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    Anna Romero García
     

    El desconocido Casiodoro de Reina

    Reina tradujo la Biblia para ponerla en la mano de todos los creyentes una Europa convulsa. Su ejemplo de tolerancia habla a nuestra generación.

    ACTUALIDAD 16 DE SEPTIEMBRE DE 2019 11:00 h
    En el monasterio de San Isidoro del Campo, en Santiponce, hubo un núcleo de reforma al que perteneció Casiodoro de Reina / Wikimedia, Hermann Luyken (CC 4.0)

    Este mes de septiembre se cumple el 450 aniversario de la publicación de la Biblia del Oso, que vio por primera vez la luz el 28 de septiembre de 1569. Esta fecha marca un hito no solamente para los cristianos de habla hispana en todo el mundo, sino para los hispanoparlantes del mundo en general.



    Casiodoro de Reina ha sido, durante muchos años, una figura desconocida entre los cristianos. De hecho, ha sido una figura desconocida en general. Si alguien les pregunta quién escribió la primera novela en español, seguramente muchos contestarán que Miguel de Cervantes sin tener que pensarlo mucho, porque es algo que se enseña en todos los colegios de habla hispana. Incluso se enseña en institutos de países anglosajones y de otras lenguas. Y si alguien pregunta a un estudiante de grado medio quién tradujo la Biblia al alemán, aunque no todos estén muy atentos durante las clases de historia o de religión, al menos a muchos les sonará el nombre de Martín Lutero.



    Sin embargo, el nombre “Casiodoro de Reina” es completamente desconocido a nuestros estudiantes y, lo que es más triste aún, desconocido entre algunos cristianos. Muchos leen con fervor la Biblia versión Reina-Valera cada día sin tener ni idea de las vicisitudes, penas, persecuciones y el exilio que tanto Casiodoro de Reina como Cipriano de Valera tuvieron que sufrir para que hoy, todos nosotros, podamos leer el Texto Sagrado, la Biblia, en nuestro propio idioma. Si bien llamamos a la versión que hemos heredado hoy “Reina-Valera”, lo cierto es que los lingüistas hoy ponen en tela de juicio si la aportación de Valera fue lo suficientemente sustancial como para merecer que su nombre aparezca al mismo nivel que el de Reina… Pero vayamos por partes.



    A mediados del siglo XVI, Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera eran monjes en el monasterio de San Isidoro del Campo, cerca de Sevilla. Lo primero que hay que destacar es que, en esa época, el monasterio estaba en manos de la orden de los jerónimos. Que tanto Casiodoro como Cipriano fueran monjes jerónimos es importante porque esa orden sigue el espíritu de San Jerónimo de Estridón, primer traductor de los Textos Sagrados de sus idiomas originales (hebreo, arameo, griego koiné) al idioma más común y más hablado en su momento: el latín. Esa traducción hoy día se conoce como la “Vulgata”, de vulgo, “pueblo” en latín: “La versión del pueblo”. San Jerónimo acercó los textos sagrados al pueblo para que todos los cristianos pudiesen leerlo, y por tanto no es de extrañar que fueran precisamente personas que habían sido monjes de la orden de San Jerónimo quienes emprendieran la monumental y tan necesaria traducción de los textos bíblicos al idioma español. 



    Pero también hay que destacar un aspecto más: Casiodoro de Reina vivía muy cerca de Sevilla, en el siglo XVI. Lo más comparable que tenemos hoy día a lo que era la Sevilla del siglo XVI es la actual ciudad de Nueva York: cosmopolita, políglota, intercultural, sobrepoblada y centro neurálgico de las finanzas, donde mercaderes y comerciantes de todo el mundo hacían sus negocios. Era, en definitiva, el puerto de entrada y salida de Europa a las Américas. Como es de esperar, en esa metrópolis medieval no sólo circulaban personas de todo el mundo, sino que era el ambiente ideal para la circulación de ideas, pensamientos y libros prohibidos por la Inquisición española. En este entorno, en estas circunstancias, llegaron las ideas de la Reforma protestante1que defendían la salvación por medio de la fe y una relación más directa del cristiano con Dios y su Palabra, a esos monjes cuya vida estaba dedicada a la contemplación y al estudio profundo de la Palabra y que, muy probablemente, ya veían la desconexión que había entre la práctica religiosa del Vaticano y lo que Cristo predicaba en las Sagradas Escrituras.



