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    Misión cristocéntrica (I)

    El nacido en un pesebre, al inicio de su ministerio, refirió que la misión mesiánica consiste en “proclamar libertad a los cautivos”.

    KAIRóS Y CRONOS AUTOR Carlos Martínez García 30 DE JULIO DE 2016 22:50 h
    Antonio de montesinos Estatua dedicada a Antonio de Montesinos.

    La misión cristiana se hace a la manera de Jesús o es otra cosa si no sigue tal modelo. La encarnación en el mundo debe ser siguiendo el “acuerpamiento” de Cristo, en la compañía de la comunidad de creyentes y dependiente del poder del Espíritu Santo, no bajo el amparo de los poderes político y económico.



    A lo largo de la historia del cristianismo la nitidez sobre que el ejemplo a seguir es Cristo Jesús para relacionarse con la humanidad, tan diversa como es ésta, ha sido encombrecida por nociones y prácticas autoritarias, deshumanizantes y etnocentristas. Al permitir, y estimular, que fuesen otras fuentes las modeladoras de la misión, y no el Verbo encarnado en sus días terrenales, el cristianismo, tal vez sea mejor escribir la Cristiandad, alienó y casi hizo desaparecer al personaje a quien decía representar.



    También durante la extensa historia del cristianismo han actuado, como remanente fiel al ideal mesiánico de Jesús, hombres y mujeres que imbuidos por el Rey Siervo, el del pesebre y la cruz, han cruzado todo tipo de fronteras, no nada más geográficas, para vivir y transmitir el Evangelio de la paz y la reconciliación integral.



    Acá, en lo que hoy es América Latina, en medio de la empresa colonial española y su evangelización espuria, resonaron las voces y vidas de Antonio de Montesinos y Bartolomé de Las Casas. Ambos denunciaron la misión de los conquistadores como ajena al Evangelio de Cristo, al imponer una fe que, para ser auténtica, tendría que haberse propagado sin el respaldo militar y las ambiciones económicas de España y Portugal.



    Desde muy temprano, en 1511, el fraile Antón (o Antonio) de Montesinos denuncia con un pasaje bíblico la brutalidad ejercida, por parte de los hispanos, contra las poblaciones originarias de lo que vendría a ser América Latina. El escenario del valiente discurso es la isla La Española, en la ciudad de Santo Domingo. El cuarto Domingo de Adviento del año señalado, una década antes de que cayera en manos de Hernán Cortés la joya de las conquistas españolas en el Nuevo Mundo, la ciudad en el ombligo de la luna: México-Tenochtitlan, sucede un episodio memorable.



    De Antonio de Montesinos se desconoce su año y lugar de nacimiento. Es probable que, si nos atenemos a su apellido, procediera de la aldea de Montesinos, en el actual municipio de Almoradí, provincia de Alicante. O bien de algún poblado en los alrededores de la cueva de Montesinos, en el corazón de La Mancha, informa el experto en las culturas indígenas mesoamericanas Miguel León Portilla.1



    El grupo de frailes dominicos (integrantes de la conocida como Orden de Predicadores, y que data del siglo XIII), asentado en La Española decide pronunciarse contra la barbarie cotidiana padecida por la población indígena y los esclavos traídos a tierras caribeñas, a quienes los encomenderos tratan como bestias. Tras varias sesiones de diálogos llegan a la conclusión de que es necesario aprovechar la temporada de Adviento y los sermones que habrán de predicarse en ella.



    Llegado el 21 de diciembre, cuarto Domingo de Adviento, sus compañeros deciden que sea Montesinos quien lea lo escrito en conjunto.2 El sermón fue una pieza colectiva, expresada por fray Antón en público. Uno de los presentes, en quien la predicación de fray Antonio de Montesinos habría de calar muy hondo, a tal grado que desembocaría en su conversión, Bartolomé de Las Casas, fijó para la posteridad el sermón y las primeras reacciones levantadas por el mismo.3



    Nos dice Las Casas que el domingo ya citado y a la hora de predicar, Montesinos subió al púlpito y tomó por tema y base de su exposición Ego vox clamantis in deserto. El predicador hizo una introducción y refirió el significado del Adviento. Después “comenzó a encarecer la esterilidad del desierto de las conciencias de los españoles desta isla y la ceguedad en que vivían; con cuánto peligro andaban en su condenación, no advirtiendo los pecados gravísimos en que con tanta insensibilidad estaban continuamente y en ellos morían”. El predicador explicó así el motivo de su sermón: 



    “Para os lo dar a cognoscer me he sobido aquí, yo que soy la voz de Cristo en el desierto desta isla, y por tanto, conviene que con atención, no cualquiera, sino con todo vuestro corazón y con todos vuestros sentidos, la oigáis; la cual voz os dará la más nueva que nunca oísteis, la más áspera y dura y más espantable y peligrosa que jamás no pensásteis oír”. 



