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    No todos los pastores “predican”, ni todos los que predican son “pastores”

    Cuando los ancianos predican semana tras semana, año tras año, pero no otorgan oportunidades o no invierten tiempo y esfuerzo en entrenar y capacitar a otros para el ministerio de la Palabra, están fallando en su llamado, que es el de «perfeccionar» y «preparar» a otros que han recibido de Dios el mismo llamado.

    FUNDAMENTOS AUTOR José Daniel Espinosa Contreras 08 DE DICIEMBRE DE 2018 17:00 h

    Aclaremos esto. Todo pastor/anciano[1] debe estar calificado para la enseñanza bíblica. Así lo señala el apóstol Pablo en 1 Timoteo 3:12 «Pero es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, APTO PARA ENSEÑAR». La implicación es que los ancianos/obispos/pastores son los responsables de la enseñanza en la iglesia local y tienen la autoridad dada por Dios para «exhortar con sana enseñanza y convencer a los que contradicen» (Tito 1:9). A fin de cuentas, se les ha encomendado una importante misión: «Mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre» (Hechos 20:28; cf. Hch. 20:29-30).



    Es innegable que el ministerio pastoral está estrechamente unido con el ministerio de enseñanza, hasta el punto que Pablo hace referencia a los pastores en Efesios 4:11 como «pastores maestros», «Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, PASTORES Y MAESTROS». Si analizamos este versículo en el griego notaremos que los «pastores» y «maestros» comparten aquí un mismo artículo definido, lo que indica que son un mismo grupo. En otras palabras, la expresión «pastores y maestros» no se refiere a dos roles distintos –al menos no en este versículo–, sino a un solo rol, el de «pastor-maestro». La conclusión es obvia, los ancianos deben participar en el ministerio de enseñanza –aunque posteriormente veremos que en la Iglesia Primitiva esto no siempre fue así–. Pero, ¿implica esto que solo los ancianos pueden/deben participar en el ministerio de enseñanza y de predicación? Absolutamente no. 



    Hemos visto que una de las funciones pastorales es la enseñanza, pero la enseñanza no está limitada a los pastores/ancianos. La palabra «maestro» también designa un ministerio específico y reconocido dentro de la comunidad de fe (cf. Hechos 13:1; 1 Corintios 12:28; Santiago 3:1). Leamos un ejemplo: «Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros, después los que sanan, los que ayudan, los que administran, los que tienen don de lenguas» (1 Corintios 12:28).



    El teólogo Ernesto Trenchard, en su obra Estudios de doctrina bíblica, escribe: «Maestros o doctores son los enseñadores de la Iglesia, que se dedican al estudio de las Escrituras en profundidad, teniendo el don de aclarar a otros lo que han recibido del Señor por la Palabra»[2]. Resulto llamativo que para defender la pluralidad de pastores en una congregación suele usarse el argumento de que este vocablo siempre que aparece en el Nuevo Testamento en referencia al cargo de anciano/obispo lo hace en plural, es decir, «pastores». Del mismo modo, el término «maestro», en el contexto de iglesia local, siempre aparece en plural. De la primigenia iglesia de Antioquía se dice: «Había entonces en la iglesia que estaba en Antioquía, profetas y maestros…» (Hechos 13:1).



    Así mismo, el ministerio de enseñanza es mencionado por el apóstol como un don que Dios a ciertos creyentes, sin que necesariamente estos sean pastores:



    Romanos12:6-8 (NVI)«Tenemos dones diferentes, según la gracia que se nos ha dado. Si el don de alguien es el de profecía, que lo use en proporción con su fe;si es el de prestar un servicio, que lo preste; si es el de enseñar, que enseñe;…».



