La teología de los sueños

27 DE AGOSTO DE 2014 · 22:00

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Hoy se predica mucho acerca de cumplir nuestros sueños: “¡Sigue tu sueño! ¡Alcanza tu sueño! ¡Dios te ha dado poder para lograr tu sueño!”. El mensaje no me parece malo, pero creo que generalmente se transmite incompleto, y por eso quiero plasmar aquí este pensamiento al que he llamado “la teología de los sueños”.
A este tipo de predicaciones normalmente les falta añadir que no todos los sueños son de Dios, pues una cosa son los anhelos que tenemos de conseguir o desarrollar algo, y otra diferente son los que Dios da. Los sueños de Dios siempre tienen propósito, un propósito que concuerda con su plan eterno para la humanidad y que trasciende más allá de las metas personales y el desarrollo de nuestros talentos.
En este punto, creo que hay que distinguir entre dos palabras: “misión” y “visión”, pues misión es lo que todo creyente debe hacer: cumplir la Palabra ya escrita y transmitida de Dios y poner sus dones al servicio de Cristo, mientras que visión es ese “sueño” del que hablo: algo específico que Dios pone en el corazón de alguien para beneficio del reino, para gloria de Dios y provecho de otros.
Con respecto a los sueños personales, no hay nada de malo en perseguirlos o cumplirlos. El problema viene al enfocarse desmedidamente en ellos, cosa que puede conducirnos al hedonismo o al egocentrismo, ya que hacen que pongamos la mirada en nuestro propio ombligo, en lo que podemos conseguir. Eclesiastés 5:7 nos advierte: “Donde abundan los sueños, también abundan las vanidades y las muchas palabras”, y añade: “mas tú, teme a Dios”, pues ésta es la sabia alternativa a una vida desaprovechada, enfocada únicamente en las cosas de esta tierra.
Decimos, pues, que Dios transmite sueños a sus siervos. Pero no a todos, sino que escoge a hombres y mujeres para transmitir su visión y les une a una serie de personas que colaboren con el desarrollo de la misma. Como Moisés tuvo la visión del tabernáculo y quienes tenían la capacidad para diseñar con oro, bronce y madera trabajaron en la obra del mismo (Éxodo 31:1-6), así todo ministerio o labor que se realiza siguiendo una visión de Dios requiere de colaboradores que se unan al sueño de otro. Lo mismo podríamos decir de David y sus valientes (2 Samuel 23) o de Pablo y sus largas listas de colaboradores que menciona en todas sus cartas. Así pues, no apoyo esa idea de que Dios da sueños a todos sus siervos.
De la Biblia sacamos muchas enseñanzas acerca de este tipo de sueños. Para ello, pensemos en varios personajes de la Biblia: Recordamos a Abraham, quien soñó con tener un hijo, pero su cuerpo anciano y la esterilidad de Sara hacían que este sueño pareciera totalmente imposible; sin embargo Dios cumplió su promesa y nació Isaac, dándonos a entender que nuestras incapacidades y debilidades no son un impedimento en la vida cuando el sueño procede de Dios.
Mencionamos a Moisés, que soñó con liberar al pueblo de Israel; lo intentó a su manera, matando a un egipcio. Pero no era el tiempo ni la manera de Dios; así que, después de cuarenta años, Dios lo llama a esa labor para la cual él ya se veía incapacitado. Unida a la lección anterior, añadimos que Dios tiene su tiempo propicio para que ese sueño se cumpla, aunque sea a largo plazo.
Y también observamos a David, quien soñó con ser rey. Las dificultades fueron tremendas, y las constantes huidas de la lanza de Saúl bien pudieron arruinar la esperanza de su visión. Pero Dios nos recuerda que aunque todo se ponga en contra nuestra (incluso los de nuestra propia casa, cosa que sucede a menudo), el plan de Dios se cumplirá.
Estas enseñanzas son comúnmente usadas por los predicadores cuando tratan este tema, por eso dije antes que el mensaje que nos quieren transmitir no me parece malo; más bien al contrario, son grandes lecciones de realidad espiritual, buenas y muy dignas de reflexión (seguramente me dejo muchas otras en el tintero). Pero hay algo que pocas veces, o ninguna, he escuchado de estos portadores de tan gran mensaje.
Una, que los sueños de Dios requieren de esfuerzo y sacrificio. No hace falta detenerme mucho en este aspecto porque todos conocemos cómo se esforzaron y sacrificaron hombres como Moisés, Nehemías o el apóstol Pablo para llevar a cabo su misión, el sueño que Dios les dio (leer 2 Corintios 11:25-28 nos da un buen ejemplo). Y es que a veces presentamos solo la cara positiva de la moneda, como si al estar en el desarrollo de nuestros sueños fuera todo color de rosa, y hablamos poco de la renuncia y el compromiso, de las lágrimas y del sudor.
Otra, que nuestro pecado puede impedir que cumplamos el sueño de Dios. A Moisés mismo, antes de llegar a Egipto, Dios quiso matarlo porque no había resuelto diligentemente el asunto de la circuncisión de su hijo (Éxodo 4:24-26). Podemos mencionar que Saúl fue hecho rey para derrotar a los filisteos (1 Samuel 9:16), pero finalmente fue muerto por ellos. Y la misma Ester estuvo a punto de ser sustituida para salvar a Israel si persistía en no actuar con responsabilidad ante la labor que tenía por delante (Ester 4:10-14). El sueño de Dios se cumplirá, pero nosotros no somos imprescindibles; si nos desviamos, Dios puede usar a otros.
Hay quienes se enfocan tanto en cumplir el sueño recibido que se olvidan del Dador del mismo, descuidando su relación con Dios(parece que eso le pasó a la iglesia de Éfeso, Apocalipsis 2:3,4) y exigen de sus colaboradores lo mismo, creando una generación de Martas agotadas, olvidándose de la misericordia y el respeto, de que todos somos humanos y vulnerables (1 Samuel 14:24).

