Venciendo la sombra (IX): Cuando el hilo de la vida pende de una máquina
Existe una diferencia abismal entre causar la muerte (acción activa prohibida por el sexto mandamiento) y permitir la muerte cuando Dios ya ha decretado su llegada (reconocimiento de la finitud humana).
31 DE DICIEMBRE DE 2025 · 11:35
En la cosmovisión secular, el sufrimiento carece de sentido y la muerte es el mal supremo que debe ser controlado, gestionado y, en última instancia, administrado a voluntad. Esto ha dado lugar a la defensa de la eutanasia activa como un “derecho humano”. Sin embargo, desde una perspectiva cristiana, la vida y la muerte no son meros procesos biológicos gestionables por el Estado o la medicina. Son, más bien, eventos teológicos cargados de significado tanto para la vida de los que desean irse como para aquellos que quedan atrás. La medicina moderna corre el riesgo de convertirse en un nuevo sacerdocio de la muerte. Al borrar los límites que el Creador ha impuesto, convertimos a los médicos —llamados a curar— en suministradores de la muerte, y a los pacientes en jueces de su propia existencia.
Para tratar el tema con rigor, es necesario introducir aquí una distinción importante. Se trata de una variante que hasta el momento no hemos considerado: la eutanasia pasiva, es decir, la renuncia a ayuda externa para no prolongar el proceso de morir de forma innecesaria. En este artículo procuro, por lo tanto, desglosar las implicaciones de la eutanasia activa y pasiva, estableciendo las distinciones necesarias para una ética cristiana de la vida.
1. Eutanasia activa: La usurpación de la espada
La eutanasia activa —la administración deliberada de una sustancia letal o la realización de una acción directa para causar la muerte— representa un abuso de las esferas de autoridad establecidas por Dios.
Bajo el orden de autoridad bíblica, Dios delega “la espada” (el poder de quitar la vida) únicamente al magistrado civil. Además, esta concesión queda restringida exclusivamente a la ejecución de una justicia retributiva en casos de crímenes capitales o de una guerra justa (Génesis 9:6; Romanos 13:4). Dios nunca ha entregado la espada a la familia, ni a la iglesia, ni mucho menos a la profesión médica.
Cuando un médico administra una inyección letal, está usurpando una función judicial que no le corresponde. Este principio se aplica también al tema del aborto, que trataremos más adelante. La medicina, fundamentada en la gracia común[1], tiene dentro del mandato cultural la tarea de restaurar la creación caída, de luchar contra los efectos de la maldición —entre ellos se encuentra la enfermedad— y de preservar la vida como don sagrado. Transformar al médico en un dispensador de muerte es regresar al paganismo antiguo, donde el hechicero curaba o mataba según conveniencia.
Aparte del supuesto derecho de poner fin a su propia vida, el argumento secular principal es el de la “compasión”. No se quiere que haya sufrimiento. Pero la compasión que ignora la Ley de Dios no es compasión; es sentimentalismo rebelde. La respuesta bíblica es: “¿Quién eres tú para determinar que el propósito de Dios en ese sufrimiento ha terminado?”. La Biblia nos enseña en muchos lugares que el sufrimiento tiene un propósito pedagógico. Dios nos habla en el horno de la aflicción. Eliminar al que sufre para eliminar el sufrimiento es una solución pragmática y atea.
La postura de no desechar una vida —aunque sea la propia— por muy mal que sea la situación, históricamente siempre ha sido defendida por los cristianos. Uno de los teólogos más famosos de la Edad Media, Tomás de Aquino, escribió en su Summa Theologiae que matar a un inocente “por su bien” es intrínsecamente malo, y que ninguna ley humana puede legitimar lo que la Ley Moral de Dios condena.[2]
2. Eutanasia pasiva y ortotanasia: Distinciones necesarias
Aquí es donde la ética cristiana requiere un discernimiento fino. La eutanasia activa es diferente de lo que a veces se llama eutanasia pasiva. Esta última se define mejor como limitar el tratamiento médico o ortotanasia (que significa “morir dignamente”).
Existe una diferencia abismal entre causar la muerte (acción activa prohibida por el sexto mandamiento) y permitir la muerte cuando Dios ya ha decretado su llegada (reconocimiento de la finitud humana). La teología cristiana no cae en el vitalismo biológico —la idea de mantener los órganos funcionando a cualquier costo—. El fin principal del hombre es glorificar a Dios y gozar de Él para siempre, no mantener una respiración asistida indefinidamente cuando, humanamente hablando, no hay expectativa de una mejoría.
La renuncia a tratamientos médicos es éticamente lícita y adecuada cuando la intervención se vuelve:
1. Fútil: Ya no cura ni restaura, ni ofrece calidad de vida, solo prolonga la agonía del proceso de morir.
2. Desproporcionada: La carga física, emocional o económica del tratamiento supera cualquier beneficio posible para el paciente.
No estamos obligados a utilizar medios “extraordinarios” para impedir que el alma parta a la presencia de Dios. De hecho, el empeño terapéutico que trata de retener la vida mecánicamente cuando el cuerpo ha colapsado irreversiblemente puede ser otra forma de rebelión humana, una negativa a aceptar la decisión de Dios de llamar a esa persona a casa. Hay “tiempo de nacer, y tiempo de morir” (Eclesiastés 3:2). Permitir que la muerte natural ocurra no es suicidio ni eutanasia; es someterse a la providencia divina.
