¿Puede nacer una nación en un solo día? El arte de no improvisar el futuro

Si la participación de los cristianos empieza y termina en la mera reacción o la condena moral, le estamos regalando las instituciones y el futuro a los mismos de siempre.

15 DE OCTUBRE DE 2026
09:30 CEST
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Foto de Anthony Garand en Unsplash

Hay preguntas que no envejecen. No porque carezcan de respuesta, sino porque cada generación de creyentes debe responderlas con la piel y la realidad de su propio tiempo. Una de ellas la lanzó el profeta Isaías hace miles de años: «¿Concebirá la tierra en un día? ¿Nacerá una nación de una vez?».

Leída hoy, la cuestión suena casi como una provocación. Acostumbrados a la cultura del consumo inmediato, al contenido en píldoras y a la expectativa de soluciones en un solo clic, la idea de una transformación repentina nos resulta fascinante.

Nos tienta pensar que el rumbo de un país puede girar noventa grados de la noche a la mañana, especialmente cuando la resignación nos hace creer que nada puede cambiar.

Pero ahí tropezamos con una trampa común: depositar toda la expectativa en el calendario electoral o aguardar la aparición providencial de algún político de turno.

Una nación es un tejido infinitamente más complejo que su clase dirigente. La construyen la calidad de su debate público, las ideas que circulan en las aulas, la fortaleza de sus instituciones y la integridad con la que la gente común decide vivir cada día.

Confiar en que las cosas cambiarán por un milagro político sin haber hecho el trabajo previo de fondo no es fe ni esperanza: es pura ingenuidad.

Protestar no solo es un derecho: es una responsabilidad cívica. Una sociedad donde los ciudadanos no señalan la injusticia ni piden cuentas se encamina hacia la apatía.

El problema empieza cuando convertimos la queja en nuestro estado natural. Nos indignamos en redes sociales, criticamos frente a la pantalla y marchamos cuando la situación nos desborda.

Pero cuando las luces se apagan, la pregunta que queda flotando es incómoda: ¿qué estamos proponiendo y construyendo nosotros como cristianos?

Gritar no edifica alternativas. Si la participación de la iglesia y de los creyentes empieza y termina en la mera reacción o la condena moral, le estamos regalando las instituciones y el futuro a los mismos de siempre.

La vocación cristiana nos llama a dar un salto incómodo pero urgente: pasar del eslogan a la propuesta fundamentada, de la pancarta al estudio concienzudo de los problemas y de la indignación a soluciones viables.

Los desafíos de la gestión pública no se resuelven con consignas simplistas de mitin. Para ejercer un testimonio público de peso en las esferas de decisión, necesitamos cultivar virtudes que hoy escasean: paciencia para formarnos, rigor para analizar la realidad con verdad y la humildad indispensable para escuchar a quien piensa diferente.

Solemos lamentar la escasez de referentes con valores en las instituciones, la falta de integridad en la administración pública y la pobreza del debate político. Nos sorprende no encontrarlos cuando estalla la crisis, pero muy pocas veces nos preguntamos qué hemos hecho en las comunidades de fe para acompañar y preparar vocaciones políticas en los últimos diez o veinte años.

Durante mucho tiempo se ha visto la política con sospecha o como un terreno prohibido para el creyente. Sin embargo, gobernar, legislar y administrar los asuntos del Estado son formas nobles de servicio al prójimo e impulso para la prosperidad de todos.

Los políticos e interlocutores sociales con valores e integridad no surgen por generación espontánea ni aparecen por arte de magia. Se forman. Y prepararlos para el servicio público implica mucho más que transmitirles un catálogo de buenas intenciones.

Requiere enseñar a los jóvenes a pensar por sí mismos, a comprender el funcionamiento de las instituciones y el Derecho, a dominar las políticas públicas, a gestionar el desacuerdo con respeto y a sostener principios éticos y morales irrenunciables bajo intensa presión.

Desde la familia, la educación, la investigación y las iglesias locales, la tarea urgente no es reclutar militantes ideológicos, sino formar a las nuevas generaciones para que asuman con valentía responsabilidades en la concejalía de su pueblo, en el parlamento, en la judicatura o en la alta administración del Estado.

Si hoy no invertimos tiempo, recursos, mentoría y vocación en formar servidores públicos íntegros, no deberíamos extrañarnos mañana si la política sigue dominada por la mediocridad y la corrupción.

Hoy no toca mirar más allá del horizonte inmediato: es nuestra fe la que puede transformar las instituciones, la cultura, y por ende nuestra nación.

El mayor enemigo del cambio duradero es la tiranía de la coyuntura. Cada semana estalla un nuevo escándalo, una declaración desafortunada o un fuego mediático que absorbe toda la energía social. Vivimos atrapados en la urgencia, apagando incendios cotidianos y perdiendo de vista la salud general del bosque.

Pero las ideas que mueven el mundo no se improvisan en medio del pánico. Antes de que cambie una ley, cambia la conversación cultural.

La forma en que una sociedad entiende conceptos tan cruciales como la libertad, la justicia, la responsabilidad o la santidad y dignidad de la vida humana no se decide en un debate parlamentario de dos horas, sino en años de trabajo discreto: en la literatura, la investigación, la pedagogía, el pensamiento económico, el diálogo cotidiano y sobre todo en nuestro manual de vida y conducta que es la Palabra de Dios.

Quienes se limitan a reaccionar van siempre a remolque de la historia. Quienes cultivan una visión generacional, formando personas, madurando el pensamiento riguroso y preparando profesionales enfocados en el interés general, están, sin hacer ruido, diseñando el escenario en el que caminaremos mañana.

El mandato que el profeta Jeremías envió a los exiliados en Babilonia conserva una vigencia directa para la iglesia de hoy: «Buscad el bienestar de la ciudad en la que vivís, y rogad por ella al Señor, porque en su bienestar tendréis vosotros bienestar» (Jeremías 29:7).

No era una invitación a aislarse en guetos de santurronería, ni a esperar pasivamente la redención mientras la sociedad se desmorona.

Era, y por tanto también es para nosotros, un llamado rotundo a remangarse, involucrarse, formarse y edificar en el lugar y momento exactos en que Dios nos ha colocado.

Jesús no nos llamó a abstenernos de los asuntos de la comunidad, sino a ser sal de la tierra y luz del mundo. Por eso, el compromiso cristiano con la nación exige enviar a nuestras mejores generaciones a servir en el ámbito público, proponiendo políticas orientadas al bienestar colectivo, la justicia y la dignidad de toda la ciudadanía.

 

El reto final

¿Nacerá una nación en un solo día? No. Las naciones no nacen por azar ni se salvan con improvisación. Se construyen persona a persona, idea a idea, líder a líder.

El futuro no pertenece a los que solo se quejan, sino a los que se forman para gobernar. Deja de esperar a que otros cambien el país: empecemos hoy a preparar a quienes lo dirigirán mañana.

 

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