Papado: Esquema histórico
Nuestro Redentor siempre ha mantenido su mesa de comunión con los suyos, a los que ve en su cruz. Y siempre se ha encontrado con ellos, en sitios y circunstancias que muestran su poder y gloria.
20 DE SEPTIEMBRE DE 2026 · 23:45
En lo que llamamos Antiguo Testamento tenemos, si nos es concedido como bendición, un esquema o modelo desde el que ver cómo nos ve nuestro Dios.
Todos los pactos, y los rituales dentro de ellos, suponen ese acto desde Dios para ver y verse con sus redimidos, elegidos, aunque no guste mucho la palabra.
Ahí es donde únicamente podemos vernos como individuos en la comunidad de los “vistos”, los conocidos de Dios. Sin ver de ese modo solo queda la mirada desde la luz oscura del alma, el intento del corazón, que, ya se sabe, no es más que lejanía de la Verdad, enemistad con la Luz, y todo se reduce a usurpar trozos de esa revelación escrita y con ellos formar una tradición. Así la tradición judaica, en la que no pueden ni ver al Mesías.
En el llamado Nuevo Testamento, igual. Y quiero aquí mostrarles un esquema de lo que, predeterminado por el eterno consejo de Dios, será la existencia de su pueblo comprado con la sangre eterna, con el que Dios, en su Hijo y en su Espíritu, se ve en comunión, y hace que los suyos se vean solo en esa mesa de comunión, como comprados y redimidos, no siendo de sí mismos, sino del que los compró.
Recordemos que ese pueblo es uno con el anterior, con un mismo Señor, y una misma esperanza. Y, como antes, ese pueblo vive dentro de las formas de otro pueblo que lleva su mismo nombre, y nombra al mismo señor, pero que es de otro, siervo de otro, y esto demuestra el poder de cada uno: apariencia y máscara frente a vida eterna. Los unos no quieren irse de la mano de su padre, y los otros nadie puede arrebatarlos de las manos de su Señor. Y llegamos al papado.
Que las iglesias o comunidades que aparecen desde el inicio están llenas de supersticiones y desvaríos, es evidente. A mi modo de ver. Se llenan de formas y fórmulas humanas, y el Cristo, el verdadero, no usurpadores de su sitio, es echado fuera como en la tradición y vida judaica. Se llenan de cruces, de todo tipo, y consideran a la verdadera un escándalo y piedra de tropiezo.
Lo que antes era propio de judíos, tropiezo, o de gentiles, locura, ahora se ha unido y esas iglesias no se ven, no quieren verse ni de lejos, en lo que significa ese escándalo.
Y para ello, eliminando la locura y el tropiezo, es decir, eliminando al Cristo con su cruz y resurrección, han trazado un camino limpito de obstáculos donde puedan convivir las fantasías humanas de todo tipo, desde las más “intelectuales”, con sus escuelas de pensamiento unidos con el paganismo, hasta las experiencias “religiosas” de aquellos que, también dentro del paganismo, proponían caminos de superación.
Ya disponían de la gloria y poder de lo que en la miseria humana se buscaba, y se llenaron de “convertidos”, para los cuales disponían de espacios a su gusto, maestros del pensar, maestros del decir, y maestros del sentir.
En medio de esa desbandada, de nuevo han dejado al Mesías solo, el Eterno tiene a los que Él ve y son vistos en comunión, siempre en comunión, ni un instante fuera de la mesa, y ellos, nosotros, nos vemos solo en Él. Siempre así.
De los unos dice nuestro Maestro: “no queréis venir a mí para que tengáis vida”, de los otros, nosotros, se dice: “lo que el Padre me da vendrá a mí, y no serán echados fuera”.
Un desastre de iglesias locales, cada una buscando lo suyo propio. Pero había iglesias, mal o bien, locales. Llenas de supersticiones, con el monacato, las reliquias, las disputas teológicas fruto del poder en la mayoría de los casos, monasterios, ya puestos, incluso patriarcados. Pero existía diversidad.
Dentro de esa diversidad estaba la iglesia de Roma, con todos sus defectos y pretensiones, pera era una más de la diversidad. No entro en otros pormenores.
Podemos dejar el asunto en los inicios del siglo VII. Diversidad, con toda corrupción, pero con iglesias locales o regionales. La de Roma asomando sus pretensiones de superioridad, pero otras también, mira Constantinopla.
