La simpleza de un deseo pueril
Cuando creces, tus limitaciones también crecen, puedes hacer muchas más cosas pero hay situaciones que has vetado y a las que no te atreverías a acceder.
26 DE DICIEMBRE DE 2012 · 23:00
Quiero con mis manos alcanzar una estrella y regalártela como ofrenda de amor. Sé que es imposible, soy demasiado chiquilla, apenas si sé manifestar mis sentimientos. Aun así si pudiera alzaría mis manos al cielo en busca de una estrella para ti…
Crecer, avanzar en el tiempo. Hacer que cada estación sea más corta para que pasen fugaces los años y convertirnos en adultos. Ese era el deseo que acunábamos en nuestro corazones de niños.
Crecer, dejar atrás el arremolinado desparpajo, el sueño plagado de episodios asombrosos, de historias magníficas vividas en ese espacio llamado fantasía.
Crecer es dejar a un lado la pureza de lo sencillo, de lo trascendental ataviado de simpleza. Es aplicar una capa de realismo a todo aquello que se presentaba de una forma mágica, nebulosamente engalanado, impreciso y maravilloso.
La niñez es esa etapa de vida a la que casi todos desearíamos retornar, ese estado de tiempo en el que todo parecía regirse por las reglas de un mismo juego y en el cual no tenía cabida el aburrimiento.
Los niños poseen un concepto de la vida más sencillo, menos enrevesado. Desconocen los grandes secretos de la existencia humana, pero ese desconocimiento les acerca mucho más a lo verdadero, a lo realmente genuino, a lo puro y sencillo.
Cuando creces, tus limitaciones también crecen, puedes hacer muchas más cosas pero hay situaciones que has vetado y a las que no te atreverías a acceder.
Cuando dejamos muy atrás la infancia, cuando nos ataviamos ese traje de tonalidades oscuras que es la madurez, descubrimos que la vida no es tan maravillosa. Oteamos desde un prisma realista una existencia donde no parece tener cabida la improvisación, ni los quiméricos sueños, ni los deseos pueriles de un mundo mágico donde no hay límites.
En ocasiones nos sería muy necesario retomar los deseos de los niños, aquellas ambiciones poco pretenciosas y que tienen como única finalidad colorear la rutina con una gama de colores que transforman lo tradicional en algo realmente sorprendente.
Jesús nos invita a hacernos como niños. Sin equívoco, cuando nos apartamos de lo reglamentario, de lo estrictamente establecido, encontramos en la vida un trozo de tierra plagada de aromas, de sabrosos frutos, de un inusitado sabor a ternura, a ingenuidad y pureza.
Confío en que encuentres alegría en las grandes cosas de la vida...
Pero también en las pequeñas. Una flor, una canción, una mariposa sobre tu mano...
(Ellen Levine)
Publicado en: PROTESTANTE DIGITAL - Íntimo - La simpleza de un deseo pueril
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