    No es de extrañar que en 1557, cuando la Inquisición empezó a arrestar a personajes de gran importancia no sólo para la difusión de las ideas protestantes (como Julianillo Hernández, contrabandista de textos sagrados reformados en español, el primer colportor de la Biblia en español) sino también a personajes distinguidos y con buenas conexiones entre la alta aristocracia (como Juan Gil, el “Doctor Egidio”), doce monjes del monasterio de San Isidoro huyeran al exilio sabiendo que pronto la inquisición iría a por ellos. Dos años antes ya habían huido otros siete monjes del mismo monasterio. Y es que, en el caso de Casiodoro y de tantos otros, ya no había vuelta atrás: su nueva fe en Cristo y la pasión por su vida y su mensaje había calado tan hondo en su corazón que no podían sino dedicar su vida a esta nueva misión. Tal como dice Cristian Gómez Macías «La esencia del anhelo de Casiodoro, el motor que lo lleva a traducir, es Cristo. En toda esta historia el personaje central es Cristo. La experiencia que Casiodoro tuvo con Cristo y cómo quiere él compartirlo con sus paisanos. Y cuando digo paisanos estoy pensando cuando el Imperio Español abarca todo el continente americano, obviamente España, hasta Navarra y Aragón, islas Canarias, Cerdeña, Sicilia, Flandes y Nápoles: es muy extenso. Casiodoro está pensando en compartir a Cristo con esas personas».2



    Casiodoro tuvo una vida novelesca: «El rey Felipe II se involucró personal y activamente en su persecución y hostigamiento; los espías del rey buscaban sus trabajos originales para quemarlos antes de ir a imprenta; sus enemigos le pusieron en Londres colaboradores encubiertos, topos, para boicotear su labor; bien acogido en Inglaterra al principio, adonde fue invitado como pastor de una iglesia de españoles, huyó después ante acusaciones de tenor sexual que implicaban el patíbulo (años más tarde quedaron aparentemente desmentidas); pasó por enfermedades que lo llevaron a desear la muerte; tuvo problemas con distintas “denominaciones” protestantes de su entonces, pues en el lado A le consideraban demasiado del lado B y en el lado B le consideraban sospechoso de enseñar el lado A encubiertamente; tuvo que emprender numerosas fugas repentinas de una ciudad a otra para salvar su vida y su obra; en Europa fue víctima de la desconfianza que todo lo español suscitaba entonces; sufrió innumerables vicisitudes de todo tipo a la hora de imprimir la Biblia del Oso, etc., pero finalmente salió a la luz esa traducción que con el tiempo se convertiría en seña de identidad de todos los que hemos conocido el inconmensurable y eterno valor de una relación con Dios basada en su gracia sola, su fe sola y su sola Escritura, que nos dan a conocer a Jesucristo, quien es la verdadera y definitiva base única de la vida eterna».3



    Sobre esas acusaciones entre los mismos protestantes, afirma Doris Moreno que «él mismo, con su pensamiento y acción, se mostró fronterizo a los mundos confesionales en conflicto en la segunda mitad del sigloxvi. Si la frontera no es una línea de puntos clara y distinta, sino un territorio borroso entre dos puntos definidos, en ese espacio se situó Casiodoro. No se puede decir que fuera tierra de nadie o espacio de confusión porque nuestro exjerónimo afirmó su identidad cristiana protestante en numerosas oportunidades. Pero en un tiempo de definición de ortodoxias, de ansiedades dogmáticas por definir claramente identidades confesionales frente a los oponentes en pugna, Casiodoro se alineó con todos aquellos que en nombre de la paz, la concordia y la unidad de los cristianos defendieron que las certezas dogmáticas que se podían desprender del texto bíblico eran, en realidad, pocas, mientras que el territorio de lo interpretable era extenso. Y en el campo de lo interpretable los criterios que debían regir eran el amor cristiano y la paz con el sermón del monte del Evangelio de Mateo como estándar de conducta moral. Por ello mismo, las diferencias teológicas o dogmáticas en el seno de una comunidad, en última instancia, solo debían merecer disciplina religiosa, en ningún caso castigo corporal. La particularidad de Casiodoro es que dejó pocos escritos sobre el tema y, sin embargo, se esforzó por vivir en esa frontera borrosa como forma beligerante de contribuir a la concordia. Esta actitud fue clara en sus relaciones con las diferentes corrientes protestantes; quizá también pudo serlo respecto al catolicismo en un deseo de no destruir los puentes que permitiesen seguir soñando con una Europa cristiana.»4



