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    Benjamín Gálvez
     

    Un bonito día

    Texto de Benjamín Gálvez Arqueros, ganador del segundó accésit en la modalidad de relato del XXXIII certamen González-Waris. (Selecciona Isabel Pavón)

    GONZÁLEZ-WARIS 25 DE MARZO DE 2018 08:50 h

    Era la cuarta de cinco hermanos. Pelear con sus hermanos mayores no había sido fácil, pero finalmente logró un hueco en la familia. Familia por cierto que venía con el kit de los abuelos incorporados. Aprendió a golpear, a esquivar, a recibir, pero también a hacerse oír. Aprendió a respetar y obedecer a sus padres, a cuidar a sus abuelos, y a marcar el territorio a sus hermanos, sin dejar de ser ejemplo a su hermana pequeña.



    Tras muchas batallas, unos cuantos años de estudio y trabajo, un marido y dos hijas después, había logrado ser una mujer bien valorada. Su marido después de 28 años de matrimonio, le seguía haciendo el zumo de naranja por las mañanas, continuaba abriéndole la puerta del automóvil, y la seguía amando con toda la locura con que se podía amar… y tal vez, solo tal vez, un poco más.



    Esa mañana, ella salió de nuevo con su sonrisa, y como cada día fue directa a su cafetería. Allí iban llegando con ojeras, con ojos hinchados por el sueño y entre bostezos, todo ese pequeño rebaño que solo despierta del todo cuando el olor matutino del café recién molido y el sonido de la cafetera se cuelan por sus sentidos.



    Saludó a la dueña de la cafetería:



    —Hola Isabel, qué bonita mañana, ¿verdad?



    Isabel la miró de soslayo mientras realizaba el sagrado ritual de acercar el “porta” a la máquina de moler, dejar caer un poco de café, volver a colocar el “porta” en la cafetera, y dejar destilar el precioso y aromático líquido:



    —¡Ya llegó nuestra predicadora personal! Pues la mañana bonita será… si Raquel lo dice.



    —Disculpe señorita —interrumpió un joven con ojeras— , ¿me podría servir un café bien cargado?



    —A ver zagal, que cuarenta y cinco años casada con el mismo hombre me dan derecho a subir al rango de señora —contestó Isabel—. Un respeto o le echo a mi Ambrosio.



    —Cariño, ¿qué será? ¿Otro bocadillo de salchichón? —respondió Ambrosio desde la cocina al escuchar su nombre.



    —Usted disculpe señora, es que hasta que no me tomo mi café no soy persona.



    — ¿“Mi café”? El café será suyo cuando lo pague, mientras es de esta menda —contestó Isabel, al tiempo que dejó un café al lado del joven—. Será un euro.



    —Gracias señorita… ejem, señora. Aquí tiene su euro. — Engulló el café casi sin respirar y marchó tan rápido como había entrado.



    —¡Vaya, se le veía angustiado! – exclamó Raquel.



    —Sí, me dijeron que su hermana ingresó en el Hospital y está en Cuidados Intensivos. Pobre.



    —Oh, no lo sabía. Si vuelve dile que estaré orando por su hermana —dijo Raquel mientras sorbía su café con leche—, ¡y no seas tan dura con tus clientes!



    Raquel se dirigió a su oficina en la editorial. Era una editorial pequeña, pero que ya había publicado un buen número de libros. Abrió su pequeño despacho, cerró la puerta y se puso de rodillas, como cada mañana. Y allí oró:



    —Padre nuestro que estás en los cielos… —continuó con toda la oración modelo y después siguió— …de nuevo te agradezco la noche de descanso, y el nuevo día que nos regalas. Mira al joven de esta mañana, tú conoces su corazón y su preocupación por su hermana. No los conozco, pero tú sí. Obra en su hermana. A ti sea toda la gloria, hoy y siempre, aquí y en todo lugar. En el nombre de Jesús, amén.



