Resistir hasta el final, ¿a qué precio?
Las heroicas luchas personales que identifican el proyecto de partido con el proyecto personal pueden llevar al desastre no ya a la persona, sino al partido. Algo similar ocurre en la iglesia cuando esta se convierte en el proyecto personal de un pastor.
29 DE JUNIO DE 2026 · 12:00
El presidente del gobierno español y secretario general del PSOE está en una situación insoportable; todos conocemos los frentes que le vienen encima uno tras otro. Es notable su capacidad de resistencia, que supera lo imaginable; lo es también su habilidad para conseguir apoyos que han venido dando continuidad a su gobierno, con equilibrios de geometría variable que pocos son capaces de construir.
Muchos primeros ministros han dimitido ante presiones mucho menores, desde Willy Brandt, que renunció porque descubrió que su secretario personal (lo que Ábalos era para Sánchez) espiaba para la RDA, hasta Starmer, que lo hizo ahora, entre otras razones, por haber nombrado a un alto cargo implicado en el caso Epstein, el delincuente sexual.
Pero Sánchez resiste, no desiste. Algunos piensan que esta resistencia se justifica por un culto a la personalidad. Aducen que en el propio PSOE Sánchez ha trabajado una progresiva concentración del poder, debilitando los mecanismos internos de control y rendición de cuentas y eliminando o bloqueando toda posible disidencia con la justificación de que los ataques contra él son ataques contra el partido y el momento político no permite discrepancias; los que las presentan son etiquetados de traidores no ya a Sánchez, sino al proyecto del partido.
Algunos que le conocen dicen que tiene una frialdad notable; olvida fidelidades y deja caer al que sea y, por supuesto, se lava las manos de la responsabilidad de haber nombrado a personas fundamentales de su entorno que ahora están imputados o en la cárcel.
Pero hay otra interpretación no incompatible: está persuadido de que su responsabilidad histórica es implementar cambios profundos en el país, los que necesita, en su criterio, de forma imperiosa. Por eso entiende que tiene que resistir y no desistir, consciente de que esos cambios pasan ineludiblemente por él, que ha sido designado por el destino para ello, que para esto ha llegado ahora al reino. Y en esa batalla no puede dar ni un paso atrás porque sus adversarios son realmente adversarios del destino de progreso para España. Así que la pregunta no es para qué continuar, sino cómo no continuar.
Es fácil desde nuestro sillón evaluar lo que pasa y concluir que es el resultado del pecado del egocentrismo, de la obsesión por entender que el futuro del mundo pasa por ti y que sin ti sólo queda el desastre, que por eso tienes la responsabilidad de resistir. Podemos fácilmente comprender que esta visión te nubla la vista y te lleva a medidas poco razonables de concentración del poder, a negarte a rendir cuentas y admitir errores, y te lleva a asumir que la dimisión sería un pecado imperdonable de irresponsabilidad.
Pero ¿acaso esta situación es tan extraña? ¿No podría darse de alguna forma en nuestro propio entorno? No estamos libres de vernos como el pastor de una iglesia que empieza un proceso de concentración de poder, y no por egocentrismo, sino por la convicción de que tiene un propósito que cumplir, una misión en la que no puede perder el tiempo con debates porque los que no están de acuerdo son un tropiezo. Y cuando se empieza a pedir rendición de cuentas, estas se entienden como una provocación, un atentado a la autoridad espiritual otorgada por el Señor de forma muy personal. A partir de ahí, plantearse la dimisión sería una irresponsabilidad. Hay que resistir y no desistir en nombre del proyecto para la iglesia que el pastor percibe.
Es probable que Sánchez resista hasta el 27. Pero ¿qué precio pagará por esto el PSOE? Es probable que la heroica resistencia de Sánchez se lleve consigo mucha de la credibilidad de su partido, su imagen como partido de historia intachable, de referente moral. Es probable que el PSOE no vuelva al poder en décadas y que por el camino se lleve por denante la ilusión y esperanza de muchos electores. Y no está libre de que se diluya como el Partido Socialista italiano. Sería grave no ya para el PSOE, sino para el país, que necesita una referencia de izquierda socialdemócrata.
Las heroicas luchas personales que identifican el proyecto de partido con el proyecto personal pueden llevar al desastre no ya a la persona, sino al partido. Pido que reflexionemos sobre este riesgo aplicado a nuestro entorno. Admiro la entregada labor de tantos miles de pastores que trabajan sin esperar más reconocimiento que el del Señor, tantas veces sometidos a la incomprensión y a la soledad. Por eso es tan importante que no caigamos nunca en el modelo Sánchez y que no se nos nuble nunca la vista: el proyecto de la iglesia no es el proyecto personal del pastor, es el de todos. No entender esto puede quemar al pastor y al propio proyecto de iglesia y dejar a mucha gente por el camino.
Recibe el contenido de Protestante Digital directamente en tu WhatsApp. Haz clic aquí para unirte.
Publicado en: PROTESTANTE DIGITAL - Ollada galega - Resistir hasta el final, ¿a qué precio?