“Señor, dame Escocia o me muero”

Llegó a ser uno de los cuatro reformadores más influyentes del mundo después de Lutero, Calvino y Zuinglio. Su nombre es John Knox.

30 DE JUNIO DE 2021 · 12:00

Monumento de la Reforma en Ginebra: Guillaume Farel, Juan Calvino, Teodoro de Beza y John Knox. /<a target="_blank" href="https://commons.wikimedia.org/wiki/User:Pleclown"> Clément Bucco-Lechat</a>, Wikimedia, CC 3.0.,
Monumento de la Reforma en Ginebra: Guillaume Farel, Juan Calvino, Teodoro de Beza y John Knox. / Clément Bucco-Lechat, Wikimedia, CC 3.0.

Es el menos conocido de los cuatro reformadores que lucen en el famoso monumento de Ginebra. Se le considera uno de los predicadores más poderosos de su momento, pero solo dos de los centenares de sus sermones fueron publicados. Es el hombre más importante que Escocia ha visto nacer, pero solo existe un monumento dedicado a él en su tierra. Su tumba carece de adornos y no tiene lápida. De hecho, se encuentra debajo del aparcamiento número 23 de la catedral de Saint Giles de Edimburgo. Y sin embargo, llegó a ser uno de los cuatro reformadores más influyentes del mundo después de Lutero, Calvino y Zuinglio. Su nombre es John Knox.

No cabe duda de que este hombre reunía muchas contradicciones y paradojas en su vida. Era como un profeta del Antiguo Testamento, un Jeremías hecho carne en tierras escocesas. Su estatura era baja, tenía cabello negro y una voluntad de hierro.

John Knox nació en 1514 en una pequeña ciudad al sur de Edimburgo. A los 15 años entró en la universidad de Saint Andrews para estudiar teología. Era la época cuando la Reforma de Lutero ya se había extendido por el centro de Europa. Fue ordenado sacerdote siete años más tarde, pero en vez de subir al púlpito y oficiar misas, ejerció de notario y educó a hijos de la nobleza local.

“Señor, dame Escocia o me muero”

El aparcamiento donde se encuentra la tumba de Knox, en Edimburgo.

Del seminario a las galeras

En aquellos años Escocia vivía momentos dramáticos. Mucha gente estaba furiosa con la Iglesia Católica, que era la dueña de la mitad de las tierras del país, empobrecido, y que ingresaba anualmente 18 veces más dinero que la corona escocesa. Los obispos y sacerdotes eran simplemente políticos que vivían de sus privilegios y prebendas. Sus vidas se caracterizaban por la ausencia de cualquier modestia y pudor. Un ejemplo era el arzobispo de Saint Andrews, el cardenal Beaton, que convivía abiertamente con concubinas y tuvo por lo menos diez hijos.

Las excelentes conexiones por vía marítima entre Escocia y el continente facilitaron la llegada de literatura luterana escondida en los barcos comerciales. Las autoridades eclesiales estaban alarmadas por la “herejía luterana” e hicieron todo lo posible para erradicarla. Un año antes de que Knox empezara a estudiar teología, quemaron públicamente a uno de los luteranos más conocidos de Escocia, Patrick Hamilton.

Cuando Knox tenía casi 30 años, tuvo su primer contacto con el ministerio de Thomas Guilliame. Para el joven sacerdote escocés fue la revelación de su vida y decidió juntarse con los luteranos. En una ocasión, leyendo Juan 17, las palabras le impactaron de tal manera que cambiaron su entendimiento de la fe cristiana. Pronto Knox se convirtió en el guardaespaldas de George Wishart, un predicador protestante apasionado que le acompañó por toda Escocia.

En 1546 -el año en el que murió Lutero- el cardenal Beaton arrestó a Wishart y le ejecutó por hereje. Como respuesta, 16 líderes protestantes asaltaron la residencia del cardenal, el castillo de Saint Andrews y, tomándose la justicia por sus manos, mataron a Beaton. Con la ayuda de tropas franceses -Francia era aliada de Escocia- el castillo se puso bajo asedio. John Knox, que no participó en el ataque a Beaton, aprovechó una oportunidad para reunirse clandestinamente con los protestantes dentro del castillo.

Durante un culto de domingo, uno de sus líderes habló de la necesidad de elegir pastor propio y le pidió a Knox aceptar el cargo. La congregación aprobó la moción, pero Knox se echó a temblar y empezó a llorar desconsoladamente porque se sintió completamente inadecuado para la tarea. Finalmente aceptó el cargo porque sintió que Dios mismo le había llamado.

Sin embargo, su ministerio duraría poco tiempo. En 1547, los protestantes del castillo de Saint Andrews tuvieron que firmar la capitulación. Algunos fueron encarcelados y otros, entre ellos Knox, reducidos a esclavos y enviados a una galera francesa. Parece que el ministerio de Knox había llegado a su fin.

Pero no fue así. Unos meses después, la galera de Knox volvió a las costas de Escocia. Era un día frio y espesas nieblas envolvían la nave. La costa apenas era visible. La salud de Knox ya se había deteriorado mucho. Los ojos del predicador escocés buscaron la ciudad costera de Saint Andrews con su castillo y su catedral, que conocía bien. De repente encontró lo que buscaba y se dirigió a un compañero: “Sí, lo reconozco. Veo la torre de la iglesia donde Dios abrió mi boca por primera vez para predicar su Palabra. Tengo la certeza de que no partiré de esta vida hasta que mi lengua glorifique a Dios de nuevo en aquel lugar.”

