Invitación a Jesús: Samuel Escobar, peregrino

Revelaré algunos poemas suyos, diáfanos hasta redoblar su fulgor de diario íntimo del paisaje americano y de sus propias vivencias del Dios que le llena el corazón.

19 DE OCTUBRE DE 2012 · 22:00

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El Perú es tierra de notables poetas. Uno muy cercano a Samuel Escobar, por lo de haber nacido en la ciudad de Arequipa, es Mariano Melgar(1790-1815), también hijo de español y de india como el Inca Garcilaso de la Vega (1539-1616), paradigma del más notable mestizaje étnico y cultural de España en América. Y claro, ahí están Eguren… De ése linaje poético viene Samuel Escobar. De ése, es cierto, pero más mezclado aún con las imprescindibles lecturas de César Vallejo, el poeta en lengua española más preñante del siglo XX y, posiblemente, de los que vendrán. Escobar es poeta, y no por ello deja de pergeñar su sentir la cristiandad, como cuando habla de la acogida al extranjero: “… Así que la práctica de recibir al otro y aceptarlo se fundamenta en verdades centrales del Evangelio. Este recibir al otro no se queda en lo que podríamos llamar un lirismo teológico idealista”. Porque fue por Vallejo que el teólogo y educador Samuel Escobar me descubrió parte de su obra poética. Así es, apreciados amigos y hermanos: tal como el respetado teólogo Dietrich Bonhoeffer, resulta que Samuel Escobar también es poeta desde muy atrás, posiblemente desde sus años de estudiante en la Facultad de Filosofía y Letras de la antigua Universidad de San Marcos de Lima. Le había enviado algunos poemas míos, y otro del chileno Gonzalo Rojas, dedicado a Vallejo y escrito a diez mil metros de altura, mientras volaba por los Andes. A vuelta de correo electrónico, recibí su apreciación: “Me gustaron sus poemas, y el de Gonzalo Rojas me hizo pensar en otras cosas que yo he escrito desde la altura. Rebuscando en los cajones de musa temprana y tardía he rescatado los que le adjunto. No difundo mis versos, pero Ud. es el tipo de amigo que sabrá apreciarlos”. No traicionaré, del todo, su confianza. Pero hay dulces traiciones que uno debe cometer por la patria, o por el Reino, o por el homenaje que hoy se le tributa en la universitaria Salamanca y en el Aula dedicada a su admirado Miguel de Unamuno. Sólo revelaré algunos poemas suyos, diáfanos hasta redoblar su fulgor de diario íntimo del paisaje americano y de sus propias vivencias del Dios que le llena el corazón. En su poema “Trópico desde el aire”, escrito llegando a Costa Rica, en enero de 1999, Escobar dice: “Verde te hace gritar / te hace menearte./ Ocre te hace callar, te pone en vena/ contemplativa y honda y permanente/ como aliento vital,/ como poema,/ como brújula luego,/ como esperanza siempre”. La misión de la poesía es la de sustentar la esperanza. Por ello se entiende su necesidad para el Espíritu, y también por ello se entiende un pensamiento escrito por Escobar: “El mundo que tenemos por delante hoy es un mundo sin utopías ni sueños, por tanto desesperanzado, y al mismo tiempo un mundo consciente de la necesidad de principios éticos que permitan la sobrevivencia. Es un mundo de pluralismo religioso conflictivo, de migración intensa y extensa, de excesos tecnológicos y mitos como el fútbol o la vida alegre de los ídolos que los medios de comunicación promueven”. CON LA PALABRA, POR EL MUNDO Nacido en 1934, Escobar ha vivido por largas temporadas en Argentina, Brasil, Estados Unidos, Canadá y España, además de haber viajado por los cinco continentes ofreciendo conferencias y cursos, o bien participando en importantes congresos teológicos. Aquí les revelo un magnífico poema que testimonia su cumplimiento del mandato de Dios, yendo a todas partes para difundir su Palabra. PEREGRINO He llegado a mil destinos, peregrino. Siempre se halla una sonrisa, algún rostro se ilumina, te hace hermano, te hace humano: un retazo de esta misma humanidad adolorida, pensativa, esperanzada, cruel, genial, alborozada, sospechosa, fatigada. ¡Yo la he visto en mil destinos, peregrino! Una tarde allá en la aldea, me escapé. Desde entonces, madre mía, tú me esperas y regreso, y no regreso. Debo andar de pueblo en pueblo, ir en pos de mil destinos, peregrino a la procura de la mano y la sonrisa de mi padre que se fue con su fusil, con sus libros, recorriendo mil destinos por los pueblos del Perú. Y lo busco por el mundo… He llegado a mil destinos, peregrino. He llevado la Palabra, la del Padre que va al frente: nube grata en el calor de los desiertos, llama ardiente en lo más negro de la noche: Siempre al frente y yo le sigo a mil destinos. (Lima, junio 1999) LITERATURA