3. El testimonio histórico: Renuncia a lo extraordinario
La historia cristiana está repleta de ejemplos de creyentes que entendieron la diferencia entre preservar la vida y prolongar la muerte. Rechazaron tratamientos inútiles no por desprecio a la vida, sino por amor a Cristo y aceptación de su voluntad. Aquí algunos ejemplos:
● Jerónimo († 420 d.C.): En sus últimos meses, rechazó intervenciones que solo alargaban su agonía, escribiendo: «No quiero que me alarguen la vida con remedios; deseo ver a Cristo cuanto antes».[3]
● Benito de Nursia († 547 d.C.): Sabiendo que su fin estaba cerca, pidió ser llevado al oratorio para comulgar y murió de pie, sostenido por sus hermanos, renunciando a cuidados que le impidieran estar lúcido para la oración.[4]
● Charles Spurgeon († 1892): El príncipe de los predicadores, sufriendo de gota y la enfermedad de Bright, rechazó tratamientos experimentales extremos al final de su vida, diciendo a su secretario: «No quiero prolongar esta vida con remedios extremos; deseo ver a mi Salvador».[5]
● John Wesley († 1791): Rechazó tratamientos extraordinarios en su lecho de muerte, declarando simplemente: «Estoy listo para ir a casa».[6]
Estos hombres no llamaron a la eutanasia, ni cometieron suicidio; practicaron el arte del buen morir (ars moriendi), reconociendo que la muerte es el paso final hacia la glorificación y que el creyente tiene la libertad de no alargar el proceso de una muerte segura de forma innecesaria.
4. La alternativa cristiana: Cuidados paliativos y testamentos vitales
Si la Iglesia rechaza la eutanasia activa, tiene la obligación moral y teológica de ofrecer la alternativa bíblica: el cuidado compasivo. La respuesta al “dolor insoportable” no es la inyección letal, sino el amor encarnado.
El ministerio de los cuidados paliativos: Históricamente, los hospitales y hospicios nacieron del seno de la Iglesia en los primeros siglos del cristianismo. En el siglo IV, Basilio de Cesarea fundó en Capadocia el primer hospital cristiano conocido, un complejo llamado Basilias que atendía a enfermos, pobres y peregrinos, inspirado en Mateo 25:35-36.
Poco después, Fabiola, una matrona romana convertida, estableció en Roma el primer hospital de Occidente, dedicado a los pobres y enfermos abandonados. Estos modelos, impulsados por la caridad cristiana, se extendieron rápidamente por el Imperio, sentando las bases de la atención médica organizada en Europa.
Hoy, los cristianos deberíamos liderar en la medicina paliativa. Esto implica el uso legítimo de analgésicos para aliviar el dolor (incluso si, como efecto secundario no buscado, acortan levemente la vida, bajo el principio del doble efecto), acompañamiento espiritual y dignidad en los últimos días. El cristiano no busca el sufrimiento por sí mismo, pero tampoco mata para evitarlo. Buscamos aliviar el síntoma mientras acompañamos al alma.
Testamentos vitales cristianos: Las iglesias deben instruir a sus miembros para redactar documentos de voluntades anticipadas. Estos documentos tienen que reflejar una ética bíblica clara:
1. Un rechazo explícito a cualquier forma de eutanasia activa o suicidio asistido.
2. Una instrucción clara de no aplicar medios extraordinarios o desproporcionados si la muerte es inminente y el tratamiento es fútil.
3. La petición de asistencia pastoral en los momentos finales. Esto protege a la familia de decisiones angustiosas, protege a los médicos legalmente, y da testimonio al mundo de nuestra confianza en los tiempos de Dios.
Conclusión: Victoria sobre la muerte
El mundo secular promueve la eutanasia porque teme al sufrimiento y ve la muerte como la aniquilación total. Busca controlar la muerte porque no tiene esperanza más allá de ella. El cristiano, en cambio, enfrenta la muerte con una óptica de victoria. Cristo ha destruido «por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo» (Hebreos 2:14). Para nosotros, «el vivir es Cristo y el morir es ganancia» (Filipenses 1:21).
Nuestra ética de la muerte se resume en esto: No aceleramos el final, porque nuestro tiempo está en manos de Dios; pero tampoco nos aferramos desesperadamente a esta vida biológica, porque esperamos una mejor: la vida eterna. Reconstruir una cultura de la vida implica respetar el inicio y el fin que el Soberano ha marcado, sirviéndole fielmente en el intermedio.
Notas
[1] Las bendiciones que Dios tiene para todo el mundo (Mateo 5:45)
[2] Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q. 64, aa. 5-6 (edición Leonina, 1895; o traducción BAC, Madrid, 1951, vol. 9, pp. 456-460).
[3] San Jerónimo, Epístola 108, §31 (Patrologia Latina 22, 896)
[4] San Gregorio Magno, Diálogos, Libro II, cap. 37 (Patrologia Latina 66, 200)
[5] Charles Ray, The Life of Charles Haddon Spurgeon (London: Passmore & Alabaster, 1903), capítulo 38, p. 578
[6] John Telford, The Life of John Wesley (London: Epworth Press, 1921), capítulo 25
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Publicado en: PROTESTANTE DIGITAL - Teología - Venciendo la sombra (IX): Cuando el hilo de la vida pende de una máquina