    Reservar el ministerio de enseñanza o de predicación exclusivamente para los pastores es un error. Por supuesto que los pastores deben ser los responsables y supervisores de la enseñanza que recibe la congregación en que Dios los ha puesto por obispos (supervisores), pero ello no implica la negación del ministerio de enseñanza a otros hermanos a los que Dios les haya concedido la misma gracia (don). De hecho, si un creyente que no ostenta el cargo de anciano tiene el don de enseñanza, los pastores de esa iglesia local tienen la responsabilidad de potenciar el desarrollo del don de ese hermano, «a fin de perfeccionara los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo» (Efesios 4:12-13). El vocablo «perfeccionar» (gr. katartismós) tiene la connotación de completar, preparar y hacer apto. ¿A quién? A todos los santos. ¿Para qué? Para que cada uno; esto es, cada miembro, pueda ejercer su ministerio y rol.



    Cuando los ancianos predican semana tras semana, año tras año, pero no otorgan oportunidades o no invierten tiempo y esfuerzo en entrenar y capacitar a otros para el ministerio de la Palabra, están fallando en su llamado, que es el de «perfeccionar» y «preparar» a otros que han recibido de Dios el mismo llamado. Traemos a la memoria del lector las palabras del apóstol Pablo a Timoteo, que bien podrían y deberían hacerse extensibles a todos los pastores actuales: «Lo que me has oído decir en presencia de muchos testigos, encomiéndalo a creyentesdignos de confianza, que a su vez estén capacitados para enseñar a otros» (2 Timoteo 2:2).



    En relación a lo anterior, el teólogo Benjamin L. Merkle escribe: «Por desgracia, los pastores están demasiado ocupados o demasiado inseguros para ser mentores y discipular a otros hombres dotados en la iglesia. De modo que esta tarea de los ancianos es, quizá, la más descuidada y, por tanto, una en la que debe hacerse hincapié en la iglesia local»[3].



    La pluralidad de «maestros» laicos en las iglesias del Nuevo Testamento era una realidad. De hecho, en algunas iglesias abundaban y abusaban. Santiago, en su epístola, advierte: «Hermanos míos, no pretendan muchos de ustedes ser maestros, pues, como saben, seremos juzgados con más severidad» (Santiago 3:1 NVI). Aunque es cierto que en algunas comunidades había un abuso o exceso de maestros que debía ser corregido, textos como este demuestran que en las primeras comunidades cristianas había «maestros» más allá de los ancianos/pastores.



    Y decía al comienzo de este artículo que no todos los pastores predicaban en la iglesia, porque en aquellas comunidades donde existía pluralidad de pastores/ancianos, a menudo los ancianos desarrollaban distintas funciones; unos dedicados a las funciones administrativas o de gobierno y, otros, más enfocados en la enseñanza y la predicación. «Los ancianosque gobiernan bien, sean tenidos por dignos de doble honor,mayormente los que trabajan en predicar y enseñar» (1 Timoteo 5:17), por lo que indudablemente había otros ancianos que no trabajan en predicar y enseñar. El Comentario Exegético y Explicativo de la Bibliade Jamieson, Fausset y Brown apunta: «Esto da a entender que los presbíteros gobernantes eran de dos clases: los que trabajaban en la palabra y enseñanza, y los que no». Además, de todos es sabido que hay pastores que sobresalen más por sus capacidades de enseñanza que por sus capacidades pastorales (visitación, consejería, etcétera) o viceversa. No todos los pastores son buenos predicadores. Por ende, cuando hay pluralidad pastoral en una iglesia local –lo cual es el ideal bíblico–[4], no todos los pastores deben desempeñar las mismas funciones ni hacerlo de la misma manera.



    Por todo lo referido anteriormente, me preocupan aquellas iglesias en las que solo predica o enseña el pastor. Sé que en algunas lo hacen por necesidad, puesto que son comunidades nuevas y numéricamente pequeñas, donde todavía no se ha reconocido en nadie ninguno de estos ministerios docentes. Lo realmente alarmante son aquellas iglesias en las que, habiendo un considerable número de miembros y siendo que llevan muchos años establecidas, solo predique el pastor. Y lo que es aún más deplorable es cuando toda la comunidad asume este proceder como algo normal, común y bíblicamente correcto.



