La puerta ancha de la inteligencia artificial y la puerta estrecha de la lectura
Delegar en una máquina o en otras personas nuestro potencial de pensar, de sopesar informaciones e ideas, es disminuir la capacidad humana de producir conocimientos por cuenta propia.
02 DE AGOSTO DE 2026 · 09:00
A Juan Merlos Estrada, lector empedernido
El acceso fácil es un punto de partida, pero se requiere además poseer los instrumentos exegéticos que permiten penetrar a fondo en una obra. Sin una formación de base, sin un estudio preliminar, será difícil, por no decir imposible, transformar las “informaciones” en “conocimientos”.
Nuccio Ordine.
Uso, metafóricamente, unas palabras de Jesús expresadas por él en el Sermón del Monte. Recurro a ellas para ilustrar lo fácil que es actualmente aparentar saber sobre algún asunto, pero lo difícil de, paulatinamente, hacerse de un bagaje cognitivo que nos capacite para evaluar los contenidos del incesante bombardeo informativo que circula en Internet. Las palabras de Jesús son las siguientes: “Entren por la puerta estrecha. Porque es ancha la puerta y espacioso el camino que conduce a la destrucción, y muchos entran por ella. Pero estrecha es la puerta y angosto el camino que conduce a la vida, y son pocos los que la encuentran” (Mateo 7:13-14) .
El fácil acceso a la maravilla tecnológica de la Inteligencia Artificial (IA) es como una puerta muy ancha. Al atravesarla se puede incursionar a un terreno enorme para tomar de aquí, allá y acullá información instantánea, resúmenes de obras clásicas de la literatura, o elegir darle al sistema algunas instrucciones sobre un ensayo acerca de cierta temática y entregar el producto bajo la firma de quien requirió a la IA. Se multiplican en universidades, revistas y plataformas digitales personajes disertando sobre temáticas en las que no profundizaron por ellos mismos, sino que simplemente se “agenciaron” y presentan a la audiencia como muestra de su erudición. Nada más echaron mano del método que E. H. Carr llamó de tijeras y engrudo, en su libro ¿Qué es la historia?, publicado originalmente en inglés en 1961.
La antigua forma de cortar información y pegarla para que tuviera coherencia la “investigación” del hábil manipulador de las tijeras y el engrudo, demandaba de la persona consultar fuentes, hacer alguna evaluación de la validez de las mismas y a lo recortado darle continuidad lógica. Después a las tijeras las sustituyó el cutter y al engrudo el resistol o lápiz adhesivo. Ahora, con las tijeras y engrudo cibernéticos usados por la IA, la tarea de los plagiarios de conocimientos es más fácil, ya que en unos cuantos minutos tienen presentaciones con texto e imágenes para exponer en clase o en una conferencia. Incluso se ufanan de ser autores de obras que no redactaron, en ellas su única contribución fue solicitarle a la IA que escribiera acerca de, por ejemplo, las causas que provocaron la caída del Imperio romano. Tanto el arcaico método de tijeras y engrudo, como el copiar y pegar digital o sustituir con IA el proceso de investigación es recurrir a vías fraudulentas. Hacerlo así es perpetrar la metodología del engaño. Además de engañar a otros, el supuesto “autor” se engaña a sí mismo y cada vez que lo hace adormece su conciencia. Sí, es fácil transitar por la puerta ancha de la IA y utilizar la tecnología para encubrir deficiencias intelectuales y morales.
La puerta estrecha para ir acrecentando nuestro bagaje cognitivo solamente puede hacerse a la manera clásica. No hay atajos para adquirir herramientas que nos capaciten en la tarea de comprender profundamente algún tema. No es posible hacerse súbitamente conocedor de un tópico. Nada más la lectura que nos lleva a más lecturas, las cuales nos proveen de insumos para pensar una problemática, nos puede facultar para generar conocimiento sobre un tema. Porque la meta no debiera ser, me parece, sumar páginas y páginas de libros leídos, sino que la acumulación lectora potencie nuestra habilidad analítica y capacidad de tejer nuevos conocimientos.
Es cierto que la IA puede darnos una lista de los personajes que aparecen en Los miserables, de Víctor Hugo, sin embargo es incapaz de trasmitirnos lo que sentimos al leer detenidamente la obra y ponernos en los zapatos de Jean Valjean, perseguido implacablemente por el inspector Javert. También la IA, con un click, confecciona un pormenorizado listado de quienes Harper Lee plasmó en su novela Matar a un ruiseñor, lo que el sistema no puede contagiar es cómo nos sacude la tragedia del afroamericano Tom Robinson, víctima del sistema racista imperante en la región de Estados Unidos conocida como el Bible belt. Porque leer es, sí, un ejercicio intelectual al tiempo que también es una actividad emocional. Ninguna IA nos comunica las emociones y experiencias vitales que dejan en nosotros las lecturas que describen la complejidad de los seres humanos. La misión es leer con la mente, el corazón y el espíritu.
En un bello libro, Clásicos para la vida. Una pequeña biblioteca ideal, Nuccio Ordine escribió que “En el aula de un instituto o de un centro universitario, un estudiante todavía puede aprender que con el dinero se compra todo (incluyendo parlamentarios y juicios, poder y éxito) pero no el conocimiento: porque el saber es el fruto de una fatigosa conquista y de un esfuerzo personal que nadie puede realizar en nuestro lugar”. Este principio que menciona Ordine es el que sencillamente podemos compartir quienes cultivamos el acto de leer cotidianamente, difundir que la puerta ancha de la IA es una invitación a la pereza intelectual y ética, en tanto que la puerta estrecha de la lectura es difícil, que la apropiación del hábito lector puede ser gozoso una vez que hemos internalizado y crecido en nuestra comprensión lectora. Nuestro camino debe ser el de la pedagogía de la perseverancia, de la búsqueda continua de conocimientos entre los que tejemos redes productoras de saberes.
Delegar en una máquina o en otras personas nuestro potencial de pensar, de sopesar informaciones e ideas, es disminuir la capacidad humana de producir conocimientos por cuenta propia. La lectura, conforme crecemos en la capacidad de comprender y conversar con lo leído, nos revitaliza humanamente. Bien lo explicó Carlos Monsiváis, lector de libros y de aconteceres sociales: “Gracias la lectura cada persona se multiplica a lo largo del día. El impulso del personaje de un relato, de una atmósfera literaria, de un poema, renueva y vigoriza las opiniones morales y políticas, vuelve por una hora un poeta o un narrador al que complementa con imaginación lo leído, ayuda a situarse ante el horizonte científico o social, vigoriza el sentido idiomático. Así sea a contracorriente de algunos textos, la lectura es el ingreso a la racionalidad, la fantasía, la grandeza de los idiomas, el don de extraer universos de la combinación de las palabras”.
Publicado en: PROTESTANTE DIGITAL - Kairós y Cronos - La puerta ancha de la inteligencia artificial y la puerta estrecha de la lectura