“Convertir la verdad en un asunto de opiniones lleva inexorablemente a la pérdida de esperanza”

El individualismo, el vacío existencial o la intolerancia al sufrimiento marcan la evolución de nuestra sociedad en el ámbito de la psique. Dialogamos sobre ello con Pablo Martínez Vila, dentro de nuestra serie ‘La década en resumen’.

Pedro Tarquis

29 DE ENERO DE 2020 · 20:39

Pablo Martínez Vila,Pablo Martínez Vila
Pablo Martínez Vila

Queremos analizar y reflexionar sobre los principales cambios que se han vivido en la última década, ahora que comienza el 2020. Para ello estamos con Pablo Martinez Vila, conocido psiquiatra, escritor, conferenciante internacional y Presidente de la Fundación RZ para el diálogo de fe y cultura. Nadie tan cualificado como él para tratar aspectos de la esencia del ser humano.

 

Pregunta. Se habló del 'pienso luego existo', del 'siento luego existo', y posteriormente de la post-verdad. En esta década que llega ¿cuál es la referencia que sirve de ancla al ser humano?

Respuesta. Las dos grandes anclas del ser humano son la Verdad y la esperanza. Ambas van asociadas, son inseparables y constituyen la espina dorsal de la existencia humana. Estos dos referentes no varían con el tiempo, los necesitamos hoy igual que hace veinte siglos. Lo que varía es el trato, la actitud de los hombres hacia estas dos anclas. Ahí es donde radica el origen de la profunda crisis de valores actual. La sustitución de la Verdad por mi verdad ha roto una de las dos anclas arrastrando con su ruptura a la esperanza. El reconocido historiador francés Jacques Barzun ya advirtió en Del amanecer a la decadencia, su obra más conocida, que “el asalto postmoderno a la idea de la verdad podría levarnos a la liquidación de 500 años de civilización”.

La raíz del conflicto no es cultural ni siquiera ideológica, es moral. Lo que se está dilucidando en el fondo no es una nueva filosofía, sino quién tiene la autoridad en mi vida y en el mundo, “¿manda alguien ahí arriba o puedo mandar yo?’”. En este sentido, un auténtico seísmo ha sacudido los cimientos de la civilización occidental porque en los últimos 30 años el fundamento y la naturaleza de la verdad han cambiado de forma extraordinaria. El cambio se resume en una frase: la verdad ha muerto, viva mi verdad. El auge del subjetivismo y la bancarrota de la verdad como un valor absoluto constituyen el rasgo más descollante de la sociedad del siglo XXI desde el punto de vista ético.

 

P. Un aspecto que sin duda ha cambiado es la identidad de ser hombre o mujer. Hoy se habla de género y de sexualidad líquida ¿hasta qué punto esto es una realidad que ha llegado para quedarse, y de qué forma está afectando a la familia y la sociedad?

R. La crisis de la verdad no es un asunto teórico, un problema de aula de filosofía. Tiene unas consecuencias prácticas visibles en la vida diaria. En medio de en este paisaje moral el arraigo de la ideología de género se nutre de dos de estas consecuencias: el endiosamiento y el individualismo. 

Si la verdad está dentro de mí, entonces la verdad soy yo. Observemos el sutil paralelo de esta idea con la afirmación de Jesús “Yo soy…la verdad y la vida” (Juan 14:6). Esta usurpación alimenta las fantasías de omnipotencia que el ser humano siempre ha tenido -“seréis como dioses”-, y es sumamente atractiva.

La ideología de género esconde una concepción individualista del ser humano

La ideología de género va mucho más allá de un movimiento de liberación sexual. No afecta sólo a la ética de la familia. Es una filosofía de vida con muchos rasgos de religión laica. En el fondo es una fe en ti mismo, una variante de humanismo ateo que proclama al “yo” como su dios. Es bien significativo que una de sus palabras favoritas sea “empoderar”. Empoderar significa “conseguir poder”. Éste es su sueño, su ídolo intocable, porque si logro “empoderarme entonces puedo hacer con mi vida lo que mejor me parezca. “Si Dios no existe, todo está permitido” le hace decir Dostoievski a su personaje Kirilov en “Los Hermanos Karamazov”.

Por otro lado, en nombre del amor y la libertad, la ideología de género esconde una concepción individualista del ser humano. Como bien ha señalado Lipovetsky (“La Era del Vacío”) vivimos en medio de un individualismo feroz, casi darwiniano. El individualismo es hoy como un tsunami que destroza relaciones y rompe compromisos allí por donde pasa. En este ambiente de individualismo rampante, la ideología de género nos promete el mismo paraíso de felicidad y libertad personal que el marxismo prometió hace un siglo en lo social y político.

Los resultados los conocemos todos: un edificio en ruinas porque una casa no se puede sostener  sobre la arena -una concepción materialista del hombre y de la vida- sino sobre la Roca que es Cristo.

 

P. Has hablado a menudo del sentido de la vida, de su importancia para el ser humano. En este aspecto, ¿cuál crees que es el sentido que especialmente los jóvenes actuales tienen a su existencia?

