de la ciencia para proveer materiales de construcción apologéticos, sin que haya de fondo ningún interés real por la ciencia. Y lo mismo pasa muchas veces con la historia. No faltan historiadores que han defendido con ahínco que la ciencia se originó en el catolicismo o en el protestantismo. No hace falta decir que estas diferentes posturas se corresponden “sorprendentemente” con sus afiliaciones denominacionales personales (por ceñirme al mundo cristiano, ¡Resulta obvio dónde encuentran los musulmanes el origen de la ciencia!).

    Es importante dejar al margen estos enfoques partidistas. Por ello, afirmar que, tras la reforma protestante del siglo XVI, “la ciencia se convirtió en casi un monopolio protestante durante los tres siguientes siglos” resulta un claro abuso triunfalista, que se basa en una lista de eminencias científicas protestantes: Robert Boyle, John Ray, Antonie van Leeuwenhoek, Carolus Linnaeus, Leonhard Euler, George Boole, John Dalton, Michael Faraday, William Thomson, James Clark Maxwell, y “el mayor genio científico de todos los tiempos, el inglés Isaac Newton.” Estos nombres se confrontan con una lista más bien breve de científicos católicos de relieve perseguidos/reprimidos por la iglesia católica: Pascal, Galileo y Kircher.

    Aunque todos esos datos son ciertos, lo preocupante es lo que “no se dice”. Esas dos tablas son el resultado de una cuidadosa selección de personajes: se han buscado los científicos protestantes más relevantes y, del lado católico, sólo aquellos que hayan tenido algún conflicto con la iglesia católica como institución. Ha sido esa “comparación” sesgada lo que, más que otra cosa, me ha disgustado del artículo.

    Estas listan ignoran las feroces críticas que los primeros copernicanos (Copérnico y también Galileo o Descartes) sufrieron a manos de algunos teólogos protestantes (empezando por Lutero y Melanchton), y que no se apagaron hasta bien entrado el siglo XVII). Afortunadamente, la no existencia en el mundo protestante de una institución represora organizada, como la Inquisición, evitó males mayores. Y, sin embargo, mucho más tarde, tanto católicos como protestantes compitieron en sus ataques a Darwin y la evolución, tema en el que desgraciadamente persisten hoy en día mucho más algunos evangélicos que los católicos (un espectáculo anacrónico realmente lamentable).

    Pero siendo eso una carencia importante en el artículo de César Vidal, lo más grave es la falta de reconocimiento hacia los numerosos científicos católicos, que brillaron a la par que sus colegas protestantes. Además de Galileo, Pascal y Kircher, podemos mencionar entre los siglos XVI y XVIII al astrónomo polaco y padre del heliocentrismo Copérnico (1473-1543), el médico belga y padre de la anatomía moderna Vesalius (1514-1564), el médico francés y padre de la anatomía comparada Belon (1517-1564), el médico y anatomista italiano Falopio (1523-1562), el matemático y astrónomo alemán, padre de nuestro calendario gregoriano, Clavius (1538-1611), el matemático, físico y filósofo francés Descartes (1596-1650), los destacados discípulos italianos de Galileo (el matemático Castelli [1577-1643], el matemático Cavalieri [1598-1647] y el matemático y físico Torricelli [1608-1647]), el jurista y matemático francés Fermat (1601-1665), el matemático, astrónomo y físico italiano, padre de la biomecánica, Borelli (1608-1679), el físico francés Mariotte (1620-1684), el astrónomo y matemático italiano Cassini (1625-1712), el médico, biólogo y poeta italiano Redi (1626-1697), el médico y botánico italiano, padre de la histología, Malpighi (1628-1694), el médico y físico italiano descubridor de la “electricidad animal” Galvani (1737-1798), el físico y químico italiano inventor de la pila eléctrica Volta (1745-1827), etc. Es más, es difícil de entender la ciencia de los siglos XVII y XVIII sin considerar la influencia de los científicos jesuitas o, en el siglo XVIII, los clérigos (los “abbates”), especialmente franceses, como el padre de la cristalografía Haüy (1743-1822), etc. Posteriormente, algunos de los científicos católicos más eminentes podrían ser el microbiólogo y químico francés Pasteur (1822-1895), el biólogo austriaco y padre de la genética Mendel (1822-1884) o el físico belga y uno de los padres del “big-bang” Lemaître (1894-1966).

