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    En busca del `origen´ de la ciencia

    Catolicismo, protestantismo y ciencia moderna (I)

    El pasado verano, César Vidal publicó un artículo en Protestante Digital titulado “Protestantismo y revolución científica”(1) que me ha producido una sensación agridulce.
    TUBO DE ENSAYO AUTOR Grupo F&C 28 DE NOVIEMBRE DE 2010

    Por un lado, creo que la estrecha relación histórica entre el protestantismo y la ciencia es incontestable; pero por otro, no queda muy claro en qué consiste esa relación, ni tampoco me parece que se exponga de forma serena la relación entre el catolicismo y la ciencia. Por tanto, escribo lo siguiente, no con ánimo polémico, sino con el deseo de clarificar algunos temas importantes para la historia de la ciencia y el cristianismo, incluyendo algunos asuntos que no son ya tema de opinión, sino hechos histórico-científicos, que van más allá de lo “ideológicamente” discutible.

    La tesis general del artículo de César Vidal es la vinculación entre protestantismo y ciencia moderna. Como explicaré más adelante en detalle, no tengo duda de ello. El problema surge cuando tratamos de explicar en qué consiste esa vinculación protestantismo-ciencia. Así leo con sorpresa la afirmación directa y sin titubeos respecto al “hecho de que la Reforma provocó una verdadera revolución del saber que, convencionalmente, se conoce como la Revolución científica.” Afirmación que parece ser contradicha a continuación, al afirmar que “el origen de la revolución científica tuvo lugar en la Edad Media y en la Europa que quedaría en el s. XVI en el terreno de la Contrarreforma.” ¿Qué influencia tuvo, pues, el protestantismo sobre el “origen” de la ciencia?

    Han sido muchos los historiadores y los científicos que han reflexionado sobre el “origen de la ciencia”. El filósofo de la ciencia Francis Bacon ya se lo planteaba a principios del siglo XVII. Todo tipo de teorías se han propuesto desde entonces. Desgraciadamente, el problema principal no está tanto en determinar las causas de ese origen, sino en algo mucho más básico: cada autor define como “origen” y como “ciencia” una cosa diferente. Para algunos es ya “ciencia” el control de los metales, para otros el teorema de Pitágoras o la filosofía, para otros sólo es ciencia el método matemático-experimental moderno, etc. Igualmente, el “origen” se ha considerado por algunos como logrado con ciertas especulaciones individuales durante la antigüedad, mientras que otros piensan que no hay ciencia real hasta que ésta no se convierte en una actividad organizada formalmente como ocurre desde el siglo XVIII.

    Y es así como casi todas las épocas y culturas han sido propuestas como el origen de la ciencia: Mesopotamia, Egipto, Grecia, el Helenismo, la Edad Media, el Renacimiento, el siglo XVI, el siglo XVII o el siglo XVIII han sido considerados por diversos autores como la cuna de la ciencia moderna, lo que ha llevado a atribuir su origen al paganismo, el cristianismo (en general), el islam, el catolicismo, el protestantismo, el secularismo moderno, el anti-clericalismo/anti-cristianismo modernos, etc. Por supuesto que todo esto se fija sólo en nuestro entorno geográfico, sin considerar las grandes contribuciones de otras civilizaciones: India, China, etc.

    Frente a estas propuestas que buscan un “origen” puntual, un momento de “revolución científica”, otros historiadores abogan por un modelo de continuidad y de desarrollo progresivo. En cualquier caso, es bueno definir cuidadosamente de qué estamos hablando. Si nos ceñimos al surgimiento de la llamada “ciencia moderna” que hoy se practica mundialmente, está claro que estamos hablando de un proceso ocurrido en la Europa Occidental entre el final de la Edad Media y no mucho más tarde del siglo XVII. Y es ahí donde se dan la mayoría de los debates entre los historiadores de la ciencia.

    Los intelectuales renacentistas de los siglos XV y XVI “inventaron” el concepto de “Edad Media” al rechazar con desprecio a sus predecesores y considerar los siglos previos como una época de oscuridad. Se trata de una discusión crucial que sigue siendo importante para nosotros hoy día, pues condiciona nuestra forma de ver la historia. Es vital darse cuenta que la crítica renacentista al medievo no se debía a una falta de “progreso” en el sentido moderno del término. Es cierto que los intelectuales medievales miraban hacia el pasado como la época dorada en la que se poseía “todo” el conocimiento, que luego se había perdido con la caída de Roma, y que ellos intentaban reconstruir mediante el estudio.

