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    Leopoldo Cervantes-Ortiz
     

    Guadalupe Amor y la poesía cara a cara con Dios

    Asalta la fascinada certeza de hallarse frente a un verdadero poeta, a uno de esos raros elegidos que, de acuerdo con Rilke, pueden decir a Dios cómo es el hombre, y al hombre cómo es Dios.

    GINEBRA VIVA AUTOR Leopoldo Cervantes-Ortiz 08 DE JUNIO DE 2018 10:00 h
    La poetisa mexicana, Guadalupe Amor.


    Dios será la salvación

    pero es difícil hallarlo

    porque no basta heredarlo

    y pedirle compasión



    Hay que abrirse el corazón

    y las entrañas rasgarse,

    y ya desangrada, darse,

    olvidándose de todo.



    Hay que buscarle de modo

    que Dios tenga que entregarse.1



    G.A.




     




    Pita imitaba a los místicos y vivía como los paganos. No formaba parte de ningún círculo protector, trabajaba entre las cuatro paredes de su alma. Beatriz Espejo




     



    Guadalupe (Pita) Amor (1918-2000) fue todo un personaje de la cultura mexicana. Ciertamente, mucha gente la recuerda por sus últimos años, en los que se merodeaba por las calles de la Ciudad de México en actitudes extravagantes que desafiaron a las “buenas conciencias”, aunque lo hacía por el trastorno que la quejaba. Aunque eso mismo lo hizo cuando fue más joven y posó para pintores como Diego Rivera, Juan Soriano y Raúl Anguiano, en una época en que a su notable labor poética, de fuerte orientación religiosa, agregó la provocación como forma de vida. Se le considera precursora de la liberación sexual femenina. Michael Schuessler, su biógrafo, afirma: “Pita no luchaba por nadie que no fuera por sí misma”, dice por lo cual no se atreve a llamarla feminista; sin embargo, “por esa liberación, por esa independencia, por ese desparpajo, definitivamente se le puede llamar precursora en ese sentido. Dirigía un estudio de televisión en los años cincuenta, tenía su propio programa, publicaba sus libros en las grandes casas editoriales, manejaba a los hombres a su antojo. En ese sentido ella fue no una feminista avant la lettre, sino una mujer independiente y autosuficiente, eso sí”.2



    Al cumplirse cien años de su nacimiento, se ha consolidado la recuperación de su figura en el ámbito literario del país, ya lejos del tiempo en que no se comprendió muy bien la forma en que aunó su vida personal y el trabajo escritural (aun cuando sigue excluida de las principales antologías de poesía mexicana). A ello ha contribuido notablemente Schuessler, con Pita Amor, la undécima musa, un volumen ampliado que volvió a publicarse recientemente (Aguilar, 2018).3 Este autor recuerda cómo describió Amor su primer encuentro con la creación poética como una revelación extraordinaria y casi milagrosa: “Una noche, no sé cómo, ya no puedo recordar por qué, movida por un impulso superior, yo que no tenía cultura ni noción de lo que era la poesía, tomé un lápiz, el único a la mano: el que me servía para pintarme las cejas. Y en un pedazo de papel, empecé a escribir mis primeros renglones: ‘Casa redonda tenía/ de redonda soledad’”.4 Tenía 27 años; en un video que rescata el documental Pita Amor, señora de la tinta americana, de Eduardo Sepúlveda Amor; dio fe de ese momento crucial.5



    Nacida en una familia aristocrática venida a menos (fue tía materna de la escritora Elena Poniatowska), fue la menor de siete hermanos y desarrolló una personalidad que la hizo destacar, al grado de que la apadrinó literariamente don Alfonso Reyes, el patriarca de las letras mexicanas de la primera mitad del siglo XX, quien se refirió a ella como “un caso mitológico”. Para Juan José Arreola era “un ciclón, un meteoro, una fuerza de la naturaleza. Llegaba Pita y era como si empezara un aguacero resplandeciente con rayos y centellas y todo”. “De joven buscó el éxito en el cine y el teatro, pero en ninguno destacó. Instalada permanentemente en el escándalo, sorprendió a todo el mundo cuando dio a conocer Yo soy mi casa en 1946, dedicado a su amiga, la gran poeta chilena Gabriela Mistral. En 1961 murió trágicamente su hijo Manuel, hecho que la marcó para siempre su vida posterior con un dejo de amargura y dolor que no la dejaría nunca, pues después de eso descuidó mucho su aspecto físico.



