Crecimiento celular de las iglesias

En situaciones normales el crecimiento celular es así: una vez formada la célula comienza su crecimiento hasta que se divide dando lugar a dos nuevas células.

México · 05 DE JUNIO DE 2020 · 21:23

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En situaciones normales el crecimiento celular es así: una vez formada la célula comienza su crecimiento hasta que se divide dando lugar a dos nuevas células. Tiempo después muere. Yo he vivido siempre en iglesias bautistas donde el trabajo a través de “células” (grupos de personas reunidos en casa) ha sido una constante.

Sin embargo, nunca me ha tocado ver que una “célula” se convierta en iglesia. Han sido, al menos en las que he estado, células estériles. No me detendré en razones. En vez de ello, diré también que el aumento numérico de iglesias ha sido una recurrente preocupación para la Convención Nacional Bautista de México. Recuerdo vagamente que para el año 2000 se habían propuesto ser más de 2000 iglesias las afiliadas a la Convención. Ahora planean ser 3000 iglesias para el año 2020. Imagino que en las otras organizaciones denominacionales también abundan los slogans y la engañosa fascinación por los números. 

Hay una forma perversa y maligna de crecimiento celular: el cáncer. Una célula dañada produce células dañadas que, además, se resisten a morir. Cuando el daño pasa a otras células, tejidos y órganos se produce una metástasis. El cáncer invade todo el cuerpo, lo posee, lo destruye. El cáncer, dice el oncólogo Siddhartha Mukherjee, es también una forma de evolución del hombre. Desde los inicios del cristianismo, la división ha sido una forma de crecimiento. A veces benigna, a veces maligna.

El libro de los Hechos nos cuenta algunos casos que acabaron bien, como la pronta separación hacia los gentiles. Pero no tardó mucho en manifestarse la otra división: la que enfermó y ha enfermado el cuerpo [de Cristo] hasta hoy. Unos los llamaron herejes. Otros apóstatas. Otros anticristos. Cada episodio de división de una iglesia es doloroso y ninguno es idéntico a otro. En el principio se dividieron porque no se ponían de acuerdo sobre la naturaleza de Cristo o los libros que debían estar en la Biblia. Cada grupo resultante, a su vez, se multiplicaba. En ocasiones moría.

Hoy nos dividimos por la participación de la mujer en el culto, su derecho o no a la ordenación, por los grados de inclusión de personas homosexuales, o por puntillismos doctrinales. En el tiempo de la Reforma las divisiones se agudizaron y muchas personas quedaron en un limbo del que no pudieron salir: daños colaterales, vidas literalmente perdidas. Uno de los Philips, me parece que fue Obbe, escribió sentidamente su decepción de aquellos convulsos años en los que nacían unos grupos y se disgregaban otros. Lo más triste no era eso, sino el trato lapidario que se daban entre ellos: cuando no se mandaban al infierno, se agarraban a tiros y espadazos.

Lo más desafiante hoy sigue siendo eso: no sólo las continuas divisiones de las iglesias (a veces violentas [¡a insultos, golpes y tiros!], a veces en paz), sino el carácter temerario de las burlas y amenazas entre los distintos grupos cristianos. Las causas son variadísimas. El debate y el examen de lo que nos distingue es necesario, pero éste se vuelve cada vez más difícil e indeseable. Lo más sencillo es la referencia ignominiosa o la cómoda indiferencia —si es bajo el grato anonimato del Internet, mucho mejor—. No se trata de promover una aceptación acrítica y absoluta, sino de asumir en amor todo aquello que nos separa. Habrá, sí, barreras inconciliables que es necesario conocer para empezar a entenderlas y a entendernos. Mofarse no es una forma de comprensión. Mucho menos lo es la condena.

Hoy las células del cuerpo de Cristo, al menos en lo que concierne a la iglesia, continúan dividiéndose. Pero dicha división es cada vez menos un síntoma de buena salud que una evidencia de que algo anda mal y puede ponerse peor. Sí: hay que aceptarlo: aunque los números indiquen un aumento de iglesias (¡y de creyentes!), la hostilidad entre las células se agudiza. Sí: el cuerpo está enfermo de cáncer. Grave.

 

Samuel Lagunas – Lic. Lengua y Literatura Hispánicas – México

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