Y REALIDAD DE LOS PRÓJIMOS Escobar rompe con esa equivocada concepción respecto a que la literatura solamente es evasión. Y es que tuvo notables maestros protestantes que le hicieron comprender lo sesgado que resulta encasillarse, lo negativo que es desdeñar la creación literaria. Aquí su testimonio: “Yo había aprendido del maestro Juan A. Mackay que, para entender las señales de los tiempos en un país o una región, las buenas obras literarias eran imprescindibles. Y el extraordinario teólogo-predicador cubano Cecilio Arrastía nos había repetido muchas veces que, como predicadores, debíamos leer las señales de los tiempos y que las buenas novelas latinoamericanas eran un excelente medio para conocer la realidad dentro de la cual nos tocaba anunciar el Evangelio. En ese sentido, la obra de Vargas Llosa me ha ayudado mucho a entender mejor no sólo el Perú y Latinoamérica, sino también la condición humana en todas partes”. Y por esas enseñanzas, el teólogo que viaja y viaja por las alturas, no sólo tiene la vista puesta hacia el cielo, sino que también se siente impelido a cumplir la segunda Ley, y mira hacia abajo, a los prójimos todos, queriéndolos como así mismo, pero especialmente a los más desprotegidos, como lo hizo el Rabí. Y para ello emplea la poesía, al modo que lo hicieron los admirados profetas bíblicos. ALDEAS ALLÁ ABAJO Aldeas allá abajo, aldeas pobres. Brilla el sol en sus techos de hojalata, pacen los animales; el camino es de tierra y adivino, casi veo, su trazo polvoriento y sus niños descalzos, la madre con el pelo negro al aire y el padre sudoroso tratando de sacarle algo a la tierra. Aldeas castigadas por desastres inéditos, por demagogos y propagandistas por generales que hacen lo posible para poner un gesto respetable. Aldeas visitadas por monjes solitarios, por hermanas y hermanos empeñosos, que han decidido al fin escuchar el llamado y poner manos a la obra. Aldeas desde el aire, de Bolivia o de Honduras, del mexicano sur o del peruano norte. Aldeas allá abajo: aldeas pobres. (Viajando de Panamá a Guatemala, 5 de febrero de 2001) DOS POEMAS PARA ESTAR CON DIOS Muchas veces llenamos las horas con tantas ocupaciones que, pasado un tiempo, nos alejan de lo realmente importante. Para un creyente cristiano, esas prisas conducen a un cierto enfriamiento de la relación con el Amado galileo. Aquí les dejo dos poemas de Samuel Escobar, despertantes testimonios de un ejemplar hijo de Dios, de un poeta que está aportando varios granos de arena para vivificar la teología en lengua castellana. VEN A TOMARTE ESTE CAFÉ CONMIGO ¿Te tomarías un café conmigo, Jesús? Tengo al fin una pausa en la fatiga de estos días sin tregua. La verdad, la verdad, yo me he dado la pausa porque quiero escuchar tu palabra. Sí, Jesús, necesito tu sonrisa, tu rostro, ese apretón de manos del amigo. Dime que sí, que vienes a tomarte un café, a pasar un momento así, conmigo. Jesús, te espero: tengo un café buenazo será especial, Jesús: te lo prometo. Lo haré con el cariño con que hiciste en aquella mañana memorable, en la playa, aquel buen pescado asado. ¿Tú recuerdas, Jesús? Yo sí recuerdo. Me lo han contado varios, tantas veces, que me parece haber estado allí contigo. Ven, por favor, Jesús, ven a tomarte este café conmigo. (Filadelfia, 1996) TODO EL TIEMPO DEL MUNDO ¡Todo el tiempo del mundo se quisiera tener! “Tú no me escuchas, hijo - dice el Padre – a este ritmo de vida todo el tiempo del mundo tampoco alcanzaría”. Yo quisiera que venga el día grato en el cual yo llegara al fin de la jornada, con esa sensación desconocida de haber ya terminado, y de estar satisfecho. Yo le dije a Jesús que yo quería que se tomase ese café conmigo. Y se lo he dicho a Lilly, muchas veces que llegará ese día para vivir con calma. Sólo yo soy culpable, dice el Padre, de que no llegue el día. Me mira sonriendo. No hay en esa sonrisa burla ni escepticismo; sonríe con paciencia como yo mismo trato de sonreírle a mi hija o a mi hijo, en mi mejor momento. Así pues, hoy, en esta tarde, en la que el sol declina, a diez mil metros de altura acallo el corazón para escuchar al Padre. (Noviembre de 1999, volando de Filadelfia a Los Ángeles) El poeta Escobar, magnetizado a la Palabra, nos expone lo más profundo de sí. Yo lo abrazo ahora y siempre, para que no se agoten sus testimonios y oigamos cómo crecen los frutos poéticos que nacen desde su poderosa teología. (*) Texto leído el 12 de marzo de 2011, en el Aula Miguel de Unamuno de la Universidad de Salamanca, en la ceremonia de entrega a Samuel Escobar del Premio “Jorge Borrow de Difusión Bíblica”.

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