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    Leopoldo Cervantes-Ortiz
     

    Lutero en el diario ‘El País’, 1983 (II)

    El diario El País prestó mucha atención a los actos de conmemoración de los 500 años de Martín Lutero en 1983.

    GINEBRA VIVA AUTOR Leopoldo Cervantes-Ortiz 07 DE OCTUBRE DE 2017 10:40 h
    José Jiménez Lozano.

    El diario El País prestó mucha atención a los actos de conmemoración de los 500 años de Martín Lutero en 1983. Dio seguimiento puntual a los avances de la misma dentro y fuera de Alemania, en una época en que la entonces República Democrática Alemana (RDA) aprovechó la ocasión para afirmar su ideología socialista mediante la revisión de los aspectos más radicales de la vida y obra del reformador por excelencia.



    Ya muy cerca de la fecha del aniversario, “El luteranismo y nosotros”, de José Jiménez Lozano (8 de noviembre de 1983) es un agudo interrogante sobre lo que representó el proceso encabezado por el reformador para que, 400 años después aún siguiera alterando el panorama cultural y religioso. Su planteamiento no es nada complaciente: “…me refiero a su vigencia cultural y no específicamente religiosa, a los valores de ese mensaje que pueden, o quizá deben, ser integrados a nuestro modo de ser hombres o que nos ayudarán a serlo: la negación de la salvación del hombre por las obras, la negación de una conciencia segura que no hace cuenta de los límites de la condición humana y de todo lo que es humano y la negación de la sublimación de la historia de los hombres construida sobre la violencia”.



    Y agrega, haciendo alarde de una clara percepción del fenómeno ideológico sin ahorrarse la veta crítica, tan necesaria:



    [el] luteranismo significa una concepción del hombre como valioso en sí mismo y que no puede ser definido ni justificado por sus obras. Esto es, por ejemplo, por su rendimiento económico y su capacidad de consumo, que son los dos elementos por los que se define un hombre en nuestra sociedad industrial, y cuya carencia, por tanto, significa pura y simplemente el no ser hombre. Y no es hombre; en efecto, el demasiado joven, que aún no tiene certificado de sus obras -la medida de su eventual rendimiento-, ni de su capacidad de consumo; ni el viejo, incapaz de ambas cosas; ni el enfermo, el handicapé o el marginado. Exactamente como no se es hombre cabal, en todo caso, si no se está en condiciones de mostrar los diplomas del éxito y el triunfo o las pruebas de que uno se ha hecho a sí mismo.



    Ahonda, al observar la actitud psicológica producida por la fe protestante:“…luteranismo significa que el hombre debe aceptar los límites de la condición y de la existencia, humanas y destruir todas las engañosas esperanzas en las salvaciones de sí mismo que puedan prometerle la ciencia, las ideologías, los credos políticos y sus praxis, o las transformaciones económicas y sociales, o las religiones que brindan garantías absolutas; pero que, sobre todo, debe destruir su seguridad en sí mismo, que, como Narciso, se revela ahora de modo muy específico en la complacencia en el poder tecnológico y en todas las otras autosatisfacciones que arrancan a ese hombre el sentido de su finitud y sus limitaciones” (énfasis agregado).



    Por último, este autor hace la lectura política, sin mucho margen para dudas: “…luteranismo significa no sólo el rechazo de toda complicidad en una historia que está montada sobre lo excrementicio, esto es, sobre la violencia del poder y del dinero. O, para decirlo con una imagen de El Bosco que Lutero también utiliza, una historia que es un infierno por el cual pasamos a través del aparato digestivo del diablo. Luteranismo significa también que se rechaza la sublimación o justificación, de esa historia”. Este aspecto llama la atención por su contundencia en la comprensión de los alcances de la visión del reformador y de su tradición posterior.



     



    Sobre el papa, su resumen no es menos directo, al contrario, pues se asoma a algunas de las consecuencias más profundas de la crítica del reformador, poco advertidas por otros estudiosos: “Lo que Lutero veía de específicamente satánico en la institución del poder —refiriéndose al papado medieval, porque era la institución de poder que mejor conocía, pero haciendo de ella un arquetipo de lo que sería el poder de los tiempos modernos— era que trataba de sublimar, espiritualizar e ideologizar el estiércol y la analidad de la civilización y de la historia, siendo, como son, símbolos de la muerte”.



