Justificación del pecador, clave de la Reforma

Solo está bien fundado en Cristo quien sólida y firmemente tiene en Él su justicia.

01 DE NOVIEMBRE DE 2026 · 23:05

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Nuestros adversarios insisten en que Dios se aplaca con sus frívolas satisfacciones; es decir, con su basura y estiércol. Nosotros afirmamos que la culpa del pecado es tan enorme que no puede ser expiada con tan vanas niñerías; decimos que la ofensa con la que Dios ha sido ofendido por el pecado es tan grave, que de ningún modo puede ser perdonada con satisfacciones de ningún valor; y, por tanto, que esta honra y prerrogativa pertenece exclusivamente a la sangre de Cristo.

Lejos de incitar al pecado, el perdón gratuito por el precio de la sangre de Cristo es la fuente de las buenas obras.

Lejos de abolir las buenas obras, la justificación gratuita las hace posibles y necesarias.

Nos echan en cara que hacemos muy fácil y ancho el camino de la justicia al enseñar que la justicia consiste en que nuestros pecados sean gratuitamente perdonados.

Mas no podemos alcanzar esta justicia sin que juntamente con ella alcancemos también la santificación. Porque él nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención.

Por lo tanto, Cristo no justifica a nadie sin que a la vez lo santifique. Porque estas gracias van siempre unidas, y no se pueden separar ni dividir, de tal manera que a quienes Él ilumina con su sabiduría, los redime; a los que redime, los justifica; y a los que justifica, los santifica.

Si bien distinguimos entre ellas, Cristo contiene en sí a ambas indivisiblemente. ¿Queremos, pues, alcanzar justicia en Cristo? Debemos primeramente poseer a Cristo. Mas no lo podemos poseer sin ser hechos partícipes de su santificación; porque Él no puede ser dividido en trozos. Así pues, comoquiera que el Señor jamás nos concede gozar de estos beneficios y mercedes sino dándose a sí mismo, nos concede a la vez ambas cosas, y jamás la una separada de la otra.

De esta manera se ve claramente cuán grande verdad es que no somos justificados sin obras, y no obstante, no somos justificados por obras; porque en la participación de Cristo, en la cual consiste toda nuestra justicia, no menos de contiene la santificación que la justicia.

Decimos que se nos da gratuitamente a nosotros, pero no que sea dada de esa manera a Cristo, al cual le costó bien cara; a saber, su preciosísima sangre, fuera de la cual no hubo precio alguno con que poder satisfacer al juicio de Dios.

Por tanto, solo está bien fundado en Cristo quien sólida y firmemente tiene en Él su justicia; puesto que el Apóstol no dice que Jesucristo ha sido enviado para que nos ayude a alcanzar justicia, sino para ser nuestra justicia; a saber, según nos escogió antes de la fundación del mundo, no según nuestros méritos, sino según el puro afecto de su voluntad; en cuanto que por su muerte nos ha librado de la potestad de las tinieblas y de la perdición; porque en él el Padre eterno nos ha adoptado por hijos y herederos; y por su sangre hemos sido reconciliados con Dios; porque al estar colocados bajo su amparo y defensa quedamos libres de todo peligro de perecer para siempre; y en cuanto, que injertados en Él, en cierta manera participamos de su vida eterna, mientras que por la esperanza hemos ya entrado en el reino de Dios.

Pero no es esto todo, pues al ser admitidos a una tal participación, aunque en nosotros mismos aún seamos locos, Él nos es sabiduría delante de Dios; aunque seamos pecadores, Él nos es justicia; aunque seamos impuros, Él nos es pureza; aunque seamos débiles y estemos sin fuerzas e inermes y no podamos resistir a Satanás, la potencia que se ha dado a Cristo en el cielo y en la tierra es nuestra y con ella Él por nosotros quebranta a Satanás y hace saltar en pedazos las puertas del infierno; aunque llevemos con nosotros un cuerpo sujeto a la muerte, Él nos es vida. En resumen, todo cuanto Él tiene es nuestro, y en Él tenemos todas las cosas y en nosotros ninguna. Debemos, pues, ser edificados sobre este fundamento, si queremos ser templos consagrados a Dios y crecer de día en día.

Si en el tiempo pasado estas cosas hubieran sido tratadas y expuestas con el orden que se debía jamás hubiese habido tantas disensiones y revueltas.

Empero, hace ya mucho tiempo que el mundo ha sido instruido de otra manera. Se han encontrado no sé qué obras morales mediante las cuales los hombres son hechos agradables a Dios antes de ser incorporados en Cristo.

Y ¿qué han dejado estos perniciosos sofistas a Cristo, para que pueda mostrar su virtud y poder? Dicen que Cristo nos ha merecido la gracia primera; o sea, la ocasión de merecer; pero que en nuestra mano está no desperdiciar la ocasión que se nos brinda.

¡Qué desvergonzada impiedad! La Escritura afirma a cada paso que todos los que creen en Él son justificados; éstos, en cambio, enseñan que el único beneficio que nos viene de Cristo es que por Él se nos han abierto la puerta y el camino para que cada uno se justifique a sí mismo.

Les he puesto estos renglones, pensando en qué celebran los que celebran sus instituciones eclesiásticas, con nombres diversos. Me parece que a esta enseñanza de Calvino celebrarla, celebrarla, más bien no. Lo que se celebra más, con palabras diversas, es el modelo que aquí se condena. Pues que cada cual alabe y se gloríe en el dios de su salvación. En nuestro grupito lo tenemos claro.

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