Entonces Pedro se acercó y le dijo: -Señor, ¿cuántas veces pecará mi hermano contra mí y yo le perdonaré? ¿Hasta siete veces?
Jesús le dijo: -No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete.
Mateo 18:21-22

Aunque resulta ardua tarea, perdonar supone un peldaño más, e indispensable, que nos impulsa al crecimiento e" /> Entonces Pedro se acercó y le dijo: -Señor, ¿cuántas veces pecará mi hermano contra mí y yo le perdonaré? ¿Hasta siete veces?
Jesús le dijo: -No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete.
Mateo 18:21-22

Aunque resulta ardua tarea, perdonar supone un peldaño más, e indispensable, que nos impulsa al crecimiento e" />

Hacia una estética del perdón

Entonces Pedro se acercó y le dijo: -Señor, ¿cuántas veces pecará mi hermano contra mí y yo le perdonaré? ¿Hasta siete veces?
Jesús le dijo: -No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete.
Mateo 18:21-22

Aunque resulta ardua tarea, perdonar supone un peldaño más, e indispensable, que nos impulsa al crecimiento e

11 DE OCTUBRE DE 2008 · 22:00

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Pedir perdón es fácil, como ejercicio vocálico; lo difícil es hacerlo con un sincero convencimiento ante el Juez de la Verdad. Perdonar es sencillo, como ejercicio cotidiano; lo infrecuente es olvidar (señal que solemos interpretar como determinante del verdadero perdón). Olvidar es casi imposible para un ser humano al que Dios ha otorgado memoria. Sólo Dios olvida (Jer 31:34 y Heb 10:17). Cuando recordamos con frecuencia el mal causado es que verdaderamente no se ha perdonado al modo que Dios lo hace. El acto de perdonar libera a quien ha causado el daño u ofensa; a Dios corresponde, si es su voluntad y si procede, juzgar a quien origina el dolor. Si por algo es costoso este hecho actor del perdón es más bien por nuestro limitado, pobre y humano, concepto de justicia que difiere algo más que en esencia de la Justicia divina (Ro 12:19). Al perdonar nos despojamos de amarguras y éstas son las que verdaderamente van minando nuestra salud espiritual hasta acabar, paulatinamente, con nuestra propia vida. No es un sentimiento; antes bien, un acto volitivo y un mandamiento. Obtenemos y ofrecemos libertad al hacerlo y nuestros sentimientos son restaurados del agravio causado. Perdonar, por consiguiente, depende de nuestra voluntad. Aunque la Biblia en numerosos pasajes de ambos Testamentos y en palabras de Jesús nos orienta al respecto, el perdón debe emanar de nosotros mismos y refiere una actividad personal e intransferible. Como acto que es de la voluntad individual del ser humano, beneficia o perjudica su buen o mal uso. Por otro lado, como ejercicio comunal, la ausencia de perdón (pecado) suele afectar a las comunidades de creyentes cuando arrastran esa pesada carga durante años. Sólo el verdadero arrepentimiento nos da la convicción de la necesidad de pedir perdón (a Dios, a los hombres o a nosotros mismos) y no estar dispuestos a ello indica que incumplimos un mandamiento (Ef 4:32) y que, de hecho, rechazamos el amor de Dios que se aloja en dicho perdón. El perdón es terapéutico. Libera, sana y limpia, no sólo a los afectados, antes bien, a toda una cadena de sufridores indirectos. Si ansiamos crecimiento debemos empezar por decrecer como individuos, y menguar en nuestro ego, para contagiar a la colectividad con un buen testimonio; así, decreciendo y volviendo a la raíz de las heridas para buscar la definitiva cura, hallaremos el auténtico perdón: el que deja una leve cicatriz cruciforme, apenas perceptible, que pasará a formar parte de nuestra estética espiritual y nos embellece ante Dios. Jesús afirmó con rotundidad: ...perdonad, y seréis perdonados (Luc 6:37). El Maestro sigue siendo el sanador por excelencia, de nuestras heridas de hoy y de las llagas de ayer (y de aquellas que apenas imaginamos); él pidió perdón por nosotros en el “Padre Nuestro” (Luc 11:1-4) y en la misma crucifixión exclamó, antes que una más que comprensible queja de dolor: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Luc 23:34). A nosotros nos queda la responsabilidad de perdonar primero, para después pedir perdón a tantos y a tantas que hemos causado daño, directa o indirectamente. No debemos olvidar que el perdón va unido inseparablemente al sacrificio que Jesús hizo por nosotros en la cruz. Estar dispuestos a perdonar es un claro indicativo de la previa comprensión del arrepentimiento que procede, sin lugar a dudas, del perdón que el Señor nos ofrece cada día.

Publicado en: PROTESTANTE DIGITAL - Letra viva - Hacia una estética del perdón