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    Botellas al mar

    El abuelo contaba a su nieto una historia. Siempre era la misma aunque nunca igual a la anterior.

    EL ESCRIBIDOR AUTOR Eugenio Orellana 17 DE FEBRERO DE 2019 16:20 h
    Foto: Pixabay (CC0)

    Dedicado a los escritores anónimos y a los escribidores persistentes.



    El niño se sentía feliz cada vez que su abuelo lo invitaba a salir a caminar y, a paso lento, terminaban a la orilla del mar. Siempre iban los tres: el anciano, una botella que llevaba en una mano, y el niño, tomado de la otra.



    Buscaban el roquerío en el que acostumbraban a sentarse y allí permanecían en silencio, admirando la inmensidad del mar, las caprichosas figuras de las nubes y las aves marinas que no dejaban de hacer vuelos rasantes por sobre sus cabezas.



    El abuelo entonces, sin decir palabra, alzaba la botella, la ponía frente a los ojos, los suyos y los de su nieto, la movía lentamente de un lado a otro para que los rayos del sol hicieran piruetas caprichosas en el vidrio. Y contaba a su nieto una historia. Siempre era la misma aunque nunca igual a la anterior.



    «Dentro de esta botella envío mensajes», le decía, «de lo que Dios y la vida me han enseñado. Siempre son iguales pero nunca uno es igual al otro».



    «¿Es la historia que me acaba de contar la que está dentro de esta botella?»



    «Sí. Es la misma que te acabo de contar, pero no es igual».



    «¿Cómo es eso, abuelo, de que es la misma pero no es igual?»



    «La vida, hijo, está hecha, para todos, de los mismos materiales: amor, odio, alegría, llantos, esfuerzos, esperanzas, fe. También de fidelidades y de traiciones; de abuelos que fueron nietos y de nietos que serán abuelos; de un día que le pasa al siguiente la noticia de la gloria de Dios y una noche que comparte con otra la sabiduría de ese mismo Dios.



    De un sol que se aparece por las mañanas y de una luna que toma su lugar cuando cae la tarde. De un viento que sopla sin que logremos saber de dónde viene ni a dónde va, y de una lluvia que baja en hilitos para refrescar la tierra y de esta manera hacer que se mantenga viva.



    Todo es igual, hijo, pero nada es igual. La gente que vive a este lado del mar siente y piensa lo mismo que los que viven en la otra orilla. Aquellos visten a su manera, hablan otros idiomas, comen sus propias comidas pero, en el fondo, son iguales a nosotros. Diferentes pero iguales, como mis mensajes, diferentes pero iguales».



    «¿Y por qué usted acostumbra a lanzar botellas al mar?»



    «Porque tengo tantos mensajes que si los dejara para mí solo se morirían en mis manos, y eso me causaría una frustración muy grande».



    «¿Qué es frustración, abuelo?»



    «Frustración es pena, es dolor, es ganas de llorar».



    «¿Ganas de llorar?»



    «Sí. Ganas de llorar. Aunque no ese llanto que llena los ojos de lágrimas; sino otro, el que te aprieta por dentro».



    «No entiendo, abuelo».



    «Bueno, en un sentido… pero déjame seguir…».



    «Te decía que por eso los escribo. Cuando termino de hacerlo les deseo un buen viaje y un mejor final, los pongo dentro de una botella y los lanzo al mar, con la esperanza de que alguien los encuentre y se alegre de leer lo que he escrito».



    Efectivamente, el viejo acostumbraba —desde que era un muchacho— escribir mensajes, ponerlos dentro de una botella y lanzarlos al mar. De vez en cuando sabía de alguien que los había encontrado y les habían sido de alguna ayuda.



    Las más de las veces, la respuesta que nunca llegaba, la recibía del Ser Superior que sí no dejaba de decirle, de una u otra manera, que su costumbre de enviar mensajes sin esperar respuesta tenía un efecto positivo para alguien. Y que Él los leía todos; que le gustaban… y que no dejara de escribirlos.



    Intrigado, el niño quiso saber cómo el abuelo disponía de tantas botellas, así es que le preguntó:



    «Abuelo, ¿cómo consigues tantas botellas?»



    El abuelo permaneció en silencio por unos segundos y luego dijo:



    «Te voy a contar una historia. Hubo una vez una madre con dos hijos. Su esposo había muerto dejando muchas cuentas sin pagar. Buscando a alguien que le ayudara a resolver su problema, acudió a un hombre de Dios.



    Temía que aquellos a quienes su esposo había quedado debiendo mucho dinero llegaran un día a cobrar sus deudas y al no poder ella pagarles, se llevaran a sus hijos para hacerlos sus esclavos».



    «¿Qué es un esclavo, abuelo?»



    «Luego te explico qué es un esclavo pero déjame seguir con la historia».



    «Está bien».



    «El hombre de Dios fue a la casa de la mujer y vio que allí había una pequeña botella con un poco de aceite. Le dijo que mandara a sus hijos a traer todas las botellas que encontraran, en la casa, en las casas de los vecinos y en el pueblo.



    Así, juntaron muchas; muchísimas que la madre iba llenando con el aceite que nunca se acababa. Cuando se llenó la última, el aceite se detuvo. El hombre de Dios, entonces, le dijo que fuera a vender todo ese aceite y con el dinero que consiguiera, pagara las deudas».



    «¡Qué bonito! Pero eso ¿qué tiene que ver con sus botellas? ¿Y cómo consigue tantas?»



    «En casa hay un cuarto al que entro cada vez que necesito una botella para lanzar al mar con mis mensajes. No sé cómo, pero siempre encuentro la que necesito. No me preguntes cómo aparecen; más bien pregúntate cómo se multiplicó el aceite de la madre del cuento y cómo se agotó cuando no había más que llenar».



    El niño se quedó pensando y luego respondió con una sola pregunta:



    «¿Dios?»



    «Sí, hijo. Dios».



    «Abuelo, ¿se acabarán también algún día sus botellas?»



    «Posiblemente cuando tu abuelo deje de escribir o, quién sabe, si tú heredas su ansiedad, sigan apareciendo para ti».



    Abuelo y nieto se pusieron de pie y, entonces, el abuelo lanzó la botella al mar. Se quedaron mirando cómo las olas jugueteaban con ella, cómo poco a poco la iban alejando de la orilla, y emprendieron el regreso a casa.



    Tomados de la mano, caminaban en silencio, cada uno ocupado en sus propios pensamientos.



    De pronto, el niño preguntó:



    «Abuelo, ¿qué es un esclavo?»



    «¡Te lo diré, hijo. Te lo diré!»


     

     


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