¿Cuándo es arrepentimiento el perdón que pide un pastor? (1)

Confesión, responsabilidad, reparación y restauración ante el abuso pastoral.

04 DE NOVIEMBRE DE 2026 · 10:45

Dallas Penner, Unsplash,oración ruego, plegaria biblia
Dallas Penner, Unsplash

Parte 1

En los últimos años hemos asistido a situaciones dolorosas en las que líderes cristianos reconocidos públicamente han tenido que afrontar graves comportamientos de inmoralidad sexual, manipulación o abuso de autoridad espiritual.

En algunos casos, después de un periodo de silencio, aparecen comunicados de arrepentimiento. Se reconoce haber pecado, se habla del sufrimiento personal y familiar, se agradece el acompañamiento de pastores y consejeros y se anuncia una nueva etapa bajo la misericordia de Dios.

Pero necesitamos hacernos una pregunta fundamental: ¿qué debe contener un verdadero arrepentimiento cuando quien ha pecado es un pastor que ha abusado de la confianza de otras personas?

No podemos juzgar el corazón de nadie. Solo Dios conoce plenamente las motivaciones humanas. Pero la Biblia sí nos enseña a reconocer los frutos del arrepentimiento y nos ofrece criterios para distinguir una confesión sincera de una declaración que, aunque emotiva, puede resultar insuficiente. Y esta distinción es especialmente importante cuando hablamos de quienes ejercen autoridad espiritual sobre otras personas.

 

1. Confesar el pecado significa llamar a las cosas por su nombre

El apóstol Juan escribe: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados” (1 Juan 1:9).

La palabra confesión implica reconocer honestamente el pecado delante de Dios. No consiste simplemente en admitir que hemos cometido errores o que no hemos estado a la altura de nuestras propias expectativas. Abuso es abuso y adulterio es adulterio, acoso es acoso, cada comportamiento tiene sus responsabilidades, consecuencias y abordaje pastoral. Me he encontrado con casos en los que hay los tres pecados, de abuso, adulterio y acoso... pero sólo se reconoce aquél que es más admisible por el restaurador.

Cuando Natán confrontó a David, este respondió: “Pequé contra Jehová” (2ª Samuel 12:13). No intentó justificar su adulterio, la utilización abusiva de su poder ni el acoso hasta la muerte de Urías. El Salmo 51 muestra la profundidad de su reconocimiento: “Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí”.

En casos de abuso pastoral, las expresiones genéricas pueden resultar especialmente problemáticas. No es lo mismo decir “cometí errores en mis relaciones” que reconocer haber utilizado indebidamente la autoridad pastoral, haber manipulado a personas vulnerables o haber mantenido conductas de engaño, cuando tales hechos están acreditados.

El arrepentimiento comienza cuando dejamos de suavizar el lenguaje con el que describimos nuestro pecado.

Esto no significa que deban divulgarse detalles íntimos ni identidades de las víctimas. Su dignidad y privacidad deben ser protegidas. Pero sí significa que la confesión pública debe guardar una proporción razonable con la gravedad de los hechos reconocidos.

En mi experiencia pastoral he observado que, con frecuencia, los líderes que han incurrido en conductas graves no reconocen inicialmente toda la dimensión de lo sucedido. Sus primeras confesiones suelen limitarse a aquello que consideran asumible ante el equipo pastoral al que rinden cuentas. Sin embargo, a medida que avanza el proceso, van saliendo a la luz nuevas personas afectadas, comportamientos ocultos y otras conductas pecaminosas relacionadas con los hechos iniciales, como si se tratara de un entramado de engaños que comienza a desvelarse progresivamente. He comprobado que, en muchos casos, puede transcurrir un año o incluso más antes de que el responsable llegue a reconocer plenamente la gravedad de sus actos, el alcance del daño ocasionado y las consecuencias para quienes lo sufrieron. Por eso, una confesión inicial, por sincera que parezca, no debería confundirse con un reconocimiento completo de la verdad ni con un arrepentimiento suficientemente maduro.

 

2. El arrepentimiento verdadero no busca excusas

Pablo establece una distinción fundamental: “Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación [...] pero la tristeza del mundo produce muerte” (2ª Cor 7:10).

No toda tristeza por las consecuencias de nuestros actos es arrepentimiento. Podemos lamentar haber perdido nuestro ministerio, nuestra reputación, nuestros seguidores o la confianza de nuestra familia. Podemos sufrir profundamente por el escándalo público y, sin embargo, no haber comprendido todavía el daño ocasionado a otras personas. Recuerdo a un conocido músico y cantante, gran compositor, que lloraba amargamente, tras dejar embarazada a la pianista de su grupo. Pero lloraba porque se dio cuenta que iba a perder todo por lo que había trabajado por años, no lloraba por su pecado.

Por eso, la tristeza por haber sido descubierto no equivale necesariamente a la tristeza por haber pecado. El verdadero arrepentimiento implica abandonar las justificaciones y asumir la responsabilidad de los propios actos.

Esto resulta especialmente importante cuando el comportamiento ha sido reiterado durante años. Una sucesión de decisiones conscientes, ocultamientos y engaños no puede explicarse adecuadamente como una caída momentánea.