    Tal como considera Carlos Martínez, «algo que marca a Casiodoro para el resto de su vida es haber vivido la experiencia de la persecución en España. De tal manera que cuando él conoce de otros perseguidos en otras partes de Europa, fueran en la Europa católica o en la Europa protestante, para él no cabe en asuntos de fe perseguir a los demás, o quererles imponer ideas confesionales».5



    Lo cierto es que debido a esta postura Casiodoro nunca tuvo muy buena fama entre los dirigentes de las distintas denominaciones protestantes que por ese entonces se disputaban la fe del pueblo en Europa como quien se disputa el dominio sobre un territorio. Sumando eso a las persecuciones de las que era objeto abiertamente, cuando terminó la traducción de la Biblia al español y esta se editó en Basilea en 1569, Casiodoro no pudo firmarla, sabiendo que eso sólo impediría su difusión y que, si sus perseguidores localizaban cualquier ejemplar, lo quemarían en el acto. Su misión de servicio llegó hasta el punto de permitir que por muchos años los libros lo borraran de la historia, y eso ha repercutido sobre su nombre y su figura hasta el punto de que hoy día se omite su nombre en las aulas de historia, literatura y religión cuando por justicia debería aparecer inscrito junto al de Cervantes, al de Shakespeare y al de Lutero. La Biblia del Oso, además de ser uno de los monumentos de la literatura castellana del Siglo de Oro y un clásico de la lengua española, fue la primera traducción de las que se derivan todas las versiones Reina-Valera que han ido formando desde sus orígenes a las iglesias evangélicas de España y de la América de habla castellana.



    Algunos eruditos defienden a día de hoy que la traducción de la Biblia del Oso no pudo ser obra de una sola persona. Es un poco difícil creer que, entre tanta persecución y tanta huida, Casiodoro tuviera un equipo con el que contrastar y trabajar los textos. Pero quizá sea este uno de los motivos principales por el que se ha conservado durante tanto tiempo el nombre de Valera junto al de Reina. Decíamos al principio que la aportación lingüística de Valera al texto es cuestionable. De hecho su versión (a la que añadió su apellido y se convirtió por tanto en la primera “Reina-Valera”), conocida como “La Biblia del Cántaro”, varía entre un uno y un cinco por ciento de la Biblia del Oso a nivel lingüístico, ya fuera por la gran calidad lingüística que tenía la versión de Casiodoro o por la inmensa reverencia que Cipriano sentía hacia la obra y hacia su hermano en la fe, con el que huyó de Sevilla. Sin embargo, Cipriano de Valera siempre fue un hombre diplomático que supo alcanzar y colaborar con las personas más influyentes en el ámbito religioso de la época. Quizá fuera por eso que, al añadir su apellido al manuscrito, se suavizaran las connotaciones negativas, la precaución y la aversión que muchos contemporáneos sentían por Casiodoro de Reina y su nombre. Lo que es incuestionable es que las relaciones y conexiones de Cipriano de Valera ayudaron mucho a la difusión e institucionalización de la versión que, aún a día de hoy, es la más leída entre los cristianos de habla hispana.



    Casiodoro de Reina creía firmemente que las Escrituras son el auténtico instrumento para promover el «celo de la gloria y de la salud de los hombres», y que el desconocimiento de las mismas era lo que había derivado en la idolatría imperante en la Iglesia del momento. Afirmaba que prohibir la lectura de la Biblia era una afrenta a la verdad porque «si confiesan que la palabra de Dios lo es a nadie puede engañar ni entenebrecer». Y, por encima de todo, defendía que el estudio de la palabra de Dios había sido mandado a todos, como evidencian multitud de testimonios en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. Reina tradujo la Biblia para ponerla en la mano de todos los creyentes.