     



    Portada del libro Amor divino.

    Los intensos rasgos místicos de su poesía, que para muchos no era más que una pose, la emparentan con otras autoras mexicanas como Concha Urquiza o Enriqueta Ochoa. A ese libro inicial le siguieron: Puerta obstinada (1947), Polvo (1949), Décimas a Dios (1953), Otro libro de amor (1955), Sirviéndole a Dios de hoguera (1958), Todos los siglos del mundo (1959), Poesías completas (1946-1951) (1960), Fuga de negras (1966), El zoológico de Pita Amor (1975), Las amargas lágrimas de Beatriz Sheridan (1981), 48 veces Pita (1983) y Soy dueña del universo (1984). El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes reeditó su obra completa en 1991 en la colección Lecturas mexicanas y Planeta reunió en Amor divino (2000) las Décimas a Dios y Sirviéndole a Dios de hoguera, acaso sus títulos más emblemáticos.



    Dos colegas suyas la han interpretado con suma perspicacia. Así se refirió a ella Griselda Álvarez en una peculiar antología de poesía mexicana escrita por mujeres:




    La formación espiritual de esta escritora recibe una gran influencia de los colegios católicos donde estudió. […] constantemente habla de la dualidad vida-muerte. Con un tinte dramático —y en ocasiones descarnado— reelabora el drama de su vida: su mortalidad y su belleza. Al través de sus palabras externa su soledad, sentimiento que lo traduce en lágrimas, dolor, sufrimiento y desengaño. Pita Amor busca a Dios, y con formas racionales y frías pretende llegar a Él.6




    Por su parte, Margarita Michelena, se expresa de esta forma en el prólogo a la edición de su obra reunida:




    He aquí el fruto de una de las carreras más breves, más intensas y más interesantes de las letras mexicanas, carrera de inconfundible vocación y fértil, continuado ejercicio.




    Leyendo cualquiera de esos libros, desgarrados y profundos, asalta la fascinada certeza de hallarse frente a un verdadero poeta, a uno de esos raros elegidos que, de acuerdo con Rilke, pueden decir a Dios cómo es el hombre, y al hombre cómo es Dios. Una de esas extrañas víctimas victoriosas y transidas del ángel conminador de la poesía.7



     



    Portada de Amor Pita, de Michael Schuessler.

    Dueña de una extraordinaria capacidad para escribir sonetos y décimas, fue en estos subgéneros poéticos en los que quizá desarrolló sus mayores hallazgos. Ella misma se refirió a las formas que utilizó en sus versos: “El soneto, la décima, la lira, el terceto, en lugar de limitar mi expresión, me la facilitan, dejándome entonces la facultad de concentrarme en el contenido; y paradójicamente, le han servido a mi pensamiento para alcanzar una disciplina que juzgo indispensable, en el caso mío, para expresar mis intuiciones y mis abstracciones”.8 Michelena complementa esa visión, particularmente acerca de las décimas: “Diez líneas —ecuación de angustia— y Guadalupe ha expresado ya, hasta agotarlos, con pavorosa intensidad, el dolor infernal y celeste de la sangre, la trágica pregunta del hombre ante su soledad y el infinito implacablemente mudo, su desolación de polvo mortal y su amoroso espanto frente al escondido rostro de Dios”.9



    Décimas a Dios (que puede leerse completo en algunos sitios de internet, como www.facebook.com/permalink.php?story_fbid=514008375328497&id=159705340758804) es un volumen de lectura obligada para quien acepte verse cuestionado por versos que, a más de sinceros, constituyen verdaderas tomas de postura ante el tan traído y llevado “silencio de Dios”. Es un libro vivido y escrito sin concesiones. Dejamos aquí algunos ejemplos de esta poesía ciertamente mística, pero de un misticismo desgarrado, levantisco, atronador y antisolemne.



     




    Décimas a Dios, XI



    No al que me enseñaron, no.

    Al eterno inalcanzable,

    al oculto inevitable,

    al lejano, busco yo.

    Al que mi ser inventó

    mi ser llenó de pasiones,

    de turbias complicaciones

    y rotunda vanidad.

    Ser que busca la verdad

    y sólo halla negaciones.



     



    XV



    No tengo nada de ti,

    ni tu sombra, ni tu eco;

    sólo un invisible hueco

    de angustia dentro de mí.