    Se incorporó, abrió la puerta, y se sentó junto a su mesa, todavía pensaba en ese joven angustiado. Pronto el trabajo la absorbió por completo. Pasaron las horas, e Isaac se acercó a su puerta:



    —¡Jefa! –exclamó asustándola.



    —¡Te he dicho mil veces que me llamo Raquel, no jefa! —contestó con socarrona sonrisa—. Dime de qué se trata.



    —Perdón, jefa, no volverá a suceder. Pues resulta que necesitaba bajar a comprar algo y sin querer me acerqué a tomar un vertiginoso café. La señora de la cafetería, nunca recuerdo su nombre —dijo rascándose la cabeza—, me pidió que te avisara de que no sé quién había vuelto de no sé dónde y ella le había dado no sé qué.



    Raquel miró a Isaac con los ojos muy abiertos, sorprendida de la cantidad de detalles que Isaac había olvidado en un trayecto tan corto desde la cafetería hasta la oficina, y tras unos segundos de perplejidad le contestó:



    —Bien, Isaac, lo he entendido. Recuérdame que te regale un libro de mnemotecnia. Mañana hablaré con Isabel, porque… —miró fijamente a Isaac— se llama Isabel la señora de la cafetería.



    —¡Isabel! ¡Lo sabía! —dijo Isaac dando una palmada y casi gritando de alegría.



    —Seguro que lo sabías… pero en el fondo de tu alma, muy, pero que muy en el fondo —le contestó Raquel con ironía—. Y que sea la última vez que te tomas un café “sin querer” en horario laboral.



    Raquel llegó a casa, y su marido ya había empezado a preparar una cena exquisita… una ensalada completa, como le gustaba a ella.



    —Hola, cariño, ¿cómo te fue el día? —le preguntó su marido mientras seguía haciendo la ensalada y ella le abrazada con pasión por detrás.



    —Hoy tuvimos demasiado trabajo, y solo me apetece abrazarte… casi que me saltaría la ensalada —contestó Raquel prolongando su abrazo.



    —Ni hablar, primero la cena. Ve llamando a las niñas para que pongan la mesa.



    Raquel se dirigió a la habitación de sus hijas, y ya sonaba la música. Abrió la puerta:



    —¿Dónde están las niñas más preciosas del universo? –exclamó Raquel.



    —¡Mamiiiii! —casi no le dio tiempo a Raquel a acabar la frase cuando sus dos hijas vinieron corriendo a abrazarla.



    —¡Cuidado! ¡Me vais a tirar al suelo! —dijo sin dejar de reír.



    —Mami, ¿cómo estás? ¡Te hemos echado de menos!



    —Pues ahora que os abrazo, estoy fenomenal, gracias a Dios. Vamos a cenar que papá ya lo tiene todo listo.



    Las niñas pusieron la mesa y todos se sentaron alrededor de la misma.



    —Papi, te toca orar a ti —dijo la pequeña Lais.



    —Muy bien, yo cocino, yo oro… ¡pues debería comérmelo yo todo! —dijo el padre riendo sin parar. Trató de ponerse serio y dio gracias por los alimentos.



    La familia empezó a cenar, mientras Dina le preguntó a su madre:



    —Mami, ¿cómo te fue en el trabajo? Te veo preocupada.



    —No, cariño —respondió Raquel— en el trabajo todo bien, aunque hoy fue un día agotador. Lo que ocurre es que me he enterado que hay una joven muy enferma. Esta noche podríamos orar en familia por ella, ¿os parece bien?



    —Sí, claro mami.



    A la mañana siguiente Raquel se tomó el zumo que le había dejado preparado su marido antes de irse a trabajar, y luego se dirigió de nuevo hacia su cafetería:



    —Buenos días, Isabel. ¿Has visto que nubes grises tan bonitas? Hoy tendremos un bonito día de lluvia.



    La cafetería tenía más clientela que de costumbre, solía pasar cuando el día se presentaba desapacible.



    Mientras le preparaba el café con leche, Isabel le contestó:



    —Pues hoy es realmente un bonito día, ya verás la noticia que tengo para ti.



