Liderar con autoridad o con autoritarismo
Quizá convenga preguntarnos menos si nuestros empleados nos respetan y observar más cómo se comportan cuando estamos presentes.
Hay empresarios que se quejan de que sus empleados nunca toman la iniciativa. Lo curioso es que cuando alguien propone algo distinto a lo que ellos habían pensado, rápidamente encuentran motivos para descartarlo. Con el tiempo, el equipo aprende que es preferible preguntar antes de dar un paso, decir a todo que sí en las reuniones y no llevar demasiado la contraria. Y luego es el mismo jefe el que se pregunta por qué tiene que decidirlo todo.
Dirigir una empresa implica asumir responsabilidades y tomar decisiones que no necesariamente cuentan con la aprobación de todos. Es lógico esperar que el equipo las respete aunque no siempre las comparta. El problema comienza cuando interpretamos cualquier discrepancia como un cuestionamiento a nuestro liderazgo y sentimos la necesidad de recordar permanentemente quién tiene la última palabra.
Una buena manera de evaluar cómo ejercemos la autoridad es observar qué ocurre cuando alguien comete un error. Es comprensible que un directivo se enfade y exija explicaciones, pero si aprovecha la situación para dejar en evidencia al empleado delante de sus compañeros, puede que solo consiga que la próxima vez intente ocultar lo sucedido. Y cuando las personas tienen miedo de reconocer sus errores, convendría preguntarse hasta qué punto nuestra forma de dirigir ha contribuido a generar ese temor.
Hemos admirado durante años a directivos de carácter déspota. Steve Jobs, por ejemplo, dejó una huella enorme en el mundo de la tecnología, aunque las historias sobre su trato a algunos colaboradores son difíciles de presentar como modelos. Satya Nadella, por el contrario, ha defendido en Microsoft una cultura más abierta a la escucha y al aprendizaje. No se trata de repartir medallas morales entre ambos, sino de admitir que la capacidad para obtener resultados no depende de cuánto miedo inspire quien manda.
Para un empresario cristiano este tema tiene una importancia especial. A veces nos resulta más sencillo hablar de nuestros valores que aplicarlos cuando estamos cansados o cuando un empleado nos plantea un problema justo antes de salir. Y, sin embargo, son precisamente esas situaciones cotidianas las que permiten comprobar qué lugar ocupa nuestra fe en la manera de relacionarnos con los demás.
Pablo escribe a los Efesios: “Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros” (Ef 4:31-32). Es un pasaje con el que seguro todos estamos de acuerdo. Otra cosa es recordarlo después de una reunión desastrosa o ante una negligencia que va a costar un buen dinero a la empresa. Ser amable en esas circunstancias requiere bastante más fortaleza de la que solemos atribuir a la amabilidad.
Aún se oye decir que alguien “tiene mucho carácter” cuando lo que ocurre es que trata mal a quienes no pueden responderle, pero perder los nervios no demuestra autoridad. En ocasiones revela más bien que no somos capaces de gobernarnos a nosotros mismos. Esto no significa que haya que tolerar un trabajo mal hecho ni pedir disculpas por exigir lo que corresponde, sino que podemos señalar un error sin convertir a quien lo ha cometido en objeto de desprecio.
El poder también afecta a la manera en que nos vemos. A medida que aumentan nuestras responsabilidades, disminuye a veces el número de personas dispuestas a decirnos que nos equivocamos. Nos acostumbramos a que se escuchen nuestras opiniones. No hace falta tener una personalidad especialmente vanidosa para acabar creyendo que la empresa depende de nosotros mucho más de lo que realmente depende.
De ahí al narcisismo hay un camino que conviene vigilar. El directivo empieza a atribuirse los éxitos del equipo y a sentirse amenazado cuando un colaborador destaca. Una crítica razonable se interpreta como una deslealtad. Y el proyecto que debería reunir los esfuerzos de muchas personas acaba convertido en un escenario para el lucimiento de una sola. Admitir que otro ha tenido una idea mejor que la nuestra puede ser un ejercicio de humildad mucho más difícil de lo que parece.
Jesús dice: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”(Mt 11:29). La humildad no obliga al empresario a negar lo que sabe ni a restar valor a los años que ha dedicado a sacar adelante su negocio. Se parece más a reconocer que necesita a los demás, que no tiene respuestas para todo y que sus decisiones pueden ser mejoradas por quienes conocen de cerca el trabajo diario.
La autoridad entendida como servicio
Cuando los discípulos discutían sobre quién ocuparía los puestos de mayor importancia, Jesús les dijo: “El que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor” (Mc 10:43). Aplicar esta enseñanza a la empresa no consiste en convertirse en un jefe complaciente. Una organización debe ser viable y hay decisiones dolorosas, pero el deber de velar por el negocio no da derecho a desentenderse de las personas afectadas.
A veces el servicio tiene poco de extraordinario. Consiste en escuchar antes de responder, en no utilizar una reunión para ajustar cuentas o en explicar una decisión difícil sin esconderse detrás del cargo. También puede exigir reconocer que hemos hablado mal a alguien y pedirle perdón. Ninguna de estas actitudes garantiza el éxito de una empresa, aunque sí contribuye a que el trabajo no se convierta en una experiencia de temor permanente.
Quizá convenga preguntarnos menos si nuestros empleados nos respetan y observar más cómo se comportan cuando estamos presentes. ¿Se atreven a decir que no están de acuerdo? ¿Nos cuentan los problemas a tiempo? ¿Pueden reconocer un error sin temor a ser humillados? Las respuestas ofrecen una imagen bastante más útil de nuestro liderazgo que cualquier discurso sobre el buen ambiente de trabajo.
Algún día dejaremos de ocupar el puesto que hoy nos permite decidir sobre otras personas. Entonces, cuando ya no tengan obligación de seguir nuestras instrucciones, ojalá conserven buenos motivos para respetarnos. Para un empresario cristiano, lo que sus colaboradores recuerden de su trato debería importar tanto como los resultados que consiguió mientras estuvo al frente.
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