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    Hiber Conteris en sus ochenta años

    El notable escritor uruguayo, al oponerse al régimen dictatorial, acusado de “conspiración criminal para derrocar la Constitución” fue condenado a 15 años, de los que pasó más de ocho en el “Penal de Libertad” entre 1976 y 1985.
    GINEBRA VIVA AUTOR Leopoldo Cervantes-Ortiz 09 DE FEBRERO DE 2014

    Entre los acontecimientos importantes de 2013, otro que lamentablemente pasó desapercibido fue el 80º aniversario del nacimiento de Hiber Conteris, notable escritor uruguayo y antiguo integrante del movimiento ecuménico Iglesia y Sociedad en América Latina (ISAL), perteneciente a una generación de pensadores/as del país sudamericano que dejó una gran huella y entre los que hay que mencionar a Emilio Castro, Mortimer Arias, Julio de Santa Ana, Julio Barreiro, Óscar Bolioli y Julia Campos.

    Todos ellos, en palabras de Domingo Riorda, “fueron goznes insustituibles del ecumenismo mundial por su capacidad intelectual y vivencia de la fe evangélica”. Y agrega: “La IMU [Iglesia Metodista de Uruguay], quien sufrió el éxodo de ese liderazgo, es una de las pocas iglesias evangélicas continentales que contribuyó internacionalmente con tantas personas de alto testimonio social, torturados y exilados”.[1]

    Muy reconocido en su país como autor de varias novelas, cuentos y obras de teatro, actualmente es profesor en la universidad estatal, luego de varios años (1986-2006) de ejercer la docencia en varias universidades estadunidenses (Wisconsin, Nueva York y Arizona). En 1988 ganó el concurso de Casa de las Américas (Cuba) con La cifra anónima (Cuatro relatos de prisión), escrito durante los años que pasó encarcelado por el régimen militar.[2]Uno de sus libros más recientes es El rastro de la serpiente. En octubre de 2009 participó en la Feria Internacional del Libro del Zócalo, en la ciudad de México.

    Nacido en Paysandú el 23 de septiembre de 1933 (apenas unos días después que Rubem Alves), se trasladó a Montevideo, donde frecuentó “La Casa de la Amistad”, una misión metodista en la que coincidió con J. de Santa Ana (1934), ubicada en el barrio obrero Villa del Cerro. Dirigía la misión el pastor Earl M. Smith, quien influido por la corriente del “evangelio social”, desarrolló un trabajó asistencial. Fue él quien consiguió una beca para que Conteris concluyera sus estudios secundarios en el Colegio Ward, de Ramos Mejía (Buenos Aires), quien pasaría luego a estudiar en la Facultad Evangélica de Teología (el actual Instituto Universitario ISEDET), donde alcanzaría el bachillerato, pues de regreso en su país ingresó a la Universidad de la República donde finalizó una licenciatura en Letras y Filosofía, mientras colaboraba como pastor ayudante en la Iglesia Metodista Central de Montevideo y daba clases de literatura en el Instituto Crandon.

    Se trasladó a Cochabamba, Bolivia, para trabajar en un colegio y desde ahí comenzó a hacer análisis sobre la situación latinoamericana y de la iglesia en revista como Marcha, importante vocero de la izquierda. Más adelante se integró a ISAL desde sus inicios en 1961 y dos años después fungió como su secretario de estudios y como secretario de redacción de la revista Cristianismo y Sociedad. Luego de la reunión de El Tabo (Chile), marchó a cursar el doctorado en Letras en La Sorbona becado por el Consejo Mundial de Iglesias. En Francia tomó cursos de sociología y semiótica con Lucien Goldmann, Maurice Duverger y Roland Barthes. Para entonces ya llevaba una larga carrera como escritor, pues había publicado al menos seis libros, el primero de ellos, Enterrar a los muertos, en 1959. Al regresar a su país, en 1968, colaboró en el boletín mensual Carta Latinoamericana. Ese mismo año se afilió al Movimiento de Liberación Nacional, guerrilla urbana también conocida como Tupamaros, en el que recibió la encomienda de instruir a ideológicamente a sus cuadros, pero debido a fuertes divergencias se apartó en 1970.[3]

    No obstante, al continuar en labores políticas de oposición al régimen dictatorial, acusado de “conspiración criminal para derrocar la Constitución” fue condenado a 15 años, de los que pasó más de ocho en el “Penal de Libertad” entre 1976 y 1985.[4]Se unió así a la lista de militantes protestantes que sufrieron tortura y cárcel: Ademar Oliveira, Diego Frisch, Heber Cardozo, y Miguel y Katia Brun.[5]Padre de tres hijos, uno de ellos falleció en Nicaragua mientras combatía al lado de los sandinistas.