    El impacto entre los asistentes fue seco, algunos quedaron desconcertados ya que esperaban escuchar palabras amorosas, dado que por la temporada lo natural era que los sermones enfatizaran la ternura de la encarnación. Olvidaron que el nacido en un pesebre, al inicio de su ministerio, como nos lo cuenta Lucas, refirió que la misión mesiánica consiste en “proclamar libertad a los cautivos” de todas las ataduras espirituales y materiales que lastiman la dignidad humana. Montesinos prosiguió:



    “Esta voz, dijo él, que todos estáis en pecado mortal, inocentes gentes. Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras, mansas y pacíficas, donde tan infinitas dellas, con muertes y estragos nunca oídos, habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin dalles de comer ni curallos de sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dáis incurren y se os mueren, y por mejor decir, los matáis, por sacar y adquirir oro cada día? ¿Y qué cuidado tenéis de quien los doctrine, y conozcan a su Dios y criador, sean baptizados, oigan misa, guarden las fiestas y domingos? ¿Estos nos son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sóis obligados a amallos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos? Tened por cierto que en el estado que estáis no os podéis salvar más que los moros o turcos que carecen y no quieren la fe de Jesucristo”.



    El silencio era espeso, nadie se movía de su lugar. Montesinos bajó del púlpito, y el efecto de sus palabras lo refleja Bartolomé de Las Casas, porque a sus oyentes “los dejó atónitos, a muchos como fuera de sentido, a otros más empedernidos y algunos algo compungidos, pero a ninguno, a lo que yo después entendí, convertido”.



    Las Casas llegó a residir en La Española casi una década antes de que Montesinos exigiera a los conquistadores que cesaran su trato inhumano hacia los indígenas y esclavos. Arribó el 5 de abril de 1502, acompañando al gobernador Nicolás de Ovando. Bartolomé tomó parte en los combates de conquista en contra de los habitantes “descubiertos” por los españoles. Por esa participación recibió bienes y tierras. Fue encomendero, y en tal carácter tuvo mano de obra cautiva a su servicio. En 1506 emprende viaje de regreso a Sevilla, e inicia su carrera sacerdotal. Al año siguiente es ordenado presbítero. En 1508 retorna a La Española, retoma sus propiedades y disfruta de los beneficios del sistema impuesto a los indígenas.



    Tres años tardaría Las Casas para aquilatar debidamente el sermón que le escuchó a fray Antonio de Montesinos el cuarto Domingo de Adviento de 1511. Como evidencia palpable de su ruptura con el sistema colonial, Bartolomé renuncia públicamente a sus posesiones mal habidas y dedica su ministerio a la defensa de los indios y a evangelizarles al modo de Jesucristo, sin amenazas ni violencia.



    En 1515 Montesinos y Las Casas viajan a España, con el fin de presentar sus alegatos ante distintas instancias a favor de los pueblos indios y contra las sanguinarias acciones de los conquistadores. En diciembre tienen la oportunidad de comparecer ante el rey Fernando, quien desdeña las evidencias que le presentan.



    En los siguientes cincuenta años Las Casas dedica su vida a contar los horrores de la Conquista española en tierras amerindias. En sus ires y venires de España al Nuevo Mundo prosigue en su denuncia del mal estructural sobre el que se construye la organización socioeconómica colonial. En 1543 es el primer obispo de Chiapas. En 1550-1551 mantiene una encendida polémica, en Valladolid, con el teólogo imperial Juan Ginés de Sepúlveda, en la que su teología cristocéntrica (desde la que él considera, justamente, imposible la Conquista española) contrasta con el aristotelismo de su contrincante.



    El sermón de Antonio de Montesinos quedó latente en Las Casas, por ello cuando éste reconstruye su itinerario destaca tanto las palabras del predicador, el tema de su exposición: “voz que clama en el desierto” (Mateo 3:3, Marcos 1:3, Lucas 3:4 y Juan 1:23; que evocan Isaías 40:3).



    La encarnación del Verbo es multi dimensional. Una de sus facetas es un recordatorio de que en el desierto de las conciencias, personal y colectivo, puede florecer la libertad de toda opresión, de todo lo que deshumaniza a hombres y mujeres. La Buena Nueva es que la Conspiración del Adviento nos llama, como predicó Antonio de Montesinos, a que despertemos de nuestro letargo y desatemos todo yugo de esclavitud, si es que en verdad queremos hacer misión al estilo de Jesús el Cristo.



     



    1 Miguel León Portilla, “Fray Antón de Montesinos, esbozo de una biografía”, en Fran Antón de Montesinos, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1982, p. 12.



    2 Sobre la fecha en que fue predicado el sermón, León Portilla sostiene que fue el “30 de noviembre, cuarto de adviento”, en realidad ése día fue el cuarto Domingo de Adviento. Por su parte Gustavo Gutiérrez, basado en lo que reproduce de lo consignado por Bartolomé de Las Casas en La historia de las Indias, segmentos de los capítulos 3-5, afirma que la exposición tuvo lugar el 21 de diciembre, cuarto Domingo de Adviento, http://www.dominicos.org/kit_upload/file/especial-montesino/Montesino-gustavo-gutierrez.pdf, p. 11.


     

     


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