    A veces siento que allí

    es donde está tu presencia,

    porque la extraña insistencia

    de no quererte mostrar,

    es lo que me hace pensar

    que sólo existe tu ausencia.



     



    XVIII



    Harás con mi carne, lodo;

    con mi corazón, simiente;

    con mi sangre, nuevamente

    vida le darás a todo.

    Pero, dime, ¿qué acomodo

    a mi angustia le hallarás?

    ¿En dónde colocarás

    mi abismo de soledades?...

    ¡Sólo inventando oquedades

    que no terminen jamás!



     



    XXXVIII



    Sé que eres inexpresable,

    que es torpeza definirte,

    que el acierto está en sentirte,

    y así alcanzar lo inefable.

    Más mi ambición indomable

    quiere pruebas exteriores,

    desea que mis dolores

    tengan un premio inmediato.

    Mi Dios, te propongo un trato:

    ¡que sin tardar me enamores!



     



    XLII



    Tengo contigo una cita

    que nunca a nadie le has dado;

    un pacto nuevo y vedado,

    una fe que no se grita,

    una sensación que incita

    a existir ya sin tortura

    por esta humana envoltura

    que sólo angustias produce;

    un sentimiento que induce

    a existir sólo en la altura.



     



    Ese Cristo…



    Ese Cristo tan negro y vengativo



    al que debo una deuda prometida,



    permanece agónico y con vida



    esperando mi tardo donativo.



     



    Ese Cristo de sangre fugitivo



    prolonga su agonía desmedida



    y su sangre está ya comprometida



    con su cuerpo sangriento y abatido.



     



    Ese Cristo de noche a mí me sigue



    y me cobra y me reta y me persigue



    y su mirada eterna de agonía



     



    a la luz de mis ojos desafía.



    Cubierto con un tápalo morado



    es testigo de mi íntimo pecado.



    *



    Dios, con su brasa encendida



    sin fin se empeña en nublarse;



    yo, con mis luces caídas,



    pretendo en Dios incendiarme.



    *



    Todo es centro y es contorno,



    todo es muerte que da vida;



    Dios se disfraza de errores



    porque él es luz en huida.



    *



    Camino siempre ignorado



    que no acabará en error,



    el universo se cimbra



    pero desemboca en Dios.



    *



    Sin espejo donde ver



    de mi sangre el espejismo,



    mido, cobarde y heroica,



    a Dios: mi total abismo.



    De Sirviéndole a Dios de hoguera




     



    Notas




    1 G. Amor, Décimas a Dios. México, Fondo de Cultura Económica, 1953 (Tezontle), p. 23.





    2 “La poesía de Pita Amor es atemporal, no una moda: Michael Schuessler”, boletín núm. 635 del Instituto Nacional de Bellas Artes, México, 28 de mayo de 2018, www.inba.gob.mx/prensa/9371/la-poesia-de-pita-amor-es-atemporal-no-una-moda-michael-schuessler. Cf.





    3 Cf. Yanet Aguilar Sosa, “Tras las huellas creativas de Pita Amor”, en El Universal, México, 30 de mayo de 2018, www.eluniversal.com.mx/cultura/tras-las-huellas-creativas-de-pita-amor; y “Centenario de Pita Amor: una galería”, en Nexos, México, 30 de mayo de 2018, https://cultura.nexos.com.mx/?p=16006.





    4 M. Schuessler, “Guadalupe Amor: el mito de sí misma”, en Laberinto, supl. de Milenio, México, 28 de mayo de 2018, www.milenio.com/cultura/laberinto/guadalupe-amor-el-mito-de-si-misma.





    5 Marina Gómez-Robledo, “La ostentosa desnudez de Pita Amor”, en El País, Madrid, 13 de agosto de 2015, https://elpais.com/cultura/2015/08/11/actualidad/1439259131_199233.html.





    6 G. Álvarez, “Guadalupe Amor”, en 10 mujeres en la poesía mexicana. México, Colección metropolitana, 1974, p. 14. Énfasis agregado.





    7 M. Michelena, “La poesía de Guadalupe Amor”, en G. Amor, Poesías completas (1946-1951). México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2000 (Lecturas mexicanas, tercera serie, 45), p. 15.





    8 G. Amor, “Confidencia de la autora”, en Poesías completas…, pp. 21-22.





    9 M. Michelena, op. cit., p. 16.



     

     


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