    He tenido muchas conversaciones con pastores que se sorprenden (¡negativamente!) de que en la congregación que pastoreo haya pluralidad de maestros y predicadores aparte de los ancianos, donde semanalmente rotamos para que todos tengan la oportunidad y el enorme privilegio de ejercitar el don que el Espíritu de Dios nos ha entregado. Automáticamente, ¡saltan las alarmas! Dicen: «Y si otro predica mejor y ya no quieren escucharte a ti»; «Y si enseñan algo distinto a lo que tú piensas o consideras que es la sana doctrina»; «y si no predican tan bien como tú lo haces», «pero tienes que guardar tu imagen como pastor, la gente debe verte»; «pero si dejas de predicar perderás autoridad», etcétera. Señores, hay remedio y prevenciones para todas estas inquietudes, algunas legítimas y otras absurdas. No los “juzgo”, entiendo que, si llevan años procediendo de esa manera, para ellos lo singular se haya convertido en habitual; lo extraño en normal y lo excepcional en usual.



    Afortunadamente, somos una congragación con abundancia de creyentes capacitados bíblica y teológicamente, dotados por Dios para el sagrado ministerio de enseñanza; eso sí, cada uno con su particular estilo y modo de predicar y afrontar la docencia, diferente al de los demás. Y en esa variedad hay enriquecimiento, pues unos nos complementamos a otros y llegamos a lugares donde el otro no llega. ¿Y quién soy yo para negar el ministerio a un hermano al que el Señor y dueño de la Iglesia ha capacitado espiritualmente? Nadie. Si Dios me ha tenido por fiel poniéndome en el ministerio pastoral, es para que yo contribuya al crecimiento y perfeccionamiento de los dones y ministerios del resto de hermanos de la congregación, y para que ellos, en el ejercicio de sus funciones y dones, potencien también mi crecimiento espiritual. No podría ser de otro modo.



    Lo extraño e inaudito sería lo contrario, que en una iglesia local de más de 30 años de su fundación solo predicaran el pastor o los pastores. Desgraciadamente, conozco muchas iglesias así. Los resultados, en muchos casos, son: pastores extremada y peligrosamente agobiados y cansados, por asumir una excesiva carga que no les corresponde llevar solo a ellos; creyentes atrofiados que viven una religión consumista –potenciado, por supuesto, por el insano proceder del pastor–, enterrando los dones que Dios un día les regaló con el fin de ejercitarlos; pastores soberbios que creer tener el monopolio de la sana doctrina y de la única enseñanza fiable, que temen que otros hermanos prediquen y lo hagan “mejor” que ellos, iglesias acomodadas y acostumbradas a que uno lo haga todo, mientras el resto se sienta cómodamente y disfruta del “evento”. Por supuesto, debo reconocer que no en todos los casos los resultados son tan negativos, pero es que el resultado tampoco determina lo acertado o correcto de una praxis. 



    En resumen, el pastor no puede convertirse en una gran boca y la iglesia en un gran oído. Recordemos las palabras del apóstol y grabémonoslas en el corazón: «Si todo el cuerpo fuese ojo, ¿dónde estaría el oído? Si todo fuese oído, ¿dónde estaría el olfato? […] Porque si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? […] Pero ahora son muchos los miembros…» (1 Corintios 12: 17, 19 y 20). 



    Habría mucho más que añadir, matizar y aclarar, pero por motivos de espacio terminaré aquí. El fin que persigo con este artículo es que despierte en el lector una chispa de interés en profundizar y repensar la perspectiva novotestamentaria y, sobre todo, ¡que se recupere! Para la gloria de Dios.



    «¿Qué concluimos, hermanos? Que cuando se reúnan,cada unopuede tener un himno, una enseñanza, una revelación, un mensaje en lenguas, o una interpretación. Todo esto debe hacerse para la edificación de la iglesia» (1 Corintios 14:26).