    Al ser excarcelado se trasladó a Estados Unidos, en donde escribió la mayor parte de su obra literaria, muy ligada a lo político, lo policial y lo fantástico: El diez por ciento de vida (1986, traducida a varios idiomas), La Diana en el crepúsculo (1986), Información sobre la Ruta 1 (1987), El breve verano de Nefertiti (1996), ¿Qué desea cenar? (1996), El cielo puede esperar (1998), Round Trip. Viaje regresivo (1998), Mi largo adiós a Raymond Chandler (1999) y Rastros de ceniza (2001). En el género dramático: El intruso (1987), Holiday Inn (1988) y Onetti en el espejo (2005), varias de ellas representadas en diversos países.Ha recibido los premios Letras de Oro, de la Universidad de Miami (1986) y el José Luis Castillo Ipuche de Novela Corta en España por El breve verano de Nefertiti, en 1996.[6]Los originales del ya citado La cifra anónima fueron reescritos varias veces a causa de que en las requisas carcelarias desaparecieron varias veces. Sobre esa experiencia, Conteris señaló: “Escribir era la única estrategia posible de sobrevivencia en la prisión”. En Oscura memoria del sur (2002) reconstruyó esos años mediante la historia de tres personajes que luego de ser compañeros de reclusión se reencuentran mucho tiempo después.[7]

    En ocasión de los 50 años del surgimiento de ISAL concedió una amplia entrevista a Alberto F. Roldán, donde dio cuenta de esos antecedentes religiosos, teológicos y culturales, y a pregunta expresa sobre sus actividades en el movimiento y la relación de ISAL con las iglesias, respondió:

    “Hasta los años 1965-66, yo diría que no hubo lo que puede llamarse propiamente un feed-back, de estas instituciones, pero sí curiosidad y expectativas, porque la mayoría de las iglesias y seminarios (excepto aquellos de tradición cerradamente fundamentalista) mostraron mucho interés en lo que estaba haciendo ISAL y lo veían como una respuesta apropiada por parte de la iglesia a la situación pre-revolucionaria que se estaba viviendo en América Latina. Incluso del Dr. Míguez Bonino, director de la Facultad Evangélica de Teología (o ya ISEDET, no recuerdo bien) se resistía a aceptar que ISAL actuara en base a un sustento teológico, y rechazó la idea de una “teología de la revolución”. Por supuesto, para la generación de teólogos latinoamericanos formados por la neo-ortodoxia y fieles a las posiciones de Karl Barth, era difícil aceptar que ISAL dejase de ver a la Iglesia como el eje y centro de la historia, como el verdadero sujeto de la historia, en realidad (entendida como el lugar desde donde Dios revelaba su proyecto histórico para la humanidad), mientras que algunos de los que seguíamos más de cerca el pensamiento de [Richard] Shaull preferíamos ver a la iglesia como una institución más, sometida a los cambios y procesos de la historia, y que la misión de la misma debía transformarse en función de los cambios que se dieran en el proceso histórico como tal, no a la inversa.[8]

    Este perfil ideológico de ISAL coincide con otras apreciaciones y análisis. De entre sus múltiples colaboraciones, mencionaremos tres de ellas, quizá de las más representativas en la época. En “El marco ideológico de la revolución latinoamericana”, que forma parte de la guía de estudios Responsabilidad social del cristiano (1964), traza un sólido perfil de los desafíos socio-políticos de aquella hora. De manera similar, en “La comunidad protestante y la realidad social de América Latina” (1969), describe la forma en que las iglesias evangélicas se situaban ante los acontecimientos del momento. Sus juicios son directos y de primera mano: “…la causa fundamental del desajuste histórico del protestantismo en América Latina se encuentra en la supervivencia de las formas de organización, culto y pensamiento (predicación, mensaje y contenido ético) heredadas del movimiento misionero que les dio origen y en la incapacidad consiguiente para desarrollar formas sustitutivas inspiradas en su realidad intrínseca y en los aspectos socio-culturales constitutivos de la sociedad latinoamericana”.[9]

    Finalmente, en “Presencia cristiana en la sociedad secular” (1970) hace un repaso de “los énfasis recientes de la teología”, así como de “la situación de la Iglesia en la sociedad presente”, y expresa. “…podríamos decir que todos los grandes temas —como el de la justicia, el del amor— son en la Biblia motivaciones y no contenidos específicos. El contenido lo descubre la iglesia en cada situación histórica precisa y como resultado de su participación y ‘compromiso’ en la transformación de la sociedad en su conjunto”.[10] En todos esos textos hace gala de un profundo conocimiento de las corrientes teológicas predominantes junto a una contundente percepción de la coyuntura socio-política desde una postura revolucionaria radical.