R. Occidente está sufriendo un proceso de “osteoporosis moral” que va debilitando cada vez más sus “huesos”, el armazón ético y espiritual  que la sostiene. Ello le aboca a “fracturas” importantes. Convertir la verdad en un asunto de opiniones personales lleva inexorablemente a la pérdida de esperanza y la desesperanza es el pórtico de la desesperación. Una sociedad sin esperanza es una sociedad triste, huérfana de futuro. Ello afecta de forma especial a los jóvenes, los que más necesitan horizontes amplios para vivir, el horizonte de un futuro con esperanza. Sin esperanza no hay futuro, y sin futuro la vida de un joven pierde gran parte de su sentido. Un futuro sin esperanza es una vida llena de vacío, valga la paradoja. Surge entonces el espíritu del Eclesiastés, “vanidad de vanidades, todo es vanidad….y aborrecí, por tanto la vida”.

Este tedio vital juvenil, el fastidio por la vida, explica fenómenos tan preocupantes como el incremento de suicidios entre niños y adolescentes, algo insólito en la historia de la humanidad. ¿Qué ha ocurrido para que la infancia -la edad de la ilusión- se haya convertido en la edad de la desilusión? La vida es como un barco que necesita amarrar en puerto seguro. Si fallan las anclas, el barco va a la deriva a merced del viento; las posibilidades de naufragio son altas. Así ocurre con la vida de nuestros jóvenes en un mundo que ha perdido sus dos grandes anclas, la Verdad y la esperanza.

Devolvamos a nuestros jóvenes en Occidente el ancla de la Verdad del Evangelio y recuperarán la esperanza y el sentido de la vida. El autor de Hebreos expresa esta necesidad con gran fuerza: “tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotrosla cual tenemos como segura y firme ancla del alma” (Hebreos 7: 18-19).

 

P. También tienes una amplia reflexión en torno al dolor, al duelo. Hace tiempo se implantó un concepto de sociedad hedonista ¿cómo se ha desarrollado y qué ha supuesto en estos últimos diez años?

R. El espíritu hedonista ha crecido en los últimos tiempos hasta niveles de los que ni siquiera somos conscientes. El hombre de hoy es más “light”  que nunca, bajo en “calorías existenciales”. El sociólogo S. Baumann lo ha expresado con el símil de la sociedad líquida. Nada dura, todo muda con gran rapidez en busca del sueño hedonista-humanista: ser feliz, ser tú mismo.  Este hedonismo envolvente nos hace vivir como en una nube pensando que podemos conseguir todo aquello que nos proponemos y evitar todo aquello que no queremos (de nuevo las fantasías de omnipotencia). Ahí es donde el hedonismo roza la patología social y nos obliga a estar en guardia. Veamos cómo se ha llegado a este punto.

El hombre es hoy más light que nunca, bajo en calorías existenciales

Hoy en día sentimos que el mundo está en nuestras manos de forma casi literal: con un simple “clic” logramos ver, oír, comprar, hacer prácticamente todo lo que deseamos. La inmediatez en la satisfacción del deseo está provocando una disminución alarmante de la capacidad de espera (paciencia) y de la aceptación de una negativa. Estamos ante rasgos propios de un trastorno límite de la personalidad colectivo: muy baja tolerancia a la frustración, impaciencia e impulsividad.

Una negativa genera reacciones imprevisibles de agresividad y rechazo porque la sociedad hedonista no tolera ningún tipo de sufrimiento, lo considera estéril, sin sentido. Olvidamos que al afrontar contrariedades, problemas y sufrimiento es cuando maduramos como personas y también como comunidad. Este rechazo hedonista de la adversidad tiene importantes consecuencias éticas, por ejemplo en bioética: el aborto, la eutanasia o incluso ciertas formas de manipulación genética son expresión directa de esta intolerancia a la frustración. Bajo el eufemismo de “aliviar el dolor” se esconde un descarado deseo de eliminar toda situación que implique sacrificio, sufrimiento o incluso esfuerzo. Por este camino la frontera entre hedonismo y egoísmo se hace borrosa.

 

P. Un cambio radical en las relaciones humanas han sido las redes sociales. ¿Qué crees que han aportado y en qué han distorsionado la propia identidad y las relaciones?

R. Vivimos inmersos en una extraña paradoja: la gente habla más que nunca, pero se comunica de verdad menos que nunca. La tecnología ha permitido que las personas estén permanentemente “conectadas” entre sí. Las llamadas redes sociales parecían la panacea contra la soledad y el aislamiento. Sin embargo, ocurre lo que cantaban Simon y Garfunkel en los años 70: “La gente dice palabras sin hablar, oye sin escuchar” ¡Hiper-conectados, sí, pero también hiper-solos! 

