El cuerpo que se queja de lo que la boca calla
Para quienes aprendieron a callar por fe y ahora les habla el cuerpo.
23 DE OCTUBRE DE 2026 · 11:00
«Enmudecí y callé; guardé silencio aun acerca de lo bueno, y se agravó mi dolor» (Salmos 39:2, LBLA).
Es domingo, ha terminado el culto y en el pasillo se forma ese pequeño atasco de saludos que todos conocemos. Alguien le da una palmada en el hombro a un hermano y le pregunta cómo está. «En victoria, hermano. Dios es fiel», responde con una sonrisa. Y mientras lo dice, se lleva la mano a la nuca, como quien se frota un dolor viejo. Nadie se fija en ese gesto. Tampoco nadie sabe que esa semana fue dos veces a urgencias por una presión en el pecho que lo despertó de madrugada, que le hicieron un electrocardiograma y análisis, y que todo salió bien. Ni que lleva meses durmiendo cuatro o cinco horas, con el estómago cerrado y la mandíbula apretada. Lo más curioso es que él tampoco lo relaciona con nada. Para él, sencillamente, «el cuerpo está fallando».
A lo mejor ese hombre eres tú. O esa mujer. Puede que tu cuerpo no grite, pero se queja a su manera: el estómago que se te cierra cada vez que tienes que ir a casa de tus padres, el dolor de cabeza que llega puntual el domingo por la noche, antes de volver al trabajo, la espalda que se te carga justo en las semanas en que todos te necesitan. Has ido al médico, te han hecho pruebas y te han dicho que no tienes nada. Y en lugar de alivio, sientes algo parecido a la vergüenza, porque si no tienes nada, ¿qué te pasa? Hay quien incluso termina enfadado con su propio cuerpo, como si fuera un estorbo, o peor, preguntándose en silencio si todo esto no será falta de fe.
Lo que casi nunca nos preguntamos es qué estamos callando. Y casi siempre hay algo. El miedo a que tu padre enferme del todo. La rabia que no te permites sentir hacia alguien de tu propia iglesia. El cansancio de ser siempre el que sostiene a los demás. Una tristeza vieja que nunca tuvo permiso para salir. No lo callamos por hipocresía. Muchos lo hacemos por fe, o por lo que creímos que era la fe. Crecimos oyendo «no confieses lo negativo», «el cristiano no se queja», «tú eres el fuerte de la casa», «que no se entere la iglesia, que es mal testimonio». Y aprendimos a responder «Dios es fiel» incluso los días en que por dentro no podíamos más. El problema es que lo que no decimos no desaparece solo porque no lo digamos.
El psiquiatra José Luis Marín, fundador de la Sociedad Española de Medicina Psicosomática y Psicoterapia, lo explica con una sencillez que cualquiera puede entender: «Lo que no decimos se nos acumula en el cuerpo, se convierte en insomnio, en nudos en la garganta». No todo síntoma tiene una raíz emocional, por eso el médico siempre es el primer paso. Pero cuando las pruebas dicen que todo está bien y tú sabes que no lo está, merece la pena dejar de preguntarle solo al cuerpo qué tiene y empezar a preguntarle al corazón qué está cargando.
David también decidió callar, y lo hizo por un motivo santo. En el Salmo 39 cuenta que se propuso cuidar su lengua para no pecar con ella delante del impío (Salmos 39:1). No quería dar mal testimonio. Era exactamente lo que a muchos de nosotros nos enseñaron. Y él mismo nos dice cómo le fue: «Enmudecí y callé; guardé silencio aun acerca de lo bueno, y se agravó mi dolor» (Salmos 39:2, LBLA). Su silencio no le quitó el dolor; lo dejó encerrado con él, hasta que el corazón le ardía por dentro y ya no pudo más (Salmos 39:3). Entonces habló. Pero fíjate a quién. No se desahogó con el impío ni con el primero que pasaba. Se lo dijo a Dios, y le dijo cosas frágiles, nada triunfales: que le hiciera ver lo breve de su vida, lo frágil que era (Salmos 39:4). Y el hombre que había decidido callar termina el salmo pidiéndole a Dios que no se quede callado ante sus lágrimas (Salmos 39:12).
