¿Cuántas ‘Tamar’ olvidadas hay en nuestras iglesias?
Cuando un líder dice arrepentirse, pero lo hace sin pedir perdón a las víctimas.
26 DE OCTUBRE DE 2026 · 14:00
¿Qué significa poner a las personas heridas en el centro cuando un líder que ha abusado de su posición pide perdón? He sido testigo, y desgraciadamente sigo siéndolo, de que cada vez que sale a la luz un caso grave de inmoralidad sexual o abuso cometido por un líder cristiano, parece repetirse una escena conocida.
Primero llega el escándalo. Después, las explicaciones, los comunicados y las peticiones de perdón. Pasado un tiempo, comienza a escucharse una pregunta: ¿cuándo podrá volver al ministerio?
Pero mientras discutimos sobre su futuro, hay otra pregunta mucho menos frecuente:
¿Quién está restaurando a las víctimas? ¿Quién las ha escuchado? ¿Quién ha protegido su dignidad? ¿Quién se ha interesado por las consecuencias emocionales, familiares y espirituales que pueden acompañarlas durante años?
Me preocupa que, en ocasiones, seamos extraordinariamente rápidos para proclamar la restauración del líder y extraordinariamente lentos para atender a las personas que fueron heridas.
Y todavía me preocupa más que algunos procesos de restauración puedan desarrollarse escuchando casi exclusivamente al responsable, sin hacer un esfuerzo suficiente por conocer la experiencia de quienes sufrieron sus conductas. Porque, ¿cómo podemos comprender la gravedad de lo ocurrido si solamente escuchamos a quien causó el daño?
Conozco casos en los que se han desarrollado procesos de supuesta “restauración” sin que las víctimas hayan recibido una petición de perdón por parte del líder abusador u ofensor, sin que se haya procurado reparar el daño causado y, lo que resulta todavía más preocupante, sin que siquiera se les haya ofrecido la oportunidad de ser escuchadas por los consejeros o pastores responsables de su proceso de restauración. No podemos considerar restaurador un proceso que atiende al responsable mientras ignora a quienes han sufrido las consecuencias de sus actos. Esta realidad debería escandalizarnos como Iglesia de Cristo en Hispanoamérica. No podemos mirar hacia otro lado ni seguir reproduciendo prácticas que confunden la gracia con la impunidad.
Necesitamos aprender a afrontar estas situaciones con fidelidad bíblica, transparencia, justicia y una verdadera sensibilidad pastoral hacia las personas heridas.
Tamar, la víctima olvidada
Hay un relato bíblico que deberíamos leer con más frecuencia cuando hablamos de abusos: 2 Samuel 13.
Amnón, hijo de David, violó a su hermana Tamar. Después la rechazó y la expulsó de su presencia. El relato describe a Tamar llorando amargamente, hasta terminar viviendo desolada en casa de su hermano Absalón. David se enteró y se enojó profundamente, pero el texto no nos presenta una respuesta de justicia y reparación hacia Tamar.
Es una historia desgarradora que nos obliga a preguntarnos: ¿cuántas Tamar hay hoy en nuestras iglesias?
Mujeres que confiaron en un pastor, consejero o referente espiritual, abrieron su corazón y, en lugar de encontrar protección, experimentaron manipulación, instrumentalización o abuso.
No toda conducta sexual indebida constituye necesariamente abuso, y es indispensable distinguir los hechos y las responsabilidades. Pero cuando alguien utiliza su autoridad espiritual, su influencia o la dependencia emocional de una persona para satisfacer sus propios intereses, estamos ante algo que no puede reducirse a una falta moral privada. Estamos ante una profunda traición a la confianza pastoral. Y cuando eso ocurre, no basta con atender al responsable. Hay que mirar también a quienes quedaron heridos, muchas veces en silencio.
El arrepentimiento debe mirar hacia quienes sufrieron el daño
Los comunicados públicos de arrepentimiento pueden ser necesarios. Pero no basta con pedir perdón de manera genérica por los “errores cometidos” o por haber sido un “tropiezo para la fe” de los seguidores. El daño no se limita al testimonio público del ministerio. Puede haber personas concretas cuyas vidas han sido profundamente afectadas.
Cuando Natán confrontó a David, le contó la historia de un hombre rico que arrebató al pobre su única corderita (2 Samuel 12). El profeta obligó al rey a contemplar su pecado desde la perspectiva de quien había sufrido la injusticia. Y cuando Zaqueo se encontró con Jesús, no se limitó a expresar su arrepentimiento: manifestó su disposición a reparar lo que había defraudado (Lucas 19:8).
