Antes de que cayera Jerusalén (I): por qué el Nuevo Testamento ignora la mayor catástrofe del siglo I

La destrucción de Jerusalén no aparece ni una sola vez como un hecho consumado en el relato bíblico. En esta serie examinaremos la datación de redacción de los libros del Nuevo Testamento.

09 DE SEPTIEMBRE DE 2026 · 11:00

Recreación de la caída de Jerusalén y destrucción del templo en el año 70 d.C. Foto: Gemini,
Recreación de la caída de Jerusalén y destrucción del templo en el año 70 d.C. Foto: Gemini

En agosto del año 70 ardió el Templo de Jerusalén, y poco después la ciudad cayó en manos de las legiones de Tito. Se estima que murieron casi medio millón de personas. Flavio Josefo, que vivió aquella guerra desde dentro, dejó una crónica de hambre, incendios y matanzas que todavía hoy cuesta leer de un tirón. Con el santuario desapareció el sistema de sacrificios que durante siglos había ocupado el centro de la vida religiosa de Israel. Para un judío del siglo I, creyera o no en Jesús, aquello no fue un episodio más de la crónica imperial. Fue el derrumbe de un mundo entero.

Y sin embargo, en los veintisiete libros del Nuevo Testamento, la destrucción de Jerusalén no aparece ni una sola vez como un hecho consumado. Se anuncia, se advierte y se presenta como juicio próximo, pero nadie la recuerda. No hay ninguna frase del tipo “y sucedió tal como el Señor lo había dicho”, ni una reflexión sobre las ruinas humeantes del Templo, ni rastro de celebración por el cumplimiento de la profecía más dramática de Jesús.

 

La sospecha del obispo

Ese silencio le llamó poderosamente la atención al obispo anglicano John A. T. Robinson, que no era precisamente un fundamentalista empeñado en salvar las fechas tradicionales. En 1963 había escandalizado a media Inglaterra cristiana con Honest to God1. Trece años después publicó Redating the New Testament2 y puso el problema sobre la mesa. El acontecimiento más fechable y más decisivo de aquella generación, observó, no se menciona nunca como pasado.

De ahí salió una pregunta sencilla. ¿Por qué tiene que haber libros del Nuevo Testamento escritos después del año 70? Robinson llegó a una conclusión radical: todos podían haberse compuesto antes de la caída de la ciudad. La academia no se rindió ante él, ni mucho menos, pero el problema sigue ahí. Quien fecha un libro después del 70 tiene que explicar por qué su autor muestra tan poco interés por la catástrofe que acababa de transformar el mundo judío.

 

Dos cronologías

Fechar un libro veinte años antes no sirve para ganar una competición entre especialistas, pero sirve para entenderlo mejor. Es importante saber si Jesús predijo realmente la destrucción del Templo o si la comunidad cristiana le puso esas palabras en los labios cuando el desastre ya había ocurrido. Conviene tener claro si Hebreos se dirige a lectores que todavía ven humo subiendo del altar y si el Apocalipsis mira hacia Nerón o hacia Domiciano.

La cronología académica que domina los manuales teológicos sitúa Marcos entre los años 65 y 75, Mateo y Lucas entre el 80 y el 90, Juan a finales del siglo I y el Apocalipsis en torno al 95, bajo Domiciano. En ese esquema, el año 70 funciona como una línea divisoria casi sagrada. Frente a ella hay otra tradición de investigación, con diferencias notables entre sus representantes: Robinson, John Wenham, Colin Hemer, Kenneth Gentry y, más recientemente, Jonathan Bernier, que en 2022 reabrió el expediente examinando cada escrito por separado3. Su resultado es notable. El Nuevo Testamento se entiende mejor desde una perspectiva que va entre los años 40 y 70. Y esa es la cuestión de fondo: la cronología tardía no es un dato duro comparable con la muerte de Herodes o el reinado de Nerón. Es una reconstrucción histórica, y las reconstrucciones se sostienen o caen según la fuerza de sus argumentos.

 

Un círculo que conviene reconocer

Sería demasiado cómodo afirmar que toda datación tardía procede de la incredulidad. En la discusión intervienen problemas reales, como la relación literaria entre los sinópticos (los tres primeros evangelios, que comparten gran parte de su material) y los testimonios de la Iglesia antigua. Pero tampoco sería serio fingir que los presupuestos filosóficos nunca han pintado nada. Durante buena parte de la investigación crítica, se asumió que las profecías de Jesús sobre Jerusalén debieron haberse formulado después de los hechos. Cuando una descripción se ajusta demasiado bien a lo sucedido, se sospecha un vaticinium ex eventu, una profecía redactada cuando el suceso ya había ocurrido. Esto ha sido el credo de la teología racionalista de los últimos 2 siglos.

