Perdóname, corazón
El corazón no es solo un músculo. Es también el nombre que damos a ese territorio invisible donde habitan los sentimientos, las emociones, los deseos, las convicciones y las heridas que nadie ve.
29 DE OCTUBRE DE 2026 · 18:00
Hoy he decidido hacer algo que nunca había hecho: pedir perdón a mi corazón. Sí, a ese compañero silencioso que está conmigo desde antes de nacer, que nunca ha solicitado vacaciones, que trabaja mientras duermo y que, sin preguntarme si lo merezco, sigue regalándome la vida latido tras latido.
Perdóname, corazón, por haberte dado tantas veces por supuesto. Por levantarme cada mañana sin agradecerte que siguieras ahí. Por pensar, cuando era joven, que tu vitalidad sería inagotable y que los años nunca te pasarían factura.
Por exigirte tanto y cuidarte tan poco. Al fin y al cabo, no tengo otro.
Te pido perdón por todos aquellos sobresaltos innecesarios a los que te he sometido. Por las tensiones que aceleraron tu ritmo, por las preocupaciones que te obligué a soportar y por los conflictos que, pudiendo evitar, permití que se instalaran dentro de mí.
Por las noches en las que no te dejé descansar, empeñado en resolver problemas que ni siquiera dependían de mí.
Ahora comprendo que muchas veces te hice trabajar más de lo necesario, no para vivir mejor, sino por no saber vivir de otra manera.
Hay una antigua advertencia bíblica que durante años he leído y repetido: «Por encima de todo, guarda tu corazón, porque de él mana la vida» (Proverbios 4:23 ). ¡Qué poco caso le hice!
Y es que el corazón no es solamente ese músculo extraordinario que impulsa nuestra sangre. Es también el nombre que damos a ese territorio invisible donde habitan los sentimientos, las emociones, los deseos, las convicciones y las heridas que nadie ve.
También había leído que «engañoso es el corazón», sin comprender del todo que no se trataba de desconfiar de cada sentimiento, sino de reconocer que nuestro mundo interior necesita orientación, cuidado y verdad.
Perdóname, corazón, por haberte obligado a amar cuando confundía el amor con soportarlo todo. Por entregarte a quienes no sabían cuidarte. Por creer ingenuamente que todos aquellos a quienes abría mis puertas entrarían con buenas intenciones.
Te expuse a demasiados vampiros emocionales. Personas y situaciones que fueron absorbiendo tu energía mientras yo confundía la entrega con el sacrificio sin límites, la lealtad con el servilismo, la responsabilidad con el afán y el amor con la dependencia.¡Cuánto daño podemos hacernos cuando no sabemos decir basta!
Perdóname también por los resentimientos que permití que echaran raíces dentro de ti. Por las palabras que guardé demasiado tiempo, por las decepciones que convertí en amargura, por la basura emocional que fui acumulando sin darme cuenta de que estaba contaminando el lugar donde debía crecer la esperanza.
Por las veces en que alimenté la inquietud en lugar de la serenidad, el temor en lugar de la confianza y la indignación en lugar de la paz.
Y, sobre todo, perdóname por haberte robado tantas pequeñas alegrías. Por estar ausente mientras la vida sucedía a mi alrededor. Por preocuparme tanto por el mañana que olvidé disfrutar de los latidos del presente. ¡Ay, corazón, corazón!
Cuánto has resistido. Cuántas veces te he llevado al límite y, sin embargo, nunca me has pagado con la misma moneda.
Tú has seguido latiendo fielmente, incluso cuando has necesitado ayuda para mantener el ritmo. No me has preguntado por mis errores ni me has exigido explicaciones antes de regalarme un nuevo amanecer.
Ahora, cuando los años me permiten mirar hacia atrás con una perspectiva diferente, quisiera devolverte algo de todo cuanto me has dado.
Quisiera aprender a vivir sin someterte a batallas que no merecen librarse. Dejar de cargar sobre ti responsabilidades ajenas. Aprender que no todas las discusiones necesitan una respuesta, que no todas las heridas merecen convertirse en rencor y que no todas las personas deben tener acceso al lugar más vulnerable de nuestra existencia.
Quisiera recuperar aquel corazón de mi infancia que todavía sabía asombrarse, confiar y alegrarse sin pedir demasiadas explicaciones. Pero hay heridas que uno no sabe curar por sí mismo.
Por eso hoy elevo una oración sencilla: Señor, toma mi corazón y llévalo a la UCI de tu amor. Examina sus cicatrices, limpia sus heridas y devuelve la ternura a todo aquello que los años, las decepciones y mis propios errores han ido endureciendo.
Y, si fuera necesario, hazme un trasplante. No de esos que se realizan en un quirófano, sino de aquellos que transforman nuestra manera de vivir. Como expresa aquella hermosa promesa bíblica: «Os daré corazón nuevo» (Ezequiel 36:26).
Un corazón que no confunda amor con pasión pasajera, fidelidad con sometimiento, trabajo con obsesión, ni perdón con la obligación de permanecer donde nos hacen daño. Un corazón que sepa amar sin dejar de cuidarse.
Querido corazón, no sé cuántos latidos nos quedan por compartir. A lo largo de mi vida habrás realizado miles de millones, y yo apenas me he detenido a escuchar unos pocos. ¡Qué injusta ha sido mi indiferencia!
Cuando llegue el día en que tu último latido anuncie el final de nuestro camino juntos, quisiera saber que me has perdonado. Aunque, pensándolo mejor, te pediría un último favor: no esperes hasta entonces para decírmelo.
Hazlo ahora, mientras todavía podemos caminar, abrazar, reír, contemplar un amanecer y reconciliarnos el uno con el otro. Quisiera entrar un día en la eternidad con la paz de haber comprendido, aunque haya sido tarde, que vivir no consiste solamente en mantener el corazón latiendo, sino en procurar que cada latido merezca la pena.
Y mientras llega ese momento, prometo escucharte más, exigirte menos y agradecerte cada día tu silenciosa fidelidad. Porque después de todo, querido corazón, tú nunca has dejado de luchar por mí. Ahora me toca a mí cuidar de ti.
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Publicado en: PROTESTANTE DIGITAL - Desde el Montgó - Perdóname, corazón