     



    Notas



    1 A lo largo de todo este artículo mencionaré a los «pastores», «ancianos» y «obispos» como sinónimos, debido a que este es el uso aceptado mayoritariamente dentro del protestantismo –aunque no todos los protestantes aceptan este uso–. No obstante, considero que lo más adecuado es no usar el término «pastor» como título nominativo, mientras que sí es adecuado usarlo con «anciano» u «obispo». El ministerio pastoral, por tanto, sería la función que llevan a cabo los ancianos/obispos.



    2 Trenchard, Ernesto. Estudios de doctrina bíblica.Grand Rapids, Michigan: Editorial Portavoz, 1976, pp. 357-358.



    3 Merkle, B. L., Preguntas y respuestas sobre ancianos y diáconos. Grand Rapids, Michigan: Editorial Portavoz, 2012.



    4 Siempre que en el Nuevo Testamento se hace referencia a los ancianos/obispos como cargo eclesiástico lo hace en plural (Hechos 15:4; 14:23; 20:17; Filipenses 1:1; Tito 1:5; 1 Pedro 5:1; Santiago 5:14; etc.)


     

     


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    COMENTARIOS

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    jomagofu
    12/12/2018
    00:33 h
    4
     
    Muy buen artículo, efectivamente ese es el ideal bíblico. Lo que suele ocurrir con los modelos unipastorales del gobierno de la iglesia, es que al estar monopolizada la enseñanza en una sola persona, el resto de la congregación pierde la capacidad de escudriñar las Escrituras, con lo que los miembros se quedan durante años y años en los principios básicos y fundamentales del evangelio, pero se pierden el tesoro que guardan las Escrituras cuando se profundizan en ellas.
     

    jorgevaron
    12/12/2018
    00:08 h
    3
     
    Es tanto el descuido en el ministerio de la enseñanza que ya es habitual encontrar cristianos antiguos que consultan el horóscopo o que desconocen doctrinas esenciales como la Dios existiendo eternamente en tres personas: Padre, Hijo (Jesucristo) y Espíritu Santo, doctrinas difíciles de conceptualizar, pero sin las cuales resulta imposible mantener la coherencia de toda lectura seria de las escrituras.
     

    EZEQUIEL JOB
    10/12/2018
    13:32 h
    1
     
    Estimado Pastor, yo creo que la PREDICACIÓN es hacia los gentiles o inconversos, al mundo(Mar 10:13)(1Cor1:21), y la ENSEÑANZA es para el interior de las iglesias(1Cor14:19)(Mat28:19-20). No es correcto "predicar" a los ya convertidos en las iglesias, sino enseñarlos a obedecer al evangelio para un cambio y modo de vida personal agradable al Señor Jesús. No es lo mismo predicar que enseñar. Dios lo bendiga mucho mas y le dé mas sabiduria y inteligencia espiritual, en el nombre del Señor Jesús.
     
    Respondiendo a EZEQUIEL JOB

    Angel
    12/12/2018
    10:51 h
    5
     
    En la iglesia, la mejor "predicación" que se puede hacer es la conocida como "la predicación expositiva" la cual abarcaría tanto el kerigma del Evangelio como la enseñanza. Éstas, bien combinadas proporcionan a la iglesia todo el cuadro completo de lo que es el mensaje del Evangelio. El kerigma recordaría y confirmaría a los creyentes, mientras que la enseñanza aclararía y profundizaría en el evangelio. Y si hay algún inconverso, algo podría aprovechar de lo primero. (Hechos 5.42; 20.20) Saludos
     
    Respondiendo a Angel

    EZEQUIEL JOB
    10/12/2018
    22:07 h
    2
     
    Perdón, la cita de Mar 10:13 no es la correcta, sino Mar 13:10.
     



     
     
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