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    Genoma humano y coherencia de Lennox (V)

    ¿Es el cromosoma 2 humano la unión de dos cromosomas del chimpancé?

    CONCIENCIA AUTOR Antonio Cruz 14 DE ENERO DE 2017 23:45 h

    La biología humana basada en el evolucionismo se enfrenta hoy a dos grandes interrogantes. Cómo pudo el simio convertirse en hombre, mediante los mecanismos propuestos por Darwin, y cómo fue posible que el cerebro del animal originara la mente humana.



    Ninguna de estas cuestiones ha podido ser resuelta todavía por el paradigma darwinista. Se supone que de alguna manera la evolución debió hacerlo, pero lo cierto es que no sabemos cómo ya que no hay constancia definitiva de ello.



    Los fósiles no explican de qué manera un determinado grupo de simios se convirtió en el linaje de los homínidos. Ni cómo pudieron surgir, al cabo de unos pocos millones de años, personas capaces de pensar, amar, hacer valoraciones éticas, crear arte, desarrollar sociedades complejas y creer en Dios o en seres trascendentes.



    Nada de todo este supuesto cambio gradual se aprecia en el registro fósil humano o en los hechos descubiertos por la paleoantropología. Es verdad que se han hallado bastantes fósiles de especies de simios y también de diversas razas o etnias humanas pero la pretendida transición gradual entre unos y otros continúa siendo un concepto teórico controvertido y lleno de paradojas.



    Tampoco las ciencias neurobiológicas han resuelto el misterio de cómo las señales fisicoquímicas que arriban a los órganos de nuestros sentidos se convierten en percepciones, sentimientos, ideas, argumentos, emociones o valores éticos y estéticos.



    Ni, por supuesto, cómo tales experiencias generan la conciencia y el yo humano. El origen del lenguaje, la capacidad del libre albedrío, la tendencia para formar instituciones sociales y políticas, las habilidades tecnológicas, manipulativas, artísticas, etc., siguen siendo misteriosas propiedades de la mente humana que aún no han sido convenientemente explicadas.



    A pesar de estas dos cuestiones fundamentales no resueltas, se cree que tarde o temprano la ciencia revelará la verdad. Ni siquiera se contempla la posibilidad de que el origen de la humanidad, como el de la vida y el universo, estén fuera del terreno de la ciencia. Y, desde luego, esto podría haber sido así si realmente fuésemos el producto de un diseño milagroso o sobrenatural.



    No obstante, siguiendo el discurso evolucionista, la genómica comparada pretende tomar el relevo de la paleontología y sigue trabajando con el ADN de simios y humanos para establecer los paralelismos que supuestamente indicarían un ancestro común del que habrían surgido ambas especies.



    ¿Es el cromosoma 2 humano la unión de dos cromosomas del chimpancé?



    Cuando se comparan los genomas del chimpancé y el hombre, lo primero que llama la atención es que este simio presenta 48 cromosomas en cada núcleo celular (dos series de 24, una serie heredada de cada progenitor) mientras que los humanos sólo tenemos 46 cromosomas (dos series de 23). ¿No deberíamos tener el mismo número si, en verdad, descendiéramos de un antepasado común?



    El darwinismo responde que en algún momento, en la evolución de nuestro linaje, se debió producir una fusión de cromosomas y señala al cromosoma número dos (cromosoma 2 humano) como el que sufrió semejante cambio. Se supone que tal cromosoma correspondería a los dos cromosomas separados que siguen presentando hoy los chimpancés y otros grandes simios.



    Además se afirma que la fusión se produjo por los telómeros (o parte final de los cromosomas) y que los genes de estos dos cromosomas de los simios se alinean (sintenia) dentro del cromosoma 2 humano en el mismo orden que en los simios.



    El hecho de que este cromosoma 2 muestre también dos telómeros en su interior y dos centrómeros (o constricciones que regulan los movimientos cromosómicos durante la división celular), permitiría pensar en dicha supuesta fusión.



