Cuando el trabajo se convierte en tu campo misionero
La fe no se queda en lo que creemos, sino que se expresa en cómo actuamos, especialmente en el trabajo.
Enero suele venir acompañado de propósitos. Cambiar hábitos, empezar de nuevo, hacerlo mejor. También en el trabajo. Pero quizá, antes de plantearnos qué vamos a hacer diferente este año, conviene detenernos un momento y preguntarnos algo más profundo: ¿cómo estamos viviendo nuestra fe en el trabajo?
No me refiero a grandes declaraciones, ni a gestos visibles. Me refiero a lo pequeño. A lo que casi nadie ve. A las decisiones que tomamos cuando no hay aplausos, ni titulares, cuadno no hay nadie alrededor.
A lo largo de estos meses hemos hablado de temas muy distintos: del sentido del trabajo, de la relación con los representantes de los trabajadores, de conflictos de interés, de procesos de selección, de inspecciones de trabajo, de nóminas, de vocación. Temas técnicos, sí. Pero todos ellos comparten un hilo común: la coherencia.
Porque la fe no se queda en lo que creemos, sino que se expresa en cómo actuamos. También, y quizá especialmente, en el trabajo.
La integridad no se pone a prueba cuando todo es fácil, sino cuando cuesta. Cuando pagar lo correcto implica rehacer números, o ahorros. Cuando cumplir la ley no es la opción más barata. Cuando reconocer un error supone asumir responsabilidad y hacer nuestro orgullo a un lado. Cuando dar un feedback honesto requiere tiempo, cuidado y valentía. Cuando hablar con transparencia con un representante sindical implica conversaciones incómodas. Cuando no aprovechamos una posición de poder para beneficio personal. Cuando hacemos las cosas bien, incluso si nadie, Dios siempre está ahí y es quien evalúa nuestro corazón y las intenciones del mismo.
Trabajar “como para el Señor” no es un versículo para memorizar, es un estándar exigente. Significa que nuestro criterio no es solo el resultado, sino el proceso. Es reconocer que todo le pertenece al Señor, inclusive nuestro trabajo, y hacer todo con la excelencia que requiere hacer algo para devolver a Dios todo lo que él nos da.
Esto aplica tanto si eres empresario como si eres trabajador. Si lideras un equipo o si acabas de incorporarte. Si estás en un momento de plenitud profesional o en una etapa de búsqueda, de cansancio o de frustración. En todos los casos, el trabajo sigue siendo un espacio donde Dios forma nuestro carácter y una excelente oportunidad para demostrar nuestra fe y que ello sea usado para Su reino.
A veces buscamos cambiar de empresa, de puesto o de sector pensando que ahí encontraremos la respuesta. Y puede que ese cambio sea necesario. Pero otras veces, lo que necesita cambiar no es el lugar, sino la manera en la que miramos lo que hacemos. La actitud con la que servimos. La honestidad con la que nos examinamos.
La Biblia nos invita a revisarnos: “Examinaos a vosotros mismos para ver si estáis en la fe” (2 Corintios 13:5).
Quizá este sea un buen ejercicio para empezar el año. Preguntarnos si nuestra forma de trabajar refleja aquello que decimos creer. Si nuestra fe se nota en cómo tratamos a las personas, en cómo cumplimos la ley, en cómo gestionamos el dinero, en cómo asumimos los errores, en cómo tomamos decisiones cuando nadie nos vigila.
La integridad no se predica, se practica. Y el trabajo, con todas sus tensiones, retos y responsabilidades, es uno de los lugares donde más claramente se ve.
Que este nuevo año no se trate solo de hacer más, sino de hacerlo mejor.
No solo de crecer, sino de ser coherentes. No solo de avanzar, sino de honrar a Dios también en lo cotidiano. Que sea la manera en la que, sin irnos de misioneros a un país lejano, demos testimonio en dónde estamos y que nuestros actos acompañen lo que nuestra boca predica.
¡Que tengáis un bendecido 2026!
Sigue el canal de Líderes Empresariales Cristianos en WhatsApp.
Publicado en: PROTESTANTE DIGITAL - Recursos humanos - Cuando el trabajo se convierte en tu campo misionero