¿Tiene la vida sentido? (1)

Hoy lo llamaríamos desgaste, vacío o crisis de sentido; el escritor francés Albert Camus, premio Nobel de Literatura en 1957, lo llamó sin ambages lo absurdo de la vida.

02 DE NOVIEMBRE DE 2026 · 19:50

Nick Fewings, Unspalsh.,
Nick Fewings, Unspalsh.

Albert Camus llamó absurdo al choque entre el anhelo humano de sentido y el silencio del mundo como respuesta. El novelista francés propuso aceptar el absurdo con la lucidez obstinada de Sísifo ante la pregunta más inquietante de todas: ¿Y si la vida del hombre carece de sentido?

Suena el despertador y la jornada se pone en marcha: el café apresurado, el atasco o el metro atestado de gente, ocho horas de pantallas y reuniones, la compra, la cena, un capítulo de alguna serie, otra vez la almohada... Y así lunes, martes, miércoles, hasta que llega un viernes que promete descanso y un domingo por la tarde en el que la inquietud de que mañana será de nuevo lunes ya lo afecta todo.

Albert Camus describió esa misma rueda en 1942: el ciclo transcurre con naturalidad la mayor parte del tiempo, pero “un día... se alza el ‘porqué’, y todo comienza con esa lasitud teñida de asombro”.

Hoy lo llamaríamos desgaste, vacío o crisis de sentido; el escritor francés, premio Nobel de Literatura en 1957, lo llamó sin ambages lo absurdo de la vida.

Para dar cuerpo a esa intuición, Camus rescató el viejo mito griego de Sísifo. El astuto rey de Corinto que se había burlado de los dioses —hasta el punto de encadenar a la Muerte para que nadie muriera—, fue condenado a empujar una enorme piedra hasta la cima de una montaña; cuando Sísifo llegaba arriba, la roca volvía a rodar ladera abajo y el castigado debía descender para empezar de nuevo; y así por toda la eternidad.

Los dioses, comenta Camus, “habían pensado con alguna razón que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza”¹. No es extraño, por tanto, que los divulgadores del absurdismo consideren la vida moderna un hecho no menos absurdo que el suplicio de Sísifo.

En el otro extremo del pensamiento, la Escritura conoce la búsqueda de sentido a la vida mejor que nadie y no esquiva la pregunta; lo que hace es situarla delante de una Persona.

En el pretorio de Jerusalén, un gobernador escéptico preguntó “¿Qué es la verdad?” (Juan 18:38) y se marchó sin esperar respuesta, cuando la tenía delante; una muchedumbre, invitada a elegir, prefirió a un bandido antes que al Mesías; y el mismo gobernador se lavó las manos creyendo que así quedaba al margen.

En otra escena, que recoge Lucas, una mujer llamada María había hecho exactamente lo contrario: se sentó a los pies de Jesús, escuchó su palabra y, según el propio Señor, escogió “la buena parte, la cual no le será quitada” (Lucas 10:42). Lo digo con rotundidad: el hombre puede conocer la verdad, porque el Mesías ya vino; el drama es que tantas veces la cambia por una existencia vacía o a una actividad tan absurda como la de Sísifo.

 

Sísifo y la piedra de cada día

El ensayo de Camus arranca con una frase intencionalmente brutal: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio”.

Juzgar si la vida merece o no la pena de ser vivida es, según él, responder a la pregunta fundamental de la filosofía; y la respuesta pasa por reconocer lo absurdo de todo, que define así: “Lo absurdo nace de esta confrontación entre la llamada humana y el silencio irrazonable del mundo”.

El hombre exige razones, un porqué que justifique cuanto existe y cuanto le sucede; el universo, en cambio, calla. De esa desproporción entre lo que buscamos y lo que encontramos brota el sentimiento del sinsentido, que no reside en el hombre ni en el mundo, sino en el choque entre ambos.