    De manera que en nuestro cromosoma 2 encontraríamos exactamente lo que debería esperarse basándose en el supuesto darwinista de un antecesor común. ¿Hay alguna explicación alternativa a estos hechos desde el Diseño inteligente?



    En primer lugar, la existencia de tal fusión en nuestro cromosoma 2 no implica necesariamente que, junto con los chimpancés y otros simios, descendamos todos del mismo antepasado común. La fusión podría haberse producido solamente dentro de nuestro género Homo, creado independientemente de los simios.



    Sería verosímil pensar que al principio el ser humano podría haber tenido 48 cromosomas que, después de la fusión, quedaron reducidos a los 46 actuales. Mientras que los grandes simios siempre se mantuvieron con el mismo número que poseen en el presente.



    Las similitudes genéticas entre ambos genomas podrían ser consecuencia, como ya se ha señalado en otros trabajos, de los mismos requerimientos fisiológicos o funcionales de ambas especies. De manera que, desde una concepción no darwinista, tal fusión cromosómica no exige obligatoriamente una ascendencia común.



    En segundo lugar, pueden señalarse también otras cuestiones más técnicas sacadas de la propia bibliografía evolucionista. Veamos por qué las actuales investigaciones acerca de los telómeros, o mecanismos para la reparación de las terminaciones de los cromosomas, parecen entrar en contradicción con el modelo de la fusión del cromosoma 2 humano.



    ¿Qué son en realidad los telómeros de los cromosomas? ¿Para qué sirven? Los últimos estudios ponen de manifiesto que se trata de aparatos especialmente diseñados para permitir la existencia de las formas superiores de vida, ya que bacterias y arqueas carecen de ellos.



    Son estructuras muy complejas y equilibradas, formadas básicamente por ADN, ARN y enzimas como la telomerasa, que regulan la duplicación de los cromosomas en las células reproductoras (meiosis) e impiden que éstos se acorten en cada división.



    Si no fuera por la acción de estos telómeros, que añaden nuevas secuencias TTAGGG a los extremos de los cromosomas, el ADN de éstos se acortaría entre 50 y 100 nucleótidos cada vez que se duplican y, al final, desaparecerían por completo. De manera que los telómeros terminales son un sofisticado mecanismo de reparación cromosómica.



    Los telómeros no contienen genes que fabriquen proteínas, en cambio, consisten en cortos fragmentos de bases duplicados una y otra vez. En humanos, la secuencia de ADN del telómero es muy larga y está formada por muchas unidades de estas seis bases nitrogenadas (TTAGGG) que se repiten en tándem y pueden tener una longitud comprendida entre las 5.000 y 15.000 bases nitrogenadas.



    Esta interesante enzima, la telomerasa, participa en la replicación de los telómeros, sintetizando ADN nuevo a partir de una plantilla de ARN y añadiéndolo al extremo del cromosoma para impedir que éste se acorte peligrosamente. De esta manera, la telomerasa alarga y repara el saliente de la hebra terminal del ADN.



    Cuando se analizan tales mecanismos inteligentes, surge siempre la misma cuestión, ¿cómo creer que se originaron por pura casualidad? Pero ese es otro asunto. Volvamos a lo que nos ocupa.



    Como decíamos, el descubrimiento de estas secuencias teloméricas en medio del cromosoma 2 humano ha permitido al darwinismo proponer que se originaron por la fusión de dos cromosomas más pequeños de los chimpancés.



    Y esto explicaría, tal como hemos señalado, las discrepancias existentes en nuestro número de cromosomas y el de la mayoría de los simios. El problema es que los datos genéticos que sustentan este modelo de la fusión son sumamente ambiguos, problemáticos y cambian con cada nuevo descubrimiento genético.



    Resulta que, sorprendentemente, la presencia de secuencias teloméricas internas completamente intactas, como las que presenta el cromosoma 2, pueden darse también en otros lugares por todo el genoma humano.1 ¿Qué significa esto? Si dos cromosomas distintos de un supuesto antecesor simiesco se fusionaron para formar uno solo en el hombre, lo lógico sería observar las únicas secuencias teloméricas de dichos cromosomas en un lugar concreto de nuestro cromosoma fusionado.