    Pero, curiosamente, los renacentistas no abandonaron ese proyecto, sino que lo profundizaron mucho más. Su crítica a los medievales era por no haber ido suficientemente atrás en ese objetivo. Criticaban su poco conocimiento de la cultura greco-latina, su uso de manuscritos de baja calidad (muchas veces traducidos del árabe), su defectuoso conocimiento de las lenguas originales, etc. El “Re”-nacimiento no miraba al futuro, sino al pasado; y, en cierto sentido, sólo pretendía hacer realidad el sueño de los medievales más inquietos. El “progreso” significaba “retorno” a las “fuentes” originales. Queda clara la analogía que todo esto tiene con la “Re”-forma protestante y su “retorno” a las “fuentes” bíblicas.

    Cuando Bacon y otros autores, especialmente protestantes, empezaron a reflexionar sobre los orígenes de lo que se consideraba ya “nueva” ciencia en el siglo XVII, asumieron la postura renacentista y fuel fácil adaptarla a su propia generación y su propia ruptura con el catolicismo medieval. Si los renacentistas habían sido críticos con la época medieval, los protestantes del siglo XVII tenían todavía más motivos para ello.

    Tal visión de la historia continuó en el siglo XVIII. Y si se trataba de autores que ya habían perdido toda fe en el cristianismo (católico o protestante), había incluso más motivo para aborrecer una época pasada de oscuridad, ignorancia y barbarie. Las tintas llegaron a cargarse hasta el punto de difundirse frecuentemente la falsedad de que los medievales creían que la tierra era plana hasta los tiempos de Colón.

    Aunque el romanticismo del silgo XIX inició una idealización de la Edad Media y una visión más positiva de esa época histórica, se seguía viendo en el Renacimiento el origen de todo progreso en todas las disciplinas, desde el arte a la ciencia. Y como personaje icónico se agrandaba la figura de Leonardo da Vinci.

    Hubo que esperar hasta que a principios del siglo XX se produjese la “rebelión de los medievalistas” de la mano del católico francés Pierre Duhem(2), físico e historiador de la ciencia, que fue rápidamente seguido por otros estudiosos: Lynn Thorndike, Geroge Sarton, Charles Homer Haskins, Alistair C. Crombie(3), etc. Aunque sus trabajos siguen siendo ignorados por los medios de comunicación y los libros de texto de los colegios, estos autores acabaron con el “mito” renacentista de una época medieval de oscuridad uniforme, y sacaron a la luz diversos “renacimientos” medievales, especialmente a partir del siglo XIII, que apoyaban una visión continuista en la historia de la ciencia ente el siglo XIV y el XVII, buscando “precursores” medievales de Copérnico, Galileo o Newton, a la vez que acabaron con la reputación científica de Leonardo da Vinci, que aparecía mucho más dependiente de sus predecesores medievales de lo que se pensaba.

    A partir de ahí se ha desarrollado un gran debate entre los defensores del concepto de “revolución” en la historia de la ciencia, más propensos a buscar causas externas en el surgimiento de la ciencia (económicas, sociales, culturales, religiosas, etc.), y los continuistas, más dados a fijarse en un desarrollo interno de las ideas científicas a lo largo de la historia, que sería responsable de las “novedades” científicas del siglo XVII. Un libro publicado en 1968, titulado “La aparición de la ciencia moderna ¿factores externos o internos?” contiene 14 ensayos por otros tantos especialistas que ilustran las diferentes posturas.(4)

    Mi conclusión personal es que hay que hacer justicia a una multitud de factores, y que no tiene sentido buscar una causa “única” para la aparición de un fenómeno tan complicado. Y es con esa actitud que, sin despreciar otras influencias, podemos reconocer las grandes contribuciones de la Biblia y el cristianismo a este proceso, en especial mediante ideas como la existencia de leyes naturales (garantizadas por la idea de un Creador) y la racionalidad de la creación y su correspondencia con la racionalidad humana (que puede así aspirar a comprender, aunque sea limitadamente, el orden puesto por el Creador en su creación, de la que el ser humano forma parte). El origen de estas ideas se remonta a la propia Biblia, y de ellas eran conscientes tanto judíos como cristianos desde muy antiguo. Así, el libro judío de Sabiduría, del siglo II a.C., dice de Dios: “tú todo lo dispusiste con medida, número y peso” (11:20; Biblia de Jerusalén). Este texto fue citado por los autores cristianos entusiastamente durante siglos.

    Entonces, ¿por qué no se produjo una “revolución científica” en el judaísmo o la iglesia antigua? Mientras que he visto a muchos autores conectar la ciencia con diversas ideas bíblicas, nunca he visto a ninguno darle la vuelta al tema y hacerse esta otra pregunta, que considero que es muy relevante. Mi propuesta de respuesta se centra en dos áreas. En primer lugar hay que tener en cuenta el hecho de que la ciencia no es sólo una actividad intelectual, sino que también debe encontrar unas condiciones socio-político-económicas favorables que la incentiven (es por eso que se produjo un impulso importante para la ciencia durante el helenismo que no se repitió hasta el surgimiento de la cultura islámica a principios de la Edad Media o la Europa occidental a finales de la Edad Media)(5).