    Y, en honor a la verdad, hay que decir que Campanella, al que se nos describe simplemente como monje socialista utópico por escribir “La ciudad del sol”, fue también el autor de una valiente “Defensa de Galileo” en 1616. Resulta también importante recordar la defensa de Copérnico que realizó el carmelita italiano Foscarini en 1615. Y no debemos olvidar el apoyo que, en el siglo anterior, tuvo el propio Copérnico de parte de sus amigos el obispo Giese y el cardenal von Schonberg (al que se sumaría a última hora el matemático protestante Rético, que publicaría la obra de Copérnico(2)). Es más, el sistema copernicano se incorporó a los planes de estudios en la Universidad de Salamanca antes de finales del siglo XVI… Para complicar más la cosas, deberíamos recordar a otro astrónomo destacado del siglo XVI, el protestante danés Tycho Brahe, que rechazó a Copérnico y creó su propio sistema híbrido (el geo-heliocéntrico, en el que todos los planetas giraban en torno al sol menos la tierra que permanecía inmóvil en el centro del universo). Pues bien, entre los más entusiastas seguidores de protestante Brahe estaban los católicos jesuitas del siglo XVII; mientras que al mismo tiempo era público y notorio el apoyo de los científicos puritanos/calvinistas (en Holanda e Inglaterra) al modelo de los católicos Copérnico y Galileo. Por si fuera poco, las obras prohibidas de Galileo se publicaban en el siglo XVII en la protestante Holanda… Resulta evidente, pues, que no podemos iniciar un “juego de cartas” para ver quién tiene en su “bando” más y mejores personajes.

    No fueron España y Portugal los escenarios principales de la ciencia católica, más volcados estos países en sus delirios de grandeza imperial que en otra cosa. En cualquier caso, como protestantes españoles estamos llamados a no tragarnos ni la leyenda rosa del catolicismo español, ni la leyenda negra del protestantismo anglosajón. No aburriré a los lectores con los nombres de navegantes y exploradores de los siglos XV y XVI (¡que no siempre eran simples aventureros ignorantes!); pero sería bueno mencionar algunos científicos españoles de los siglos XVI al XVIII que alcanzaron fama internacional, como el médico, geógrafo, filósofo y teólogo Miguel Servet (1511?-1553), el astrónomo Jerónimo Muñoz (1520-1591), el médico, epidemiólogo y farmacólogo Francisco Vallés (1524-1592), el antropólogo, biólogo y geólogo José Acosta (1539-1600), los botánicos José Celestino Mutis (1732-1808) y José de Cavanilles (1745-1804), el astrónomo y descubridor del platino Antonio de Ulloa (1716-1795), el astrónomo Jorge Juan (1713-1773), etc., sin olvidar al divulgador de la ciencia y teólogo benedictino Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764).

    Espero que quede claro que las cosas no son tan simples como a veces se nos quiere hacer creer, y que la historia es mucho más complicada de lo que a algunos les gustaría. Si la historia nos interesa de verdad, deberíamos estudiarla en toda su riqueza, sin usarla como arma para un combate ideológico.

     
    Quisiera hacer aquí un homenaje al químico y notable historiador de la ciencia, el protestante holandés Reijer Hooykaas (1906-1994), que fue una de las grandes influencias sobre el grupo CiS del Reino Unido (“Christians in Science”, “Cristianos en la Ciencia”; el grupo de científicos evangélicos británicos equivalente a lo que en España son los “Grupos Bíblicos de Graduados de Ciencias”).(3) Hooykaas publicó en 1972 un libro bien conocido entre los estudiosos del tema, que se titula “La religión y la aparición de la ciencia moderna” (“Religion and the rise of modern science”, cuyos orígenes se remontan a sus publicaciones de los años 1950)(4). En él, y en otros lugares, Hooykaas hace gran hincapié en las virtudes del protestantismo respecto a la ciencia (y, claro está, no deja de destacar el papel de los calvinistas holandeses). Pero lo que me admira de esta persona es que fue capaz de darse cuenta del gran impacto que tuvieron los viajes de exploración de los portugueses en el siglo XV (un siglo antes de la Reforma protestante) sobre la gestación de la ciencia moderna. Hooykaas llegó a la conclusión de que sus descubrimientos supusieron la primera ruptura del prestigio de lo sabios antiguos (tanto paganos como cristianos, que por lo general afirmaban que no se podía cruzar el Ecuador y que no había antípodas al otro lado).(5) Este fue un elemento clave en el cambio de la mentalidad Occidental, que en un par de siglos pasó de mirar hacia el pasado a poner sus ojos en el futuro y así alumbrar la idea de “progreso” en la que seguimos inmersos.