    Pero, ¿qué sentido tiene descubrir que todos nuestros cromosomas (no solo el cromosoma 2) presentan muchas regiones internas con repeticiones teloméricas perfectas?



    La presencia de secuencias teloméricas repartidas por todo el genoma humano podría indicar que éstas no tienen por qué ser fusiones cromosómicas ocurridas en el pasado sino, más bien, pequeños trozos de ADN que realizan alguna función práctica especial todavía por descubrir.



    Que existan tantas en lugares concretos de todos los cromosomas, puede interpretarse como basura genética inservible desde el darwinismo. No obstante, desde el Diseño inteligente reacio al ADN basura, tales estructuras ubicuas y repetitivas resultan sospechosas de poseer algún tipo de funcionalidad.



    Actualmente prosiguen las investigaciones de los biólogos moleculares con el fin de determinar la naturaleza exacta de tales secuencias teloméricas internas.



    Por otro lado, en un trabajo publicado en 2009 por científicos catalanes de la Universidad Autónoma de Barcelona, se dice lo siguiente: “En este artículo demostramos que las ITSs (secuencias teloméricas intersticiales) no están ubicadas en los puntos de rotura evolutiva exacta de las inversiones entre los cromosomas humano y de chimpancé y entre los cromosomas humano y de macaco Rhesus.



    Hemos demostrado que las ITSs no son señales de reparación en los puntos de rotura de las reorganizaciones del cromosoma objeto de análisis. (…) La presencia de ITSs en estas ubicaciones no se da por azar. (…) Las ITSs están conservadas en las especies comparadas, lo que demuestra que estaban presentes antes que tuvieran lugar las reorganizaciones.”2 ¿Qué implicaciones tiene este trabajo para el tema en cuestión?



    Las secuencias teloméricas intersticiales (ITSs) son unidades repetitivas del ADN del telómero que no se encuentran al final de un cromosoma -como sería lo normal- sino en medio del mismo o cerca del centrómero.



    En el lugar exacto de la supuesta fusión de dos cromosomas de simio, en el cromosoma 2 humano, se observa que la secuencia de repeticiones TTAGGG cambia repentinamente a repeticiones CCCTAA, que constituyen la secuencia complementaria de la inversión. Esto se considera, desde el evolucionismo, indicativo de que el ADN de un telómero de un cromosoma y el ADN de otro telómero de otro cromosoma se rompieron y posteriormente se fusionaron por los extremos rotos.



    A este lugar concreto se le denomina como 2q13 (“2” es el número del cromosoma; “q” se refiere al brazo largo del cromosoma y “13” es la posición que ocupa en dicho brazo). Este ejemplo, en efecto, parece confirmar la fusión de dos cromosomas.



    Pero, ¿qué pasa entonces con los otros muchos ejemplos documentados de estas secuencias teloméricas intersticiales (ITSs) repetitivas existentes por todo el genoma humano y también en el de los chimpancés? ¿Acaso demuestran antiguas fusiones cromosómicas? Es evidente que no.



    Luego, ¿por qué tomar el único dato que parece apoyar la hipótesis de la fusión y despreciar la mayoría de los ejemplos que la contradicen? La secuencia telomérica intersticial 2q13 es la única que se podría asociar con un punto de fusión evolutivo. Sin embargo, todos los demás datos de estas secuencias que se poseen no concuerdan en absoluto con puntos de rotura cromosómica en los primates.



    Como reconocen los autores evolucionistas del artículo publicado en Cytogenetic and Genome Research: “La disponibilidad de secuencias genómicas completas (Hubbard et al., 2007) ofrece la oportunidad de caracterizar las regiones que flanquean los puntos de rotura de reorganizaciones cromosómicas a nivel molecular.



