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    Leopoldo Cervantes-Ortiz
     

    El género Monsiváis, de Juan Villoro (II)

    Monsiváis elevó la labor periodística al rango literario gracias a su insistencia en transformar asuntos aparentemente banales en motivos de crónicas de mayor alcance.

    GINEBRA VIVA AUTOR Leopoldo Cervantes-Ortiz 16 DE FEBRERO DE 2018 10:30 h
    Homenaje a Carlos Monsiváis, 2008

    El subdesarrollo es no poder mirarse en el espejo por miedo a no reflejar. C.M.



    Juan Villoro considera, en su libro sobre Monsiváis, que la formación religiosa del autor de Los rituales del caos influyó de manera determinante en su obra y en su conducta pública, pues como otros han señalado, también fue un moralista:



    “Su copiosa bibliografía es la prédica de un juez —irreverente y autocrítico, pero seguro de su autoridad— que condena o absuelve”.1



    Y agrega: “Las lecciones aprendidas en la Escuela Dominical protestante se reforzaron con el más vasto y heterodoxo menú de la cultura mexicana del siglo XX”. Como hijo único que fue, recuerda Villoro, “buscó estímulos culturales con un criterio tan amplio que sería reductor llamarlo ‘enciclopédico’”.



    La condición dispersa y fragmentaria de su obra (que complica notoriamente el acceso a la misma), señala el autor, “tiene que ver con la forma en que la cultura de la letra circuló en la segunda mitad del siglo XX” (p. 40).



    Podría decirse que fue un gran beneficiario de la explosión de revistas, así fuera muy efímeras, que solicitaron su colaboración. Su capacidad para escribir prólogos se volvió proverbial y no es broma el hecho de que hizo que esa tarea se cotizara de otro modo. Por ello, muchos de sus textos obedecieron al fragor del momento y “fueron escritos para satisfacer las urgencias que impone el periodismo”.



    Fiel a sus maestros del siglo XIX, Monsiváis elevó la labor periodística al rango literario gracias a su insistencia en transformar asuntos aparentemente banales en motivos de crónicas de mayor alcance, con una extraña forma de proyectarlas hacia el ensayo, motivo de un debate genérico que no ha dejado de llevarse a cabo.2



    En su caso, añade Villoro se cumple una máxima que determina el papel de la escritura: “La realidad ocurre al menos dos veces, en el mundo de los hechos y en la representación que hacemos de ellos” (p. 43).



     



    La crónicas de Monsiváis fueron “crónicas comentadas”, pues interpretaba los sucesos mientras los narraba. Además, el “tejido polifónico” (la inserción de muchas voces) al que recurría “se parece al de Comala [Juan Rulfo]: no sabemos quién habla, pero las palabras crean una atmósfera precisa (p. 44, énfasis agregado)”.



    Sus informantes anónimos parecían almas rulfianas en pena o heterónimos como los del poeta portugués Fernando Pessoa. De ese modo refirió conciertos de cantantes populares (Raphael, Luis Miguel o Gloria Trevi) o eventos de la misma índole, lo que nunca le perdonaron sus críticos.



    Sus crónicas, incluso de esos sucesos, eran “editoriales que son estudios culturales que son capítulos de enciclopedia”. Villoro es enfático al valorar las crónicas monsivaianas: “…importan más por lo que él pensó de los acontecimientos que por los acontecimientos mismos”. Si esos textos envejecerán por los temas que trataron, el contacto con la prosa que los consigna mantendrá su vigencia por su calidad discursiva.



    Su falta de distinción entre lo “culto” y lo “popular” hizo de Monsiváis un cronista “todoterreno”, que nunca le hizo el feo a lo que otros intelectuales les irritaba por banal o irrelevante. Para entender a México decidió que todo merecería su atención por la sencilla razón de que acontecía al mismo tiempo.



    “La caja idiota”, por ejemplo, su columna pionera en la crítica de la televisión, es una muestra de la forma en que se anticipó a fenómenos que sólo décadas después alcanzaría el interés de los “especialistas”.