    —¿Por fin Ambrosio te va a llevar por un viaje alrededor del mundo? —dijo Raquel entre risas.



    —¿Quieres otro bocadillo de lomo con queso, mi amor? —se oyó la voz de Ambrosio desde la cocina de la cafetería.



    —¡Ja, ja, ja! ¡Hay maridos sordos, pero el mío tiene un oído tan fino! —exclamó Isabel—. Pero no, no se trata de eso. El joven de ayer volvió a pasar, ¿recuerdas? Aquel que tiene a su hermana hospitalizada en Cuidados Intensivos.



    —Ah, sí. Hemos estado orando por él y por su hermana —contestó Raquel.



    —Pues resulta —prosiguió Isabel— que volvió a pasar después para comer algo, y se lo dije.



    —¿Qué le dijiste? —inquirió Raquel.



    —Pues eso, le dije que tengo una amiga a la que le gusta ayudar a los necesitados y que iba a estar orando por su hermana. Que mi amiga es rarilla, pero que tiene enchufe con alguien de arriba —dijo señalando al cielo—. Él me miró como si estuviera loca, pero luego me dio las gracias, y se fue.



    — ¿“Rarilla”? —dijo Raquel.



    —A ver en este mundo, rarillos somos todos, ¡pero tú no te quedas atrás! —contestó Isabel mondándose de risa.



    —Bueno, creo con sinceridad que Dios tiene un propósito con su hermana.



    Ya en la oficina, Raquel elevó la misma oración que el día anterior, pidiendo por la hermana de ese joven. Luego la rutina del abundante trabajo la sumergió por completo.



    —¡Hola, Jefa! He bajado a tomar un café sin querer y la señora de la cafetería me ha dicho que le diga a mi jefa que baje inmediatamente —sonrió Isaac como si hubiera conseguido una hazaña memorística enorme.



    —Ya hablaré después contigo y con tus “cafeses sin querer” —le contestó Raquel mientras tomaba su chaqueta y bajaba corriendo a la cafetería.



    Al entrar en la cafetería solo estaba Isabel y un joven a su lado.



    —Raquel, te presento a Daniel, es el joven que tiene a su hermana hospitalizada.



    —Encantada —dijo Raquel mientras estrechaba la mano del joven.



    —Es un placer conocerla, solo quería darle las gracias por orar por mi hermana. Lleva semanas en Cuidados Intensivos en coma, con una infección interna que está debilitando todo su organismo. Los médicos temen por su vida… o mejor dicho, temían —continuó Daniel—. Lo cierto es que desde que Isabel me dijo que usted estaba orando por mi hermana, la infección empezó a remitir, y los médicos bajaron la medicación. Quería venir a decirles que no sé bien qué es lo que están haciendo ustedes, ni qué es eso de orar, pero lo cierto es que funciona.



    —Vaya, ¡cuánto me alegro! —dijo Raquel.



    —Pero eso no es todo, mi buena amiga –dijo Isabel.



    —Así es —continuó Daniel—. Esta mañana los médicos me llamaron para decirme que mi hermana había despertado del coma, y que la mejoría era tan asombrosa, que iban a subirla a planta porque ya no corría peligro su vida. Así que quería darle las gracias personalmente.



    —Daniel, yo solo soy una mujer —respondió Raquel—, pero creo firmemente que hay un Dios en los cielos y que Él tiene la primera y la última palabra en todos los asuntos de la humanidad. La llave para acceder a Dios se llama Jesucristo, y es en su nombre que Dios ha obrado en tu hermana.



    Una lágrima apenas perceptible fue descendiendo lentamente por la cara de Daniel.



    —¡Ambrosio! ¡Deja la cocina y vente aquí fuera que esto se pone bueno, esto tienes que oírlo tú también! —gritó Isabel a su marido.



    Ambrosio llegó a la mesa con un bocadillo de calamares y todos se pusieron a reír. Y entonces Raquel exclamó:



    —¡Ciertamente, hoy es un bonito día!



     



    **Relato basado en hechos reales.


     

     


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