Dios, el hombre y la inteligencia artificial (IX): El futuro de la IA y la esperanza cristiana

El cristiano puede usar esta tecnología con más tranquilidad que nadie. Precisamente porque no espera de ella la salvación, puede aprovechar sin angustia lo que sí sabe hacer.

30 DE JULIO DE 2026 · 12:00

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Pocos oficios envejecen tan mal como el de profeta tecnológico. Las hemerotecas están llenas de expertos que juraron que el ordenador doméstico no tendría futuro, que internet era una moda pasajera o que nadie querría llevar un teléfono en el bolsillo. Por eso no voy a cerrar esta serie adivinando lo que la inteligencia artificial hará dentro de diez años. No tengo bola de cristal. Y desconfío cordialmente de quienes hablan como si tuvieran una.

Pero cerrar la serie sin mirar hacia delante sería una cobardía. El cristiano no mira el futuro con una bola de cristal, pero tampoco con los ojos vendados. Lo mira con la Biblia abierta. Y la Biblia, que no dice nada de procesadores, sí dice muchísimo sobre quién gobierna la historia y hacia dónde va. Esa es la última pregunta de la serie.

 

Lo que ya está pasando

Primero, los hechos. Estas máquinas ya no solo conversan. Trabajan. Y trabajan durante días. En mayo de 2026, Anthropic presentó sistemas capaces de dividir una tarea grande entre cientos de ayudantes digitales que operan en paralelo. Un ejemplo publicado deja con la boca abierta a cualquiera que haya programado algo en su vida. Un proyecto completo de software, unas setecientas cincuenta mil líneas de código, fue traducido de un lenguaje de programación a otro en once días. Casi sin intervención humana (1).

Esto todavía no es la superinteligencia de las películas. Pero la dirección está clara. Cada año estas herramientas hacen más cosas, durante más tiempo y con menos supervisión. Quien piense que esto no va a tocar su vida, su trabajo o su iglesia, se llevará una sorpresa. Probablemente antes de lo que cree.

 

Cuando treinta gobiernos se ponen de acuerdo

En febrero de 2026 se publicó el segundo Informe Internacional sobre Seguridad de la IA. Lo elaboraron más de cien expertos y lo respaldan más de treinta países. Que treinta gobiernos se pongan de acuerdo en algo ya es un pequeño milagro que merecería su propio estudio teológico. Pues bien, se han puesto de acuerdo en esto: hay que vigilar estas máquinas. El informe dedica un capítulo entero a la posibilidad de que algún día un sistema se salga del control de todos. Los autores son prudentes. Dicen que las máquinas actuales no pueden hacer tal cosa, y que los expertos discuten mucho sobre si llegarán a poder. Pero recomiendan no perderlas de vista.

Confieso que este documento me produce cierta ternura. Cientos de ingenieros y funcionarios, con toda la seriedad del mundo, han redactado un informe internacional para decir algo que cualquier lector de la Biblia sabe desde niño: que las obras de nuestras manos heredan nuestros defectos, y que no conviene fiarse de ellas sin vigilancia. La doctrina del pecado acaba de recibir el aval de más de treinta gobiernos. Bienvenidos sean.

 

Una creación que gime

Y es que aquí conviene abrir la Biblia. Pablo escribe que toda la creación gime con dolores de parto, esperando la redención final (Romanos 8,19-22). La inteligencia artificial, como obra humana, participa de ese gemido. No es un ser con un destino propio que evoluciona únicamente hacia el bien o el mal. Es fruto de nuestra creatividad. Y nuestra creatividad está marcada por la caída.

Esto nos libra de dos errores opuestos. Del optimismo ingenuo, que espera de la tecnología lo que solo puede dar la gracia. Y del pánico, que ve en cada avance el fin del mundo. Los dos errores cometen el mismo fallo teológico. Tratan a la tecnología como una fuerza con voluntad propia, cuando es obra de manos humanas y está bajo el gobierno de Dios. El futuro de la IA no está escrito en ninguna curva de progreso ni en ningún guion de Hollywood. Está en las manos de Aquel que ha prometido hacer nuevas todas las cosas (Apocalipsis 21,5).

Además, la Iglesia ya ha pasado por esto. Cuando llegó la imprenta, hubo quien anunció la ruina de la fe. Aquella máquina acabó imprimiendo Biblias por millones. Cuando llegó la radio, algunos la llamaron un invento del diablo. Por sus ondas viajó el evangelio hasta aldeas donde ningún misionero había puesto el pie. El Señor tiene la vieja costumbre de poner a trabajar para sus propósitos incluso lo que nace con otras intenciones. No parece que vaya a dejar esa costumbre ahora.

 

Ídolos que ahora hablan

Con todo, la Biblia nos deja una advertencia, y es la de siempre. Cuidado con la idolatría. El salmista se burlaba de los ídolos antiguos porque tenían boca y no hablaban (Salmo 115,5). Nuestros ídolos modernos han corregido ese defecto técnico. Hablan con una fluidez admirable, responden al instante y jamás se quedan sin argumentos. Lo cual los hace mucho más persuasivos que una estatua de piedra. Y por eso mismo, más peligrosos.