Las redes sociales han empobrecido la capacidad de escucha hasta límites preocupantes. Vivimos en una generación de hombres y mujeres con pereza de escuchar, nos estamos volviendo sordos sociales. El escuchar, a diferencia del oír, requiere reflexión y la reflexión requiere pausa. Ambas están en alarmante declive en la sociedad digital donde priman justamente sus opuestos: la sensación y lo inmediato. La consecuencia es lógica: superficialidad a todos los niveles y, en especial, en las relaciones. La gente confunde “contactos” con relaciones, “seguidores” con amigos.

La cultura digital, junto a logros muy positivos, conlleva una fragilidad enorme por su énfasis en lo efímero y lo intrascendente. Detrás de la superficialidad de la comunicación se esconde un auténtico estilo de vida y de valores. La realidad hoy se capta y se expresa a base de sensaciones inmediatas y superficiales, sin importar el fondo de las cosas, sólo la superficie. Ello conduce inexorablemente a la banalización y el empobrecimiento. Esta cultura digital que el hombre contemporáneo adora es un gigante con pies de barro, está en riesgo de desplomarse.

Un problema añadido radica en la falsa sensación de conocimiento que da internet. Se confunde tener información con saber. Poseer datos no es tener conocimiento.

 

P. Mi impresión es que algo que ha calado profundamente en nuestro tiempo es la falta de credibilidad de las personas e instituciones. Toda fidelidad o confianza en políticos, religiones, personas, parece casi ser un tema de “tontos”. ¿Tiene esto que ver con los cambios que hemos ido tratando?

R. Sí, es cierto, por influencia de la post-modernidad las instituciones despiertan escepticismo y rechazo en la gente. Es una expresión más de individualismo exacerbado. Hay un culto idolátrico a la independencia personal y la adhesión al grupo se vive como una potencial pérdida de libertad.

El problema es la alergia al compromiso, no la imperfección de las instituciones

Una palabra clave que nos ayuda a entender este problema: compromiso. No es tanto una crisis de las instituciones como una crisis de compromiso. Las instituciones distan mucho de ser perfectas, desde luego, sobre todo porque están formadas por hombres y mujeres imperfectos.  Esto ha sido siempre así, pero antes no generaba el escepticismo actual. El verdadero problema no es la imperfección de las instituciones (por ejemplo la iglesia), sino la alergia al compromiso en todas las esferas de la vida. Y ahí es donde entendemos la influencia tan sutil como poderosa de la forma de ser de este siglo. La corriente de este mundo no simpatiza con ningún colectivo que requiera compromiso y menos aún si tiene que ver con Dios.

Ello explica también el rechazo del Evangelio que requiere un compromiso personal con Cristo y una vivencia comunitaria en la iglesia. Cristo no quiere sólo ser admirado, sino amado y obedecido. Jesús no les dijo a sus discípulos “admiradme” sino “sígueme”.  Por ello los cristianos y la iglesia tenemos el viento en contra hoy en Occidente.

 

P. Para terminar, la iglesia es un cuerpo vivo formado por personas ¿De qué manera crees que los cambios de esta década última han influido, para bien o para mal, para nuestra iglesia actual?

R. Han afectado mucho y muy profundamente. La iglesia se ha visto contagiada por los valores de la post-modernidad (utilitarismo, individualismo y hedonismo) porque los respira de forma constante. De ahí la exhortación a “despojarnos del pecado que nos asedia (rodea)” si queremos correr bien la carrera de la fe (Hebreos 12: 1).

¿Cómo nos afecta? Sin darnos cuenta nos acercamos a la iglesia con una mentalidad moldeada por estos ídolos. Así, se ha puesto de moda  una fe y, en consecuencia, una iglesia que:

  • Me haga sentir bien 
  • No me exija esfuerzos ni compromisos
  • No limite mi libertad personal  ni me diga cómo he de vivir.

Se busca ante todo el binomio bienestar-beneficio porque el valor de las cosas (y de las personas) se mide por el beneficio personal inmediato (utilitarismo). Cuando uno va a la iglesia con esta mentalidad pronto se sentirá frustrado y a disgusto. Ello explica, por lo menos en parte, el compromiso menguante con la iglesia y el cambio frecuente de congregación, un triste zapping eclesial en busca de la comunidad que “me haga sentir bien”.  

Un peligro para la iglesia que merece mención especial es el sincretismo, consecuencia natural de la crisis de la verdad. Si la verdad no es tan importante y lo que cuenta son las vivencias (sentimientos y sensaciones), entonces es posible seleccionar lo mejor de cada religión y hacerse un “menú a la carta” adecuado a tus necesidades personales. Son las nuevas formas de espiritualidad que en realidad es neo-paganismo.  

De ahí la gran necesidad de una “Ecclesia semper reformanda”, con la guardia bien alta para no dejarse “seducir por filosofías y huecas sutilezas” (Col. 2:8) y dispuesta a “contender ardientemente por la fe dad una vez a los santos” (Judas v.3).

Concluyo con un texto de Hebreos que es para mí un lema inspirador en la época complicada que nos toca vivir: “Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió”.

 

Puedes ver otras entrevistas de la serie 'La década en resumen' aquí.

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