    El “tono escatológico” (en los dos sentidos del término) de la forma en que Lutero comprendió su momento y trató de situarse ante los nuevos tiempos es resaltado también: “…no es una mente moderna ni progresista, sino que habita en él el sentimiento medieval de que el mundo envejece y se hace cada vez peor, hasta que acabe en ‘una lluvia de inmundicias’, puesto que es el reino del diablo. Y nadie podrá negar genialidad a una imagen como ésta que parece definir un tipo de civilización como la nuestra, en la que el dinero se transmuta cada día en heces: detritus, polución y, al final, la basura atómica”. Lutero sería, así, una suerte de profeta apocalíptico con razones bien fundadas en su observación de la naturaleza humana y de ciertos rumbos de la historia y del uso del poder político: “…cree que este fin apocalíptico es inevitable, y seguramente está aquí el gran hándicap de su pensamiento; pero éste se torna lucidísimo cuando exige que no se sublime todo ese horror y que se llamen, por el contrario, las cosas por su nombre: estiércol, a las construcciones del poder y del dinero y su violencia esencial”.



    No obstante lo anterior, Jiménez Lozano, poeta y ensayista, Premio Cervantes 2002, y autor de Un cristiano en rebeldía (1963) y Juan XXIII (1985), entre otras obras, encuentra el valor cultural de la Reforma a partir de una nueva comprensión de la individualidad: “Pero luteranismo significa también, en fin, hacer cuenta en esta sociedad de masas de la individualidad de cada hombre. Este énfasis sobre la individualidad y la apuesta de cada hombre en su interior ha marcado la cultura protestante”. No deja de mencionar a Durero, a Rembrandt, “pintores de retratos esencialmente; [donde] el yo es el protagonista de los oratorios y las corales, y las relaciones tensas y dramáticas del individuo con la sociedad son el marchamo de la literatura: Bertolt Brecht y Pontoppidarn, Lagérkvist o el mismo Laxness”. Y en el cine, a Dreyer o Bergman, “antes de aludir a la apuesta radical de la existencia en un hombre que resume del modo más redondo todo ese espíritu: Søren Kierkegaard, que significa tanto y tantas cosas no sólo en el ámbito de la teología o de la filosofía”. Este pensador “fue el primero que, al borde de las nuevas sociedades de masas en gran parte regidas por los media, sospechó que eso equivaldría a la muerte de toda cultura y a que la necedad compartida y sublimada de los muchos terminara por ser lo único relevante en ellas”. El luteranismo es, para Jiménez Lozano, cristianismo a secas, “aunque se haga de él una lectura necesariamente secular en este concreto momento”.



    Federico Sopeña, el 9 de agosto de 1983, en “Lutero, la pintura y la música”, un enfoque siempre necesario para apreciar de manera integral la influencia de la Reforma, escribió:



    Cuando se entra en una iglesia luterana construida después de la Reforma, la impresión estética es grata, porque también la austeridad máxima tiene su posible belleza; pero cuando entramos, por ejemplo, en la iglesia de Santo Tomás de Leipzig, la de Bach, la impresión es de desasosiego, porque la estructura de ese templo era inseparable de la misa, del altar del Sacramento, de las imágenes como aureola. Lutero, luchando contra la misa romana, intuyó esto, y él, que era músico, tañedor de laúd y buen cantor, quiso y logró, bien apoyado por Melanchton, que la música, la música cantada por el pueblo, meditación sobre la palabra, fuera protagonista del culto con carácter de sacramental. La musicalidad del pueblo alemán, de su burguesía especialmente, viene de la exigencia luterana para que en la escuela se preparase el cántico del templo: de aquí la importancia del músico municipal. Para los músicos había un gran problema parecido al de Durero: llegaba como viento de fronda la melodía del melodrama italiano, no precisamente enemiga del coral, y si influía la música, podía ser demasiado subjetiva, y si no, podía caer en la asepsia calvinista. En la misma Alemania, en la Baviera católica, los jesuitas armaban un colosal tinglado barroco. La solución, el lleno del vacío, el encuentro con el esplendor, vendrá del órgano.


     

     


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