La idolatría no consiste en usar una herramienta. Consiste en pedirle lo que solo Dios puede dar. Quien le pide a la IA que le organice la agenda, hace bien. Quien le pide que le diga cómo vivir, a quién amar o en qué esperar, ha cambiado de religión sin darse cuenta. La frontera no pasa por la tecnología. Pasa por el corazón.

 

El trono está ocupado

Hay un texto que corta todos estos nudos con una sola frase. En Cristo fueron creadas todas las cosas, todo fue creado por medio de él y para él, y todas las cosas en él subsisten (Colosenses 1,16-17). Ninguna máquina futura, por autónoma que llegue a ser, escapa de ese señorío. Ni siquiera una hipotética superinteligencia podría sustraerse a Aquel en quien subsiste. Sería, en el sentido más estricto de la palabra, una criatura. Y las criaturas no destronan a su Creador. Por muchos parámetros que tengan.

Esto tiene una consecuencia liberadora. El cristiano no necesita que la IA fracase para que Cristo reine. Tampoco debe temer que su éxito lo destrone. Cristo reina ya, con máquinas lentas o rápidas. En el cielo no hay comité de crisis. Dios no se ha puesto nervioso con ningún invento humano, y lleva unos cuantos vistos.

 

Úsala, pues, sin miedo

De todo esto se desprende algo que quizá sorprenda como conclusión de la serie. El cristiano puede usar esta tecnología con más tranquilidad que nadie. Precisamente porque no espera de ella la salvación, puede aprovechar sin angustia lo que sí sabe hacer. Que traduzca materiales para el hermano extranjero. Que ordene el archivo de la iglesia que nadie ha tocado desde hace años. Que transcriba el sermón, prepare el índice del estudio bíblico y libere horas para lo que ninguna máquina hará jamás, como orar con un enfermo o sentarse a la mesa con un nuevo creyente. Dejemos que la máquina cargue con lo aburrido. Para eso se inventó.

Las posibilidades para el Reino son enormes. Existen lenguas que todavía esperan su primera Biblia, y estas herramientas ya están acelerando traducciones que antes tardaban décadas. También permiten que pastores en lugares remotos accedan finalmente a buenos comentarios bíblicos, e incluso que iglesias pequeñas, sin personal ni presupuesto, logren hacer en una tarde lo que antes les comía el mes.

Quien vive de pronósticos anda siempre con el alma en vilo, pendiente del último titular, oscilando entre la euforia y el pánico según lo que anuncie cada laboratorio. Quien vive de la esperanza duerme tranquilo y trabaja duro, porque el desenlace de la historia no depende de la próxima generación de modelos. La primera actitud produce cristianos ansiosos. La segunda produce creyentes serenos, útiles y difíciles de manipular.

Por eso, las herramientas de esta serie no caducan. Debemos aplicar el filtro de Filipenses 4:8 para examinar lo que dejamos entrar en nuestra mente, priorizando la oración antes que la consulta. Es vital mantener la rendición de cuentas en una comunidad que nos conozca, establecer límites sabios y cultivar una formación bíblica paciente. Solo así, con ese discernimiento que ninguna actualización de software puede instalar, podremos evaluar cualquier novedad sin perder el norte ni el sueño.

 

La pregunta decisiva

El futuro de la inteligencia artificial no pertenece a los ingenieros, por talentosos que sean. Tampoco a los mercados, por poderosos que parezcan. Pertenece al Señor que sostiene el universo y ante quien toda rodilla se doblará. Por eso la pregunta decisiva no es qué será capaz de hacer la IA dentro de diez años. Eso no lo sabe nadie, y los expertos honestos lo reconocen.

La pregunta decisiva es si la iglesia vivirá de tal manera que su testimonio, su amor y su fidelidad a la Palabra se reconozcan como obra del Espíritu Santo, y no como el producto bien acabado de una herramienta. Una iglesia así usará la técnica de cada época sin arrodillarse ante ella, como ya hizo con la imprenta, con el micrófono y con la radio. Y podrá usarla con esa libertad porque sabe que su fuerza nunca salió de ningún aparato. La prueba está en sus primeros pasos. El evangelio cruzó el Imperio romano a pie y sin wifi, y le fue bastante bien.

Con esa confianza serena cierro la serie. El mundo seguirá fabricando máquinas cada vez más asombrosas, y hará bien, porque el ingenio también es un don de Dios. Pero el trono está ocupado y no se admiten candidaturas. Cristo es el Señor de la historia, también de la era digital. Y esa es la única noticia sobre el futuro que no envejecerá jamás.

 

 

Notas

1 Anthropic, «Introducing dynamic workflows in Claude Code», 28 de mayo de 2026. Disponible aquí.

2 N.d.E Puedes ver los anteriores artículos aquí: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7 y 8.

 

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