El verdadero arrepentimiento no se concentra solamente en la culpa de quien pecó, sino que reconoce el daño causado a los demás. Sobre todo, en el caso de que el líder no haya pedido perdón a las víctimas ni haya reconocido la gravedad de sus acciones, tal y como sucede en demasiadas ocasiones, tanto pasadas como actuales.
Por eso, ante situaciones de abuso, debemos preguntarnos si las personas afectadas han recibido ofrecimientos de atención, acompañamiento y reparación. Si fueron desacreditadas injustamente, ¿se han rectificado esas acusaciones? ¿Se han reconocido los hechos acreditados y asumido sus consecuencias? La responsabilidad debe traducirse en acciones verificables, sin exigir la exposición pública de las víctimas.
Los restauradores también tienen una responsabilidad hacia las víctimas
Quisiera detenerme especialmente en un aspecto que considero esencial. Cuando un grupo de pastores, mentores o consejeros asume el acompañamiento de un líder acusado de conductas abusivas graves, su responsabilidad no debería limitarse a ayudarle a reconocer su pecado, sanar sus heridas personales o reconstruir su vida familiar.
Si, además, ese equipo pretende valorar su idoneidad para recuperar responsabilidades ministeriales, tiene la obligación de promover un conocimiento riguroso de los hechos y de sus consecuencias sobre las personas afectadas.
No basta con preguntar al responsable qué hizo, escuchar su confesión y valorar si parece sinceramente arrepentido. Hay que preguntarse también a quién hizo daño, qué ocurrió realmente y si existen otras personas afectadas que todavía no han podido hablar.
Esto resulta especialmente importante cuando se denuncian comportamientos reiterados durante años, relaciones de manipulación o un uso indebido de la autoridad espiritual. En situaciones así, el relato del responsable puede ser incompleto, sea porque siga mintiendo, o porque minimiza determinados comportamientos, no comprendiendo plenamente su gravedad o desconociendo el alcance de sus consecuencias.
Por eso, el proceso de evaluación no debería depender exclusivamente de su versión. ¿Se ha ofrecido a las personas denunciantes un espacio seguro para contar lo sucedido? ¿Se ha intentado esclarecer si existen otras posibles víctimas? ¿Se han examinado las denuncias anteriores, si las hubo? ¿Se ha escuchado a quienes pudieron ser desacreditadas cuando trataron de hablar?
Y, si algunas mujeres denunciaron públicamente determinadas conductas, ¿se les ha ofrecido la posibilidad de aportar su testimonio a una evaluación verdaderamente independiente? Quienes supervisan una restauración deben promover que estas preguntas tengan respuesta, aunque ello exija recurrir a profesionales externos.
Esto no significa emprender búsquedas indiscriminadas, revelar identidades ni presionar a nadie para que declare. Significa habilitar canales seguros, confidenciales e independientes; facilitar que las posibles afectadas sepan que pueden acudir a ellos; y procurar que sus testimonios sean recogidos y examinados con rigor y sensibilidad.
No podemos dar por conocido todo el daño simplemente porque el responsable haya confesado aquello que está dispuesto a reconocer. Tampoco podemos considerar que un proceso ha sido suficientemente evaluado si solamente se ha escuchado al líder y a las personas de su círculo más cercano.
Escuchar a las víctimas no significa asumir automáticamente que todas las acusaciones están probadas. Significa garantizar que sean examinadas con seriedad, sin prejuicios, respetando los derechos de todas las personas implicadas.
Y cuando existen indicios de delito, la actuación pastoral no debe sustituir ni obstaculizar la investigación de las autoridades competentes. La verdad no puede construirse escuchando solamente a una de las partes.
Dar voz no significa obligar a hablar
Debemos ser especialmente cuidadosos al hablar de la necesidad de escuchar a las víctimas. Darles voz no significa exigirles que vuelvan a contar públicamente lo sucedido, que comparezcan ante un grupo de pastores o que participen en un proceso de reconciliación que no han solicitado.
Algunas personas necesitarán tiempo. Otras no querrán volver a relacionarse con la organización que no supo protegerlas. Y algunas podrán preferir guardar silencio o buscar acompañamiento fuera de su antigua comunidad. Todas esas decisiones merecen respeto.
Precisamente por eso, los canales de escucha deberían ofrecer garantías de independencia, confidencialidad y protección frente a cualquier represalia. No se trata de convertir a las víctimas en instrumentos para completar la restauración del responsable. Se trata de reconocerlas como personas con dignidad, derechos y necesidades propias.