Entonces, el filósofo señala tres salidas: el suicidio, la religión o la aceptación lúcida del absurdo. Camus descarta la primera por ser una capitulación, y a la segunda le dedica una expresión severa, “suicidio filosófico”, porque a su juicio el salto de la fe —el de Kierkegaard, Chestov o Jaspers— supone renunciar a la razón para escapar de la tensión que la desgarra.

Le queda la tercera: vivir en rebeldía, libertad y pasión. Por eso cierra su ensayo con una imagen que se ha hecho célebre: “Hay que imaginarse a Sísifo feliz” empujando la piedra con los ojos abiertos.

Los seguidores de la filosofía del absurdo, de hecho, presentan la ausencia de un sentido supremo como motivo de regocijo y no de desolación, porque, según ellos, deja a cada individuo libre para moldear su vida y edificar su propio porvenir.

Conviene leer a Camus con respeto. No fue un frívolo: en 1936 había dedicado su memoria universitaria a la metafísica cristiana y el neoplatonismo, y conocía bien la fe que rechazaba.

Su diagnóstico, además, es más honesto que buena parte del optimismo contemporáneo, empeñado en tapar el vacío con autoayuda y entretenimiento. Sin embargo, su remedio deja una pregunta sin contestar: si el sentido de mi vida es una creación mía, ¿qué queda de él cuando desaparece quien lo creó, es decir, yo? Nada.

Sísifo no detiene la piedra; a lo sumo, cambia el gesto con que la empuja. El absurdo sigue ahí, y el sentido que nos damos a nosotros mismos acaba rodando ladera abajo con nosotros detrás.

 

Vanidad de vanidades: el Predicador ante el absurdo

Mucho antes que Camus, un sabio de Israel había contemplado la misma rueda y la había descrito con el mítico dicho: “Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad. ¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol?” (Eclesiastés 1:2-3).

La palabra hebrea que traducimos por vanidad, hebel, significa vapor, soplo, aliento que se desvanece en el aire frío de la mañana. Y el Predicador la aplica a un cosmos que —como la piedra de Sísifo— gira sobre sí mismo: el sol sale y se pone, el viento va y vuelve, y “los ríos todos van al mar, y el mar no se llena; al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelven para correr de nuevo” (Eclesiastés 1:7).

El Predicador no se limitó a teorizar. Probó el placer, la riqueza, las grandes obras, la sabiduría y el trabajo, y su balance es el de un hombre que ha llegado a la cima y sigue vacío: “Miré yo luego todas las obras que habían hecho mis manos, y el trabajo que tomé para hacerlas; y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol” (Eclesiastés 2:11).

Notemos la expresión —la clave del libro y de mi soliloquio es esta expresión que repite como un estribillo— debajo del sol. Si la vida se mide únicamente con la vara de lo que ocurre bajo el cielo visible, entonces el veredicto de “absurdo” es exacto.

Por esa razón, el mismo autor reconoce que Dios “ha puesto eternidad en el corazón de ellos” (Eclesiastés 3:11), una sed que nada de lo creado alcanza a saciar, y concluye su búsqueda mirando hacia arriba: “El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre” (Eclesiastés 12:13).

"Debajo del sol, todo es soplo; la pregunta decisiva es si hay Alguien por encima del sol"

A esto se añade un dato revelador: los traductores griegos del Antiguo Testamento cambiaron hebel por mataiótes, la misma palabra que el apóstol Pablo emplea al afirmar que “la creación fue sujetada a vanidad” (Romanos 8:20).

De aquí que Agustín de Hipona, el mismo autor que Camus había estudiado, pudiera resumir la inquietud humana en una oración que es también un diagnóstico: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.

Siglos después, Blaise Pascal lo formuló con el rigor del matemático: el hombre lleva dentro un abismo infinito que “no puede ser llenado sino por un objeto infinito e inmutable, es decir, por Dios mismo”

El absurdo, visto así, no demuestra que no haya sentido; delata que hemos buscado tal sentido en el lugar incorrecto.

La semana próxima veremos “El sentido de la vida según Jesús”, su respuesta al planteamiento del sinsentido o el absurdo de la vida de Camus.

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