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Maná para el peregrino XLIII
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Jesús, migrante y refugiado

La iglesia puede tener un relevante papel conciliador de posturas. Si en la sociedad las posturas se tornan antagónicas, ella puede ser canal del amor de Dios.

MUY PERSONAL AUTOR Jacqueline Alencar 24 DE NOVIEMBRE DE 2018 16:00 h
Recordando a los que pierden la vida huyendo del hambre o las persecuciones, en la Plaza Mayor de Salamanca. / Jacqueline Alencar

Observamos los sucesos que se nos agolpan diariamente, nos implicamos, porque sabemos que el mismo Dios se preocupó por el hombre y el mundo donde este habita. Por eso a través del Hijo se encarnó en nuestro hábitat, como uno más entre nosotros. Jesús, el inmigrante de Dios que vino por un tiempo en busca de mejores horizontes para nosotros, no usó su superioridad para acceder a privilegios. Se humanó, humillándose.



Tuvo que hacer cola para empadronarse, como muchos que necesitan legalizar su estancia en nuestro suelo; luego huir a Egipto como tantos perseguidos que huyen de la intolerancia de todo tipo, porque Herodes quería matarlo. Como tantos niños que forman parte de esos contingentes que huyen de los conflictos bélicos, los desastres naturales, o la persecución porque les han sido coartadas las libertades y son condenados por su raza, religión, o ideas políticas. Huye buscando salvar su vida, víctima de la intolerancia y de las ansias de poder; obligado a buscar seguridad fuera de sus fronteras. Llega buscando asilo, y no nos cuesta imaginar que en esas condiciones su familia no tuvo facilidades y tuvo que enfrentarse a la dureza de su estancia en la tierra del Nilo, como la de cualquier ser humano que se encuentra en condición de refugiado. No debe haber sido fácil ser uno más de los desplazados que a veces tienen que salir corriendo con lo puesto. Tiempo antes, su pueblo había sido extranjero en Egipto, en condición de esclavitud y explotación laboral, viendo conculcados sus derechos más elementales. 



A Dios no tenemos que convencerlo de nada, ya que no estuvo mirando solo desde el balcón, como un espectador, sino que humildemente bajó al Camino para transitar con el hombre, comer con él, ensuciándose el calzado y las manos para curar incluso en los respetados días de reposo, sentando ejemplo de que a veces se podían dar las excepciones. ¡Quiso sentir con el hombre! Estaba pergeñando las bases de un ‘Manual de extranjería’ para el futuro. Sabía que la lacra de la opresión del más fuerte sobre el más débil continuaría porque así sería hasta el regreso.



Dios bajó para vestirse de inmigrante o refugiado; para que respetáramos y defendiéramos a aquellos que llevaran su mismo ropaje. Ese sería un rubro más de los contenidos en su modelo misional. Sabía que en el siglo XXI habrían más de 60 millones de desplazados y otro tanto de migrantes que buscan una vida mejor. Sabía que estos se encontrarían a veces en ‘posición infraciudadana’ y que se enfrentarían a los prejuicios normales frente a la inmigración y a los que piden asilo.



Es más, diría que casi todos podríamos decir que hemos sido migrantes. No hace falta saltar la línea fronteriza de un país, basta con salir de nuestra comunidad, o nuestra provincia o comarca, del campo a la ciudad, buscando mejores formas de sobrevivir. Nos hizo conocer lo que era salir huyendo en medio de la nieve allá por el 39. Ser recibidos en barracones, hacinados y sin agua caliente; añorando el sabor del cocido o la fabada. Recordándonos de vez en cuando el estribillo: ‘porque extranjeros fuisteis en Egipto, o en Francia, Alemania, México, Argentina, Venezuela, Perú, Brasil, Chile, Rusia…’