Y peor aún son aquellos a quienes se les suben los humos, creando su pequeño “imperio”, haciendo y deshaciendo a su antojo, como si el sueño fuera suyo; defendiendo su posición como el rey Saúl, lanza en mano, dispuestos a atravesar a quien “no respete al ungido”. Pablo confiesa que él tuvo que lidiar con el orgullo de las revelaciones (2 Corintios 12:7), y es que la humildad es un requisito indispensable en todo nuestro proceder.
Es necesario plantearnos una seria pregunta: ¿De quién es el sueño? ¿Es nuestro o es de Dios? Depende de cómo respondamos a esta pregunta obraremos y reaccionaremos de maneras diferentes ante las críticas, los malentendidos, las dificultades y las oportunidades.
Nosotros somos meras herramientas en las manos de Dios y no debemos olvidarlo. ¿Qué pasaría si nunca llegamos a ver cumplido ese sueño? ¿Nos afectaría personalmente? Si es así, algo anda mal en nosotros. Abraham, Moisés y David, quienes mencioné antes, también tuvieron otros sueños, sueños que venían de Dios y que no pudieron cumplir. El primero recibió la promesa de poseer la tierra, pero él no lo hizo, sino sus descendientes; el segundo soñó con ver al pueblo de Israel entrar a la tierra prometida, pero fue su sucesor Josué quien llevó a cabo esa tarea; y el tercero quiso edificar casa al Señor, pero tan solo pudo hacer los preparativos, mientras que fue Salomón quien terminó la obra. De estos se puede decir, como dice Hebreos 11:39, que “no recibieron lo prometido”, y aún así cumplieron el sueño de Dios.
Cristianos en todo el mundo oran por la conversión de sus familiares y éstos han dado el paso de acercarse a Dios después de que su intercesor hubiera muerto. Misioneros en la historia han dejado sus vidas en la evangelización de países extranjeros sin cosechar ni un solo fruto, siendo las generaciones posteriores quienes recibieran esa bendición. Nosotros podemos no ver nunca el fruto de lo que cosechamos y aún así estar cumpliendo el sueño de Dios porque, repito, el sueño no es nuestro; nosotros solo somos servidores, colaboradores de Dios (1 Corintios 3:5-9). No nos creamos dueños de algo que no nos pertenece.
He intentado resumir todo lo que pienso acerca de los sueños, aunque creo que se podrían escribir otras muchas cosas. Pero espero que esta reseña pueda ser de provecho y bendición a quien la lea, y que los sueños de Dios sigan cumpliéndose para Su honra y extensión del reino en la Tierra.
Juan Sauce Marín – Dibujante – España

Publicado en: PROTESTANTE DIGITAL - JUAN SAUCE MARÍN - La teología de los sueños