    Resulta interesante reseñar aquí el párrafo final de un artículo de François Russo, jesuita francés e historiador de la ciencia, que construye una réplica católica a las tesis de Hooykaas sobre la influencia del protestantismo en la ciencia moderna mediante un detallado listado de las contribuciones tanto de católicos como de protestantes a la ciencia de los siglos XVI y XVII (que me ha ayudado para la lista que aparece más arriba): “Como conclusión me gustaría expresar mi gratitud a R. Hooykaas. Aunque he diferido de él en varios puntos, sus estimulantes puntos de vista han sido, sin embargo, muy útiles. Estoy encantado, también, de que al concentrarse principalmente en el papel del catolicismo en el desarrollo de la ciencia durante el siglo de la Reforma, mi artículo provea un suplemento al suyo. Los dos se combinan así para formar una base para futuras amplificaciones y discusiones en una atmósfera de apertura mental y profunda estima mutua.”(6) Todo un ejemplo de cómo deberían conducirse estos estudios.

    Personalmente creo que la Reforma protestante supuso un impulso muy grande a la ciencia, y comparto la afirmación de César Vidal de que “la Reforma implicó un salto cualitativo” para la ciencia, que permitió a los países del norte de Europa (históricamente más atrasados por su localización geográfica lejos del Mediterráneo) ponerse primero al día, y luego superar a los países del sur, históricamente más avanzados. Situación que perdura hasta nuestros días. Ya en el siglo XIX, A. de Candolle (1885), y más tarde J. Pelseneer (1953), se dieron cuenta de que en varias asociaciones científicas europeas, entre los siglos XVII y XIX, los protestantes superaban en número a los católicos, incluso en países donde los protestantes eran una minoría (como en Bélgica).(7) Los trabajos de Dorothy Stimson (1935), y especialmente de R. K. Merton (en un estudio ya clásico de 1938(8)), establecieron que entre los fundadores de la británica Sociedad Real (“Royal Society”, la sociedad científica más antigua del mundo anglosajón), una mayoría eran puritanos, aunque este grupo de protestantes especialmente comprometido con su fe eran una minoría en Inglaterra.(9) Historiadores de la ciencia protestantes como Hooykaas, o más recientemente Peter Harrison(10), han estudiado en detalle la influencia del protestantismo en la ciencia moderna.

    Retomando la idea del “salto cualitativo”, creo que lo que resulta claro de la investigación histórica es la manera en que el protestantismo acogió con entusiasmo la
    empresa científica y la llevó a cotas antes nunca vistas.
    Mientras que la ciencia era anteriormente una actividad de tipo más bien individual, en manos de destacados personajes más o menos aislados, en los países protestantes se produjo un entusiasmo hacia la ciencia que incrementó de manera espectacular tanto el número de científicos profesionales, el de aficionados (algo clave en la historia de la ciencia, ¡curiosamente muchos de ellos eran pastores!) y el del público interesado (que al fin y al cabo es el que apoya “socialmente” la empresa científica y la implicación de los estados en la ciencia). Diversos autores han apuntado varios elementos en el protestantismo que pudieron favorecer ese entusiasmo por la ciencia: la ruptura de la autoridad monopolística de la jerarquía católica, la idea del “libre examen” del texto bíblico, el “sacerdocio universal” de los creyentes, un enfoque menos especulativo de la interpretación bíblica, la dignidad del trabajo “para el Señor” (que se extendió al trabajo manual), y el deseo de trabajar “para la gloria de Dios y el bien de la humanidad” (como solía decirse). Estas ideas fueron aplicadas del “libro de la Revelación” (la Biblia) al “libro de la naturaleza”. El entusiasmo por la ciencia en los países protestantes durante el siglo XVII se reflejó en una mayor oferta de formación científica desde conferencias públicas hasta estudios universitarios, libros, folletos, panfletos, etc., e incluso ¡sermones dominicales! Y como no había censura, las obras de autores tanto protestantes como católicos (incluso del jesuita español Acosta(11)) eran rápidamente traducidas. Tal vez fue todo eso lo que llevó a la aparición de una “masa crítica” de personas alrededor de la ciencia y de esta manera se provocó ese “salto cualitativo”.

