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    Juan Antonio Monroy
     

    Hermann Hesse: El hombre estepario

    Vivimos encadenados a nuestra libertad; solitarios en un universo repleto de vida; nos ahogamos en las ciudades y nos aburrimos en los campos; llevamos dentro de nosotros mismos el hastío, el desinterés por cuanto nos rodea.

    EL PUNTO EN LA PALABRA AUTOR Juan Antonio Monroy 05 DE ABRIL DE 2019 12:25 h

    Hermann Hesse nació en 1877 en Alemania. Su primera intención fue dedicarse al ministerio religioso, pero abandonó la idea y se pasó a las letras. Acabada la primera guerra mundial, se operó una tremenda convulsión en toda su personalidad. Aquella guerra estúpida le anonadó. Sintió dolor, rabia, asco. ¿Por qué han de estar continuamente guerreando los hombres? ¿Es que el camino al entendimiento ha de pasar forzosamente por la metralla y la barbarie? 



    Hesse no quiso la guerra. Ni intervino para nada en ella. Pero no pudo evitar un sentimiento solidario de culpabilidad. Todo pueblo, y hasta todo hombre, no importa su aislamiento, tienen su parte de culpa en los males del mundo. El pecado de la humanidad es el pecado del individuo. La culpa de Adán es culpa de todos nosotros. La muerte de cualquier ser humano, decía Camús, nos disminuye a todos. 



    En 1921, tres años después de acabada la guerra, Hesse renunció a su ciudadanía alemana y adoptó la nacionalidad suiza. Esta época marcó el principio de su auténtica producción literaria. Hesse no se dio por vencido en sus ideales.No se resignó a prescindir de todo, ni a renunciar al espíritu, a todo afán, a toda humanidad; no quiso aguardar la próxima movilización tomando un vaso de cerveza mientras por doquier triunfaban la ambición y el dinero. Los ideales, pensaba, están ahí para que los alcancemos. 



    Su obra literaria es toda ella de denuncia, de profundización en los complicados laberintos de la personalidad humana. La lucha contra la guerra será siempre una quijotada sin esperanza en tanto el hombre viva apartado de Dios; peroserá, en todo caso, una lucha noble, digna y sublime. Así lo entendió Hesse. A esta lucha se dedicó con todas sus fuerzas, escribiendo páginas bellísimas, que en 1946 serían reconocidas y premiadas con el Nobel de Literatura. 



    El lobo estepario, escrita en 1927, está considerada como su obra maestra. Algo así como El viejo y el mar en la novelística de Hemingway. El protagonista de la novela es un hombre solitario y extraño, Harry Haller, que en algunos episodios recuerda al fantástico Gog, de Papini. Gog era inmensamente rico, pero también inmensamente materialista; Haller es más espiritual. De unos cincuenta años, autor de libros de ensayo, escritor contra la guerra, conocedor de la música clásica, amante de Mozart y de Novalis, «muy inteligente y espiritual, con la huella de profundas cavilaciones».



    Pero, al propio tiempo, complicado; tremendamente conflictivo, como es signo casi invariable en los cultivadores del intelecto. 



    Haller es un lobo estepario. Desde la soledad de su espíritu atormentado, este extraño hombre atraviesa con su mirada todo el mundo de nuestro tiempo; descubre los vicios, el vacío, la superficialidad y las mentiras de una época y de unos hombres que sin Dios desembocarán en la catástrofe, en el suicidio del alma y de la conciencia.Inevitablemente.



    En esta tierra viven muchos lobos esteparios. 



    Como el Harry Haller de la novela. Lobos esteparios perdidos entre nosotros, dentro de las ciudades, en medio de los rebaños.



    Harry había conseguido un poco de fama, algo de dinero, cierta libertad. «Pero en medio de la libertad lograda –dice Hesse– se dio bien pronto cuenta Harry de que esa su independencia era una muerte, que estaba solo, que el mundo lo abandonaba de un modo siniestro, que los hombres no le importaban nada; es más, que él mismo a sí tampoco, que lentamente iba ahogándose en una atmósfera cada vez más tenue de falta de trato y de aislamiento. Porque ya resultaba que la soledad y la independencia no eran su afán y su objetivo, eran su destino y su condenación…» 



    ¡Admirable! Aquí está, vista al microscopio, el alma de nuestra generación. Vivimos encadenados a nuestra libertad; solitarios en un universo repleto de vida; nos ahogamos en las ciudades y nos aburrimos en los campos; llevamos dentro de nosotros mismos el hastío, el desinterés por cuanto nos rodea. En nuestra soledad integral nos hemos convertido en el centro de nosotros mismos. No nos importan otras preocupaciones que no sean las propias. Y desde esa atalaya de negrura interior, cerradas las puertas y las ventanas del espíritu, sólo se nos ocurre gritar que el mundo no merece la pena; que el hombre es un asco. 



    Y tampoco es así.