    En segundo lugar, y a nivel ya de ideas, no es tan fácil pasar de la idea de “leyes” en la naturaleza al edificio de la ciencia moderna. La ciencia moderna contiene una mezcla de racionalismo y empirismo que incorpora las matemáticas (cuyo desarrollo previo es requisito necesario), la experimentación (lo que implica una actitud positiva hacia la actividad manual y una destreza técnica para construir instrumentos y realizar experimentos) y la lógica (cuyo papel debe ser regulado cuidadosamente para evitar uno de los graves errores del pensamiento griego: una ciencia puramente intelectual sin relación con el mundo real). No extraña, por tanto, que la ciencia moderna sea el resultado de una lenta y compleja gestación en la que participaron numerosos personajes, culturas, países, periodos históricos, etc. Tal vez el personaje antiguo que más lejos llegó en este proceso fue el filósofo, científico y teólogo cristiano alejandrino Juan Filopón (siglo VI). Pero sus innovadoras ideas no cuajaron (aunque fueron transmitidas y discutidas por musulmanes y cristianos durante la Edad Media).

    Para muchos, la primera combinación adecuada de todos esos elementos aquí mencionados no apareció hasta principios del siglo XVII con el católico Galileo en Italia. Su mayor mérito no está en la invención de ninguno de esos elementos, sino en la combinación de ellos y el rechazo de otras ideas que no resultaban útiles para la ciencia, lo que le diferencia de todos sus “precursores”. Su “método” científico fue poco a poco imponiéndose, primero en Europa y luego por todo el resto del mundo. Esto no quiere decir que nadie hizo ciencia anteriormente, y que todos los demás simplemente siguieron a Galileo. El protestante alemán Kepler tenía ideas similares en la misma época (y apoyó públicamente a Galileo).

    En cualquier caso, es importante tener en cuenta que no todas las ciencias usan el mismo método, ni tampoco su método es el mismo en todas las épocas. Por ejemplo, mientras que la astronomía y la física del siglo XVII estaban maduras para el método de Galileo, otras ciencias como la geología o la biología no lo estaban todavía. Esas ciencias estaban todavía en un periodo de tipo “descriptivo” que encajaría más con el modelo de ciencia “empírica” e “inductiva” propuesto por el protestante inglés Francis Bacon, también contemporáneo de Galileo y Kepler (en el que las matemáticas tenían un papel marginal). No obstante, esas ciencias han ido poco a poco progresando hacia una mayor matematización que todavía no se ha completado (al menos en algunas partes de esas ciencias). Todo esto es sólo una pequeñísima muestra de la complejidad de la historia de la ciencia y de lo difícil que resulta hablar del “origen” de la “ciencia” y pretender localizarlo con precisión en un punto definido en el tiempo, el espacio y el mundo de las ideas.

    Autor: Pablo de Felipe es doctor en Bioquímica, investigador, escritor y profesor de Ciencia y Fe en el Seminario SEUT
    Próxima semana: Buscando la influencia del protestantismo en la ciencia



    1) C. Vidal. Protestantismo y revolución científica. Protestante Digital 340 (2010)..
    2) A Duhem se le ha criticado (con razón) por su excesivo celo “apologético” a favor de la Iglesia Católica, que le llevó a forzar algunas de sus interpretaciones. Sin embargo, esto no debe empañar su mérito a la hora de redescubrir muchos aspectos de la ciencia medieval. Otro autor católico (físico e historiador de la ciencia) que ha seguido sus pasos, y también ha sido objeto de las mismas críticas, es Stanley L. Jaki (de sus muchas obras se han traducido: Ciencia, fe, cultura. Palabra, Madrid, 1990 y un estudio sobre la vida de Duhem: La ciencia y la fe. Pierre Duhem. Encuentro, Madrid, 1996).
    3) Véase A.C. Crombie. Historia de la ciencia: de San Agustín a Galileo (2 vols.). Alianza Editorial, Madrid, 1974. En el 2º volumen dedica un apartado a discutir el tema de “La continuidad de la ciencia medieval y la del siglo XVII (pp. 98-112).
    4) George Basalla (ed.). The rise of modern science. External or internal factors? Raytheon Education Company, Lexington (Massachusetts, EE.UU.). Para una introducción más reciente y en nuestro idioma a esos debates sobre el origen de la ciencia moderna, véase Alberto Elena. A hombros de gigantes. Estudios sobre la primera revolución científica. Alianza Editorial, Madrid, 1989. Y también su obra: Las quimeras de los cielos. Aspectos epistemológicos de la revolución copernicana. Siglo XXI, Madrid, 1985.
    5) Un cierto nivel de riqueza y libertad intelectual son necesarios para la investigación.
     

     


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