Tampoco debemos convertir nuestras heridas emocionales, dificultades matrimoniales o problemas personales en explicaciones que terminen desplazando la responsabilidad hacia otras personas. Estas circunstancias pueden necesitar atención terapéutica, pero no eliminan la responsabilidad moral.

El arrepentimiento no consiste en explicar por qué terminé haciendo lo que hice, sino en reconocer que soy responsable de haberlo hecho.

Eso no obliga a admitir acusaciones falsas. Toda persona tiene derecho a responder con verdad a los hechos que se le atribuyen. Pero esa legítima defensa no debería utilizarse para minimizar las conductas que sí han sido reconocidas o acreditadas.

 

3. Conductas que contradicen el arrepentimiento

La Biblia no solamente nos habla de palabras de arrepentimiento, sino de comportamientos que deben acompañarlas.

Proverbios 28:13 declara: “El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia”. Fijémonos que el texto establece dos condiciones: confesar y apartarse, y a un tiempo nos avisa de otra conducta que está presente en quien comete los pecados: encubrir.

Por eso, cuando un líder declara públicamente su arrepentimiento, pero continúa realizando comportamientos de engaño, manipulación u ocultamiento, tenemos razones serias para cuestionar la autenticidad o madurez de ese proceso.

Como parte de diversos procesos de disciplina y restauracón he sido testigo de conductas especialmente preocupantes que ponen seriamente en cuestión la autenticidad del arrepentimiento de algunos líderes. Entre ellas, una de las más reveladoras es la utilización de perfiles falsos en redes sociales para defender anónimamente la propia reputación, responder a las críticas o desacreditar a quienes denuncian comportamientos indebidos. Estas prácticas también han salido a la luz en casos recientes y merecen una reflexión especialmente seria. Cuando alguien declara públicamente su arrepentimiento mientras continúa recurriendo al engaño y a la manipulación para proteger su imagen, estamos ante una contradicción frontal con los frutos del verdadero arrepentimiento bíblico. 

No podemos considerar estas actuaciones como simples errores secundarios: cuando se acreditan, son señales graves de que todavía existen comportamientos que necesitan ser confrontados y corregidos. A buen entendedor, pocas palabras bastan. A continuación, señalaré algunas de estas conductas, de las que yo he sido testigo, que deberían encender todas las alarmas en cualquier proceso de restauración, y que, de una u otra forma, estoy abordando a lo largo del artículo.

  • Crear perfiles falsos en redes sociales para defenderse de las acusaciones, aparentar apoyos independientes o atacar anónimamente a quienes denunciaron. Si se acredita este comportamiento, estamos ante una continuación del engaño, no ante un fruto del arrepentimiento.
  • Desacreditar a las víctimas, presentándolas como mentirosas, resentidas, desequilibradas o interesadas, sin pruebas que respalden esas afirmaciones. Especialmente grave resulta hacerlo indirectamente, utilizando a seguidores, amigos o colaboradores.
  • Continuar mandado mensajes, en los que se hacen preguntas indiscretas de carácter íntimo y sensual, a otras posibles víctimas mientras está “rindiendo cuentas”.
  • Manipular el relato de los hechos, ocultando información relevante, tergiversando deliberadamente fechas, minimizando la gravedad de las conductas o modificando las versiones según las circunstancias y las personas que escuchan.
  • Reconocer únicamente aquello que ya ha sido descubierto, mientras se ocultan conscientemente otros comportamientos o posibles víctimas a quienes supervisan el proceso.
  • Utilizar el lenguaje espiritual para silenciar las críticas, presentando cualquier cuestionamiento como un ataque del enemigo, una persecución espiritual o una falta de perdón cristiano.
  • Presionar a las personas afectadas para que retiren denuncias, guarden silencio, acepten determinadas versiones de los hechos o participen en una reconciliación que no desean.
  • Simular una rendición de cuentas, afirmando estar sometido a supervisión pastoral mientras se oculta información a los responsables o se eligen únicamente consejeros dispuestos a respaldar decisiones previamente tomadas.
  • Buscar precipitadamente la recuperación de la imagen pública, utilizando testimonios, campañas de apoyo o declaraciones de amigos para restaurar la reputación antes de haber afrontado suficientemente las responsabilidades y consecuencias.

No todas estas conductas tienen la misma gravedad ni constituyen por sí solas una prueba definitiva sobre el estado espiritual de una persona. Deben comprobarse los hechos y respetarse el derecho a defenderse legítimamente de acusaciones falsas.

Pero cuando se acreditan comportamientos deliberados de engaño, represalia o manipulación, no podemos considerarlos detalles secundarios.

No es coherente pedir perdón públicamente mientras se continúa desacreditando o intimidando, directa o indirectamente, a quienes han denunciado el daño.

Pablo exhorta: “Desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo” (Efesios 4:25). El arrepentimiento genuino no necesita fabricar apoyos ficticios, manipular la opinión pública ni controlar la narrativa de lo sucedido. Necesita verdad.

 

Nos quedan otros 5 puntos que debe contener un verdadero arrepentimiento, especialmente cuando hablamos de que quien ha pecado es un pastor que ha abusado de la confianza de otras personas. Los veremos en un siguiente artículo.

Publicado en: PROTESTANTE DIGITAL - Cuaderno de bitácora - ¿Cuándo es arrepentimiento el perdón que pide un pastor? (1)