    Aún podemos llenar el alma propia de besos, de colores, de flores y de perfumes, de ilusiones y de esperanzas, de sueños y de diarias realidades.



    Habría que emprender una cruzada para conseguir la integración del solitario. Integración en la comunidad de su propio ser primero; e integración en el entusiasmo colectivo de los que aún se sienten género, no tan sólo individuos. 



    El hombre no ha sido creado para recorrer las estepas de la vida como lobo solitario. Dios lo ha puesto aquí para que llene sus alforjas de humanidad y las vacíe luego en tantos corazones que casi no laten, de marchitos que se sienten. Pero en el principio, lo primero de todo, Dios. 



    Lo dijo Cristo hace casi dos mil años, y son pocos los que hacen caso a sus palabras. Lo dijo a una mujer de cinco maridos que sacaba agua de tierra en un pozo que tenía treinta y dos metros de profundidad. Lo dijo con estas palabras: «Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás».



    A Cristo le importaba poco el agua de aquel pozo cavado siglos antes por Jacob. En el pensamiento del Dios que cansado del camino reposa junto al brocal del pozo estaba la felicidad del hombre. Una felicidad triangular o trinitaria. Felicidad para los miembros todos del cuerpo; felicidad para el espíritu tantas veces atormentado aquí; felicidad para el alma en la vida duradera. 



    Tal esquema de felicidad completa sólo se realiza en Dios. Porque Dios es el origen y la fuente, el manantial que la produce y el canal que la transmite. 



    El placer es como la vida misma, como el comportamiento de Armanda, siempre momento. Armanda fue el único ser humano que logró penetrar con alguna profundidad en el lobo estepario. Pero Armanda era el símbolo perfecto de lo superficial, la imagen misma de la inestabilidad y de la insatisfacción en el tiempo. Sonreía feliz con un muslo de pato entre los dientes y al instante deseaba histéricamente la muerte. 



    En su antojada conversación con Goethe, Harry Haller conviene en que los momentos cumbres acaban en un miserable marchitarse. En vano tratamos de modificar el placer. El deseo de hacer perdurar las horas felices se estrella contra la amarga realidad: el ser humano está condenado a flotar en el vacío, preso en la cárcel de lo cotidiano. Sus más grandes conquistas están condicionadas por lo efímero. De cielo abajo todo tiene un límite. Todo tiene su fin. 



    Cuando acaba la música, cuando se deshace el abrazo, cuando quedan mudos los aplausos, cuando la pálida luz de la mañana advierte el próximo fin del placer, y termina la locura, y cesa la burla, y se rompen las ilusiones forjadas al calor de las miradas, entonces se cierra de un golpe seco el baúl de las marionetas y cada muñeco vuelve a su oscuridad habitual. Al día siguiente, la misma sed de olvido. Lo dijo Cristo a unamujer de cinco maridos: «Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed».



    Siempre ha sido así y siempre será. El amor lo puede todo. Lo vence, lo domina, lo conquista todo. El amor es lo único –y es bastante– que logra destruir la personalidad esteparia de Harry Haller. Su encuentro con Armanda, con el amor, es decisivo. Su alma, adormecida de frío y casi yerta, volvió a respirar, aleteando somnolienta con débiles alas minúsculas.



    Cuando el lobo estepario conoce el amor –por vez primera, a sus cincuenta años– siente que el aroma de la juventud le sale al paso. La atmósfera de sus años de niño y de adolescente le envuelve de nuevo y por su corazón cargado corre la sangre de entonces. Su voluntario aislamiento humano se derrumba. ¡Aparece el amor y vuelve a ser joven! 



    A Harry le preocupaban hasta extremos de amargura los grandes problemas del hombre. Y sufría por ello. El conflicto íntimo de la personalidad pluralista; la sumisión del hombre ante la máquina; la progresiva despersonalización del yo en la sociedad formada por seres autómatas; la mecánica de la vida y el desesperante final de la muerte; el fracaso de una sociedad que todo lo reduce a apariencias; el vacío ideológico de todos los oradores profesionales; el dolor del intelecto, el sufrimiento, las eternas luchas entre la carne y el espíritu… 



    Tanto cavilar le había convertido en un ser agrio, solitario, malhumorado y egoísta. Pero cuando el amor lo llama, se transforma. Siente en él la vida, el calor, la humanidad, el gusto por vivir. Una muchacha le hace comer, beber, dormir, se ríe de él, le llama tonto, le habla de santos, le dice que lo de sentirse solo no es más que una manía enfermiza, que tiene hermanas en el mundo y amigos que lo entienden. 



    Es entonces cuando el lobo estepario se da cuenta que hay algo que realmente le importa, que ante él se abre una puerta por donde penetra la vida… y el amor. Y se entrega. Por algo decía Rochester que el amor es una gota celeste que los cielos han vertido en el cáliz de la vida para corregir su amargura.


     

     


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