Eso me ha ayudado a entender algo que hoy les digo a muchas de las personas que acompaño, las que llegan con unos análisis perfectos y un cuerpo agotado: la fe no consiste en no decir lo que duele, sino en saber a quién decírselo. Callar delante de todos puede ser prudencia. Callar también delante de Dios, y delante de uno mismo, termina siendo una carga que alguien tiene que llevar. Y muchas veces la lleva el cuerpo.
Por eso, si te has reconocido en estas líneas, no te propongo nada grande. Empieza por devolverle a tu boca lo que tu cuerpo lleva tiempo cargando solo. Díselo primero a Dios, con las palabras que tengas, aunque sean pocas y torpes: «Señor, tengo miedo». «Estoy enojado y no sé qué hacer con esto». «No puedo más». Eso no te hace menos creyente; es exactamente lo que hizo David. Y después, cuando puedas, díselo a una persona de confianza que sepa escuchar sin corregirte enseguida. Y si aun así el peso sigue ahí, busca acompañamiento: no tienes por qué cargarlo solo.
Y si eres tú quien escucha, cuando alguien te cuente que le duele el pecho, que no duerme o que tiene el estómago hecho un nudo, no le respondas lo primero que te venga a la cabeza, «declara tu sanidad» o «eso son nervios». Pregúntale, con calma, qué está cargando. Y quédate a escuchar la respuesta.
Hay una escena en las Escrituras que me sigue conmoviendo: «un jardín a las afueras de la ciudad, donde un hombre suda sangre». Ese hombre es Jesús, la noche antes de la cruz. Lo que más me conmueve de aquella escena no es solo lo que ocurrió en su cuerpo, sino que no escondió su angustia. Antes de orar, se volvió hacia sus amigos y les dijo la verdad, sin adornos: «Mi alma está muy afligida, hasta el punto de la muerte» (Mateo 26:38, LBLA). El Hijo de Dios no respondió: «¡Firme y en victoria, Dios es fiel!», mientras se frotaba la nuca. Le puso palabras a su angustia delante de los suyos y delante de su Padre, aunque eso no apartara la copa que tenía delante. Por eso sé que no le hablo a un Dios que no entiende lo que significa tener un cuerpo al límite, ni a uno que se avergüence de una oración que tiembla.
Esa escena me acompañó durante mucho tiempo mientras escribía «ORO para tus grietas», tanto que uno de sus capítulos empieza en ese jardín. Allí me detuve con más calma en lo que el dolor le hace al cuerpo, por qué a veces el cuerpo habla antes que nosotros y en lo que aquella noche les dice a quienes aprendimos a callar. No lo escribí para darte una explicación más, sino para que, si tu cuerpo lleva tiempo diciendo lo que tu boca no se atreve, tengas entre las manos algo que te ayude a entenderlo sin sentirte juzgado. Si es lo que necesitas en esta etapa, puede acompañarte.
El cuerpo se queja de lo que la boca calla. A veces lo hace durante años, con una paciencia que no merece que lo tratemos como a un enemigo. Puede que hoy no seas capaz de decirlo todo, y no hace falta. Empieza por una frase verdadera, dicha a Dios como la dijo David, con lágrimas incluidas si hace falta. Deja que tu boca vuelva a hacer su trabajo, para que tu cuerpo no tenga que seguir haciéndolo solo.
Si mientras leías pensaste en tu propio cuerpo, o en alguien que conoces y que lleva tiempo respondiendo «estoy bien» con la mandíbula apretada, te invito a acercarte a «ORO para tus grietas». Lo escribí para quien está atravesando el dolor y también para quien lo acompaña desde cerca, y está hecho para leerse despacio, deteniéndote donde haga falta. Puedes encontrarlo [AQUÍ]. Y si no es para ti, quizás sea para esa persona que está a tu lado, a la que nadie le ha preguntado todavía qué está cargando. Ojalá esas páginas les ayuden a ponerle palabras a lo que el cuerpo lleva tiempo diciendo por ellos.
Recibe el contenido de Protestante Digital directamente en tu WhatsApp. Haz clic aquí para unirte.
José Daniel Pino
Entre la Tormenta y la Roca
Autor de «ORO para tus grietas»
Acompaño a personas, matrimonios y familias en Valencia y en línea.
Correo: [email protected]
WhatsApp: +34 643 144 495 / +34 722 314 489
Publicado en: PROTESTANTE DIGITAL - Entre la Tormenta y la Roca - El cuerpo que se queja de lo que la boca calla