    Lo mismo hizo con el cine al comentarlo por radio en una estación universitaria. Incluso apareció en algunas películas y telenovelas en papeles de algo más que extra. Porque trató también de reivindicar el humor en varias de sus manifestaciones.



    En ese sentido, afirma Villoro, “aprovechó el valor pedagógico del disparate y se propuso edificar por medio del escarnio” (p. 52). No de otra manera puede entenderse la recolección semanal de citas de políticos, empresarios o jerarcas religiosos para interpretarlas jocosamente en ese ejercicio que se llamó “Por mi madre, bohemios…” (“extenso archivo del ridículo”, lo denomina Villoro), fragmento, a su vez, de uno de los poemas más vilipendiados, pero más declamados, de la literatura mexicana, obra de Guillermo Aguirre y Fierro (1887-1949).



    “El disparate es una venturosa formas del malentendido. Las conferencias de Monsiváis incluían momentos de ese tipo. El auditorio estaba tan predispuesto a reírse que soltaba carcajadas cada vez que no entendía algo. El sinsentido se transformaba en humor involuntario”.



    Por el uso (y a veces abuso) de este recurso, en que incurrió tanto, Octavio Paz lo criticó como alguien que “no tenía ideas sino ocurrencias”. Sus mofas de todas las clases sociales invirtieron la escala de valores para hacer un corte transversal de todo lo que en México tenía un momento breve de importancia.



     



    Carlos Monsiváis.



    Como cronista privilegiado de varias etapas de la vida del país, “dejó de ser un mero testigo de los hechos para incorporarse a ellos como personaje” (p. 56)... algo que tampoco le perdonaron sus detractores, que señalaban lo mucho de pose que encontraron en sus acercamientos a los hechos que refería.



    Al no ser un cronista neutro de la realidad, pues contribuía a crearla, Monsiváis se veía en el dilema de tomar partido por determinadas causas (“perdidas” de antemano, según decía). “Árbitro del gusto” (p. 59), recibió el homenaje y la pleitesía de una cohorte de seguidores que lo alababan si tregua.



    La televisión y el radio lo proyectaron permanentemente hasta hacer de su figura una nueva invitación a la parodia, la cual no le negaron tampoco. “Su interés por los liberales del siglo XIX mexicano, a los que dedicó un libro fundamental, Las herencias ocultas, contribuye a explicar su concepción parlamentaria de la cultura. Lanzado a un proselitismo non-stop, cada acto público fue para él parte de la obra” (p. 60).



    Como se puede apreciar hasta aquí, subraya Villoro, descreyó de la neutralidad del periodismo “en la misma medida en que desconfiaba del intelectual comprometido con un Estado, un partido, una secta o una iglesia” (pp. 61, 63).



    Fue, evidentemente, un hombre de izquierda que cuestionó los excesos de ésta dondequiera que los percibiese, y asumió un liberalismo efectivo que nadie se atrevió a cuestionar. Ni siquiera el polémico historiador Enrique Krauze (quien tanto se ufana de su “liberalismo”), con quien lo unió una larga y extraña amistad, aun cuando militasen en bandos culturales contrarios.



    Sin falsas neutralidades, “asumió la solidaridad como una forma de la crítica: apoyaba una causa, pero la sometía a los mismos cuestionamientos a los que se sometía a sí mismo”.



    El volumen Entrada libre: crónicas de una sociedad que se organiza (1987), en donde describe lo acontecido durante los días del gran terremoto de 1985 (sin ahorrarse las buenas dosis de humor que produjeron), es una prueba elocuente de ello. Y, durante la explosión del movimiento neo-zapatista, no dejó de acercarse y dialogar con el Subcomandante Marcos, en plena selva chiapaneca.



     



    Leopoldo Cervantes Ortiz con Carlos Monsiváis en su homenaje en 2008. / Carlos Mondragón.