Jesús se viste de niño migrante en cada Navidad, cuando festejamos su llegada a este mundo hace algo más de dos mil años. En muchos puntos de la tierra recordamos el humilde recinto donde fue albergado al nacer. Y ya mayor, leyendo su biografía contenida en los Evangelios, vemos cómo nos encamina a superar las barreras raciales. Podemos constatar este hecho cuando lo vemos charlando con una mujer samaritana, extranjera, pobre, de dudosa reputación. O cuando alaba al leproso samaritano; o pone como ejemplo al samaritano que recoge a un herido en el camino, quien había sido obviado por los de la clase religiosa privilegiada. A pesar de su legado, vemos que aun en la iglesia naciente hay un olvido de estas enseñanzas y en principio se da un rechazo a la conversión de los gentiles al Evangelio; les cuesta entender que “él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación…”, como leemos en la epístola a los efesios.



La iglesia nunca ha estado exenta de conflictos en general, pero también de conflictos raciales que tendían a la exclusión. Fue así en la iglesia naciente, donde también percibimos la contundencia de la labor pastoral firme del apóstol Pablo para solucionar las tensiones que iban surgiendo en estos aspectos, recalcando siempre acerca de la importancia de la obra de Cristo en la cruz abriendo un nuevo camino que propiciaba la fusión de dos pueblos en uno donde no había lugar para la acepción de personas por su raza o cultura.



Cristo no fue ambiguo a la hora de decantarse por la equidad e igualdad entre judíos y gentiles de todas las épocas venideras. La reconciliación no fue barata, tuvo un precio muy alto: su propia vida. Este es el ejemplo respecto a cómo enfrentar las diferencias y propiciar la receptividad, la hospitalidad. Con su ejemplo Jesús dejó escrito en nuestros corazones la frase: ‘recibíos los unos a los otros como si me recibierais a mí mismo’.



¿Vale ese modelo para las iglesias de hoy? Diría que tienen un gran reto para ser ejemplo que influya en una sociedad en constante movimiento migratorio y las amenazas de una nueva era de racismo y xenofobia. La iglesia debe ser esa comunidad terapéutica donde los forasteros llegan para ser atendidos físicamente, pero también emocionalmente, espiritualmente. Debe ser el lugar donde se recibe el amor de Dios en forma de Palabra y Acción.



No debemos olvidar nuestra historia, ella tiene mucho que ver en lo que somos hoy. Nos sirve de experiencia para mejorar o no repetir. ¿Podemos osar pensar que por su antigüedad los libros de la Biblia están pasados de moda? En sus versos podemos encontrar las pautas para implementar una pastoral de la inmigración y los refugiados que coadyube a vivir en una comunidad donde la diversidad enriquece y no separa, y donde no hay lugar para la injusticia, porque dijo Dios: “Como a un natural de vosotros tendréis al extranjero que more entre vosotros, y lo amarás como a ti mismo; porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto… (Lev. 19.34).



La iglesia puede tener un relevante papel conciliador de posturas. Si en la sociedad las posturas se tornan antagónicas, ella puede ser canal del amor de Dios. “Él hace justicia al huérfano y a la viuda, y muestra su amor al extranjero dándole pan y vestido” (Deuteronomio 10.18). Y arrasará con su ejemplo.



Quizá esta Navidad nos lleve a repasar la historia de Jesús como niño migrante; así, quizá veamos su rostro en cada infante que cruza las fronteras con su familia o solo. 


 

 


2
COMENTARIOS

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ramon lopez peralta
26/11/2018
19:24 h
2
 
se puede hablar inmigracion de normas de requisitos y aun de posibilidades en los paises donde las personas quieran vivir...pero creo que hablar de Jesús como un inmigrante o un migrante me recuerda la cancion de antonio molina del inmigrante,creo que al hablar del Verbo Encarnado hay que hacerlo con mas reparo y no asimilarllo a los asuntos de aqui abajo tratar al Verbo de Dios como merece sin más.por favor
 

Eugenio M Alonso
25/11/2018
20:03 h
1
 
Lo sorprendente es que uno de los argumentos de los crueles es que vienen a atentar contra la identidad cristiana de Europa.
 



 
 
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