Las víctimas no están al servicio del proceso de restauración del líder. Es la Iglesia la que tiene una responsabilidad de cuidado hacia ellas.
No podemos exigirles que perdonen públicamente, que se reúnan con quien les hizo daño o que guarden silencio para proteger el testimonio de una organización. No podemos convertir su disposición a reconciliarse en una prueba de su madurez espiritual.
El acompañamiento debe respetar su voluntad y sus tiempos, y puede incluir atención psicológica especializada, orientación jurídica, protección y medidas de reparación. El perdón cristiano jamás debería utilizarse para imponer silencio, evitar responsabilidades o restablecer relaciones que todavía no son seguras.
No llamemos restauración a un proceso que olvida los heridos
El profeta Ezequiel recoge una de las denuncias más severas de Dios contra los pastores de Israel: “No fortalecisteis las débiles, ni curasteis la enferma; no vendasteis la perniquebrada [...] sino que os habéis enseñoreado de ellas con dureza y con violencia” (Ezequiel 34:4).
El problema de aquellos pastores no era solamente lo que habían hecho mal. Era también lo que habían dejado de hacer por las ovejas que necesitaban cuidado.
Este pasaje debería interpelarnos profundamente. Porque la responsabilidad pastoral no termina cuando hemos acompañado al responsable de una conducta abusiva. También debemos preguntarnos qué hemos hecho por quienes sufrieron sus consecuencias. ¿Qué atención se les ha ofrecido? ¿Qué oportunidades han tenido de ser escuchadas? ¿Qué medidas se han tomado para protegerlas? ¿Qué reparación es posible? ¿Qué hemos aprendido de sus testimonios para evitar nuevos abusos?
Y si los responsables de la restauración no han promovido una escucha adecuada de las víctimas, ¿sobre qué conocimiento de los hechos están fundamentando sus conclusiones?
La ausencia de las víctimas en un proceso de restauración no demuestra que no tengan nada que decir. Puede demostrar que nadie les ha ofrecido un lugar seguro donde hacerlo.
Por supuesto, algunas personas podrán rechazar libremente esa oportunidad y nadie debería presionarlas. Su decisión debe respetarse. Pero la Iglesia sí debe poder dar razón de los esfuerzos realizados para ofrecer escucha, protección y ayuda.
No podemos proclamar que hemos actuado con responsabilidad simplemente porque el líder haya completado un programa de acompañamiento espiritual. La evaluación de lo sucedido debe incluir también una revisión de los daños ocasionados y de la respuesta institucional ofrecida a las personas afectadas.
Nuestra primera responsabilidad es cuidar a las ovejas
Pedro recibió de Jesús un encargo que debería resonar permanentemente en nuestros oídos: “Apacienta mis ovejas” (Juan 21:17). No le dijo que protegiera su reputación ni que defendiera su plataforma ministerial. Le encargó cuidar de sus ovejas. Y cuando las ovejas han sido heridas por quienes debían cuidarlas, nuestra primera respuesta no puede ser apresurarnos a devolver el cayado al pastor. Tiene que ser atender a las ovejas heridas.
Quiero pertenecer a una Iglesia que crea profundamente en el arrepentimiento, el perdón y las segundas oportunidades. Pero también quiero pertenecer a una Iglesia que no olvide a las personas heridas mientras celebra esas oportunidades.
Una Iglesia donde los responsables de acompañar procesos de restauración entiendan que no basta con ayudar al líder a reconstruir su vida: también es necesario procurar conocer la verdad, escuchar a quienes sufrieron y contribuir a que encuentren justicia, protección y cuidado.
Porque no es posible hablar responsablemente de una restauración integral si ignoramos la dimensión del daño o prescindimos de la voz de quienes lo sufrieron.
Una Iglesia verdaderamente restauradora no se reconoce por la rapidez con la que devuelve un micrófono, sino por la fidelidad con la que protege, escucha y cuida a quienes han sido heridos.
El próximo artículo nos ayudará a reflexionar acerca de los límites bíblicos de la rehabilitación. Intentaré responder a la confusión teológica más habitual: creer que el perdón obliga a devolver la autoridad ministerial. Aquí puedes leer el primer artículo de esta serie.
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Publicado en: PROTESTANTE DIGITAL - Cuaderno de bitácora - ¿Cuántas ‘Tamar’ olvidadas hay en nuestras iglesias?