El razonamiento se convierte entonces en un círculo bastante elegante. ¿Cómo sabemos que el evangelio se escribió después del año 70? Porque contiene una profecía sobre la destrucción de Jerusalén. ¿Y cómo sabemos que esa predicción no pudo pronunciarse antes? Porque describe la destrucción de Jerusalén. Uno puede dar vueltas en esa noria durante una carrera académica entera sin salir jamás del punto de partida.

El cristiano no está obligado a subirse a ella. Ahora bien, afirmar que Jesús sabía profetizar tampoco demuestra que Marcos sea del año 50. Primero se escucha el texto y después se fecha, nunca al revés.

 

Un silencio que no es cualquier silencio

Los argumentos basados en el silencio son peligrosos, y hay que decirlo sin rodeos. Que un autor no mencione un acontecimiento no prueba que haya escrito antes de él. Pero hay silencios y silencios. Los escritos posteriores al 70 muestran que la herida no pasó inadvertida: textos judíos como 4 Esdras y 2 Baruc se enfrentan directamente a la catástrofe, y la Epístola de Bernabé la interpreta desde una perspectiva cristiana.

El Nuevo Testamento ofrece un panorama distinto. Jesús advierte que del Templo no quedará piedra sobre piedra (Marcos 13,2). Hebreos desarrolla la relación entre sacerdocio, santuario y sacrificio con un lenguaje que resulta natural si el culto de Jerusalén sigue formando parte del horizonte de sus lectores. Y Apocalipsis 11,1-2 habla del templo de Dios, del altar y del atrio entregado a los gentiles, un lenguaje que gana fuerza en una datación anterior al 70 (aunque no todos entiendan ahí un edificio literal).

Y después está Hechos, el caso más llamativo. El libro termina con Pablo vivo, preso en Roma, predicando sin impedimento alguno hacia los años 60 al 62. Y ahí se acaba la historia. Nada sobre la muerte de Santiago, el hermano del Señor. Nada sobre la persecución de Nerón. Nada sobre la muerte de Pedro ni sobre la de Pablo. Nada sobre la guerra judía del 66. Nada sobre el año 70.

Un autor puede detener su relato donde le apetezca, por supuesto. Pero la acumulación de silencios pide alguna explicación, sobre todo cuando se recuerda lo que mostró Colin Hemer: el autor de Hechos conoce con notable precisión la geografía, los títulos administrativos, las rutas y las circunstancias políticas del Mediterráneo oriental. No estamos ante un escritor descuidado. Por eso resulta legítimo preguntar si la explicación más sencilla no será también la más obvia. Lucas terminó porque había llegado al punto en el que estaba la historia cuando escribía. Si fuera así, Hechos rondaría el año 62, Lucas sería anterior y empezaría a moverse todo el tablero sinóptico.

Hay además un rasgo difícil de ignorar. Los discursos escatológicos no suenan a crónica escrita desde lejos, contemplando ruinas antiguas. Suenan a aviso urgente. «Cuando veáis a Jerusalén rodeada de ejércitos» (Lucas 21,20), los que estén en Judea que huyan a los montes, esta generación no pasará hasta que todo esto suceda. Son instrucciones dirigidas a personas que deben reconocer señales y actuar a tiempo.

 

Lo que cambia para el lector

La fecha de un libro no determina su inspiración. Marcos no sería menos inspirado escrito en el 68 que en el 48. Históricamente, en cambio, la diferencia sí importa. Si los evangelios se redactaron mientras numerosos testigos seguían vivos, la distancia entre los hechos y los documentos se reduce mucho. Eso no elimina los problemas literarios, pero hace bastante más difícil sostener el relato cómodo según el cual unos recuerdos fluidos circularon durante décadas hasta que una iglesia alejada de los hechos fabricó lentamente al Cristo de la fe.

Y hay un obstáculo cronológico enorme para esa teoría. Se llama Pablo.