    Sobre su labor literaria y la posible relación de ésta con su formación teológica respondió en la citada entrevista mediante una valoración muy personal:

    “Sí, en efecto, mis intereses artísticos y literarios coexistieron con mis estudios teológicos, y cuando decidí acortar mi carrera ministerial y dejar el seminario fue para dedicarme a ese tipo de estudios y actividad. Sin embargo, hubo un momento en que tanto el estudio del arte religioso, dentro de una disciplina mayor como la historia del arte, así como la práctica teatral dentro del ámbito religioso, supusieron intereses no necesariamente divergentes de mis estudios teológicos. La teología me enseñó a pensar en profundidad los temas relativos a la existencia y al quehacer humanos, y si algo resistí desde el comienzo en esa disciplina es el hecho de que hay ciertas verdades que son inamovibles y que sólo se justifican por el concepto de “revelación”. Mi posición ya en aquel entonces (la etapa de mis estudios teológicos) era que incluso el concepto bíblico de Dios podía ponerse en cuestión, para relacionarlo con todo lo que la ciencia y el pensamiento humanos (incluso todo lo proveniente de las filosofías y religiones orientales) nos podían decir al respecto, y hubo un período en que me sentí muy interesado en lo que esa corriente del pensamiento teológico que se dio en llamar “teología de la muerte de Dios” podía agregar al tema. Desde ese punto de vista, pienso que la teología es una forma del discernir humano que mantiene su vigencia y no tiene por qué desaparecer en un mundo por más globalizado que esté. El problema será, siempre, la vinculación de los estudios teológicos con la arqueología eclesiástica, y particularmente con las posiciones más rígidas de la institución y de sus jerarquías, hecho que puede llegar a constituirse, en las situaciones críticas y de mayor flexibilidad de la historia, en un obstáculo al libre pensamiento humano.[11]

    De modo que Conteris, ante tanto tiempo transcurrido y a través de las diversas experiencias vividas, no deja de percibir la función del análisis religioso riguroso en la marcha de las creencias en el mundo presente. Al derivar en la escritura de ficción, sus intuiciones estética y culturales forman ya parte del patrimonio literario latinoamericano, lo cual es mucho decir al observar las escasas resonancias del protestantismo en esta parte del mundo.



    [1] D. Riorda, “Emilio Castro, pastor uruguayo, justo reconocimiento”, en Prensa Ecuménica, 19 de febrero de 2007.
    [2] Cf. “Hiber Conteris gana el Premio Casa de las Américas”, en El País, Madrid, 11 de febrero de 1988, http://elpais.com/diario/1988/02/11/cultura/571532407_850215.html.
    [3]Cf. Mickey Z., “Interview with a Tupamaro”, en Dissident Voice, 24 de noviembre de 2004, www.dissidentvoice.org/Nov2004/MickeyZ1129.htm.
    [4] M. Quintero Pérez y C. Sintado, Pasión y compromiso con el Reino de Dios. El testimonio ecuménico de Emilio Castro. Buenos Aires, Kairós-Frontier Internship in Mission, 2007, pp. 161-162.
    [5]D. Riorda, op. cit.
    [6]Cf. Darrell B. Lockhart, ed., Latin American mystery writers. An A-to-Z guide. Westport, Greenwood Press, 2004, pp. 62-64.
    [7]Cf. Alfredo Alzugarat, “Hiber Conteris, el bricoleur”, en Trincheras de papel: dictadura y literatura carcelaria en Uruguay. Montevideo, Trilce, 2007, pp. 104-109.
    [8] A.F. Roldán, “Entrevista exclusiva a Hiber Conteris”, en Teología y Cultura, año 8, vol. 13, noviembre de 2011, p. 60, www.teologiaycultura.com.ar/arch_rev/vol_13/TyC_8-13_AlbertoRoldan_Entrevista-a-Hiber-Conteris.pdf.
    [9]H. Conteris, “La comunidad protestante y la realidad social de América Latina”, en Cuadernos de Marcha, núm. 29, septiembre de 1969, p. 13.
    [10]H. Conteris, “Presencia cristiana en la sociedad secular”, en Varios autores, De la Iglesia y la sociedad. Montevideo, Tierra Nueva, 1970, pp. 263-264.
    [11]A.F. Roldán, op. cit, pp. 63-64. Énfasis agregado. Cf. Soledad Platero, “Con Hiber Conteris: ‘No concibo la ficción sin aventura’”, en El País Cultural, núm. 470, 6 de noviembre de 1998, http://letras-uruguay.espaciolatino.com/platero_soledad/conteris.htm.
     

     


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    COMENTARIOS

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    Plutarco Bonilla A.
    22/02/2014
    14:21 h
    2
     
    Honor a quien honor merece: a Hiber Conteris -cuyo nombre ha quedado entre brumas para las nuevas generaciones de cristianos en nuestras tierras latinoamericanas- por su contribución indiscutible al despertar de la conciencia social de muchos cristianos y al movimiento ecuménico de aquellos años; y a Leopoldo Cervantes, por traérnoslo a la memoria en esta historia, relato y retrato, que tanta falta nos hace. Gracias. A ambos.
     

    Luis N. Rivera Pagán
    16/02/2014
    22:36 h
    1
     
    Como siempre, Leopoldo Cervantes-Ortiz nos regala una hermosa y valiosa prenda de la historia literaria y profética del protestantismo latinoamericano. Hiber Conteris bien merece este homenaje. ¡Gracias Leopoldo!
     



     
     
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