El origen del universo según la ciencia

El acto creador, entendido como una acción divina y trascendente, no es un acontecimiento que pueda repetirse en un laboratorio ni someterse a una medición directa. Por ello, la ciencia no puede confirmar o negar completamente su dimensión sobrenatural

25 DE OCTUBRE DE 2026 · 10:00

Foto: <a target="_blank" href="https://unsplash.com/@gferla">Guillermo Ferla</a>. ,

Actualmente los estudios científicos relacionados con el origen del cosmos son numerosos. La astrofísica ha permitido conocer detalles del universo, como la expansión que está experimentando hoy, e interpretarlos retrospectivamente. Esto habría hecho posible deducir que éste tuvo un principio en el espacio y el tiempo.

La famosa teoría del Big Bang, mayoritariamente aceptada, supone que todo surgió del hipotético super-átomo primitivo. Muchos cosmólogos pretenden mediante enrevesadas teorías que rayan lo metafísico, ofrecer el fundamento último de la realidad o explicar científicamente cómo se formó el mundo de manera natural. Sin embargo, esto es algo imposible de lograr sin sobrepasar los límites de la propia ciencia. 

Algunos físicos teóricos, como el conocido Stephen W. Hawking (1942 – 2018), a pesar de aceptar el Big Bang, juguetean con la idea de la eternidad del universo. En su opinión, “el universo estaría completamente autocontenido y no se vería afectado por nada que estuviese fuera de él. No sería ni creado ni destruido. Simplemente SERÍA.” Hawking no sostenía simplemente que el universo hubiera existido siempre en el sentido clásico de un pasado infinito. Sus ideas sobre el origen cósmico cambiaron con el tiempo y se apoyaban en modelos de la relatividad general, la mecánica cuántica y la cosmología. En la imagen tradicional del Big Bang, el universo se expande desde un estado extremadamente caliente y denso. Si se extrapolan las ecuaciones de la relatividad general hacia el pasado, aparece una singularidad, que suele interpretarse como un comienzo del espacio y del tiempo. Sin embargo, Hawking advirtió que esta singularidad podía indicar los límites de la teoría, más que describir literalmente un punto inicial físico.

En la propuesta conocida como estado sin frontera, desarrollada junto con James Hartle, Hawking planteó que cerca del origen del universo el tiempo podría comportarse de una manera semejante a una dimensión espacial. En ese escenario, el universo no tendría una frontera temporal definida, del mismo modo que la superficie de la Tierra no posee un borde en el Polo Norte. Esto permitiría hablar de un universo finito y autocontenido, sin necesidad de postular un instante inicial convencional. En realidad, Hawking no defendía necesariamente un universo eterno en el que el tiempo transcurriera indefinidamente hacia el pasado. Su propuesta sugería más bien que la pregunta «¿qué ocurrió antes del Big Bang?» podría no tener sentido físico si el tiempo, tal como lo conocemos, surgió con el propio universo. 

En otras investigaciones, Hawking también consideró modelos en los que el universo podía atravesar fases anteriores al Big Bang o experimentar ciclos cosmológicos. No obstante, estas ideas pertenecen a modelos teóricos diferentes y no constituyen una conclusión confirmada sobre la historia real del cosmos. Por tanto, es correcto decir que Hawking contempló escenarios en los que el universo no tenía un comienzo temporal simple, pero es impreciso afirmar que demostrara que el universo era eternamente antiguo. El Big Bang continúa describiendo de forma sólida la evolución temprana y la expansión del universo observable; lo que permanece abierto es la cuestión de si hubo un estado anterior y cómo deben entenderse el tiempo y el origen cósmico en una teoría que combine gravedad y física cuántica.

Ante estos planteamientos científicos, puede resultar tentador pensar que la teoría del Big Bang es una confirmación de la doctrina bíblica de la creación. No obstante, conviene ser cautos respecto a este asunto ya que no existe un paralelismo real entre ambas cosas.

La creación -según se relata en la Escritura- fue un acontecimiento milagroso o sobrenatural llevado a cabo por Dios, mientras que ninguna ley física descubierta por la ciencia humana podrá jamás comprobar o describir dicho milagro. La creación del mundo pertenece principalmente al ámbito de la fe, la teología y la reflexión religiosa. Por esta razón, no puede ser descrita ni comprobada por la ciencia humana de la misma manera que se estudian los fenómenos naturales observables.

La ciencia investiga la realidad mediante la observación, la formulación de hipótesis, la experimentación y la posibilidad de repetir los resultados. Su propósito es explicar cómo funcionan los procesos naturales y establecer conclusiones basadas en evidencias que puedan ser examinadas por otras personas.

El relato bíblico de la creación, en cambio, transmite una enseñanza religiosa sobre el origen, el sentido y la dependencia del universo respecto de Dios. No fue escrito como un informe científico ni pretende describir con precisión experimental cada etapa de la formación del cosmos, de la Tierra y de la vida. Se trata de una acción sobrenatural. Por tanto, como la ciencia humana tiene límites, solo puede estudiar directamente aquello que deja evidencias observables o rastros que puedan analizarse. 

El acto creador, entendido como una acción divina y trascendente, no es un acontecimiento que pueda repetirse en un laboratorio ni someterse a una medición directa. Por ello, la ciencia no puede confirmar o negar completamente su dimensión sobrenatural. No obstante, una cosa que sí se puede decir es que la fe cristiana está en armonía con la idea científica de que el universo surgió en un instante, hace muchísimo tiempo, y que no hay por qué despreciar esa confirmación que las ciencias aportan a la teología.

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