Todo indicaba que se trataba de los delirios de un hombre moribundo. Escocia estaba bajo el dominio inquebrantable de los franceses. El país estaba regentado por María de Guisa, que gobernaba en lugar de María Estuardo, que estaba siendo educada en Francia y ascendería al trono más tarde. El tiempo de los reformadores Hamilton y Wishart parecía lejano. Pero el fuego en el corazón de Knox no se había apagado. Aunque todos estaban desesperados, él no. Enfermo y débil, en este momento John Knox oró con voz firme: “Señor, dame Escocia o me muero”.

 

Predicador itinerante

Y ocurrió algo inesperado: después de 19 meses fue liberado por su mala salud. Ya no servía ni para esclavo. Su muerte parecía cuestión de días.

Pero en contra de cualquier pronóstico se recuperó. Pasó los siguientes cinco años en Inglaterra y pronto se ganó la reputación de predicador excelente. Cuando María Tudor -fiel defensora de la fe católica- accedió al trono, Knox tuvo que huir a Francia y finalmente llegó a Ginebra.

Allí conoció a Juan Calvino. El reformador francés describió a Knox como un “hermano, un incansable luchador por la fe.” Knox a su vez se quedó tan impresionado por la Ginebra de Calvino que la llamó “la más perfecta escuela de Cristo que jamás ha existido en la Tierra desde los tiempos de los apóstoles”.

Pero no se quedó allí. Knox siguió su camino y llegó a Fráncfort, donde se juntó con otros refugiados protestantes de habla inglesa antes de volver finalmente a Escocia en el año 1555. Knox pasó nueve meses predicando en todo el país antes de verse obligado a volver a Ginebra.

Tiempo de escribir

Ahora finalmente encontró el tiempo necesario para escribir. Se metió con los líderes políticos que habían readmitido al catolicismo en el país y atacó directamente a la reina inglesa María Tudor, llamándola traidora y rebelde contra Dios. En una de sus publicaciones más famosas se dirigió a la gente normal y corriente, concediéndoles el derecho -más aún, el deber- de levantarse contra gobernantes injustos. Y tampoco olvidó a la reina María Estuardo, que finalmente ocupó el trono de Escocia y quería restablecer el catolicismo en el país: “La espada de la justicia es de Dios, pero si los príncipes y gobernantes no la emplean, otros pueden hacerlo.”

Aunque Knox la consideraba abominable, no cesaba de orar por ella:

O Señor, si es tu voluntad, limpia el corazón de la majestad real del veneno de la idolatría y libérala de los lazos de Satanás. Ha crecido así y sigue empeñada en su error. Haz que reconozca por la luz del Espíritu Santo que no hay otra forma de buscar tu favor que a través de tu Hijo Jesucristo.

María Estuardo temblaba ante este hombre del cual dijo en una ocasión: “Temo las oraciones de John Knox más que los ejércitos unidos de Europa”.

Cuando Knox volvió a Escocia en 1559 enseguida pusieron un precio a su cabeza. Su reacción fue típica: en una carta a la iglesia en Ginebra les pidió dinero para poder comprarse un caballo más rápido. Y así fue. Recorrió todo el país y predicó como un vendaval. Sus sermones se asemejaban a las de los profetas del AT porque Knox no tenía en mente al individuo sino a todo el país.

En junio del mismo año fue elegido ministro de la iglesia de Edimburgo. Diariamente expuso la Palabra de Dios. Su estilo al predicar era inusual: durante media hora hacía con voz tranquila un exégesis de un pasaje bíblico. Después aplicaba sus conclusiones a la situación en Escocia y su tono cambiaba radicalmente. Sus palabras de repente eran emocionales y llenas de vigor y, con frecuencia, daba golpes en el púlpito, de manera que algunos de los asistentes ni se atrevían a tomar notas.

Bajo su liderazgo la fe protestante se extendió por toda Escocia y, finalmente, en 1560, se firmó el Tratado de Berwick, en el que Inglaterra y Francia se comprometieron a retirarse de Escocia. El convenio fue posible porque en Inglaterra había accedido al trono la reina Isabel I, que simpatizaba con los protestantes escoceses.

El nuevo parlamento escocés encargó a Knox y a cinco personas más redactar una Confesión de Fe, y se estableció la iglesia presbiteriana de Escocia, que se organizó de forma similar a la iglesia reformada de Calvino en Ginebra.

El reformador escocés acabó sus años en la iglesia de San Andrés en Edimburgo. Dios le había dado Escocia. Y ahora podía morir. Uno de los momentos más dramáticos de su vida llegó cuando tres meses antes de su muerte se enteró de la masacre de los protestantes franceses en la famosa noche de San Bartolomé, el 24 de agosto de 1572.

En los últimos momentos de su vida pidió a su esposa leerle el capítulo 17 de Juan. “Es el lugar donde mi alma tiene su ancla”, dijo, y se fue de este mundo.

75 millones de presbiterianos de todo el mundo deben su herencia espiritual a este hombre que jamás se dio por vencido.

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