Reto evangélico: Divinizarse sin deshumanizarse
El cristiano debe buscar la cercanía a Dios como intentando divinizarse un poco en contacto con él, pero igualmente buscar la cercanía con el prójimo humanizándose en el servicio y en el compromiso cristiano.
20 DE OCTUBRE DE 2026 · 20:45
Muchas veces en contacto con las iglesias cristianas tenemos experiencias religiosas un tanto místicas que desearíamos estar más cercanos a los ángeles que a los humanos con todas sus problemáticas.
Nos gustaría divinizarnos como si deseáramos, de alguna manera, apartarnos del mundo, concepto mundo que se ha usado mucho en ambientes evangélicos cuando se decía que “es un joven que se va con los del mundo” o “se ha hecho novia con uno del mundo” o expresiones similares.
El peligro es que si intentamos divinizarnos mucho podemos correr el riesgo de deshumanizarnos. Si nos deshumanizamos con respecto al prójimo estamos mutilando el Evangelio. Podría ser el error de muchos religiosos que desean evadirse del mundo y de sus problemáticas dejando al prójimo en necesidad en una estacada.
Divinizarse versus deshumanizarse. Podemos hacer una separación tan grande entre el hombre y el mismo Dios que nos olvidamos de que el amor a Dios y el amor al hombre deben estar en relación de semejanza según Jesús en el Nuevo Testamento.
Intentar la cercanía a Dios y, por amor al prójimo, por el mandato de projimidad que nos dejó Jesús, intentar la cercanía con el prójimo, fundamentalmente al prójimo necesitado, es una exigencia de la vivencia de la espiritualidad cristiana.
Así, el cristiano debe buscar la cercanía a Dios como intentando divinizarse un poco en contacto con él, pero igualmente buscar la cercanía con el hombre, con el prójimo humanizándose en el servicio y en el compromiso cristiano.
El dar la espalda al grito del sufriente de la tierra, al prójimo apaleado no nos hace seres más celestiales, sino seres menos humanos que viven un cristianismo alicortado, mutilado y un tanto egoísta en busca de los bienes celestiales mientras que estamos dejando al prójimo en la estacada. Eso es deshumanizarse y acallar nuestra conciencia por no haber sido buenos prójimos y haber caído en el pecado de omisión de la ayuda.
El cristiano tiene que ser las manos y los pies del Señor en medio de un mundo de dolor. Creer en un Dios de amor es comprometerse con el hombre, con el prójimo que nos necesita. Si no, nos deshumanizamos y perdemos el concepto de projimidad.
De ahí que podamos titular el artículo como “Reto evangélico: Divinizarse sin deshumanizarse” pero, en el fondo, si nos divinizamos buscando esa cercanía a Dios debemos también y simultáneamente humanizarnos buscando la cercanía al prójimo con amor y mano tendida de ayuda.
Si lo que buscamos en la iglesia es aspirar a lo divino dando la espalda al ser humano que sufre, al prójimo en necesidad, ansiando ser una especie de ser que aspira a las bendiciones divinas, hemos errado el camino y nos hemos deshumanizado.
Si aspiramos solo a lo divino, lo que nos puede ocurrir es que no lo alcancemos, sino que al deshumanizarnos podemos caer incluso en la oración del desprecio del fariseo cuando decía: “Gracias, Señor, porque no soy como este pecador que tengo a mi lado”.
Oración del desprecio que nos deshumaniza y nos separa delo divino. Alejarse del hombre que nos necesita es alejarse de Dios al mismo tiempo. Mutilamos toda realidad divina en nuestras vidas.
El cristiano que se deshumaniza puede alabar, orar, ofrendar, rendir culto a Dios, pero el Señor cierra sus oídos y nos dice: “Justicia quiero y no sacrificios”.
Por tanto, olvidamos la misericordia cuando Jesús nos está diciendo que lo importante de la ley es la justicia, la misericordia y la fe. Justicia y misericordia están en relación con lo humano, con ello nos humanizamos y nos convertimos en agentes de liberación del Reino de Dios, nos comprometemos ofreciendo nuestras manos, nuestros pies, nuestra hacienda y nuestra voz a favor del prójimo.
Nos acercamos a la divinidad y a lo humano simultáneamente como dos procesos del Evangelio coimplicados entre sí.
Dar la espalda al hombre es nada menos que mutilar la vivencia de la espiritualidad cristiana en nuestras vidas, descafeinar el Evangelio para hacerlo algo cómodo y de disfrute esperando recompensas que no llegarán si damos la espalda al dolor del prójimo que está tirado al lado del camino.
Cuando no practicamos la projimidad no nos divinizamos de ninguna manera, sino que nos separamos del Dios que nos enseñó el amor al prójimo como algo esencial para la vida cristiana.
Si nos enseñan una espiritualidad desencarnada y desenraizada de la realidad humana y nos animan a recluirnos en el templo para el ritual cúltico sin hacer permeables las paredes de ese templo para estar en compromiso con Dios y con el prójimo, debemos reflexionar para no hacernos el sordo ante el grito del sufriente, ante la angustia de los oprimidos, excluidos y empobrecidos del mundo.
De todas maneras recordad que la trampa de Satanás era decirnos que “seremos como Dioses”. Nunca Satanás nos va a hablar del servicio ni del amor al prójimo. Eso fue nuestro Maestro Jesús que quiere que le sigamos en compromiso tanto con él como con el prójimo que nos necesita. Él, nuestro Señor, fue humano, muy humano y no quiere que sus seguidores nos deshumanicemos.
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