    Sin embargo, por lo que sabemos, sólo la ITS cabeza a cabeza situada en la región humana 2q13, que es una reliquia de una antigua fusión telómero-telómero, es precisamente asociada con un punto de rotura evolutivo.3



    De manera que fundamentar la hipótesis de que el cromosoma 2 humano es la antigua fusión de dos cromosomas del chimpancé, diciendo que la secuencia 2q13 es típica de lo que se observa en hombres y simios, es una deliberada y cuidadosa selección de los datos muy poco científica. Algo que, por desgracia, se da con demasiada frecuencia en la biología evolutiva.



    ¿Por qué se ignoran conscientemente las observaciones opuestas? ¿En base a qué se decide no mencionarlas? Si la sola secuencia 2q13 confirma la hipótesis de la fusión de cromosomas, ¿por qué las otras muchas secuencias que la contradicen no anulan tal hipótesis? Se trata de una balanza desequilibrada donde un solo dato parece pesar más que cien. Estas omisiones interesadas hacen del darwinismo una doctrina cada vez más alejada de la verdadera ciencia.



     




    1 Tomkins, J. & Bergman, J., 2011, The chromosome 2 fusion model of human evolution-part 1: re-evaluating the evidence, Journ. of Cre., 25 (2): 106-110; Tomkins, J. & Bergman, J., 2011, The chromosome 2 fusion model of human evolution-part 2: re-analysis of the genomic data, Journ. of Cre., 25 (2): 111-117.





    2 Farré, M. et al., 2009, Interstitial telomeric sequences (ITSs) are not located at the exact evolutionary breakpoints in primates, Cytogenetic and Genome Research, 124(2): 128-131.





     3 Ibid., p. 130.



     

     


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    COMENTARIOS

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    Pablo de Felipe
    31/01/2017
    09:24 h
    4
     
    No es cierto que la única evidencia de la fusión en el cromosoma 2 sea la unión de telómeros. A un lado de esa inversión todo el cromosoma es muy similar a un cromosoma de chimpancé y al otro lado todo es muy similar a otro cromosoma de chimpancé. Se pueden alinear los dos cromosomas de chimpancé con el cromosoma 2 humano. Esto se sabe al menos desde 1982 con artículo de Yunis y Prakash, Science 215:1525-30. Decir que todo se basa en “un solo dato”, eso sí que es una “omisión interesada”.
     

    Manuel David
    22/01/2017
    02:19 h
    3
     
    ¡El debate evolución/creación es trasnochado y aburrido! Hay que leer trabajos más actuales y serios. Robert John Russell propone que la acción de Dios es objetiva y no intervensionista, aprovechando las impredictibilidades de los sistemas cuánticos, con posible potencial en las mutaciones genéticas. Simon Conway Morris explica metafísicamente la convergencia evolutiva con la creación. Aun así, estas ideas tienen mucha fuerza porque constituyen argumentos filosóficos/teológicos, NO científicos.
     

    Daniel Casado
    16/01/2017
    11:46 h
    2
     
    Antonio, sabes perfectamente que el DI no puede ser considerado, en ningún caso, como una hipótesis científica (sentencia del juez John E. Jones, 2005). En todo caso, sería un argumento teísta, como lo es, por ejemplo, el de “la causa primera” o segunda vía de Tomás de Aquino. El debate evolución-creación no tiene sentido en los términos en los que lo planteas. La acción de Dios en el mundo natural no está sujeta a la experimentación, solo es perceptible por la fe (Heb 11.3).
     

    Antoine
    15/01/2017
    10:09 h
    1
     
    El autor cita como referencia "cientifica" un artículo de la revista creacionista "Journal of Creation". Cabe señalar que dicha revista impone a los artículos que publica que sostengan las tesis creacionistas. Y todas las revistas de la denominada ciencia crecionista hacen lo mismo. ¿Cual es el valor de un artículo que, al no llegar a conclusiones determinadas de antemano, nunca hubiera sido publicado?
     



     
     
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