El manifiesto ecológico de Génesis y la dieta vegetariana

El término vegetariano es relativamente moderno. Las sociedades antiguas no siempre clasificaban la alimentación de la misma manera que lo hacemos hoy.

01 DE NOVIEMBRE DE 2026 · 11:40

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En su libro El desafío ecológico, el profesor de teología Xabier Picaza escribe, refiriéndose a los primeros capítulos de Génesis, que “no solo constituyen uno de los testimonios más importantes de la cultura de Occidente, sino también uno de los manifiestos ecológicos más hondos de la historia” ya que plantean las relaciones del hombre con el medio ambiente, así como el riesgo de la destrucción universal. 

De hecho, la Biblia se refiere al principio de la humanidad, en el que el primer hombre es creado milagrosamente y situado en un jardín paradisíaco, con el que vivía en perfecta armonía. 

“Y Jehová Dios plantó un huerto en Edén, al oriente; y puso allí al hombre que había formado. Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer; también el árbol de vida en medio del huerto, y el árbol de la ciencia del bien y del mal” (Gn. 2:8-9).

Inicialmente, el texto presenta al hombre y a los animales como seres que viven y se nutren a expensas de la vegetación exuberante.

“Y dijo Dios: He aquí que os he dado toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; os serán para comer.  Y a toda bestia de la tierra, y a todas las aves de los cielos, y a todo lo que se arrastra sobre la tierra, en que hay vida, toda planta verde les será para comer. Y fue así” (Gn. 1:29-30).

Según la Escritura, el alimento primordial del ser humano y de los animales era de origen vegetal. Frutos carnosos y secos, semillas, bayas, raíces ricas en nitrógeno, legumbres, trigo, arroz, etc. No había que matar animales para alimentarse bien.

En ese tiempo idílico no se contemplan los carnívoros, ni sus estrategias de caza, ni el sufrimiento de las víctimas, su dolor o la muerte. Era un Edén paradisíaco en todos los sentidos: físico, moral y espiritual.

El humano podía hablar directamente con Dios. Sin embargo, cuando estas relaciones se truncan por la caída, aquel paraíso original se convertirá en la lucha por la existencia de los ecosistemas actuales.

Las garras, los afilados colmillos y las potentes mandíbulas harán su aparición en el mundo porque muchos organismos tendrán que matar para vivir, incluido el propio ser humano.

Es evidente que el Creador no quiere la muerte, puesto que él es la fuente de toda vida. De ahí que, al principio no fuera así y que tampoco lo será al final de los tiempos, en los que el lobo morará con el cordero, el leopardo con el cabrito, la vaca con la osa, el león con el buey y los niños pequeños podrán jugar con serpientes venenosas porque toda la tierra será llena del conocimiento del Señor (Is. 11:6-9).

Los carnívoros se tornarán vegetarianos (Is. 65:25) y finalmente desaparecerán de la tierra (Ez. 34:25). La Biblia enseña que la violencia y la muerte no vienen de Dios, sino que son consecuencia directa del pecado humano. ¿Debe entenderse todo esto al pie de la letra o más bien de manera simbólica? ¿Fueron vegetarianos los primeros humanos?

Las opiniones cristianas al respecto están divididas. Quienes creen que este pasaje no debe entenderse literalmente, como los evolucionistas teístas, piensan que aquel paraíso no existió nunca y que jamás el ser humano fue vegetariano, así como tampoco lo fueron los animales carnívoros.

Por tanto, el propósito del relato bíblico sería indicar que la realidad debería haber sido diferente y que esa utopía original que se describe corresponde, en realidad, a la armonía y paz cósmica del final de los tiempos que se cumplirá gracias a la resurrección universal.

Tal como escribe Xabier Pikaza, “no hubo jardín de Edén en ningún lugar de Oriente ni un tiempo en que los hombres fueran vegetarianos con el resto de los animales. Pero en un sentido más hondo, el texto es verdadero, pues nos cuenta lo que debíamos haber sido -lo que deseamos de verdad- y lo que debemos buscar”. 

De hecho, no se conoce ninguna sociedad de los primeros tiempos de la humanidad que haya sido completamente vegetariana de manera uniforme y permanente.

Sin embargo, sí existieron comunidades y tradiciones en las que el consumo de carne era reducido, ocasional o rechazado por motivos religiosos, filosóficos, económicos o ecológicos.

Durante la prehistoria, los grupos humanos se adaptaron a los recursos disponibles en cada región. Su dieta podía incluir frutos, semillas, raíces, hojas, cereales, legumbres, tubérculos, huevos, insectos, pescado y carne.

La proporción de cada alimento dependía del clima, la estación del año, la disponibilidad de animales y plantas, y las técnicas de recolección, pesca y caza. Incluso las comunidades que consumían principalmente alimentos vegetales probablemente aprovechaban productos animales cuando estaban disponibles.

Por esta razón, resulta difícil afirmar que una sociedad prehistórica haya sido estrictamente vegetariana en el sentido moderno del término.

El vegetarianismo aparece con mayor claridad en algunas civilizaciones históricas. En la India antigua, ciertas corrientes del hinduismo, el jainismo y el budismo promovieron la compasión hacia los seres vivos y limitaron o rechazaron el consumo de carne.

El jainismo desarrolló una de las formas más rigurosas de vegetarianismo, vinculada al principio de no violencia.

En la antigua Grecia también hubo grupos que defendieron una alimentación sin carne. Los seguidores de Pitágoras, por ejemplo, asociaban el rechazo de la carne con la pureza del cuerpo y del alma, así como con la creencia en la transmigración de las almas.

Algunas comunidades filosóficas consideraban que una dieta basada en plantas favorecía la disciplina y la reflexión. No obstante, es importante distinguir entre una cultura completa y determinados grupos dentro de ella.