    Inmerso en las decisiones periodísticas que implicaron la dirección de un suplemento cultural, no cejó en su empeño de sumarse a diversos proyectos políticos, como el de Andrés Manuel López Obrador, en 2006, cuando ofreció un discurso de apoyo junto a Sergio Pitol en un mitin masivo en la Plaza de la Constitución: “Prefirió la figura del reformador sutil a la del rebelde, y esto aumentó su eficacia en la compleja arena pública” (p. 71).



    Aquí hay que recordar también el memorable discurso que ofreció el 21 de enero de 2006, en plena campaña presidencial de López Obrador, en ocasión del bicentenario del nacimiento de Benito Juárez.



    Ése es, quizá, su texto más militante, en todos los sentidos, pues surgió en un momento en que la derecha gobernaba el país y ameritaba una fuerte crítica desde el liberalismo más clásico, tal como se ha vivido en México y buena parte de América Latina. De ese discurso, son dignas de citarse estas palabras, entre muchas:




    A 200 años del nacimiento de don Benito Juárez, o 100 como quiso el presidente Fox para regalarle juventud al pasado de la nación, lo más profundo de su legado es la certidumbre del laicismo, iniciado con las Leyes de Reforma y proseguido con la Constitución de 1917. El laicismo garantiza la actualización permanente del conocimiento, la certidumbre de una enseñanza no afligida por los prejuicios y la exigencia de sometimiento a un solo credo, el respeto del Estado a las formas distintas de profesar una fe o abstenerse de hacerlo, la discusión libre de los avances científicos, las libertades artísticas. Por tolerancia se entendió en el siglo XIX el aceptar las extravagancias o los disparates incomprensibles de las minorías; hoy tolerancia, y eso proviene del ideario juarista, es el intercambio de aceptaciones, la convicción de que hay más cosas en el cielo y la tierra de las que sueña la filosofía de cada persona.3




    También fue militante por la defensa de la diversidad sexual desde los estudios de género y criticó abiertamente al gobierno cubano por su política hacia los enfermos de sida.



    Además, en su percepción de la capital mexicana como espacio de vida y cultura, y a partir de su revisión de los personajes populares, lapidariamente resume Villoro: “Junto con las canciones de Chava Flores y las historietas de Gabriel Vargas en La familia Burrón, Monsiváis contribuyó a la crónica no oficial del laberinto urbano” (p. 75).



    Otra prueba contundente de todo esto es el acervo Museo del Estanquillo, que reúne sus interminables colecciones de los más variados objetos.



    Finalmente, Villoro vuelve al lugar donde empezó, luego de escribir ampliamente sobre este “testigo omnívoro” (p. 80); “misántropo en la vida privada […], era hipergregario en la vida pública” (p. 82), y afirma que su obra completa “está por descubrirse” (p. 83), algo completamente cierto, porque quien se acerca a ella corre el venturoso riesgo de ser devorado por ella.




    1 J. Villoro, El género Monsiváis. México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2017, p. 38. Cf. Mabel Moraña e Ignacio M. Sánchez Prado, “Prólogo” a Carlos Monsiváis ante la crítica. México, UNAM-Era, 2007, p. 12: “Si todo ironista es, de alguna manera, como se ha dicho, un moralista, Carlos Monsiváis ha puesto en evidencia las ‘inmoralidades’ cometidas por los excesos y los incumplimientos de la modernidad y sus aparatos de poder. En ese sentido, su obra cumple cabalmente con la función del intelectual definida por Edward Said: ‘Hablar la verdad al poder’”.



    2 Cf. Evodio Escalante, “La disimulación y lo posnacional en Carlos Monsiváis”, en Carlos Monsiváis ante la crítica, p. 289: “Monsiváis es un ensayista que se traviste de cronista polimórfico, y al revés, un cronista polimórfico que se disfraza de ensayista”.



    3 C. Monsiváis, “En el bicentenario del nacimiento de Benito Juárez”, en La Jornada, 24 de enero de 2006,



     

     


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