    Tal como escribe Doris Moreno, «Casiodoro de Reina pasó buena parte de su vida huyendo, instalado en la provisionalidad, cruzando fronteras geográficas, religiosas y culturales. Vivió y sufrió la España inquisitorial dentro y fuera de sus fronteras, la Ginebra de Calvino, la ultraortodoxia de calvinistas y luteranos. Fue un hombre de fronteras en aquella Europa del siglo xvi. Se alineó con todos los que creían que ideas y doctrinas no se podían imponer por la fuerza. La persuasión del corazón y la razón eran el único camino. Se contó entre los pacificadores en un mundo inmerso en una espiral de violencia política y religiosa que no hizo sino aumentar en el siglo siguiente. Persistió tenazmente en el cumplimiento de la tarea a la que creía que Dios le había llamado. Parece que hasta el último día de su vida puso en práctica aquel lema de San Agustín que tanto encajaba con su propio pensamiento: en las cosas necesarias, unidad; en las dudosas, que eran tantas, libertad; en todas, caridad».6



    No es de extrañar pues que en su “Amonestación al lector” con la que inicia su Biblia del Oso, el propio Casiodoro escribiera: «Ni las disputas importunas, ni las defensas violentas, ni los pretextos cautelosos, ni el fuego, ni las armas, ni toda la potencia del mundo junta podrá ya resistir que la Palabra de Dios no corra por todo tan libremente como el Sol por el cielo». 



    Hoy día, en los albores del siglo XXI, tenemos la capacidad de decidir qué rumbo vamos a tomar, cómo la humanidad percibirá y leerá este siglo a lo largo de la Historia, cuando nuestros descendientes miren atrás y valoren nuestras acciones; no sólo cómo Dios nos juzgará individualmente, sino también cómo nuestros hijos aprenderán de nuestros ejemplos, no de nuestras palabras. Tenemos la oportunidad, el regalo, el deber de mirar atrás y aprender de aquellos que han llevado valientemente la antorcha de la Fe durante toda la Historia para que hoy podamos recogerla y legarla a las generaciones venideras. Personas como Casiodoro, que en medio de la persecución, el dolor y la pérdida sólo se movió por el amor a Cristo y nos legó la traducción de la Biblia que hoy todos tenemos en casa. Que encontró amigos en Cristo más allá de las etiquetas doctrinales y amó a Cristo a través de todas esas amistades. Que quiso que todo cristiano se acercara a Cristo con libertad, leyendo la Biblia, y dedicó toda su vida a hacerlo posible para los castellano parlantes de su tiempo, y del nuestro 450 años después. Que defendió la concordia, el respeto, la comprensión, la razón y el corazón por encima de la fuerza, la regla, la imposición y la intolerancia.



    Hoy debemos decidir si vamos a permitir que las disputas importunas, los pretextos cautelosos y las defensas violentas se interpongan en nuestro deber cristiano de hacer que la Palabra de Dios corra libremente como el Sol por el cielo. Que así sea.



     



    Anna Romero García es editora en Teukhos y coeditora de El Tesoro de David (Editorial CLIE)



     



    Notas



    1#En Sevilla ya circulaban los primeros escritos de Lutero pocos años después de que éste colgara sus Tesis en las puertas de la catedral de Wittenberg, según la obra “Historia de las persecuciones políticas y religiosas ocurridas en Europa desde la Edad Media hasta nuestros días”, de Alfonso López de Castilla, publicado por la Imprenta y librería de Salvador Manero en 1860, Barcelona.



     



    2#Cita transcrita del coloquio sobre “La Biblia del Oso” impartido en el auditorio Qumrán en la librería Papiro 52 de Ciudad de México el 24 de abril de 2019. Cristian Gómez Macías es filósofo, académico de la UNAM y director del museo Maná de las Sagradas Escrituras en Ciudad de México.



     



    3#Extracto del prefacio a las ediciones de Reina-Valera 1960 editadas por Editorial Vida. El ejemplar citado fue editado en 2016.



     



    4#Extracto de la Introducción al libro “Casiodoro de Reina. Libertad y tolerancia en la Europa del siglo XVI” de Doris Moreno, profesora de la Universitat Autònoma de Barcelona. Publicado por la Fundación Pública Andaluza Centro de Estudios Andaluces, Junta de Andalucía, en 2017.



     



    5#Cita transcrita del coloquio sobre “La Biblia del Oso” impartido en el auditorio Qumrán en la librería Papiro 52 de Ciudad de México el 24 de abril de 2019. Carlos Martínez es periodista y sociólogo, miembro fundador del Centro de Estudios del Protestantismo Mexicano (Cenpromex).



     



     



    6#Extracto del último párrafo del “Epílogo” del libro “Casiodoro de Reina. Libertad y tolerancia en la Europa del siglo XVI” de Doris Moreno, profesora de la Universitat Autònoma de Barcelona. Publicado por la Fundación Pública Andaluza Centro de Estudios Andaluces, Junta de Andalucía, en 2017.



     


     

     





     
     
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