    Pero de ahí a identificar a la ciencia sólo con el protestantismo, y al catolicismo sólo con el oscurantismo y la persecución de la ciencia, hay un salto que no deberíamos dar, porque es falso.(12) Y es más, cuando históricamente los “apologistas” protestantes/anti-católicos han usado este tipo de armas contra la iglesia católica, al final han acabado siendo contraproducentes y alimentando la propaganda anti-cristiana general: los anticlericales del siglo XVIII lo hicieron, al igual que los ateos del siglo XX. No voy a entrar en detalles, pero en muchos casos los cristianos de las diferentes iglesias les hemos dado los argumentos en bandeja, como fruto de nuestras luchas fraticidas. Resulta triste ver cómo algunos que presentan al cristianismo como anti-científico, simplemente se han limitado a coleccionar todo lo malo que cada uno ha dicho del otro (incluyendo historias reales; pero también otras falsas y disparatadas). Es hora ¡ya! que la historia deje de ser un campo de batalla y se convierta en un campo de estudio donde todos podamos aprender de aciertos y errores, tanto propios como ajenos. El escritor protestante y profesor de literatura C. S. Lewis decía que “una ciencia retorcida en interés de la apologética sería un pecado y una locura”(13). Lo mismo podemos decir de la historia y, específicamente, de la historia de la ciencia.

    Y para terminar, quisiera aportar una última reflexión. En algún momento deberíamos dejar de hablar de las “glorias” del pasado y fijarnos un poco más en las “miserias” del presente. Está muy bien ensalzar a bombo y platillo a los protestantes del siglo XVI o XVII y sus herederos posteriores; pero ¿y nosotros qué? ¿Qué hacemos los protestantes hoy respecto a la ciencia y el conocimiento en general? ¿Y particularmente en España? Mientras nos llenamos la boca hablando de los científicos tan importantes que han estado o están en nuestras filas, dejamos que corran sueltas por nuestras iglesias todo tipo de ideas disparatadas sobre la ciencia. Se da pábulo al “creacionismo científico” y al “diseño inteligente”, que no son más que falsedades disfrazadas de un barniz pseudocientífico que niegan así tanto los resultados de la biología y la genética, como un análisis riguroso de la Biblia que tenga en cuenta las reflexiones sobre los textos bíblicos relevantes que se han hecho durante milenios y, en especial, los muchos avances en el conocimiento del texto y el contexto bíblico realizados en los últimos siglos. Se afirma sin pestañear que nuestro planeta y el universo tienen poco más de 6000 años, ignorando todo lo que en los últimos 250 años nos ha enseñado la geología, la astronomía, la física, etc. Se ponen en solfa los datos científicos sobre el cambio climático (y eso que John T. Houghton, copresidente del grupo de evaluación científica del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático y editor de sus tres primeros informes de 1990, 1995 y 2001 es un reconocido evangélico británico, con un impecable testimonio científico y cristiano). Y por hacer un triste paralelo con lo que decíamos unos párrafos más arriba, estos disparates se propagan, en ciertos entornos evangélicos, desde conferencias públicas hasta estudios teológicos, libros, folletos, panfletos, etc., e incluso ¡sermones dominicales!

    Es hora de reflexionar ¡ya! Gracias a Dios todo esto no es representativo del mundo protestante en general (aunque en España ha tenido una difusión mucho mayor de lo razonable); pero resulta triste pensar que todo ello es un pálido reflejo del entusiasmo por la ciencia de nuestros predecesores de los siglos XVI y XVII (y posteriores). Si estamos orgullosos de nuestros antecedentes protestantes, deberíamos hacer algo por estar hoy a su altura y defender su legado, no sólo con palabras dirigidas hacia el pasado, sino también con hechos que miren hacia el futuro. Por eso he escrito esto.