En muchas civilizaciones antiguas, el vegetarianismo era una práctica religiosa, filosófica o social seguida por una parte de la población, mientras que otras personas continuaban consumiendo carne, pescado, huevos o productos lácteos.

Además, el término vegetariano es relativamente moderno. Las sociedades antiguas no siempre clasificaban la alimentación de la misma manera que lo hacemos hoy.

Algunas comunidades podían evitar la carne, pero consumir pescado o productos animales; otras la reservaban para festividades, sacrificios o situaciones de necesidad.

Por tanto, los distintos estudios actuales indican que, en el origen de la humanidad no hay pruebas sólidas de una cultura completamente vegetariana. Esto permite pensar que los primeros seres humanos fueron, en general, oportunistas y omnívoros, capaces de aprovechar alimentos vegetales y animales.

No obstante, desde la Antigüedad surgieron culturas y movimientos que promovieron dietas mayoritariamente vegetarianas, especialmente en la India y en ciertos círculos filosóficos griegos.

Por tanto, la conclusión más precisa es que sí han existido tradiciones vegetarianas antiguas, pero los conocimientos actuales no permiten afirmar que una civilización prehistórica entera haya sido estrictamente vegetariana.

Por el contrario, los cristianos que se oponen a esta interpretación de Génesis y defienden la literalidad del texto bíblico -tales como los creacionistas de la Tierra joven- creen que la ciencia actual se basa en un malentendido fundamental: el de suponer que el mundo es hoy como lo fue siempre.

Sin embargo, la Biblia indica que no, que era originalmente perfecto y que todas las obras de Dios son perfectas. Por lo tanto, el cambio drástico y dramático que se observa hoy se debe a la caída en pecado del ser humano, acontecimiento que alteró el cosmos por completo.

Cuando Adán y Eva desobedecieron al Creador, toda la creación cayó en maldición de enfermedad, dolor, sufrimiento y muerte. De manera que el ser humano y los animales fueron creados originalmente como herbívoros o vegetarianos, mientras que las estructuras de defensa y ataque de los carnívoros no formaban parte de la creación original de Dios ya que tampoco existía muerte antes de la caída.

No todos los creacionistas están completamente de acuerdo con esta interpretación. Uno de los principales defensores del creacionismo de la Tierra antigua, el Dr. Hugh Ross, interpreta el relato de Génesis sobre la alimentación original de los seres humanos y de los animales dentro de un marco teológico que busca armonizar la Biblia con la evidencia científica.

Según su lectura, Génesis 1 presenta a los seres humanos y a los animales como criaturas que recibieron inicialmente plantas y frutos como alimento. En Génesis 1:29-30, Dios asigna a la humanidad las plantas que producen semilla y los árboles con fruto, mientras que a los animales les proporciona la vegetación verde.

Desde esta perspectiva, Ross considera que el texto describe una dieta predominantemente vegetariana —o, más precisamente, basada en plantas— para la creación original.

La intención del pasaje sería mostrar que la vida creada por Dios estaba sustentada sin que los seres humanos ni los animales tuvieran que matar a otros animales para alimentarse.

Esta interpretación se relaciona con la afirmación de que la creación era “buena” y con la visión de una existencia ordenada, abundante y libre de violencia depredadora.

Además, Ross considera que la dieta vegetariana podría estar detrás de la elevada longevidad de los patriarcas ya que el tejido animal contiene mucha más concentración de metales pesados que el vegetal. 

Esto no supone un riesgo importante para nosotros hoy -que apenas alcanzamos el siglo- pero sí lo sería para quienes vivieran mucho más, como Adán, Matusalén, Noé, Set o Enós.

Sin embargo, Ross suele distinguir entre la condición inicial descrita teológicamente en Génesis y la historia natural posterior. En su enfoque concordista, sostiene que ciertos procesos como la muerte de animales, la depredación y la extinción pueden haber ocurrido antes de la aparición de los seres humanos.

Por ello, no necesariamente entiende que todos los fósiles que muestran enfermedades, heridas o depredación pertenezcan a un mundo posterior al pecado humano.

Para Ross, el texto bíblico se concentra especialmente en la responsabilidad moral y espiritual de la humanidad, no en ofrecer una descripción científica exhaustiva de cada etapa de la historia de la Tierra.

En cuanto a la alimentación humana después de la caída, Génesis presenta un mundo afectado por el trabajo, el sufrimiento y la desobediencia. Más adelante, después del diluvio, Génesis 9:3 registra que Dios permite a Noé y a sus descendientes comer animales.

Ross entiende este cambio como una autorización posterior y no como una contradicción de la alimentación vegetal presentada al comienzo del relato. En consecuencia, la dieta carnívora aparece en la narración bíblica como una posibilidad concedida posteriormente, mientras que la imagen inicial sigue siendo la de una alimentación basada en plantas.

En resumen, la opinión atribuida a Hugh Ross puede sintetizarse así: Génesis describe a los primeros seres humanos y a los animales como alimentados originalmente por plantas; esta descripción comunica la bondad y la provisión de Dios; y la autorización para consumir carne aparece posteriormente en la historia bíblica.

Al mismo tiempo, Ross diferencia esta interpretación teológica de las preguntas científicas sobre la muerte animal y la depredación anteriores a la existencia humana.

Por eso, su postura combina una lectura literal del propósito teológico del pasaje con una interpretación compatible con una Tierra antigua y con la evidencia paleontológica. Esta interpretación del astrónomo canadiense nos parece más acertada que la de la Tierra joven. 

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Publicado en: PROTESTANTE DIGITAL - ConCiencia - El manifiesto ecológico de Génesis y la dieta vegetariana