Las cartas paulinas indiscutidas pertenecen a los años cincuenta y comienzos de los sesenta, y nadie puede empujarlas al final del siglo I. En ellas encontramos ya una cristología (la doctrina sobre la persona de Cristo) extraordinariamente desarrollada. Cristo existe antes de su encarnación, es Señor, muere por los pecados, resucita corporalmente, reina, volverá como juez y recibe la adoración de la iglesia. Todo eso está documentado unos veinte años después de la cruz. La supuesta evolución desde un sencillo maestro galileo hasta un Cristo divino tendría que haber corrido a una velocidad notable. Y si además los evangelios, Hechos y Hebreos son anteriores al 70, el margen se estrecha todavía más.

Tomando todo esto en cuenta, el Nuevo Testamento empieza a parecerse cada vez más a lo que sus propios escritos dicen ser: documentos de la primera generación cristiana, nacidos entre conflictos reales, persecuciones reales y expectativas inmediatas. Es el mundo de Nerón, el de un Templo todavía en pie y el de una Jerusalén que aún podía ser rodeada por ejércitos. También es el mundo en el que Kenneth Gentry sitúa el Apocalipsis.

 

Por qué esto no es un juego de eruditos

La inerrancia de la Escritura (la convicción de que la Biblia no afirma error alguno en lo que enseña) no depende de que Marcos se haya escrito en el 45 o en el 65. Una cronología temprana no demuestra la inspiración, y una tardía no demuestra que un documento sea falso. Pero las fechas tampoco son teológicamente neutras. Cuando una reconstrucción convierte las predicciones de Jesús en profecías escritas después de los hechos, atribuye los escritos apostólicos a autores desconocidos y explica la cristología elevada como fruto de una evolución tardía, ya no estamos decidiendo si un manuscrito es del 62 o del 82. Estamos decidiendo cómo entendemos el origen del cristianismo. Y la fe cristiana está atada a una revelación que entra en la historia, con personas reales, lugares reales y palabras pronunciadas en momentos concretos.

Las próximas entregas de esta serie no ofrecerán un almanaque de fechas dogmáticas. La pregunta será siempre la misma: ¿qué fecha explica mejor los datos que tenemos delante? Empezaremos por el terreno más firme, las cartas de Pablo. Después vendrán el final de Hechos, el problema sinóptico, Juan, Hebreos, las cartas generales y, al final, el Apocalipsis, con sus dos alternativas: Domiciano hacia el 95, o Nerón y la guerra judía antes del 70.

Nadie tiene que empezar aceptando de antemano que todo el Nuevo Testamento se escribió antes de la caída de Jerusalén. Lo que sí podemos exigir es algo más elemental: que cada fecha se demuestre y no se herede, que “la mayoría de los especialistas” no ocupe el lugar del argumento y que el texto tenga derecho a declarar como testigo antes de que decidamos nosotros lo que pudo o no pudo ocurrir.

El Templo ardió en agosto del año 70. Jerusalén cayó poco después. Y una de las preguntas más incómodas de la historia del Nuevo Testamento sigue abierta: ¿por qué sus autores no nos dicen nunca que aquello ya había sucedido?

 

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Notas

1 Robinson, John A. T. Honest to God. Londres: SCM Press, 1963.

2 Robinson, John A. T. Redating the New Testament. Londres: SCM Press, 1976. (Edición estadounidense: Filadelfia: Westminster Press, 1976; xiii + 369 pp.) La cita del artículo procede del comienzo del capítulo 2, «The Significance of 70», p. 13.

3 Wenham, John. Redating Matthew, Mark and Luke: A Fresh Assault on the Synoptic Problem. Londres: Hodder & Stoughton, 1991 (xxvi + 319 pp.). Edición estadounidense: Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 1992. Reimpresión: Eugene, OR: Wipf & Stock, 2020.

Hemer, Colin J. The Book of Acts in the Setting of Hellenistic History. Ed. Conrad H. Gempf. Wissenschaftliche Untersuchungen zum Neuen Testament 49. Tubinga: J. C. B. Mohr (Paul Siebeck), 1989. Reimpresión: Winona Lake, IN: Eisenbrauns, 1990 (xiv + 482 pp.).

Gentry, Kenneth L., Jr. Before Jerusalem Fell: Dating the Book of Revelation. An Exegetical and Historical Argument for a Pre-A.D. 70 Composition. 1.ª ed. Tyler, TX: Institute for Christian Economics, 1989 (xix + 409 pp.). Ediciones posteriores: Atlanta: American Vision, 1998 y 1999; 3.ª ed. revisada, 2010.

Bernier, Jonathan. Rethinking the Dates of the New Testament: The Evidence for Early Composition. Grand Rapids, MI: Baker Academic, 2022 (xvii + 318 pp.).

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