Las antes poderosas del oriente cercano, han sido absorbidas por el Islam para la mitad del siglo, y quedan en situación peculiar, hasta hoy. Las “orientales” griegas se mantienen, el poder político que las limita y sostiene, ha podido guardarlas.
Ese poder que durante tanto tiempo fue el sostén de las latinas, cuando aquí ya no hay emperador, y que a cada paso demostraba su debilidad, ha desaparecido en nuestro occidente. Con él desapareció la protección, pero también la tutela.
En ese espacio va a surgir una entidad misteriosa, pero anunciada, y al descubierto para quien vea: el papado. Especialmente en la mitad del siglo VIII, con la donación de Pipino el Breve, la entidad adquiere reconocimiento y suelo patrio, patria que pondrá en papel falsificado ocupando las lindes, y lo que el futuro depare en conquista y extensión, del imperio romano. Así hasta hoy.
Esa entidad es de poder, en todos sus aspectos, recoge la forma eclesiástica de la iglesia de Roma, pero no es tal iglesia. Ha destruido la diversidad. Ahora, sin ser ni siquiera iglesia, es la única iglesia verdadera. Así hasta hoy.
Esa entidad es la que ahora se presenta acreditando concilios, tradiciones, santuarios, reliquias, monacatos, que los puede suprimir o crear, apariciones de santos o vírgenes, incluso la misma Biblia, queda sujeta a su autoridad, y un largo etcétera que llega hasta el purgatorio.
Sus pretensiones no tienen límites, es un modelo imperial a lo bruto. Así hasta hoy. Su circunstancia histórica le hará tener más o menos poder, pero la pretensión no es menos que mundial, mira la triple corona en la tiara.
Que ya asoma el llamado día de la Reforma. Asoma una buena ocasión para ver. A ver si recordamos que la Reforma no se inicia ni se desarrolla contra una iglesia, sino contra el papado, al que no consideran iglesia, sino la usurpación anunciada por el hombre de pecado.
Pero ahora esta entidad es vista por iglesias evangélicas, por supuesto, también las orientales, como una iglesia más, que, incluso, comparte camino en los primeros siglos y concilios. Desde luego, el esquema que aquí pongo, está contra esa manera de ver, aunque es mi modo de ver.
Otro punto para mirar, que me parece esencial, es que ese papado, herido y derrotado en tantas batallas en la época de la Reforma, recupera salud y vigor con la incorporación a su patria, por la famosa falsificación de derecho de propiedad donado por Constantino al papa de turno, de grandes nuevas tierra y gentes.
¿Cuánto adelantamos en nuestro deber de ver y avisar, si asumimos lo evidente, que la cristiandad que llevaron a ese continente amado no es una iglesia, sino una entidad que usurpa la existencia de cualquier iglesia, por supuesto, la primera, la romana?
Termino el esquema como empecé. En medio de todo este terror, nuestro Redentor siempre ha mantenido su mesa de comunión con los suyos, a los que ve en su cruz, en su cuerpo, porque somos sus miembros. Y siempre se ha encontrado con ellos, en sitios y circunstancias que muestran su poder y gloria.
Tomando un poco el sentir de esa comunidad, vista por su Señor, y que a Él ve en su obra perfecta, con su Palabra, de Sevilla, podemos decir que siempre su iglesia chiquita ha estado y persevera en medio y frente a la grande de los “herodes”.
Ese papado, como en ese espacio y tiempo, siempre ha tenido rendijas y poros por donde se ha introducido la luz. Siempre ha habido una Iglesia que el Cristo presentó a sí mismo y la guarda, aunque, externamente la quemen.
Esas personas, esos grupos, no algún personaje en particular, son los verdaderos “precursores” de la Reforma. Y luego, cuando esta está como está, esas personas, esos grupos, como aquí, seremos, guardados por quien no duerme y tiene todo poder, dado en el cielo y la tierra, vaya el que pretende el papa, los que continuaremos viendo al Redentor, porque su ojo nos ha visto y somos de los por Él vistos desde antes de la fundación del mundo.
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Nadie nos impedirá decir lo que con nuestros ojos hemos visto y con nuestros oídos hemos oído en su Escritura.
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