Romper el estigma: vulnerabilidad y liderazgo

¿Qué se esconde detrás de nuestra obsesión por mostrar fortaleza?

15 DE OCTUBRE DE 2026 · 16:45

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Foto de Erik Gazi en Unsplash

«¿Cómo voy a decirle a mi congregación que tengo ansiedad? ¿Qué ejemplo de fe sería ese?». Esta es una confesión común entre muchos pastores. Me encantaría decir que, cuando se les explica que esa reacción es una de las muchas que hablan de desbordamiento crónico (estrés), lo entienden perfectamente, rebajan la intensidad y deciden hacerse vulnerables con otros de su entorno. Sin embargo, no es así. Muchos terminarán en depresión y, de ahí, a entrar en bucle, abandonar o querer desaparecer, simplemente. No hay mucha distancia entre lo uno y lo otro. No es un cuadro testimonial. Es altamente frecuente.

Evidentemente, el estigma asociado a hacerse vulnerable no se resuelve con grandes discursos sobre salud mental. No es un problema informativo, sino de concepto, y nuestra referencia en eso solo puede consistir en intentar ver la cuestión como Dios la ve. No queda de otra.

Modelo tenemos en Cristo, y también para esto. «Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo»1. Esto, dicho a un grupito de sus más cercanos, simples, torpes… y además en el momento más angustioso de su vida terrenal. Vulnerabilidad. Acompaña al relato el nada despreciable detalle de esa agonía con «sudor como grandes gotas de sangre»2. Ni siquiera en la más severa expresión de un ataque de pánico se ve algo como esto, y sin embargo el Señor ha querido que no solo a aquellos próximos, sino a nosotros, distantes en el tiempo, esos indicios nos lleguen. Señales de que, cuando ocultamos nuestra vulnerabilidad, no es a Cristo a quien imitamos, sino a nuestra imagen de lo que creemos que debería ser el Mesías victorioso. ¿A quiénes nos parecemos? ¿Será que a veces, incluso, caemos en el famoso síndrome del salvador y terminamos quemándonos, si no rompiéndonos?

Pablo era un buen imitador de Cristo, y su liderazgo era de vulnerabilidad también. Él y sus colaboradores, abrumados sobremanera más allá de sus fuerzas, nos muestran en 2 Corintios 1:8 que prácticamente perdieron la esperanza de conservar la vida. ¡Sí, ellos! ¡Casi perdieron la esperanza! Y también reconocieron estar atribulados en todo, en apuros, perseguidos, derribados3, él particularmente roto en lágrimas por los hermanos a los que se veía obligado a corregir por el bien de ellos4 y, sobre todo, por amor al nombre de Cristo. El mismo Señor que se había expuesto a llorar frente a la tumba de su amigo Lázaro5 le mostraba el camino al respecto. Mostró sed, hambre, tristeza, enojo, frustración… y en todo ello demostró que es una legítima experiencia humana, y que puede producirse –además de expresarse– sin pecar. Que nosotros hoy tengamos esa información al alcance es buena prueba de esto.

¿Qué se esconde detrás de nuestra obsesión por mostrar fortaleza? ¿Será que seguimos predicando más mensajes que suenan piadosos —como «No puede estar triste un corazón que tiene a Cristo»— pero que lejos de ser Biblia son más bien el producto de nuestra propia cultura evangélica? ¿Cuánta de esa última es también parte de aquello sobre lo que Pablo advierte cuando nos dice que no nos conformemos a este siglo, sino que renovemos nuestro entendimiento para ser transformados y comprobar cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta?6 A menudo, si queremos imitar al Señor en un buen liderazgo, tendremos que rechazar no solo la cultura del mundo, sino también la de nuestro estimado y no siempre afortunado mundo evangélico.

Piensa ahora por un momento en qué pasaría si, en tu comunidad de fe, el liderazgo empezara a nombrar sus límites en lugar de esconderlos. Reflexionemos, además, sobre qué tipo de personas estamos escogiendo como guías (¿cuánto se parecen al Maestro, en esto y en todo lo demás?). Pero déjame ir más lejos: cuando un líder modela vulnerabilidad y reconoce, en definitiva, que no es Dios, algo se libera en su comunidad. Al no hacerlo, nos perdemos mucho:

  • que otros se atrevan a hablar,

  • que el estigma pierda fuerza,

  • que se produzca el contexto en el que podemos llorar con los que lloran y reír con los que ríen7,

  • que nadie señale a otro por estas cosas, porque tendría que señalar también al liderazgo y al Señor mismo, con todo lo que eso conlleva,

  • que la vergüenza quede puesta en su justo lugar, dejando de gobernarnos.

  • Dejaríamos, además, de premiar actitudes que no reflejan a Cristo en este tema,

  • abandonaríamos el activismo constante como signo de espiritualidad

  • y valoraríamos a quien descansa, no como «perezoso», o «tibio espiritual», sino como verdadero imitador de Cristo en su debilidad.

  • El tema de la salud mental, emocional o física pasaría de ser un asunto tabú a un tema pastoral (¡tan necesario!)

  • y la iglesia empezaría a ser lo que siempre debió: una comunidad de gracia y no de juicio.

Jesús vivía despacio. No tenía prisa porque nunca llegaba tarde. No solo el Sabbath, sino el descanso sabio era prioritario para Él, y no solo «se daba el permiso» para ello: nos muestra que detenerse es adoración.

No hay otra forma de hacerlo: para y adora. ¿Será que pensamos que hemos perdido el «permiso teológico» para detenernos? Tal vez tenemos mucho que releer y repensar…

Podríamos usar ese descanso para responder esta pregunta:

¿Qué tiene que cambiar en nuestras iglesias para que un líder pueda decir «No estoy bien», ser acompañado y parar, sin sentir que está fallando a Dios?

 

El Encuentro Nacional de Lausana España 2026 tendrá lugar del 20 al 21 de noviembre en Guadarrama. Como anticipo de los temas que se van a tratar, publicamos esta serie de reflexiones sobre el carácter del liderazgo. Puedes tener más información sobre el encuentro y el Movimiento de Lausana aquí.

 

Notas

1 Mateo 26:38

2 Lucas 22:44

3 2 Corintios 4:8-10

4 2 Corintios 2:4; Hechos 20:19

5 Juan 11:35

6 Romanos 12:2

7 Romanos 12:15

Publicado en: PROTESTANTE DIGITAL - Lausana - Romper el estigma: vulnerabilidad y liderazgo