    Autor: Pablo de Felipe es doctor en Bioquímica, investigador, escritor y profesor de Ciencia y Fe en el Seminario SEUT



    1) C. Vidal. Protestantismo y revolución científica. Protestante Digital 340 (2010).
    2) Para un estudio de las relaciones entre científicos y teólogos católicos y protestantes que llevaron a la publicación de la obra astronómica de Copérnico, véase mi artículo: P. de Felipe. El De Revolutionibus de Copérnico: la gestación de un libro que cambió la ciencia y la teología. Historia para el Debate 6(2001):48-56.
    3) Sobre Hooykaas, puede leerse el detallado artículo publicado tras su muerte: Arie Leegwater, Reijer Hooykaas (1906-1994): A modern advocate for Philosophia Libera. Perspective on Science & Christian Faith 48(1996):98-103.
    4) R. Hooykaas. Religion and the Rise of Modern Science. Scottish Academic Press, Edinburgh and London, 1972.
    5) Para un tratamiento reciente de este tema, véase mi estudio en prensa: P. de Felipe. The antipodeans and science and faith relations: the rise, fall and vindication of Augustine. En: Karla Pollmann y col. (eds.). Augustine beyond the Book: Intermediality, Transmediality, and Reception. Brill, Leiden (Holanda), 2011.
    6) F. Russo. Catholicism, Protestantism and science. Publicado en George Basalla (ed.). The rise of modern science. External or internal factors? Op. cit., pp. 68.
    7) Evidentemente esto no ocurría en países donde el protestantismo estaba perseguido y era inexistente, como Portugal, España o Italia, donde todos eran forzosamente católicos.
    8) Esta obra está traducida como: R.K. Merton. Ciencia, tecnología y sociedad en la Inglaterra del siglo XVII. Alianza Editorial, Madrid, 1984.
    9) Para las referencias, véase R. Hooykaas. Religion and the Rise of Modern Science. Op. cit. (reimpresión, 1984; pp. 98 y 99). De este pasaje de Hooykaas se hace eco Enrique Mota. Ciencia y fe ¿en conflicto? Publicaciones Andamio, Barcelona, 1995, p. 40. El mismo tema se discute en Stephen F. Mason. Historia de las ciencias (5 vols.). Alianza Editorial, Madrid, 2ª reimp., 1990. Véase el segundo volumen, capítulo 5 (“La revolución científica y la reforma protestante”), pp. 69-89. Peter Harrison ha hecho un estudio actualizado de la influencia del protestantismo en los orígenes de la Sociedad Real, indicando que no es tan fácil concluir el carácter puritano de sus fundadores, aunque sí su pertenencia al protestantismo (de manera más general) y la influencia de ideas puritanas. Véase su Religion and the Early Royal Society. Science & Christian Belief 22(2010):3-22.
    10) Véase su obra: P. Harrison. The Bible, Protestantism and the Rise of Natural Science. Cambridge University Press, Cambridge, 1998. En la introducción describe la discusión entre historiadores de la ciencia del pasado siglo sobre el papel del protestantismo en la emergencia de la ciencia moderna.
    11) Su obra cumbre, Historia natural y moral de las Indias (Sevilla, 1590) apareció en holandés en 1598, en alemán en 1601 y en inglés en 1604 (además de italiano, francés y latín).
    12) En un reciente debate sobre la obra de Peter Harrison, él mismo afirma lo siguiente: “Yo defiendo que la Biblia «jugó un papel central» en el surgimiento de la ciencia natural, no que la Biblia, o la «hermenéutica protestante» o la reforma protestante fue la única causa de la aparición de la ciencia moderna.” The Bible, Protestantism and the Rise of Natural Science: A Rejoinder. Science & Christian Belief 21(2009):155.
    13) C.S. Lewis. Apologética cristiana (1945). Publicado en: Lo eterno sin disimulo. Rialp, Madrid, 1999, p.19.



    Artículos anteriores de esta serie:
     1En busca del `origen´ de la ciencia 
     

     


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